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PASEO ABAJO/Juan Torrijos
El León del Vaticano se nos fue, y nos dejó algunas muestras de su actual evangelio. Ya no se habla hoy día del reino de los cielos, de las almas al lado del padre, de la resurrección de la carne. Lo que se lleva es hablar de moral, y dedicada de alguna manera a los gobernantes, de inmigrantes y sus mafias, de la vida y de la muerte aquí, en este mundo en el que vivimos. Imagino que el noventa por ciento de los oyentes estamos de acuerdo con algunos pasajes de los que nos dejó el Santo Padre. Todos los políticos han encontrado un mensaje al que agarrarse.
Fernando Giménez, el que fuera expresidente de la diputación, hoy metido en cuestiones de la justicia, es político. Y según se sabía o se decía, hombre dedicado e inmerso en una vida espiritual importante. Es de suponer que la estancia del Papa entre nosotros le habrá iluminado parte de esa existencia algo olvidada durante su tiempo en despacho con moqueta, con sueldo público y con poder sobre la hacienda de los ciudadanos.
El León del Vaticano hablaba de moral, y si su voz hubiera estado cerca del señor Giménez, como parece estuvo en otros tiempos, le habría dicho aquello de:
–Fernando, ¿tú, también?
¿Qué le habrías contestado?
¿Dónde está esa moral que defiende el Papa en los hombres que lo siguen, que se dicen católicos? Todos esperábamos que ante el juez le hubieras contado a él, y a ese Dios en el que crees, todo lo ocurrido en Diputación contigo como segundo al frente de ella durante el tiempo de la pandemia, la compra de mascarillas y las adjudicaciones públicas puestas presuntamente en cuarentena. El juez se quedó con las ganas, nosotros con la sensación de que tienes mucho por qué callar. Y el de arriba repitiendo aquello de:
–Fernando, ¿tú, también?
Pues sí. Don Fernando Giménez se negó a declarar ante la justicia. Echa así una vuelta de llave más en la pretendida inocencia de la que presume. Si eres inocente, como aseguraba tu abogado a la salida de los juzgados. ¿Qué te hubiera costado contestar a las preguntas de su señoría, qué te prohibía el hacerlo, quién te está exigiendo silencio? Esa negativa a declarar te hace un poco más culpable de lo que se te acusa. El no querer contar lo que ocurría en aquellos despachos es el principio de que no todo era legal, y te da miedo que se sepa. ¿O son otros los que no quieren que se conozca la cloaca que existía en los despachos de la institución provincial?
Si los Lirias no hablan, tú tampoco, es de imaginar que el señor García, don Javier Aureliano, tampoco lo hará en su momento. Está visto que, al discurso del Papa, cuando habla de la moral de los gobernantes, por muchos aplausos que reciba de los políticos, más de siete minutos y puestos en pie, a la hora de la verdad no le hacen ni puñetero caso. De la mayoría de ellos no nos extraña. Pero…
–Fernando, ¿tú, también?
Fernando Giménez, el que fuera expresidente de la diputación, hoy metido en cuestiones de la justicia, es político. Y según se sabía o se decía, hombre dedicado e inmerso en una vida espiritual importante. Es de suponer que la estancia del Papa entre nosotros le habrá iluminado parte de esa existencia algo olvidada durante su tiempo en despacho con moqueta, con sueldo público y con poder sobre la hacienda de los ciudadanos.
El León del Vaticano hablaba de moral, y si su voz hubiera estado cerca del señor Giménez, como parece estuvo en otros tiempos, le habría dicho aquello de:
–Fernando, ¿tú, también?
¿Qué le habrías contestado?
¿Dónde está esa moral que defiende el Papa en los hombres que lo siguen, que se dicen católicos? Todos esperábamos que ante el juez le hubieras contado a él, y a ese Dios en el que crees, todo lo ocurrido en Diputación contigo como segundo al frente de ella durante el tiempo de la pandemia, la compra de mascarillas y las adjudicaciones públicas puestas presuntamente en cuarentena. El juez se quedó con las ganas, nosotros con la sensación de que tienes mucho por qué callar. Y el de arriba repitiendo aquello de:
–Fernando, ¿tú, también?
Pues sí. Don Fernando Giménez se negó a declarar ante la justicia. Echa así una vuelta de llave más en la pretendida inocencia de la que presume. Si eres inocente, como aseguraba tu abogado a la salida de los juzgados. ¿Qué te hubiera costado contestar a las preguntas de su señoría, qué te prohibía el hacerlo, quién te está exigiendo silencio? Esa negativa a declarar te hace un poco más culpable de lo que se te acusa. El no querer contar lo que ocurría en aquellos despachos es el principio de que no todo era legal, y te da miedo que se sepa. ¿O son otros los que no quieren que se conozca la cloaca que existía en los despachos de la institución provincial?
Si los Lirias no hablan, tú tampoco, es de imaginar que el señor García, don Javier Aureliano, tampoco lo hará en su momento. Está visto que, al discurso del Papa, cuando habla de la moral de los gobernantes, por muchos aplausos que reciba de los políticos, más de siete minutos y puestos en pie, a la hora de la verdad no le hacen ni puñetero caso. De la mayoría de ellos no nos extraña. Pero…
–Fernando, ¿tú, también?

