![]() |
| .. |
J. A. SÁEZ CALVO
Una guerra puede empezar sin disparos. Basta un teléfono infectado, una frontera que durante unas horas deja de contener, miles de mensajes capaces de empujar a una multitud, una presión comercial o un satélite que pasa cuando interesa saber qué ocurre en el terreno. Si los uniformes aparecen algún día, la partida quizá lleve años en marcha. La primera ventaja del agresor llega cuando consigue que el atacado siga llamando paz, amistad o colaboración a una presión que ya condiciona sus decisiones.
Frank Hoffman popularizó en 2007 el concepto moderno de guerra híbrida al estudiar la mezcla de capacidades convencionales, tácticas irregulares, terrorismo, criminalidad e información. Diez años después, la Campaña Multinacional para el Desarrollo de Capacidades (MCDC) publicó “Comprender la guerra híbrida”. Identifica tres elementos: vulnerabilidades del adversario, sincronización de instrumentos de poder y efectos sobre funciones críticas. Cada medida aislada puede parecer menor; el efecto surge de su coordinación.
La Unión Europea lo recoge en su “Marco común para la lucha contra las amenazas híbridas”, JOIN 2016. Allí aparecen coerción, subversión y medios diplomáticos, militares, económicos o tecnológicos. La OTAN incorpora propaganda, engaño, sabotaje, ciberataques, presión económica y medios militares. Guerra híbrida y zona gris describen planos distintos: la primera explica la combinación de instrumentos; la segunda, el espacio donde se presiona por debajo del conflicto armado abierto.
Hoy se cumplen veinticinco años del 11 de septiembre de 2001. Aquellos atentados fueron terrorismo internacional y provocaron, por primera vez en la OTAN, la activación del artículo 5 de defensa colectiva. El 11-S pertenece a una categoría distinta de la guerra híbrida que hoy analizamos, aunque dejó una enseñanza vigente: la seguridad de un Estado puede quebrarse desde lugares, métodos y actores que sus estructuras tradicionales no habían previsto.
Este manual empieza antes de que un incidente llegue a los telediarios. Se fija un objetivo político, se estudia qué depende del vecino, dónde tarda en reaccionar, qué fracturas internas pueden explotarse y cuánto teme una escalada. Después se tantean límites con episodios de baja intensidad: una campaña informativa, una tensión fronteriza, una decisión comercial. El atacante observa, corrige y vuelve a probar. La ambigüedad compra tiempo y la lentitud del contrario lo regala.
Una parte de ese método se conoce como “táctica del salami”. La expresión se atribuye a Mátyás Rákosi, dirigente comunista húngaro que describía la eliminación gradual de sus adversarios como cortar un salami en lonchas. Thomas Schelling trasladó después esa lógica a la estrategia: una intrusión pequeña puede quedar por debajo del umbral que desencadena una reacción; repetida paso a paso termina alterando el equilibrio. Cada corte parece asumible. Al final falta media pieza.
Hezbollah ofreció en el Líbano de 2006 un ejemplo claro: combatía como organización irregular y empleaba infantería entrenada, misiles anticarro, cohetes, drones, inteligencia de señales y misiles antibuque. Allí existía conflicto abierto; lo híbrido estaba en la mezcla. China trabaja de otra manera en el mar de China Meridional: buques aparentemente pesqueros integrados en una milicia marítima operan junto a guardacostas y consolidan presencia sin convertir cada roce en un casus belli.
Troya pertenece al relato épico donde el caballo resume una idea clara: conseguir que el adversario abra la puerta puede ser más eficaz que derribar la muralla. Marruecos ofrece antecedentes propios. La Marcha Verde de 1975 mezcló población civil, propaganda, coerción diplomática y movimientos militares; Perejil probó en 2002 un hecho consumado sobre un islote español; Ceuta, en 2021, mostró el efecto político de una frontera llevada al límite. Rabat tantea y aprende de la reacción española.
El giro español sobre el Sáhara en 2022 añadió otra pieza. El Ejecutivo pasó a considerar el plan marroquí de autonomía como la base más seria, creíble y realista para una solución. Argelia retiró a su embajador, suspendió el Tratado de Amistad y frenó buena parte del comercio con España. El gas recordó algo elemental: Rabat, Argel, el Estrecho y nuestra seguridad energética forman parte del mismo mapa. Este 10 de septiembre, Argelia rompió relaciones diplomáticas con Emiratos Árabes Unidos, aliado estrecho de Marruecos y defensor de su posición sobre el Sáhara, señal de que las tensiones del Magreb se mezclan con intereses del Golfo, Israel y el Sahel.
Pegasus merece atención. Los teléfonos del presidente del Ejecutivo español y de los ministros de Defensa, Interior y Agricultura fueron infectados. La Audiencia Nacional documentó que del terminal del presidente se extrajeron al menos 2,57 gigabytes entre el 19 y el 21 de mayo de 2021 y otros 130 megabytes el día 31. La causa volvió a archivarse provisionalmente en enero de 2026 ante la imposibilidad de identificar al autor por la falta de cooperación de Israel. El 9 de septiembre volvió a la escena pública Mehdi Hijaouy, antiguo número dos de la Dirección General de Estudios y Documentación (DGED), el servicio de inteligencia exterior marroquí, a través de unas declaraciones publicadas por Le Canard enchaîné. Hijaouy afirma conocer el operativo Pegasus y señala a figuras del aparato de seguridad de Rabat. Otras informaciones y una hoja de servicios difundida públicamente lo sitúan al frente del denominado “Service Action”, la unidad de operaciones de la DGED. Tendrá que demostrar sus afirmaciones. Pero el dato comprobado ya es grave: la cúspide política española fue penetrada y del teléfono del presidente salió una cantidad extraordinaria de información.
Rabat ha desarrollado además capacidad propia de observación desde el espacio. Los satélites Mohammed VI-A y Mohammed VI-B orbitan a unos 620 kilómetros y ofrecen una resolución pancromática próxima a 0,7 metros. Durante la crisis de Ceuta se contabilizaron al menos once pasadas de ambos aparatos por el entorno del Estrecho. Sus órbitas heliosíncronas siguen ciclos previsibles. Lo relevante es que Marruecos dispone de medios capaces de observar con resolución inferior al metro una zona que incluye Ceuta, el Estrecho y el norte de África.
Ese día apareció otro dato. OK Diario publicó, citando fuentes policiales, que Marruecos desplegó en el Tarajal un dron que grabó la visita del director general de la Policía y de la directora de la Guardia Civil. El aparato estaba anclado al suelo mediante una cuerda y esa configuración habría impedido capturarlo con los medios antidron disponibles. Cuarenta y dos días después del desbordamiento de la frontera, un medio aéreo marroquí observaba a los máximos responsables policiales españoles en el escenario de la crisis.
Marruecos tampoco es un bloque homogéneo. Freedom House lo clasifica como “parcialmente libre” y atribuye a Mohamed VI y al Palacio un poder decisivo mediante sus atribuciones constitucionales, influencia política y recursos económicos. El Sáhara Occidental es una cuestión de Estado para la monarquía. El Rif tiene una historia propia: Abd el-Krim proclamó en 1921 la República del Rif, organizó una administración y buscó reconocimiento internacional hasta la derrota frente a España y Francia en 1926. Aquella tradición sigue presente. El Hirak surgido en 2016 tuvo un fuerte componente social y económico, junto a corrientes que defienden la autodeterminación.
Rabat conoce esas tensiones. Sáhara, Rif, Argelia, Ceuta y Melilla forman parte de un discurso territorial que también refuerza la unidad alrededor de la Corona. A este discurso se suma una modernización militar sostenida. Marruecos ha elevado en 2026 su presupuesto de Defensa hasta un máximo histórico de 73.800 millones de dirhams y continúa incorporando capacidades procedentes principalmente de Estados Unidos y otros y otros aliados occidentales, junto a tecnología israelí y una creciente cooperación industrial en defensa.
Julio de 2026 permite comprobar cómo ese manual pasa de la teoría a los hechos. El 9 de septiembre, tras la desclasificación acordada por el Consejo de Ministros, La Moncloa publicó cuarenta informes, alertas y comunicaciones de Policía Nacional, Guardia Civil, CNI y Centro de Inteligencia de las Fuerzas Armadas. El 29 de julio el CNI había informado de convocatorias para entrar por mar y por la valla difundidas en grupos de Facebook y WhatsApp que reunían alrededor de 180.000 participantes y avisó también a servicios marroquíes. El análisis policial localizó miles de mensajes, una organización por niveles, gendarmes dando indicaciones y personas de paisano impartiendo instrucciones. La Audiencia Nacional recoge una “clara e indudable gestión favorecedora” desde territorio marroquí y el informe policial habla de planificación, componente geopolítico y “guiado activo”. Rabat niega haber organizado la entrada y, a la vez, mantiene su reivindicación sobre Ceuta y Melilla. Una investigación seria deberá establecer hasta dónde llegó la cadena de decisión.
La publicación de esos documentos aporta transparencia y deja una pregunta: ¿hacía falta mostrar fechas, destinatarios y circuitos por los que circuló parte de la información? El Gobierno asegura que el material fue anonimizado para proteger fuentes y capacidad operativa. Un servicio extranjero estudia cómo trabaja el adversario, cuánto tarda en detectar, a quién avisa y dónde se atasca una decisión. Explicar responsabilidades era necesario. Publicar el funcionamiento interno de la inteligencia exige medir qué debe conocerse y qué debe seguir reservado.
A España doctrina no le falta. La Estrategia de Seguridad Nacional de 2021 fijó entre sus tres objetivos desarrollar la prevención, disuasión, detección y respuesta frente a estrategias híbridas. Después llegaron la Estrategia Nacional de Seguridad Marítima de 2024 y la Estrategia de Seguridad Aeroespacial Nacional de 2025, incorporando coerción económica, presión energética, ciberataques, campañas de influencia, inmigración irregular, drones y vigilancia espacial. En mayo de 2025 el Estado atribuyó al Comité de Situación la respuesta ante amenazas híbridas y acordó crear un Grupo Permanente de Coordinación. Ese año inició también una nueva Estrategia de Seguridad Nacional ante el deterioro del entorno estratégico. El 25 de agosto de 2026 el Gobierno terminó declarando Ceuta “situación de interés para la Seguridad Nacional”. La amenaza llevaba años descrita y ya existían mecanismos específicos para coordinar la respuesta.
¿Existe un peaje oculto con Rabat? La pregunta sigue siendo legítima cuando se juntan inmigración irregular, Sáhara, comercio, terrorismo, energía, Pegasus, inteligencia y soberanía. Si aparecen pruebas de chantaje, información comprometida o acuerdos desconocidos habrá que estudiarlas. Mientras no aparezcan, lo comprobable es que España ha construido dependencias que dejan en manos de Marruecos importantes palancas y está tardando demasiado en convertir avisos en decisiones.
Ahí se juega la zona gris, también en la batalla por el relato alrededor de acontecimientos como una final de un Mundial. Ceuta y Melilla permanecen en el horizonte reivindicativo marroquí. El método del vecino consiste en acostumbrar a España a tratar cada episodio por separado: Pegasus como espionaje, la frontera como inmigración irregular, el Sáhara como política exterior, el dron como anécdota, los satélites como tecnología y la coerción económica como disputa comercial. Cada asunto aislado admite una explicación tranquilizadora. El conjunto obliga a mirar de otra manera. Los documentos describen las herramientas y los servicios han dejado constancia de los avisos. La cuestión es si quien decide ve la secuencia completa. Si seguimos estudiando cada episodio como un expediente independiente, Marruecos habrá aprendido algo muy valioso sobre nosotros sin disparar un solo tiro.
(Para ver el artículo anterior "La mala costumbre de no mostrar la verdad" click AQUÍ)
Frank Hoffman popularizó en 2007 el concepto moderno de guerra híbrida al estudiar la mezcla de capacidades convencionales, tácticas irregulares, terrorismo, criminalidad e información. Diez años después, la Campaña Multinacional para el Desarrollo de Capacidades (MCDC) publicó “Comprender la guerra híbrida”. Identifica tres elementos: vulnerabilidades del adversario, sincronización de instrumentos de poder y efectos sobre funciones críticas. Cada medida aislada puede parecer menor; el efecto surge de su coordinación.
La Unión Europea lo recoge en su “Marco común para la lucha contra las amenazas híbridas”, JOIN 2016. Allí aparecen coerción, subversión y medios diplomáticos, militares, económicos o tecnológicos. La OTAN incorpora propaganda, engaño, sabotaje, ciberataques, presión económica y medios militares. Guerra híbrida y zona gris describen planos distintos: la primera explica la combinación de instrumentos; la segunda, el espacio donde se presiona por debajo del conflicto armado abierto.
Hoy se cumplen veinticinco años del 11 de septiembre de 2001. Aquellos atentados fueron terrorismo internacional y provocaron, por primera vez en la OTAN, la activación del artículo 5 de defensa colectiva. El 11-S pertenece a una categoría distinta de la guerra híbrida que hoy analizamos, aunque dejó una enseñanza vigente: la seguridad de un Estado puede quebrarse desde lugares, métodos y actores que sus estructuras tradicionales no habían previsto.
Este manual empieza antes de que un incidente llegue a los telediarios. Se fija un objetivo político, se estudia qué depende del vecino, dónde tarda en reaccionar, qué fracturas internas pueden explotarse y cuánto teme una escalada. Después se tantean límites con episodios de baja intensidad: una campaña informativa, una tensión fronteriza, una decisión comercial. El atacante observa, corrige y vuelve a probar. La ambigüedad compra tiempo y la lentitud del contrario lo regala.
Una parte de ese método se conoce como “táctica del salami”. La expresión se atribuye a Mátyás Rákosi, dirigente comunista húngaro que describía la eliminación gradual de sus adversarios como cortar un salami en lonchas. Thomas Schelling trasladó después esa lógica a la estrategia: una intrusión pequeña puede quedar por debajo del umbral que desencadena una reacción; repetida paso a paso termina alterando el equilibrio. Cada corte parece asumible. Al final falta media pieza.
Hezbollah ofreció en el Líbano de 2006 un ejemplo claro: combatía como organización irregular y empleaba infantería entrenada, misiles anticarro, cohetes, drones, inteligencia de señales y misiles antibuque. Allí existía conflicto abierto; lo híbrido estaba en la mezcla. China trabaja de otra manera en el mar de China Meridional: buques aparentemente pesqueros integrados en una milicia marítima operan junto a guardacostas y consolidan presencia sin convertir cada roce en un casus belli.
Troya pertenece al relato épico donde el caballo resume una idea clara: conseguir que el adversario abra la puerta puede ser más eficaz que derribar la muralla. Marruecos ofrece antecedentes propios. La Marcha Verde de 1975 mezcló población civil, propaganda, coerción diplomática y movimientos militares; Perejil probó en 2002 un hecho consumado sobre un islote español; Ceuta, en 2021, mostró el efecto político de una frontera llevada al límite. Rabat tantea y aprende de la reacción española.
El giro español sobre el Sáhara en 2022 añadió otra pieza. El Ejecutivo pasó a considerar el plan marroquí de autonomía como la base más seria, creíble y realista para una solución. Argelia retiró a su embajador, suspendió el Tratado de Amistad y frenó buena parte del comercio con España. El gas recordó algo elemental: Rabat, Argel, el Estrecho y nuestra seguridad energética forman parte del mismo mapa. Este 10 de septiembre, Argelia rompió relaciones diplomáticas con Emiratos Árabes Unidos, aliado estrecho de Marruecos y defensor de su posición sobre el Sáhara, señal de que las tensiones del Magreb se mezclan con intereses del Golfo, Israel y el Sahel.
Pegasus merece atención. Los teléfonos del presidente del Ejecutivo español y de los ministros de Defensa, Interior y Agricultura fueron infectados. La Audiencia Nacional documentó que del terminal del presidente se extrajeron al menos 2,57 gigabytes entre el 19 y el 21 de mayo de 2021 y otros 130 megabytes el día 31. La causa volvió a archivarse provisionalmente en enero de 2026 ante la imposibilidad de identificar al autor por la falta de cooperación de Israel. El 9 de septiembre volvió a la escena pública Mehdi Hijaouy, antiguo número dos de la Dirección General de Estudios y Documentación (DGED), el servicio de inteligencia exterior marroquí, a través de unas declaraciones publicadas por Le Canard enchaîné. Hijaouy afirma conocer el operativo Pegasus y señala a figuras del aparato de seguridad de Rabat. Otras informaciones y una hoja de servicios difundida públicamente lo sitúan al frente del denominado “Service Action”, la unidad de operaciones de la DGED. Tendrá que demostrar sus afirmaciones. Pero el dato comprobado ya es grave: la cúspide política española fue penetrada y del teléfono del presidente salió una cantidad extraordinaria de información.
Rabat ha desarrollado además capacidad propia de observación desde el espacio. Los satélites Mohammed VI-A y Mohammed VI-B orbitan a unos 620 kilómetros y ofrecen una resolución pancromática próxima a 0,7 metros. Durante la crisis de Ceuta se contabilizaron al menos once pasadas de ambos aparatos por el entorno del Estrecho. Sus órbitas heliosíncronas siguen ciclos previsibles. Lo relevante es que Marruecos dispone de medios capaces de observar con resolución inferior al metro una zona que incluye Ceuta, el Estrecho y el norte de África.
Ese día apareció otro dato. OK Diario publicó, citando fuentes policiales, que Marruecos desplegó en el Tarajal un dron que grabó la visita del director general de la Policía y de la directora de la Guardia Civil. El aparato estaba anclado al suelo mediante una cuerda y esa configuración habría impedido capturarlo con los medios antidron disponibles. Cuarenta y dos días después del desbordamiento de la frontera, un medio aéreo marroquí observaba a los máximos responsables policiales españoles en el escenario de la crisis.
Marruecos tampoco es un bloque homogéneo. Freedom House lo clasifica como “parcialmente libre” y atribuye a Mohamed VI y al Palacio un poder decisivo mediante sus atribuciones constitucionales, influencia política y recursos económicos. El Sáhara Occidental es una cuestión de Estado para la monarquía. El Rif tiene una historia propia: Abd el-Krim proclamó en 1921 la República del Rif, organizó una administración y buscó reconocimiento internacional hasta la derrota frente a España y Francia en 1926. Aquella tradición sigue presente. El Hirak surgido en 2016 tuvo un fuerte componente social y económico, junto a corrientes que defienden la autodeterminación.
Rabat conoce esas tensiones. Sáhara, Rif, Argelia, Ceuta y Melilla forman parte de un discurso territorial que también refuerza la unidad alrededor de la Corona. A este discurso se suma una modernización militar sostenida. Marruecos ha elevado en 2026 su presupuesto de Defensa hasta un máximo histórico de 73.800 millones de dirhams y continúa incorporando capacidades procedentes principalmente de Estados Unidos y otros y otros aliados occidentales, junto a tecnología israelí y una creciente cooperación industrial en defensa.
Julio de 2026 permite comprobar cómo ese manual pasa de la teoría a los hechos. El 9 de septiembre, tras la desclasificación acordada por el Consejo de Ministros, La Moncloa publicó cuarenta informes, alertas y comunicaciones de Policía Nacional, Guardia Civil, CNI y Centro de Inteligencia de las Fuerzas Armadas. El 29 de julio el CNI había informado de convocatorias para entrar por mar y por la valla difundidas en grupos de Facebook y WhatsApp que reunían alrededor de 180.000 participantes y avisó también a servicios marroquíes. El análisis policial localizó miles de mensajes, una organización por niveles, gendarmes dando indicaciones y personas de paisano impartiendo instrucciones. La Audiencia Nacional recoge una “clara e indudable gestión favorecedora” desde territorio marroquí y el informe policial habla de planificación, componente geopolítico y “guiado activo”. Rabat niega haber organizado la entrada y, a la vez, mantiene su reivindicación sobre Ceuta y Melilla. Una investigación seria deberá establecer hasta dónde llegó la cadena de decisión.
La publicación de esos documentos aporta transparencia y deja una pregunta: ¿hacía falta mostrar fechas, destinatarios y circuitos por los que circuló parte de la información? El Gobierno asegura que el material fue anonimizado para proteger fuentes y capacidad operativa. Un servicio extranjero estudia cómo trabaja el adversario, cuánto tarda en detectar, a quién avisa y dónde se atasca una decisión. Explicar responsabilidades era necesario. Publicar el funcionamiento interno de la inteligencia exige medir qué debe conocerse y qué debe seguir reservado.
A España doctrina no le falta. La Estrategia de Seguridad Nacional de 2021 fijó entre sus tres objetivos desarrollar la prevención, disuasión, detección y respuesta frente a estrategias híbridas. Después llegaron la Estrategia Nacional de Seguridad Marítima de 2024 y la Estrategia de Seguridad Aeroespacial Nacional de 2025, incorporando coerción económica, presión energética, ciberataques, campañas de influencia, inmigración irregular, drones y vigilancia espacial. En mayo de 2025 el Estado atribuyó al Comité de Situación la respuesta ante amenazas híbridas y acordó crear un Grupo Permanente de Coordinación. Ese año inició también una nueva Estrategia de Seguridad Nacional ante el deterioro del entorno estratégico. El 25 de agosto de 2026 el Gobierno terminó declarando Ceuta “situación de interés para la Seguridad Nacional”. La amenaza llevaba años descrita y ya existían mecanismos específicos para coordinar la respuesta.
¿Existe un peaje oculto con Rabat? La pregunta sigue siendo legítima cuando se juntan inmigración irregular, Sáhara, comercio, terrorismo, energía, Pegasus, inteligencia y soberanía. Si aparecen pruebas de chantaje, información comprometida o acuerdos desconocidos habrá que estudiarlas. Mientras no aparezcan, lo comprobable es que España ha construido dependencias que dejan en manos de Marruecos importantes palancas y está tardando demasiado en convertir avisos en decisiones.
Ahí se juega la zona gris, también en la batalla por el relato alrededor de acontecimientos como una final de un Mundial. Ceuta y Melilla permanecen en el horizonte reivindicativo marroquí. El método del vecino consiste en acostumbrar a España a tratar cada episodio por separado: Pegasus como espionaje, la frontera como inmigración irregular, el Sáhara como política exterior, el dron como anécdota, los satélites como tecnología y la coerción económica como disputa comercial. Cada asunto aislado admite una explicación tranquilizadora. El conjunto obliga a mirar de otra manera. Los documentos describen las herramientas y los servicios han dejado constancia de los avisos. La cuestión es si quien decide ve la secuencia completa. Si seguimos estudiando cada episodio como un expediente independiente, Marruecos habrá aprendido algo muy valioso sobre nosotros sin disparar un solo tiro.
(Para ver el artículo anterior "La mala costumbre de no mostrar la verdad" click AQUÍ)

