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La crisis del papel higiénico. Una teoría mojaquera


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CLEMENTE FLORES

El autor del artículo recomienda a personas de sensibilidad refinada que no lo lean.

El coronavirus nos necesita para poder reproducirse y seguir viviendo. Los defensores a ultranza de la biodiversidad nos pueden pedir, en cualquier momento, que le abramos las puertas de nuestro cuerpo. Parece mentira que dos gotitas de mocos escapadas de un pañuelo o un simple beso hayan sido suficientes para poner en jaque al mundo. El espanto se transmite desde todas las cadenas de radio y televisión y el mundo entero no sabe cómo sacudirse la pesadilla.
En el primer momento las personas de medio mundo han acudido a los centros comerciales atropellándose y comprando, hasta acaparar los productos  de primera necesidad para hacer frente a la cuarentena y el confinamiento decretado por las autoridades.
No hemos tardado ni dos días en sacar las primeras conclusiones comerciales. El papel higiénico ha sido el producto más vendido y el que vuelve sistemáticamente a agotarse tras cada reposición de existencias.
El fenómeno ha sido constatado también en otros países de nuestro entorno.
Ni que decir tiene que el fenómeno ha sido recogido y comentado en numerosos tuits y WhatsApp, pero al mismo tiempo no han tardado en aparecer concienzudos estudios de mercado extrayendo conclusiones del caso. Seguramente el más valorado se deba al Instituto Nielsen que es una multinacional alemano-estadounidense que se dedica a estudios de mercado, empleando a más de cuarenta y cinco mil especialistas.
Esta institución ha venido a decir que la avidez en la compra de papel higiénico se dispara en el momento que el ciudadano sabe que tiene que permanecer forzosamente en casa. Hay quien no acepta la explicación y así el profesor de la Central Queensland University A. Russell dice que la gente no compra tanto papel higiénico, sino que sólo nos lo parece porque al ocupar mucho sitio se notan mucho más los estantes vacíos.
Los dependientes de Mercadona y otros centros no están de acuerdo, como tampoco lo está el doctor en comportamiento humano de la University Deakon en Cincinnati que “en culturas capitalistas nos enfrentamos a los problemas comprando cosas y que esto responde a la necesidad de buscar respuestas simples en situaciones de crisis que no controlamos”.
En general los estudiosos insisten en que las pautas de comportamiento se ven alteradas en las crisis y aunque el papel higiénico no tiene poder sanitario ni higiénico que incida directamente sobre el corona virus el comprarlo hace sentirse más relajados y aliviados a los ciudadanos a los que incluso puede producir un efecto placebo. Otros incluso relacionan la acaparación de papel con la sensación de control sobre la higiene y limpieza.
Igualmente, otros sabios y estudiosos del comportamiento se inclinan por concluir que las desmedidas compras de este producto se deben a que no tiene sustitutivos en el mercado como la carne o el pescado y a que existe un efecto contagio, porque la gente compra por principio lo que ve comprar a los demás.
Este fenómeno de compra de papel higiénico produce una creciente ansiedad entre los compradores dado lo cual algunos países, y posiblemente en un futuro cercano España, están pensando limitar el número de rollos de papel que pueden retirarse del mercado en cada compra.
A decir verdad, ninguna de las conclusiones que he leído me acaba de convencer y como otras veces hago, he recurrido a mi amigo José, mojaquero como yo, que es un psicólogo social poco conocido pese a su extraordinaria valía.
Mi amigo José me ha dicho que hago bien en desconfiar de los estudios que he leído porque están mal hechos y con fallos garrafales en la selección de la muestra. José dice, que nada dicen los estudios de lo que ocurre en sociedades islámicas, donde la mano izquierda se considera impura, porque es la que se utiliza para lavarse el culo una vez concluidas las deposiciones ayudándose de agua allí donde se tiene a mano. ¿Qué ocurre cuando no se tiene a mano? ¿Compran los seguidores de Mahoma que viven en España el mismo número de rollos de papel que los españoles?
Reconozco que no lo había pensado y le digo que, incluso aceptando sus puntos de vista, no tenemos explicación que nos aclare cuales son las bases de nuestro comportamiento y entonces se extiende en explicaciones aclaratorias.
“Has de saber, Clemente, que los hombres para tomar decisiones sobre el presente actúan casi siempre utilizando rutinas y de forma casi inconsciente. Conducir, ir al trabajo, hacer la compra, visitar a un amigo o un familiar, puede uno hacerlo ”con los ojos tapados,” es decir, de forma casi inconsciente. Para hacer cosas rutinarias normalmente el hombre usa memorias de hechos recientes porque son las experiencias que le resultan más prácticas y por eso parece que va olvidando el pasado que no le aporta mucho para tomar decisiones sobre ese presente inmediato.
¿Qué ha ocurrido ahora? El anuncio de la pandemia que ha sonado como suena un aldabonazo en la oscuridad y el silencio de la noche, ha venido a saltar todas las alarmas. Los ciudadanos, sin siquiera pensarlo, guiados por la ansiedad y el espíritu de la supervivencia han seguido sus rutinas diarias y se  ha ido al supermercado y en el corto trecho que va desde su casa al supermercado, han repasado a toda prisa sus memorias buscando ayuda para hacer la lista de las cosas necesarias para la cuarentena.
En ese momento su cerebro, que guarda en sus profundidades muchos archivos de hechos de su vida que pudieron ser en su momento rutinarios y desagradables, recordó  los tiempos que se limpiaba el culo con una piedra. ¿Recuerdas las cagadas colectivas de los niños de tu escuela en el cuarto de hora de recreo que a las doce y media daba tu maestro? ( Todos los niños en cuclillas en un solar viejo, próximo a la escuela  y a una distancia mínima establecida para no tocarse las puntas de los dedos con los brazos extendidos). ¿Sabes que hasta principio de los setenta no existían prácticamente pueblos, en España que dispusiesen de agua corriente? ¡Cuántas escuelas seguirían un procedimiento similar!”.
Y recordé. Recordé lo que me contó, mi admirado D. Ginés Carrillo, que había pasado, con ocasión de la visita de un obispo a Mojácar cuando el Consistorio pensó en qué casa podría comer el obispo, al objeto de que dispusiese de un water adecuado de aquellos antiguos de “caída libre” y tapa de madera. El water que había en la suya, que fue la casa elegida, situado en el primer piso, disponía en el piso inferior de una pequeña portezuela accesible, para facilitar la limpieza interior. Se discutió mucho cómo se limpiaría el culo el Sr. Obispo y se decidió que lo más delicado y acorde era que un criado vigilase en el piso inferior con una brocha para tal menester. Todo sucedió como estaba previsto y una vez acabada la comida y solicitado el escusado, cuando el prelado acabó su faena, el diligente criado le limpió debidamente el culo con dos acertados brochazos. Sorprendido el obispo, se agachó para ver como funcionaba el invento y el criado, pensando que no había realizado satisfactoriamente la faena, le largó otros dos brochazos, esta vez, totalmente efectivos, en la cara. No se si José conoce este retazo de la historia de mi pueblo. La traigo a colación porque si sigue la escasez de papel higiénico es posible que alguno, que no haya conseguido comprarlo, disponga de una brocha y tenga las paredes de su casa para encalar, se anime a imitar a Diego Velázquez.