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J. A. SÁEZ CALVO
Cada diciembre celebramos dos fechas que resumen nuestra identidad política y cultural: la Constitución y la Inmaculada. La primera fija el marco de derechos y convivencia que nos ha permitido avanzar durante décadas. La segunda, más allá de la devoción, enlaza con siglos de historia militar, con gestas donde la fe, el valor y la unidad ofrecieron a la nación una guía en tiempos difíciles. En estos mismos días honramos a Santa Bárbara y, poco después, a la Virgen de Loreto. Esos símbolos, lejos de ser meros recuerdos piadosos, condensan la idea de servicio, disciplina y sacrificio. Y precisamente ahora, cuando Europa atraviesa una etapa incierta, conviene detenerse un momento en lo que representan.
Las patronas del Ejército no responden a un adorno simbólico, sino a una tradición con profundo significado. Santa Bárbara recuerda la serenidad ante el peligro. La Inmaculada evoca la cohesión de los soldados, los bravos Tercios, que resistieron unidos cuando todo parecía perdido en Empel. Loreto acompaña a los aviadores y su apoyo logístico, muchas veces sin descanso, garantizando la vigilancia diaria del cielo español. Cada una refleja una virtud distinta, pero todas apuntan a lo mismo, el deber silencioso de quienes protegen a su patria sin pedir aplausos. En una época en la que el compromiso parece diluirse, estas celebraciones devuelven a la sociedad una lección sencilla y necesaria porque la libertad y la soberanía no son automáticas y requieren un esfuerzo constante.
Desde esta reflexión surge la cuestión central, si somos conscientes de lo que implica vivir en un mundo que se ha vuelto menos estable y no siempre parecemos verlo. En ocasiones actuamos como si los conflictos siempre fueran asuntos ajenos o como si nuestra geografía garantizara inmunidad eterna. Sin embargo, nuestro territorio, incluidas zonas que pertenecen a España mucho antes de la existencia de otras naciones vecinas, obliga a una atención que no admite descuidos. Canarias, Baleares y el Estrecho son pilares que sostienen tanto la seguridad como la proyección marítima y aérea. Son áreas estratégicas desde hace siempre y lo seguirán siendo mientras existan rutas comerciales, suministros esenciales y tráficos globales que atraviesen nuestras aguas.
Quien analiza con rigor la relación con el vecino del sur entiende que no basta con declaraciones cordialmente redactadas. Marruecos actúa con absoluta claridad en la salvaguarda de sus intereses, es lo normal en cualquier estado, incluida la ocupación, hace 50 años del Sáhara Occidental, administrado como provincia hasta 1975. La cuestión surge cuando esas actuaciones afectan a espacios sensibles para nosotros. Sus decisiones marítimas y de movimientos de población, ciertos desarrollos legislativos y no pocas señales diplomáticas muestran que debemos mantener un ojo permanente en el tablero. No se trata de abrir conflictos, sino de aceptar la realidad. La estabilidad del territorio precisa firmeza y agilidad en la acción. Lo esencial no se preserva confiando en la suerte.
La protección de Canarias merece una reflexión aparte. El archipiélago no es una postal turística aislada del mundo; es un observatorio natural del Atlántico, una plataforma clave para controlar rutas hacia Europa y responder a cualquier alteración en la región. Su situación geográfica necesita instrumentos eficaces, recursos reales, logística actualizada y supervisión constante. No podemos seguir aplazando medidas que otros actores regionales, con intereses propios, toman sin dudar.
El Estrecho, por su parte, concentra un enorme valor crítico. Por aquí pasa buena parte de la circulación marítima que sostiene nuestra economía y la de nuestros aliados. También es un área delicada para los flujos ilícitos, posibles amenazas híbridas y el tráfico energético. Mantener la zona segura no es un capricho, es un deber elemental para cualquier comunidad que valore su propia integridad.
Baleares completa ese triángulo estratégico. Su posición en el Mediterráneo occidental la convierte en pieza crucial para operaciones de seguimiento, apoyo naval y control aéreo. Son islas que observan y alertan. Ninguna política seria debería relegarlas a un plano secundario. A todo ello se suma una cuestión que arrastramos desde hace siglos: Gibraltar. No hace falta caer en un discurso inflamado ni reabrir rencillas estériles, basta con asumir lo evidente. Es un enclave que condiciona la vigilancia aérea, la movilidad marítima y la economía de una zona que merece un futuro más equilibrado. Resolver este asunto requiere recuperar influencia y capacidad de decisión, exige perseverancia diplomática, medidas concretas y una posición firme fundada en hechos, no en resignación.
En lugar de refugiarse en mensajes tranquilizadores, otros socios europeos han comprendido que los tiempos exigen algo distinto. De ahí el regreso, con fórmulas adaptadas, del servicio militar o cívico en naciones que lo habían abandonado. No buscan militarizar la sociedad, sino reforzar la cohesión social, disponer de fuerzas entrenadas y alimentar una cultura de responsabilidad. En España debería fomentarse más la fórmula del reservista voluntario, mejor dotada en efectivos y formación, ampliando la franja de edad y aprovechando su experiencia civil, que debería ser mejor encuadrada en el empleo correspondiente. Los reservistas, apelando al artículo 30 de la Constitución, constituyen una base valiosa cuando se activan, aportando vocación y criterio profesional.
Vivimos en un entorno donde los riesgos ya no son solo convencionales, la presión sobre los trayectos marítimos, la pugna entre potencias y las nuevas formas de inestabilidad, con muchas zonas grises, demandan un pensamiento riguroso. Ningún país puede refugiarse en la idea de que el mundo será benigno por inercia.
La seguridad obliga a decisiones claras y planificación constante. Países como Suecia, Letonia, Lituania o Dinamarca han entendido que la defensa no puede recaer solo en profesionales de carrera. La implicación social y la existencia de cuerpos entrenados refuerzan la cohesión nacional y disuaden riesgos. No han recuperado el servicio militar por nostalgia, sino porque el medio ha cambiado: nuevas tecnologías, amenazas híbridas y espacios de fricción que piden adiestramiento y criterio. Allí donde esa conciencia existe, la prevención siempre es más eficaz que la improvisación o la reacción tardía.
La inquietud en las fronteras del Este no es alarmismo ni exageración. La guerra en Ucrania ha devuelto a Europa un escenario que muchos creían enterrado para siempre. Los Estados bálticos viven bajo la presión sostenida de un vecino imprevisible, Polonia afronta un rearme sin complejos y Finlandia ha decidido integrarse en la OTAN sabiendo que su frontera es uno de los puntos más sensibles de la región. No actúan por impulso, sino porque han aprendido de la historia que la pasividad siempre sale cara.
La OTAN, consciente de este contexto, ha elevado sus exigencias. No basta con mencionar incrementos indeterminados de gasto militar; se pide capacidad real y verificable. Nuestro gobierno debe comprender que cumplir con los acuerdos aliados no es una obligación impuesta desde fuera, sino un beneficio directo. Si queremos proteger nuestras rutas, archipiélagos y las infraestructuras críticas, necesitamos medios adecuados, alianzas tecnológicas, personal preparado y planificación a largo plazo. Las iniciativas nunca deben tomarse desde el miedo, pero tampoco desde la comodidad.
Aquí es donde las celebraciones de estas fechas ofrecen una enseñanza que va más allá de lo simbólico. Santa Bárbara, la Inmaculada y la Virgen de Loreto nos recuerdan que quienes sirven en las Fuerzas Armadas no actúan por impulso ni por afán de protagonismo. Lo hacen por convicción, por disciplina y por una forma de entender la vida que muchos olvidan porque nunca han sentido el deber de defender su tierra. Estas festividades recuerdan que la seguridad no es algo abstracto, sino el resultado del trabajo inquebrantable de personas que asumen una responsabilidad silenciosa.
La sociedad requiere recuperar esa verdad que nunca dejó de ser evidente. Una nación que renuncia a proteger lo propio acaba a merced de la voluntad ajena. Asumir este hecho no es pesimismo, es madurez. Defenderse no es preparar guerras, sino evitar que alguien se plantee iniciarlas. La libertad se sostiene en la vigilancia, la preparación y el compromiso. Nada de eso es incompatible con una sociedad abierta, al contrario, es su mejor garantía. Mirar de frente este argumento no resta esperanza, la consolida. Europa debe elegir entre el espejismo cómodo o la realidad que garantiza un porvenir. Y la verdad, incluso cuando incomoda, es la que hace posible un futuro.
Desde esta reflexión surge la cuestión central, si somos conscientes de lo que implica vivir en un mundo que se ha vuelto menos estable y no siempre parecemos verlo. En ocasiones actuamos como si los conflictos siempre fueran asuntos ajenos o como si nuestra geografía garantizara inmunidad eterna. Sin embargo, nuestro territorio, incluidas zonas que pertenecen a España mucho antes de la existencia de otras naciones vecinas, obliga a una atención que no admite descuidos. Canarias, Baleares y el Estrecho son pilares que sostienen tanto la seguridad como la proyección marítima y aérea. Son áreas estratégicas desde hace siempre y lo seguirán siendo mientras existan rutas comerciales, suministros esenciales y tráficos globales que atraviesen nuestras aguas.
Quien analiza con rigor la relación con el vecino del sur entiende que no basta con declaraciones cordialmente redactadas. Marruecos actúa con absoluta claridad en la salvaguarda de sus intereses, es lo normal en cualquier estado, incluida la ocupación, hace 50 años del Sáhara Occidental, administrado como provincia hasta 1975. La cuestión surge cuando esas actuaciones afectan a espacios sensibles para nosotros. Sus decisiones marítimas y de movimientos de población, ciertos desarrollos legislativos y no pocas señales diplomáticas muestran que debemos mantener un ojo permanente en el tablero. No se trata de abrir conflictos, sino de aceptar la realidad. La estabilidad del territorio precisa firmeza y agilidad en la acción. Lo esencial no se preserva confiando en la suerte.
La protección de Canarias merece una reflexión aparte. El archipiélago no es una postal turística aislada del mundo; es un observatorio natural del Atlántico, una plataforma clave para controlar rutas hacia Europa y responder a cualquier alteración en la región. Su situación geográfica necesita instrumentos eficaces, recursos reales, logística actualizada y supervisión constante. No podemos seguir aplazando medidas que otros actores regionales, con intereses propios, toman sin dudar.
El Estrecho, por su parte, concentra un enorme valor crítico. Por aquí pasa buena parte de la circulación marítima que sostiene nuestra economía y la de nuestros aliados. También es un área delicada para los flujos ilícitos, posibles amenazas híbridas y el tráfico energético. Mantener la zona segura no es un capricho, es un deber elemental para cualquier comunidad que valore su propia integridad.
Baleares completa ese triángulo estratégico. Su posición en el Mediterráneo occidental la convierte en pieza crucial para operaciones de seguimiento, apoyo naval y control aéreo. Son islas que observan y alertan. Ninguna política seria debería relegarlas a un plano secundario. A todo ello se suma una cuestión que arrastramos desde hace siglos: Gibraltar. No hace falta caer en un discurso inflamado ni reabrir rencillas estériles, basta con asumir lo evidente. Es un enclave que condiciona la vigilancia aérea, la movilidad marítima y la economía de una zona que merece un futuro más equilibrado. Resolver este asunto requiere recuperar influencia y capacidad de decisión, exige perseverancia diplomática, medidas concretas y una posición firme fundada en hechos, no en resignación.
En lugar de refugiarse en mensajes tranquilizadores, otros socios europeos han comprendido que los tiempos exigen algo distinto. De ahí el regreso, con fórmulas adaptadas, del servicio militar o cívico en naciones que lo habían abandonado. No buscan militarizar la sociedad, sino reforzar la cohesión social, disponer de fuerzas entrenadas y alimentar una cultura de responsabilidad. En España debería fomentarse más la fórmula del reservista voluntario, mejor dotada en efectivos y formación, ampliando la franja de edad y aprovechando su experiencia civil, que debería ser mejor encuadrada en el empleo correspondiente. Los reservistas, apelando al artículo 30 de la Constitución, constituyen una base valiosa cuando se activan, aportando vocación y criterio profesional.
Vivimos en un entorno donde los riesgos ya no son solo convencionales, la presión sobre los trayectos marítimos, la pugna entre potencias y las nuevas formas de inestabilidad, con muchas zonas grises, demandan un pensamiento riguroso. Ningún país puede refugiarse en la idea de que el mundo será benigno por inercia.
La seguridad obliga a decisiones claras y planificación constante. Países como Suecia, Letonia, Lituania o Dinamarca han entendido que la defensa no puede recaer solo en profesionales de carrera. La implicación social y la existencia de cuerpos entrenados refuerzan la cohesión nacional y disuaden riesgos. No han recuperado el servicio militar por nostalgia, sino porque el medio ha cambiado: nuevas tecnologías, amenazas híbridas y espacios de fricción que piden adiestramiento y criterio. Allí donde esa conciencia existe, la prevención siempre es más eficaz que la improvisación o la reacción tardía.
La inquietud en las fronteras del Este no es alarmismo ni exageración. La guerra en Ucrania ha devuelto a Europa un escenario que muchos creían enterrado para siempre. Los Estados bálticos viven bajo la presión sostenida de un vecino imprevisible, Polonia afronta un rearme sin complejos y Finlandia ha decidido integrarse en la OTAN sabiendo que su frontera es uno de los puntos más sensibles de la región. No actúan por impulso, sino porque han aprendido de la historia que la pasividad siempre sale cara.
La OTAN, consciente de este contexto, ha elevado sus exigencias. No basta con mencionar incrementos indeterminados de gasto militar; se pide capacidad real y verificable. Nuestro gobierno debe comprender que cumplir con los acuerdos aliados no es una obligación impuesta desde fuera, sino un beneficio directo. Si queremos proteger nuestras rutas, archipiélagos y las infraestructuras críticas, necesitamos medios adecuados, alianzas tecnológicas, personal preparado y planificación a largo plazo. Las iniciativas nunca deben tomarse desde el miedo, pero tampoco desde la comodidad.
Aquí es donde las celebraciones de estas fechas ofrecen una enseñanza que va más allá de lo simbólico. Santa Bárbara, la Inmaculada y la Virgen de Loreto nos recuerdan que quienes sirven en las Fuerzas Armadas no actúan por impulso ni por afán de protagonismo. Lo hacen por convicción, por disciplina y por una forma de entender la vida que muchos olvidan porque nunca han sentido el deber de defender su tierra. Estas festividades recuerdan que la seguridad no es algo abstracto, sino el resultado del trabajo inquebrantable de personas que asumen una responsabilidad silenciosa.
La sociedad requiere recuperar esa verdad que nunca dejó de ser evidente. Una nación que renuncia a proteger lo propio acaba a merced de la voluntad ajena. Asumir este hecho no es pesimismo, es madurez. Defenderse no es preparar guerras, sino evitar que alguien se plantee iniciarlas. La libertad se sostiene en la vigilancia, la preparación y el compromiso. Nada de eso es incompatible con una sociedad abierta, al contrario, es su mejor garantía. Mirar de frente este argumento no resta esperanza, la consolida. Europa debe elegir entre el espejismo cómodo o la realidad que garantiza un porvenir. Y la verdad, incluso cuando incomoda, es la que hace posible un futuro.


