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J. A. SÁEZ CALVO
Doctrina, egos y guerra gris: viejas lecciones para una paz en disputa
La guerra rara vez empieza el día en que se dispara. Antes ha sido pensada, temida, financiada, disimulada o malinterpretada. Puede nacer en una frontera que se dio por estable, en una alianza que se creyó automática, en una industria debilitada o en una dependencia tecnológica aceptada por comodidad. El pensamiento estratégico intenta ordenar la fuerza antes del conflicto; los egos, las inercias y los intereses particulares suelen deformarlo. Una nación no debe confundir deseo con análisis. La guerra no aparece de pronto, suele hacerse visible cuando ya lleva tiempo avanzando.
La doctrina no es una moda de los Estados Mayores contemporáneos. Sun Tzu entendió que la batalla se decide antes de librarse, en la información, el terreno, el engaño y la voluntad. Tucídides dejó escrito que el temor, el interés y el honor empujan a las ciudades a decisiones que luego parecen inevitables. Maquiavelo vio que un Estado sin armas propias, virtud política y capacidad de decisión termina dependiendo de otros. Clausewitz recordó que la guerra no vive aislada de la política, avanza entre fricción, azar, cálculo y voluntad. Cambian los medios; no así la condición humana.
Por eso los egos importan como variable estratégica. Está el del dirigente que no admite un mal cálculo, el industrial que bloquea una cooperación por temor a perder conocimiento, el local que prefiere conservar su parcela antes que construir una capacidad común, y el burocrático que protege el procedimiento cuando la realidad ya ha cambiado. Muchas derrotas no empiezan por falta de valor, sino por exceso de confianza. Y muchas oportunidades se pierden porque nadie quiere ceder el protagonismo necesario para que el conjunto funcione. El rasgo de nuestro tiempo no es la desaparición del conflicto convencional, sino su convivencia con formas de coerción permanentes, ambiguas y difíciles de atribuir. Ucrania demuestra que el combate clásico sigue ahí, mientras alrededor del frente crece una zona gris capaz de actuar sobre infraestructuras, energía, datos, fronteras, opinión pública y relato. No siempre busca conquistar de inmediato. A veces le basta con desgastar, dividir, sembrar duda o provocar una reacción torpe. Ahí se decide buena parte de la seguridad futura: en distinguir prudencia de pasividad y firmeza de nerviosismo.
Bajo el concepto de guerra gris reaparecen actuaciones muy conocidas en la historia. Lo nuevo es su velocidad, su escala y su tecnología. Siempre hubo espionaje, propaganda, corsarismo, piratería, copias industriales, sabotaje comercial e intoxicación diplomática. La Leyenda Negra no fue guerra híbrida en sentido moderno, pero enseña algo decisivo: una nación puede vencer en muchos campos y perder durante siglos la explicación de sí misma. España conoció esa derrota narrativa. Sus avances en navegación, derecho, ingeniería, administración, milicia y cultura política fueron ocultados, deformados o reducidos a caricatura. También eso es poder: conseguir que el otro dude de su propia memoria.
Nuestro continente debería saberlo mejor que nadie. Su unidad ha sido casi siempre más difícil en la práctica que en los discursos. Incluso frente al Imperio otomano, las alianzas llegaron tarde, atravesadas por recelos e intereses propios. Lepanto fue una gran victoria de la Santa Liga, nacida de negociaciones complejas entre aliados con objetivos distintos, no de una unidad europea natural. Francia llegó a buscar entendimientos con el poder otomano frente al cerco de los Habsburgo. La historia permite reconocer un patrón: la Unión invoca principios comunes, aunque decide demasiadas veces desde equilibrios nacionales.
El FCAS confirma que ese problema no pertenece al pasado. El Futuro Sistema Aéreo de Combate nació en 2017 como apuesta francoalemana; España se incorporó en 2019. Buscaba un caza de sexta generación dentro de un “sistema de sistemas”, con avión tripulado, drones acompañantes, nube de combate, sensores y arquitectura digital. Las estimaciones llegaron a rondar los 100.000 millones de euros. El proyecto ha quedado encallado por liderazgo, reparto industrial, propiedad intelectual y desconfianza entre Dassault, Airbus y los socios nacionales. El núcleo del futuro caza parece prácticamente roto, aunque puedan sobrevivir drones, comunicaciones o sistemas de mando. No es un fallo de ingeniería; es una lección de estrategia industrial. En defensa, cooperar exige compartir poder real, no solo buenas intenciones.
Estados Unidos introduce otra variable. Sus aparentes vacilaciones no son simple improvisación; tampoco forman un plan perfectamente ordenado. La línea de fondo resulta clara: China es la prioridad, el territorio propio vuelve al centro, los aliados deben asumir más carga y la industria de defensa pasa a ser asunto nacional de primer orden. La incertidumbre está en el método. Washington alterna presión, negociación directa, cambios de tono y apoyo condicionado. Para el continente, la garantía estadounidense seguirá siendo decisiva, pero menos automática. En términos clausewitzianos, no basta con disponer de poder; hay que convertirlo en voluntad comprensible. Si el aliado duda de la garantía y el adversario duda del castigo, la disuasión pierde nitidez.
La Unión Europea debe moverse porque la realidad empuja. El Libro Blanco de Defensa, la hoja de ruta de preparación para 2030 y la alianza UE-Ucrania de drones y antidrones señalan un cambio de lenguaje. El continente ya no puede financiar capacidades dispersas sin producir, sostener y aprender con rapidez. El acuerdo entre Ucrania y Alemania para desarrollar capacidades antibalísticas y fabricar vehículos terrestres no tripulados TerMIT muestra algo más profundo: Kiev deja de ser solo receptora de ayuda y se convierte en laboratorio estratégico para Europa. La experiencia de combate empieza a corregir la teoría de despacho.
Ucrania está demostrando que el aprendizaje militar puede nacer bajo fuego. No ha esperado al manual perfecto. Ha unido soldados, programadores, talleres, fábricas, inteligencia civil y mando militar en ciclos muy cortos. Los drones baratos alteraron el frente; la guerra electrónica respondió; aparecieron nuevos sistemas de guiado, protección, interceptación y ataque a profundidad. La ventaja ya no pertenece siempre al sistema más caro, sino al que aprende antes. La guerra de drones no es una guerra de aparatos, sino de sensores, software, enlaces, datos, producción y decisión.
Los sistemas no tripulados actuales recuerdan, salvando las distancias, a viejas adaptaciones desesperadas o innovadoras de otras guerras. La V-1 alemana de la Segunda Guerra Mundial, llamada Vergeltungswaffe, arma de represalia, buscaba golpear a distancia, castigar ciudades y afectar la moral enemiga. Los kamikazes japoneses, “viento divino”, convirtieron el avión en arma de impacto directo cuando la superioridad convencional se agotaba. El dron moderno recoge parte de esas lógicas: alcance, presión psicológica, bajo coste relativo, saturación y ataque contra retaguardia. Y no exige sacrificar al piloto: incorpora sensores, corrección en tiempo real, datos y producción escalable.
La inteligencia artificial no será únicamente una ayuda para apuntar mejor. Servirá para ordenar información, priorizar amenazas, prever mantenimiento, apoyar atribuciones y coordinar sistemas autónomos o semiautónomos. También podrá amplificar errores, sesgos y respuestas mal calculadas. La cuestión central no será qué máquina opera, sino quién conserva el juicio cuando la máquina acelera el ciclo de decisión. Un mando que gana velocidad y pierde criterio no se vuelve más efectivo; queda más expuesto si permite que la otra parte aprenda y encuentre su código.
Rusia enseña la otra cara de la adaptación. Sigue siendo peligrosa porque aprende, produce y resiste. Ha mejorado guerra electrónica, drones, bombas planeadoras y empleo de pequeños grupos. Al mismo tiempo, conserva una cultura de desgaste que acepta costes humanos y materiales altísimos. Su error inicial fue creer que la sorpresa de Crimea podía repetirse a escala ucraniana. Invadir es una operación militar; ocupar, sostener y transformar la fuerza en resultado político es otra cosa. Desde 1945, Vietnam, Afganistán o Irak han demostrado que la superioridad militar no siempre se convierte en victoria política. La logística sostiene la fuerza; la moral, la voluntad; la legitimidad, el sacrificio aceptable.
El Sahel añade una advertencia que ya no puede tratarse como periferia. La proyección rusa a través de Wagner, y después de Africa Corps, ha comprobado que el conflicto puede alcanzar lejos del frente principal. En Mali, la emboscada de Tinzaouaten contra fuerzas malienses y mercenarios rusos supuso un golpe duro para Wagner. Hubo acusaciones de apoyo informativo ucraniano a grupos rebeldes tuareg, y Kiev dejó entrever que esos actores habían recibido información útil. Conviene no convertir una noticia en doctrina general ni simplificar un escenario africano muy complejo. La conclusión, aun así, es clara: las zonas de guerra ya no coinciden siempre con el frente convencional. Se extienden hacia contratos, rutas de influencia, aliados, recursos, propaganda y reputación.
El flanco oriental europeo obliga a pensar igual. Moldavia convive con Transnistria como recordatorio de que una frontera puede estar formalmente en paz y estratégicamente contaminada. Estonia y los países bálticos saben que la identidad, la lengua o la protección de minorías pueden convertirse en argumento si Moscú decide fabricar un pretexto. No será necesariamente otro Donbás, pero el ejemplo es claro: la zona gris prepara el terreno antes de que aparezca la fuerza. Quien solo mira los carros de combate puede no ver la operación previa.
La arquitectura futura deberá proteger el mecanismo de respuesta. En un mundo de sabotajes, falsas banderas, ciberataques y campañas de desinformación, responder tarde puede invitar a la agresión; hacerlo demasiado pronto puede activar la trampa. La clave estará en combinar inteligencia fiable, atribución sólida, reglas de escalada, comunicación pública creíble y serenidad política. Esa serenidad será una capacidad militar y estatal, además de la condición para actuar sin regalar al adversario el error que busca provocar.
Las próximas crisis pueden no anunciarse como guerra. Pueden empezar con una infraestructura dañada, una presión irregular sobre una frontera, una campaña de descrédito, un ataque cibernético o una operación diseñada para sembrar duda antes que destrucción. Frente a eso no basta con tener medios; hace falta criterio de empleo, respuesta proporcionada y coordinación real entre Estado, Fuerzas Armadas, industria, inteligencia, universidad y sociedad civil. La defensa ya no cabe en un compartimento cerrado: atraviesa energía, tecnología, puertos, datos, relato, territorio y confianza social.
La doctrina no evita todas las guerras, pero reduce la improvisación con la que se pierden. Sun Tzu, Tucídides, Maquiavelo y Clausewitz siguen importando porque hablaron de poder, cálculo, engaño, voluntad, prudencia y límites, no solo de armas. La guerra gris no es una novedad absoluta; es una vieja forma de conflicto con herramientas nuevas. Pensar antes da ventaja; producir antes permite resistir; dominar los egos facilita cooperar; cuidar el relato evita entregar media batalla al adversario. Y quien espere a redactar doctrina cuando el daño ya esté hecho descubrirá demasiado tarde que la guerra, casi siempre, ya estaba escrita.
(Querido lector, para leer 'La paz se diseña antes del conflicto (II)' hacer click AQUÍ)
La guerra rara vez empieza el día en que se dispara. Antes ha sido pensada, temida, financiada, disimulada o malinterpretada. Puede nacer en una frontera que se dio por estable, en una alianza que se creyó automática, en una industria debilitada o en una dependencia tecnológica aceptada por comodidad. El pensamiento estratégico intenta ordenar la fuerza antes del conflicto; los egos, las inercias y los intereses particulares suelen deformarlo. Una nación no debe confundir deseo con análisis. La guerra no aparece de pronto, suele hacerse visible cuando ya lleva tiempo avanzando.
La doctrina no es una moda de los Estados Mayores contemporáneos. Sun Tzu entendió que la batalla se decide antes de librarse, en la información, el terreno, el engaño y la voluntad. Tucídides dejó escrito que el temor, el interés y el honor empujan a las ciudades a decisiones que luego parecen inevitables. Maquiavelo vio que un Estado sin armas propias, virtud política y capacidad de decisión termina dependiendo de otros. Clausewitz recordó que la guerra no vive aislada de la política, avanza entre fricción, azar, cálculo y voluntad. Cambian los medios; no así la condición humana.
Por eso los egos importan como variable estratégica. Está el del dirigente que no admite un mal cálculo, el industrial que bloquea una cooperación por temor a perder conocimiento, el local que prefiere conservar su parcela antes que construir una capacidad común, y el burocrático que protege el procedimiento cuando la realidad ya ha cambiado. Muchas derrotas no empiezan por falta de valor, sino por exceso de confianza. Y muchas oportunidades se pierden porque nadie quiere ceder el protagonismo necesario para que el conjunto funcione. El rasgo de nuestro tiempo no es la desaparición del conflicto convencional, sino su convivencia con formas de coerción permanentes, ambiguas y difíciles de atribuir. Ucrania demuestra que el combate clásico sigue ahí, mientras alrededor del frente crece una zona gris capaz de actuar sobre infraestructuras, energía, datos, fronteras, opinión pública y relato. No siempre busca conquistar de inmediato. A veces le basta con desgastar, dividir, sembrar duda o provocar una reacción torpe. Ahí se decide buena parte de la seguridad futura: en distinguir prudencia de pasividad y firmeza de nerviosismo.
Bajo el concepto de guerra gris reaparecen actuaciones muy conocidas en la historia. Lo nuevo es su velocidad, su escala y su tecnología. Siempre hubo espionaje, propaganda, corsarismo, piratería, copias industriales, sabotaje comercial e intoxicación diplomática. La Leyenda Negra no fue guerra híbrida en sentido moderno, pero enseña algo decisivo: una nación puede vencer en muchos campos y perder durante siglos la explicación de sí misma. España conoció esa derrota narrativa. Sus avances en navegación, derecho, ingeniería, administración, milicia y cultura política fueron ocultados, deformados o reducidos a caricatura. También eso es poder: conseguir que el otro dude de su propia memoria.
Nuestro continente debería saberlo mejor que nadie. Su unidad ha sido casi siempre más difícil en la práctica que en los discursos. Incluso frente al Imperio otomano, las alianzas llegaron tarde, atravesadas por recelos e intereses propios. Lepanto fue una gran victoria de la Santa Liga, nacida de negociaciones complejas entre aliados con objetivos distintos, no de una unidad europea natural. Francia llegó a buscar entendimientos con el poder otomano frente al cerco de los Habsburgo. La historia permite reconocer un patrón: la Unión invoca principios comunes, aunque decide demasiadas veces desde equilibrios nacionales.
El FCAS confirma que ese problema no pertenece al pasado. El Futuro Sistema Aéreo de Combate nació en 2017 como apuesta francoalemana; España se incorporó en 2019. Buscaba un caza de sexta generación dentro de un “sistema de sistemas”, con avión tripulado, drones acompañantes, nube de combate, sensores y arquitectura digital. Las estimaciones llegaron a rondar los 100.000 millones de euros. El proyecto ha quedado encallado por liderazgo, reparto industrial, propiedad intelectual y desconfianza entre Dassault, Airbus y los socios nacionales. El núcleo del futuro caza parece prácticamente roto, aunque puedan sobrevivir drones, comunicaciones o sistemas de mando. No es un fallo de ingeniería; es una lección de estrategia industrial. En defensa, cooperar exige compartir poder real, no solo buenas intenciones.
Estados Unidos introduce otra variable. Sus aparentes vacilaciones no son simple improvisación; tampoco forman un plan perfectamente ordenado. La línea de fondo resulta clara: China es la prioridad, el territorio propio vuelve al centro, los aliados deben asumir más carga y la industria de defensa pasa a ser asunto nacional de primer orden. La incertidumbre está en el método. Washington alterna presión, negociación directa, cambios de tono y apoyo condicionado. Para el continente, la garantía estadounidense seguirá siendo decisiva, pero menos automática. En términos clausewitzianos, no basta con disponer de poder; hay que convertirlo en voluntad comprensible. Si el aliado duda de la garantía y el adversario duda del castigo, la disuasión pierde nitidez.
La Unión Europea debe moverse porque la realidad empuja. El Libro Blanco de Defensa, la hoja de ruta de preparación para 2030 y la alianza UE-Ucrania de drones y antidrones señalan un cambio de lenguaje. El continente ya no puede financiar capacidades dispersas sin producir, sostener y aprender con rapidez. El acuerdo entre Ucrania y Alemania para desarrollar capacidades antibalísticas y fabricar vehículos terrestres no tripulados TerMIT muestra algo más profundo: Kiev deja de ser solo receptora de ayuda y se convierte en laboratorio estratégico para Europa. La experiencia de combate empieza a corregir la teoría de despacho.
Ucrania está demostrando que el aprendizaje militar puede nacer bajo fuego. No ha esperado al manual perfecto. Ha unido soldados, programadores, talleres, fábricas, inteligencia civil y mando militar en ciclos muy cortos. Los drones baratos alteraron el frente; la guerra electrónica respondió; aparecieron nuevos sistemas de guiado, protección, interceptación y ataque a profundidad. La ventaja ya no pertenece siempre al sistema más caro, sino al que aprende antes. La guerra de drones no es una guerra de aparatos, sino de sensores, software, enlaces, datos, producción y decisión.
Los sistemas no tripulados actuales recuerdan, salvando las distancias, a viejas adaptaciones desesperadas o innovadoras de otras guerras. La V-1 alemana de la Segunda Guerra Mundial, llamada Vergeltungswaffe, arma de represalia, buscaba golpear a distancia, castigar ciudades y afectar la moral enemiga. Los kamikazes japoneses, “viento divino”, convirtieron el avión en arma de impacto directo cuando la superioridad convencional se agotaba. El dron moderno recoge parte de esas lógicas: alcance, presión psicológica, bajo coste relativo, saturación y ataque contra retaguardia. Y no exige sacrificar al piloto: incorpora sensores, corrección en tiempo real, datos y producción escalable.
La inteligencia artificial no será únicamente una ayuda para apuntar mejor. Servirá para ordenar información, priorizar amenazas, prever mantenimiento, apoyar atribuciones y coordinar sistemas autónomos o semiautónomos. También podrá amplificar errores, sesgos y respuestas mal calculadas. La cuestión central no será qué máquina opera, sino quién conserva el juicio cuando la máquina acelera el ciclo de decisión. Un mando que gana velocidad y pierde criterio no se vuelve más efectivo; queda más expuesto si permite que la otra parte aprenda y encuentre su código.
Rusia enseña la otra cara de la adaptación. Sigue siendo peligrosa porque aprende, produce y resiste. Ha mejorado guerra electrónica, drones, bombas planeadoras y empleo de pequeños grupos. Al mismo tiempo, conserva una cultura de desgaste que acepta costes humanos y materiales altísimos. Su error inicial fue creer que la sorpresa de Crimea podía repetirse a escala ucraniana. Invadir es una operación militar; ocupar, sostener y transformar la fuerza en resultado político es otra cosa. Desde 1945, Vietnam, Afganistán o Irak han demostrado que la superioridad militar no siempre se convierte en victoria política. La logística sostiene la fuerza; la moral, la voluntad; la legitimidad, el sacrificio aceptable.
El Sahel añade una advertencia que ya no puede tratarse como periferia. La proyección rusa a través de Wagner, y después de Africa Corps, ha comprobado que el conflicto puede alcanzar lejos del frente principal. En Mali, la emboscada de Tinzaouaten contra fuerzas malienses y mercenarios rusos supuso un golpe duro para Wagner. Hubo acusaciones de apoyo informativo ucraniano a grupos rebeldes tuareg, y Kiev dejó entrever que esos actores habían recibido información útil. Conviene no convertir una noticia en doctrina general ni simplificar un escenario africano muy complejo. La conclusión, aun así, es clara: las zonas de guerra ya no coinciden siempre con el frente convencional. Se extienden hacia contratos, rutas de influencia, aliados, recursos, propaganda y reputación.
El flanco oriental europeo obliga a pensar igual. Moldavia convive con Transnistria como recordatorio de que una frontera puede estar formalmente en paz y estratégicamente contaminada. Estonia y los países bálticos saben que la identidad, la lengua o la protección de minorías pueden convertirse en argumento si Moscú decide fabricar un pretexto. No será necesariamente otro Donbás, pero el ejemplo es claro: la zona gris prepara el terreno antes de que aparezca la fuerza. Quien solo mira los carros de combate puede no ver la operación previa.
La arquitectura futura deberá proteger el mecanismo de respuesta. En un mundo de sabotajes, falsas banderas, ciberataques y campañas de desinformación, responder tarde puede invitar a la agresión; hacerlo demasiado pronto puede activar la trampa. La clave estará en combinar inteligencia fiable, atribución sólida, reglas de escalada, comunicación pública creíble y serenidad política. Esa serenidad será una capacidad militar y estatal, además de la condición para actuar sin regalar al adversario el error que busca provocar.
Las próximas crisis pueden no anunciarse como guerra. Pueden empezar con una infraestructura dañada, una presión irregular sobre una frontera, una campaña de descrédito, un ataque cibernético o una operación diseñada para sembrar duda antes que destrucción. Frente a eso no basta con tener medios; hace falta criterio de empleo, respuesta proporcionada y coordinación real entre Estado, Fuerzas Armadas, industria, inteligencia, universidad y sociedad civil. La defensa ya no cabe en un compartimento cerrado: atraviesa energía, tecnología, puertos, datos, relato, territorio y confianza social.
La doctrina no evita todas las guerras, pero reduce la improvisación con la que se pierden. Sun Tzu, Tucídides, Maquiavelo y Clausewitz siguen importando porque hablaron de poder, cálculo, engaño, voluntad, prudencia y límites, no solo de armas. La guerra gris no es una novedad absoluta; es una vieja forma de conflicto con herramientas nuevas. Pensar antes da ventaja; producir antes permite resistir; dominar los egos facilita cooperar; cuidar el relato evita entregar media batalla al adversario. Y quien espere a redactar doctrina cuando el daño ya esté hecho descubrirá demasiado tarde que la guerra, casi siempre, ya estaba escrita.
(Querido lector, para leer 'La paz se diseña antes del conflicto (II)' hacer click AQUÍ)

