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Ni se muere Franco ni cenamos (segunda parte)


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JUAN LUIS PÉREZ TORNELL

“Si los hombres honrados se retiran, el camino quedará libre 
para la gente sin escrúpulos y sin perspectivas”. 

“El gatopardo” Giuseppe Tomasi de Lampedusa


Estaba terminando de leer la magnifica novela de G.T. de Lampedusa, “El Gatopardo”, coincidiendo con la inhumación de Franco en su feísimo panteón de Mingorrubio, una vez asestada, con cuarenta y cuatro años de retraso la gran lanzada a este moro muerto, que se propina también, por momia interpuesta y exhumación mediante, al cadáver de la Transición, otro moro muerto, que, antes de que Zapatero le hiciese la merced de una autocrítica y una autopsia, pasaba por ser uno de los más claros ejemplos políticos de reconciliación que España diera al mundo.

Reescrita la historia, retirado el palio y puestos de perfil y visiblemente incómodos los jerarcas de la Iglesia, solo queda el humo de las velas apagadas, las coronas de laureles marchitos y los restos disecados, como los del perro “Bendicò” de la novela, arrojados al muladar tantos años después, como el punto final de una estirpe y de un tiempo ido.

La visión del ataúd de Franco, cual una especie de Príncipe de Salina, como si volviera de unos tiempos remotísimos, inevitablemente evoca unos usos y costumbres, que fueron de nuestros padres y de nuestros abuelos – la costumbre de matarse entre españoles, por ejemplo -, y que nunca fueron propiamente nuestros, sino de ellos, pero nos pertenecen inevitablemente, como los recuerdos o las leyendas vividas directamente por aquellos que nos precedieron y nos las contaron, forman ese legado indefinido y vaporoso que se nos adhiere como el polvillo de las alas de las mariposas, lo queramos o no, por la proximidad a esas dos generaciones que nos rozaron antes de desaparecer.

Los nietos, humillados y ofendidos por la exhumación, y tácitamente culpables al parecer de la sangre familiar que portan, estaban solos. Las largas filas de ciudadanos del 20 de noviembre de 1975 habían desaparecido. El exorcismo era innecesario: una extraña representación del franquismo residual, un exiguo grupo de ancianos, y algunos personajes con atavíos y correajes más bien carnavalescos, solo reforzaba esa impresión de abandono y orfandad del extraño funeral. Parece que solo la familia Tejero y la mínima caterva de gente estrafalaria, que parecía también exhumada fantasmalmente para la ocasión, acompañaba a nuestro Fabrizio Salina y sus deudos, a los que, de forma inicua y cruel y sin título alguno para ello, se les ha impedido elegir donde enterrar los restos de su abuelo ni fotografiar la ceremonia.

El rey emérito, poniendo sus barbas a remojar y desde el “fisio” donde contemplaba el entierro mientras le aparejaban los huesos, dicen los papeles que comentó, con sorna borbónica: “Espero que no me muden del Escorial en 40 años”.

Pues depende, majestad, de los “sans-culottes” que gobiernen en su día. Yo no apostaría a ello la salvación de mi alma. ¿Quién decidió acaso que fuera Don Juan Carlos nuestro Jefe del Estado?,¿A quién decidirá la Memoria Histórica que le ha llegado el turno ahora?. Una cosa es segura, como, en los culebrones: continuará. Mientras haya audiencia.