Ciudadano exhausto


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J. A. SÁEZ CALVO




Hace años que se nota una fatiga de fondo en la calle. No se trata del cansancio normal de quien trabaja mucho, duerme poco o arrastra una mala semana. Es otra cosa, más difícil de señalar, porque no impide seguir con las tareas diarias. La gente sale, compra, viaja quien puede, comenta la última noticia y cumple con sus obligaciones. Pero por debajo todo pesa más. Se nota en la irritación inmediata, en las conversaciones que se tensan enseguida o se apagan antes de empezar, en esa ansiedad que casi nadie reconoce ya porque se ha vuelto paisaje. Queda la sensación de llegar tarde, aunque ni siquiera se sepa adónde.

El éxito más inquietante de esta época ha sido conseguir que ese agotamiento parezca normal. El ciudadano se levanta, mira el móvil antes de haberse situado en el día y entra de golpe en una cadena de mensajes, titulares, vídeos, facturas, avisos, broncas políticas y pequeñas urgencias. Luego trabaja, o busca trabajo, o intenta conservar el empleo sin molestar. Cuando acaba la jornada, si puede llamarse acabar, vuelve a casa con la impresión de haber soportado el día más que de haberlo vivido.

Entonces llega la segunda parte: al que ya viene agotado se le ofrece distracción en lugar de descanso. Pantallas, series, peleas, vídeos breves, indignaciones que duran lo justo para ocupar la cabeza y desaparecer. Todo rápido, disponible, pensado para aliviar sin reparar nada. El viejo circo romano no ha desaparecido; ahora cabe en la mano y acompaña a todas partes.

En esa secuencia, la mentira encuentra un terreno abonado. Cuando la cabeza está llena de ruido y casi nada permite reposar una idea, se aceptan versiones que en otro estado habrían sido discutidas. Se vive entre relatos prefabricados, titulares incompletos, emociones inducidas y medias verdades servidas con apariencia de evidencia. Distinguir lo real de lo representado exige una energía que muchos ya no tienen.

Aquí entra el cuarto poder tantas veces invocado. Una prensa libre defiende a la sociedad; una prensa dependiente, domesticada o demasiado próxima a quien gobierna puede convertirse en niebla. El problema no son las líneas editoriales, sino la dependencia de subvenciones, publicidad institucional, acceso privilegiado, afinidades ideológicas o supervivencia económica. Así se deja de vigilar al poder desde fuera y la realidad llega filtrada, suavizada, exagerada o deformada.

No siempre se miente diciendo lo contrario de la verdad. A veces se hace eligiendo qué no se cuenta, colocando un asunto menor en primer plano, enterrando una noticia incómoda o convirtiendo cada debate serio en una pelea emocional. La manipulación moderna no necesita ser burda. Le basta con ordenar la atención. Lo que no aparece, no existe para la mayoría. Lo que se repite acaba pareciendo importante. Lo que se ridiculiza deja de discutirse. Por eso conviene escuchar también fuera del circuito cómodo. La cuestión no es creer a cualquiera que contradiga la versión oficial, sino conservar la libertad suficiente para no confundirla con los hechos. Voces de la oposición, medios no alineados y periodistas que todavía investigan sin pedir permiso han ido señalando grietas que demasiadas veces se tapan con ruido.

Hay asuntos que no se explican del todo, preguntas que se desvían, responsabilidades que se aplazan y escándalos que se dejan envejecer hasta que otra polémica los sustituye. Esa sensación aparece al comprobar que el aparato suele tener más reflejos para protegerse que para rendir cuentas.

Orwell inquieta porque entendió la importancia del lenguaje, la vigilancia y la fabricación política de la verdad. Bradbury imaginó libros que ardían después de haber dejado de importar. Huxley escribió sobre un control apoyado menos en el miedo que en el placer administrado y la comodidad. Postman advirtió que una sociedad podía degradarse entreteniéndose hasta morir de frivolidad. Y Juvenal, mucho antes, dejó escrita la fórmula brutal del pan y circo. Hoy esa lógica acompaña a cualquiera, vibra en la mesa, entra en la cama y aprende qué enfada, qué calma y qué retiene.

La política se ha adaptado con demasiada facilidad a ese funcionamiento. Ya no necesita construir durante años una idea de país. Le basta con dominar el sobresalto de la semana, colocar una frase, fabricar un enemigo y pasar al asunto siguiente. La discusión pública se llena de incendios breves mientras los problemas cotidianos siguen ahí. La vivienda se aleja de la gente corriente. Tener hijos parece una decisión heroica o imprudente. Trabajar no garantiza estabilidad. Las clases medias cumplen, pagan, aguantan y aun así sienten que retroceden. La nómina dura menos, la compra pesa más, el alquiler se come media vida y la promesa de progreso se va pareciendo a una palabra vieja.

Como no se llega a la cuestión de fondo, o nos acostumbran a no hacerlo, todo permanece en una especie de movimiento inmóvil. Se habla, se grita, se cambia de enemigo, se sustituye una polémica por otra y, al final, lo esencial continúa intacto en lo decisivo.

No hace falta conocer todos los expedientes para percibir el daño: basta con advertir que casi nunca ocurre nada proporcional a la gravedad de lo sucedido.

Unos se protegen, otros callan, algunos distraen y muchos esperan a que la noticia siguiente borre la anterior. Así se instala una fatiga moral más profunda que la simple indignación: la sospecha de que el sistema ha aprendido a sobrevivir a sus propios escándalos sin corregirlos.

A eso se suma el arrollamiento del poder. No siempre llega con estrépito. A veces avanza con apariencia administrativa, con decretos, nombramientos, dependencias, campañas, organismos, lenguaje técnico y una maquinaria capaz de ocuparlo casi todo. La autoridad del poder no necesita aparecer todos los días. Le basta con empujar, colonizar espacios e instituciones, repartir premios y castigos, señalar qué voces merecen altavoz y cuáles deben quedar convertidas en silencio. Cuando una estructura pública, mediática y económica camina durante demasiado tiempo en la misma dirección, la persona común siente que ya no discute contra una opinión, sino contra una pared.

Ese deterioro institucional pesa más de lo que parece. Una sociedad puede soportar errores, crisis e incluso momentos de incompetencia si conserva la sensación de que existen límites, consecuencias y rendición de cuentas. Lo que corroe es la impresión contraria: que la respuesta depende del color político, de la cercanía a quien gobierna, de la utilidad del silencio o de la capacidad de convertir cada asunto grave en una discusión partidista más. Entonces el ciudadano deja de preguntarse qué ha pasado y empieza a preguntarse para qué sirve preguntar. Si la exigencia de transparencia se presenta como ingenuidad y la petición de responsabilidades como algo inútil, la vida pública pierde una parte esencial de su dignidad.

Para esquivar esa incomodidad se ofrecen polémicas laterales, guerras simbólicas y consignas listas para consumir. Dan una falsa sensación de participación: uno se enfada, comparte, toma partido y cree intervenir. Pero nada esencial cambia. La atención vuelve a la superficie, lejos de los datos, las responsabilidades y los intereses que nadie quiere remover.

La educación tendría que servir de defensa frente a esa deriva, pero demasiadas veces se ha dejado arrastrar por la misma corriente. Luego muchos jóvenes llegan a la vida adulta con dificultades para ordenar ideas, aceptar un error o atravesar un proceso largo sin abandonar. No les falta inteligencia. Les falta entrenamiento y memoria de una historia que algunos prefieren olvidar, simplificar o reescribir.

Por eso leer importa tanto. Obliga a detenerse, a seguir un argumento, a convivir con una idea que no se entrega triturada, a escuchar una voz que no presiona para retenernos. También importa conservar criterio: no vivir a remolque de lo que toca pensar esta semana, ni entregar la conciencia al grupo, al partido, al medio favorito o al ambiente donde uno quiere ser aceptado.

Tocqueville advirtió el riesgo de un poder paternalista que no encierra al individuo, sino que lo administra hasta hacerlo dependiente. Ese peligro se agrava cuando parte de las instituciones que deberían limitar al gobernante termina viviendo de él u orbitando a su alrededor. El individuo queda más solo de lo que cree: informado a medias, dirigido sin notarlo, libre dentro de un marco previamente estrechado.

Frente a eso, queda recuperar un territorio propio: criterio, exigencia y una sana desconfianza ante todo relato demasiado perfecto. En una sociedad sana no harían falta héroes solitarios para defender lo justo o preservar la libertad en su pequeño ámbito de responsabilidad. Pero cuando demasiadas instituciones se acomodan, esas personas resultan imprescindibles: el profesor que no rebaja la exigencia, el periodista que pregunta aunque moleste, el juez que aplica la ley con independencia, el funcionario que no firma lo que no debe, el ciudadano que no calla por comodidad. No se trata de vivir contra todo. Tampoco de vivir entregados.

Las distopías literarias no nacieron para adornar tertulias de lectores, sino para advertirnos. Una sociedad que deja de pensar acaba razonando con palabras ajenas; al abandonar los libros recibe la realidad ya triturada; acostumbrada al entretenimiento permanente, termina confundiendo la calma con la anestesia. El riesgo no está solo en perder la libertad de golpe, sino en cederla poco a poco a cambio de comodidad y consignas.

La esperanza empieza en algo más humilde y difícil: dejar de llamar descanso a la evasión, información a la propaganda y libertad a la simple elección entre estímulos. También pasa por apagar un rato el ruido de fondo, abrir los ojos, educar de verdad y negarse a que las novelas distópicas acaben siendo realidad.