Las aguas


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PASEO ABAJO/Juan Torrijos




En estos primeros días de febrerillo el loco, unos cincuenta pantanos de Andalucía han abierto sus compuertas y las aguas bajan ligeras de equipaje buscando un lugar en los mares que bañan la región. Llegan noticias de que desde Portugal se le dice a España que no siga mandando agua del Tajo abajo, que ya tienen bastante, que ya no tienen más sed sus tierras. Tiene gracia la historia con el agua del Tajo. Hace unas horas se suprimían dos hectómetros más del agua que debería venir de ese río al Segura, camino de la agricultura del sureste español. Los portugueses no quieren más agua del Tajo. ¡Que nos ahogamos! A los almerienses el gobierno de Sánchez se la sigue negando. Como ya hizo Zapatero con el Plan Hidrológico Nacional. ¡Y no se ahogan!

Imagino, comprendo que es mucho imaginar con el gobierno que tenemos en ciernes, que esas aguas que no quieren los portugueses pueden y deberían ser mandadas al Segura. Sería lo normal en un gobierno que no estuviera buscando trampantojos para esconderse y defenderse ante la desidia, la corrupción, los viles accidentes y las vidas que se pierden por la negligencia en el trabajo de las administraciones. Sean estas en ríos, pantanetas y barrancos o en las vías por donde cabalga el cada vez menos veloz caballo de hierro.

Este es el panorama que nos está ofreciendo el invierno que estamos viviendo, en el que se anunciaba sequía y calores a los que no estábamos acostumbrados. Leo en una revista científica una explicación sobre el por qué esta tormenta que ha llegado a las costas de Portugal, entrando con virulencia en la comunidad de Moreno Bonilla, debería estar sobre las costas de Inglaterra. Técnica explicación que nos deja a los neófitos con cara de no entender demasiado lo que estamos leyendo.

Rios desbordados, haciendas y casas anegadas, animales que se ahogan, medidas políticas para intentar paliar las consecuencias, escuelas cerradas. Son las causas del cambio climático que algunos no han querido ver y defender, nos dicen los precursores de lo que se ha convertido en una doctrina. Y mientras unos discuten medidas, que nunca, para desgracia de nuestros campos e invernaderos se van a poner en marcha, los pantanos, andaluces o no, abren sus compuertas, y vemos como las aguas se pierden, se alejan de servir como sostén y vida de miles de familias que, en Murcia y Almería, siguen esperando que algún día les llegue el agua que necesitan sus campos, por culpa de esos malvados políticos que gobiernan.

Resulta paradójico que una parte de España se ahogue y otra tenga sed, que una parte de Andalucía esté en peligro por las aguas que bajan por sus ríos y ramblas y otra siga pidiendo una solución. Almería parece condenada a seguir clamando en el único y hermoso desierto de Europa por esa agua que se pierde en otros puntos, que ahoga tierras, hogares y animales, pero que no llega a sus campos e invernaderos.