La segunda estrella: España volvió a pronunciar su nombre


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J. A. SÁEZ CALVO

La Selección no creó el orgullo de ser español. Lo sacó a la calle y lo mostró al mundo.

España volvió a ser campeona del mundo el 19 de julio de 2026. Venció a Argentina por un gol a cero en Nueva Jersey, después de una prórroga resuelta por Ferran Torres en el minuto 106. Fue el segundo título mundial, dieciséis años después de Johannesburgo, y la culminación de un ciclo excepcional: Liga de Naciones en 2023, Eurocopa en 2024 y Mundial en 2026. El equipo terminó invicto y convirtió el juego colectivo, la disciplina y la confianza en el compañero en su verdadera figura.

Al día siguiente, dos millones de personas acompañaron a los jugadores por las calles de Madrid. La final reunió en España a 15,7 millones de espectadores de media, alcanzó 20,1 millones y obtuvo una cuota del 87,1 %. Fue el segundo acontecimiento televisivo más visto de nuestra historia. No existe una encuesta que permita medir el sentimiento de cada ciudadano. Semejantes cifras, unidas a las celebraciones en todo el territorio, descartan que se tratara de una reacción minoritaria. Había un orgullo profundo que esperaba una ocasión para mostrarse sin complejos.

La dimensión mundial también parece indicar cifras de récord. La FIFA aún no ha publicado el informe consolidado de 2026. Las referencias auditadas anteriores son un alcance de 1.120 millones para la final de 2018 y de 1.420 millones para la de Catar 2022. La Super Bowl de 2026 promedió 125,6 millones de espectadores en Estados Unidos. En ese mismo mercado, España-Argentina reunió 62,8 millones, más del doble que la final de 2022 y el mayor registro futbolístico de la televisión estadounidense.

El planeta se dividió en dos mitades, girando alrededor de dos simpatías reconocibles. Argentina reunía a quienes deseaban otra Copa para la despedida de Messi; España atraía por su juventud, su fútbol asociativo y una manera limpia de competir. La prensa extranjera reconoció el control y la superioridad del campeón. Hubo admiración por el astro argentino y, al final, una aceptación muy extendida de que el vencedor lo había hecho todo, incluido el juego limpio, para ganar.

La final mostró también una forma de entender el fútbol y la derrota: Enzo Fernández fue expulsado al término del tiempo reglamentario. Después del pitido final, las imágenes mostraron a Leandro Paredes agarrando a Eric García por el cuello y derribando a Gavi; Nahuel Molina apareció en otro forcejeo y el ayudante Roberto Ayala reconoció haberse excedido en un incidente con Dani Olmo. Jugadores y cuerpo técnico argentino menos el flaco López, dieron la espalda a la selección ganadora mientras recogían la copa, cuando los jugadores españoles antes le habían hecho pasillo para recoger su subcampeonato. La FIFA abrió una investigación sobre lo sucedido.

Aquellas acciones fueron responsabilidad de sus autores, es de suponer que no es de una nación entera ni de todos los componentes del equipo. Lionel Scaloni trató de contener la pelea y admitió la superioridad española; Messi permaneció al margen. No debería poder confundirse a una afición con los grupos que, horas después, lanzaron piedras y botellas contra la policía en Buenos Aires o tuvieron comportamientos de mal perder en Mallorca, Madrid y otros lugares. El deporte pierde su valor cuando la rivalidad se transforma en intimidación, violencia o incapacidad para aceptar el resultado.

España ofreció el ejemplo contrario. Supo sufrir, respetó al adversario y celebró sin humillarlo. Ganar importa; también es vital cómo se gana y cómo se pierde. Un Mundial contemplado por cientos de millones de personas no es solo competición: es una escuela pública de conducta. Salvar el deporte exige defender el talento, el esfuerzo, la lealtad y el respeto a las reglas, y señalar con serenidad aquello que no debe repetirse.

Ese eco exterior importa porque la imagen de una nación también se construye con lo que sus ciudadanos son capaces de hacer juntos. Había familias, jóvenes, mayores, personas nacidas aquí y otras que eligieron esta tierra para vivir. Banderas en los balcones, camisetas rojas y niños pintados con los colores nacionales. Nadie preguntaba a quien tenía al lado qué partido votaba, en qué lengua hablaba con sus padres o en qué comunidad había nacido.

Ganó un grupo de procedencias, acentos y trayectorias familiares distintas, unido por una camiseta y una responsabilidad. Cada jugador conservó su personalidad y puso su capacidad al servicio del conjunto. El fútbol recordó una verdad sencilla que la política olvida con frecuencia: la diversidad suma cuando existe un proyecto compartido.

La bandera pertenece a todos. La rojigualda no nació con una dictadura ni con un partido. Carlos III la eligió en 1785 como pabellón naval; Isabel II extendió su uso como bandera nacional en 1843; y la Constitución de 1978 fijó su configuración actual. Reducirla a un régimen del siglo XX borra casi dos siglos de historia y entrega el principal símbolo común a quienes pretendan apropiárselo.

En Francia, Estados Unidos o el Reino Unido los emblemas nacionales forman parte de la vida cotidiana. Aquí muchos aprendieron a contemplar la enseña con prevención, como si mostrarla exigiera una declaración ideológica. Ese recelo tiene raíces internas y externas. Los rivales de la Monarquía Hispánica difundieron durante siglos una propaganda eficaz.

Andrés de Urdaneta halló el tornaviaje del Pacífico que comunicó Asia y América. Jorge Juan participó en la expedición geodésica que midió el arco del meridiano en el Ecuador y ayudó a confirmar la forma achatada de la Tierra. Ambos conservaron su origen y sirvieron en empresas comunes.

La ciencia y la técnica ofrecen más nombres. La expedición de Balmis llevó la vacuna contra la viruela a América y Filipinas con la participación decisiva de Isabel Zendal y de los niños que conservaron el fluido de brazo en brazo. Santiago Ramón y Cajal abrió el conocimiento moderno del sistema nervioso y obtuvo el Nobel de Medicina en 1906. Leonardo Torres Quevedo construyó el Telekino y máquinas automáticas capaces de jugar al ajedrez. Isaac Peral desarrolló un submarino de propulsión eléctrica. Procedían de territorios distintos y expresan, por ello, una obra española plural.

En América se levantaron ciudades, hospitales, universidades, imprentas y caminos. Las Leyes de Burgos de 1512 reconocieron a los indígenas como hombres libres. Francisco de Vitoria y la Escuela de Salamanca discutieron la dignidad de los pueblos americanos, los límites de la conquista y el derecho de gentes. La importancia está en recordar que la propia Monarquía produjo normas y debates para limitar el poder.

La Constitución de Cádiz de 1812 proclamó que la nación era “la reunión de todos los españoles de ambos hemisferios”. Hubo diputados de ultramar y una concepción política de unidad. La trayectoria española pertenece también a esos vínculos, mestizajes que dejaron una lengua y un patrimonio compartidos a ambos lados del Atlántico.

La Guerra de Sucesión se presenta a veces como una guerra de España contra Cataluña, cuando fue un conflicto dinástico, civil e internacional por la Corona y el equilibrio europeo. Hubo habitantes de distintos territorios en ambos bandos. Trasladar a 1701-1714 las fronteras políticas y sentimentales del presente falsifica una realidad mucho más compleja.

Juan Sebastián Elcano fue vasco y español: natural de Getaria, tomó el mando de la nao Victoria y culminó en 1522 la primera vuelta al mundo con diecisiete hombres más. Cajal fue aragonés y español; un escritor que crea en catalán pertenece también a la cultura española. El gallego, el catalán, el euskera y las hablas de cada territorio ensanchan el patrimonio común. Convertir una lengua en frontera política empobrece su significado. La educación tiene una responsabilidad decisiva. Geografía e Historia continúa siendo obligatoria en la ESO e Historia de España permanece en Bachillerato. El problema reside en unos conocimientos muy desiguales y, a veces, subordinados al relato político inmediato. El pensamiento crítico exige primero hechos: para discutir Utrecht hay que saber qué fue Utrecht; para interpretar 1812, conocer su articulado; y para comprender la Guerra Civil, estudiar documentos, víctimas, responsabilidades y contexto, no utilizar a los muertos para repartir certificados morales entre sus nietos.

Se cita con frecuencia una frase atribuida a Bismarck según la cual España sería el país más fuerte del mundo porque lleva siglos intentando destruirse y todavía no lo ha conseguido. No existe una fuente fiable que confirme la autoría y probablemente sea apócrifa. Ha sobrevivido porque retrata una conducta reconocible: despreciar lo propio, exagerar cada fracaso y convertir diferencias legítimas en conflictos irreconciliables.

La victoria levanta una contención acumulada. La bandera regresó a los balcones sin explicaciones y el himno sonó sin una nota al pie. El sentimiento estaba ahí: afloró cuando pareció posible expresarlo sin sanción social. Una presión política y cultural encubierta ha presentado durante años el apego a España como sospechoso, obligando a muchos a justificar lo que otros países viven con naturalidad.

Esa reivindicación exterior no nació de la política exterior del Gobierno, de una cumbre ni de un eslogan. Partió del césped y se multiplicó en las calles. Las instituciones acudieron después a recibir al equipo; el prestigio ya lo habían creado los jugadores y la gente. España proyectó talento, trabajo, unidad y alegría con una autenticidad que ninguna oficina de comunicación podía fabricar. Querer la propia tierra no garantiza por sí solo el progreso. Su desprecio sí lo dificulta. El desarrollo económico necesita confianza, estabilidad, educación y proyectos capaces de sobrevivir a los gobiernos. Una sociedad enfrentada permanentemente con su nombre, su historia y sus símbolos consume energías que debería dedicar a mejorar sus empresas, universidades, instituciones y ciudades.

La pertenencia está abierta a quien llega de fuera. El inmigrante conserva la memoria de su origen, como los españoles que emigraron a Alemania, Francia, Argentina, México o Venezuela. Es legítimo. La acogida impone un deber elemental: respetar las leyes, la cultura, las costumbres y los símbolos de la tierra que lo recibe, igual que se espera de los españoles cuando emigran. Puede amar el país donde trabaja y construye el futuro de sus hijos. El origen se hereda; la pertenencia se elige.

La segunda estrella merece algo más que quedarse en una camiseta. Querer a España permite respetar otras culturas y pensar de manera distinta. Exige conocerla, cuidarla y transmitirla; proteger sus lenguas, sus instituciones, sus paisajes, sus costumbres y la memoria de quienes la construyeron.

Millones de personas pronunciaron el nombre de su nación con alegría y sin complejos. Conviene guardar esa imagen. Un pueblo que conoce su historia no necesita inventarla ni renunciar a lo que es. Puede levantar su bandera, cantar o tatarear su himno y decir, con serenidad y orgullo, que es es español.