Las máquinas


Juan Torrijos Una izquierda fresca y nueva
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PASEO ABAJO/Juan Torrijos

No sé si las máquinas tienen fe. Si creen en las alturas, en la magia o en lo que deseamos hagan por nosotros, los seres humanos. No sabría decirles. Estoy en bucle, que dicen los jóvenes, del que no sé cómo voy a salir. Le he preguntado a la IA del ordenador. Dicen que tiene contestación para todo, pero no ha sabido darme una respuesta convincente y “sinvicente”. Y bien que lo siento. Recurro a ustedes por si alguno, en su sana y santa sabiduría, pondría algo de luz en las tinieblas que me rodean.

De entrada, y hasta de salida, me van a decir que vaya comparaciones que les traigo. Estoy con ustedes, y de ahí la situación en la que me encuentro. Pero se ha dado un ejemplo que no puedo por menos que contarles. Me refiero a la máquina que tenía que comenzar el derribo de una parte de la Basílica del Escorial, conoce la historia, tuvo que ser retirada por la empresa a la que el gobierno le había adjudicado la obra, ya que la mañana en la que tenía que comenzar los trabajos, la misma apareció rota y con pintadas. La historia no tendría mayor importancia, si no fuera por lo que les voy a narrar, y que no sé si lo recuerdan.

Algunos no debían haber nacido entonces en aquellos años, era la década de los cincuenta, finales más o menos de la misma, otros eran tan pequeños que ni se acordarán de la noticia. Les cuento. En Terque, pueblo venido a menos en los últimos años, por aquello de la venta de la parra sin darle alternativa a sus tierras, el parque natural de Sierra Nevada que no les deja ni levantar una piedra en sus propias tierras, y los políticos que le han tocado en suerte, cuando no han engañado a sus vecinos, y que se ubica a pocos kilómetros de la capital, en la orilla izquierda bajando el río Andarax, entre Bentarique y Alhabia, se apareció en una cueva del pueblo La Virgen a unas niñas. La cueva ahí sigue. Viene siendo visitada y limpiada por devotas que vienen de otros pueblos, ante el silencio de autoridades civiles, políticas, militares y eclesiásticas.

Lo que une a la cueva de Terque, pequeña y sin representación política alguna, con la hermosa Basílica del Escorial son las máquinas. El obispo de entonces, como un Cobo actual cualquiera madrileño, decidió que había que derribar la cueva, y mandó para el trabajo a una empresa de derribos. No creo que sea hora de dar el nombre de la misma. Pero una mañana se presentó la máquina en Terque. La subieron hasta la cueva. En el momento de comenzar el derribo mandado por el Cobo almeriense, la máquina ya estaba dispuesta en la puerta de la cueva, y cuentan los vecinos presentes que oyeron un ruido dentro de la máquina, y dejó de funcionar. Hay que traer mañana otra máquina dijo el Cobo del obispado capitalino. Y así fue. Al día siguiente apareció la nueva. ¡Hostia, se le oyó al operario de la máquina! Sin connotación alguna, solo como una expresión de sorpresa, y es que la segunda máquina, de nuevo en la puerta de la cueva, se rompió como la anterior.

La maquina de El Escorial apareció pintada y averiada, es cierto. ¿Tuvo algo que ver el que reina en las alturas? El Cobo madrileño no ha dado respuesta creíble. En Terque no una, dos máquinas se rompieron ante la cueva que debían derribar. ¿Tuvo algo que ver la que reina en las alturas y que se apareció a aquellas chiquillas? Nada se dijo entonces. Lo cierto es que las máquinas se fueron y la empresa no quiso volver. Máquinas que se rompen cuando tienen que derribar cuevas o basílicas en las que cree el pueblo. Piensen lo que quieran. Pero el hecho está ahí. No sabemos lo que va a ocurrir en El Escorial, pero en Terque no volvieron a aparecer las máquinas, y ahí está la cueva, con flores, fotos y mensajes de los ciudadanos que de vez en cuando se acercan a rezar. ¿Tienen fe o creencias las máquinas?