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J. A. SÁEZ CALVO
Hay herencias que un país comprende mejor cuando las ve que si intenta explicarlas. La Semana Santa es una de ellas. Basta salir a la calle para advertir que lo que durante el resto del año parece discutible, lejano o incluso incómodo reaparece con una claridad extraña. No es solo la fe de quien cree, el gusto artístico o el peso de la costumbre. Se trata de algo más hondo: una forma de entender al individuo, el dolor, la culpa, el perdón y la esperanza.
La historia de esta celebración en España no es uniforme. Fue tomando forma durante siglos y, ya a comienzos del XVII, el sínodo de 1604 ordenó procesiones y fijó un modelo que influiría mucho después en otras manifestaciones. Lo importante, sin embargo, no está solo en la forma externa, sino en el sentido que ha transmitido durante generaciones.
El problema es que hoy se habla de todo eso con una mezcla de condescendencia y torpeza. Se admite la Semana Santa como paisaje, atractivo turístico, hecho cultural de alta intensidad estética, incluso como tradición respetable siempre que no pretenda significar demasiado. A algunos molesta lo que recuerda; de ahí la tentación de encasillarla sin más en un espectro político que no le corresponde. Les incomoda que todavía haya signos públicos de una verdad que no ha sido fabricada por el presente ni autorizada por el poder de turno.
Eso obliga a decir algo que durante mucho tiempo se ha intentado suavizar: el cristianismo no ha sido solo una religión entre otras ni un depósito de símbolos más o menos hermosos. Es la base moral de esta civilización. Del cristianismo parte una determinada idea de la dignidad de la persona, de la conciencia, del valor de la vida, del deber de responder por los propios actos y de la necesidad de poner freno a la autoridad política. En la tradición hispánica eso se ve con mucha claridad cuando uno llega a Vitoria o Domingo de Soto y encuentra, en pleno siglo XVI, una defensa de la dignidad de todos los hombres y mujeres que no procede de una sensibilidad moderna improvisada, sino de una convicción cristiana sobre lo que el ser humano es y sobre lo que ninguna sociedad puede hacer con él.
Estamos rodeados de un malestar latente e incomprensible en nuestro tiempo. Queremos conservar los resultados, pero nos estorba la raíz. Seguimos usando las palabras: dignidad, derechos, libertad, igualdad, compasión. Las pronunciamos sin cesar, pero casi nunca nos preguntamos de dónde venía el peso que tenían. Al dejar de importar el origen, las palabras no desaparecen; se quedan huecas. Se llenan de cálculo, consigna, sentimentalismo y de voluntad de poder.
Se ve muy bien en la política contemporánea. Los estados que se presentan escrupulosamente laicos rara vez son neutrales. No expulsan lo religioso del espacio público para dejar libre el terreno, es para ocuparlo con su propia fe civil. Tienen sus ortodoxias, sus excomuniones, sus pecados inexpiables, sus mandamientos pedagógicos, sus palabras litúrgicas y hasta sus sacramentos laicos de adhesión. Cambian el vocabulario, la vestimenta y el lugar desde el que se predica. La cuestión de fondo que tienen en mente, está en rehacer al hombre, modelar la sociedad, decidir qué es decente pensar, qué debe celebrarse y qué merece castigo simbólico. Todo ello, por supuesto, en nombre del bien común.
Su utilidad política aparece con claridad cuando el poder se presenta a modo de fuente moral de la comunidad. En ese momento empieza a actuar como instancia redentora. Ya no administra únicamente; corrige, reeduca y sanciona. Muchos de los rasgos que durante años se reprocharon al cristianismo comparecen hoy, con otro acento, en determinadas ideologías estatales o partidarias: vigilancia de la conducta, pedagogía moral obligatoria, censura social y conversión del discrepante en problema ético. Y no pocas veces todo ello sirve para consolidar redes de influencia, lealtades políticas y dispositivos eficaces de control social.
Frente a eso, la tradición cristiana conserva algo que la autoridad soporta mal: la idea de un límite y un poder creador anterior a él. Una medida que no procede del Estado, de la mayoría ni del partido. De ahí se sigue una consecuencia esencial: la persona no nace de la ley, y la conciencia no es propiedad de quien gobierna. En último término, lo que se afirma es que la persona vale por algo más que por su utilidad. Ahí entra la dimensión espiritual, que hoy suele despacharse con impaciencia o con ironía, como si hablar del alma perteneciera a un mundo extinguido. Sin embargo, al expulsar esa dimensión, el ser humano no se vuelve más libre; se torna más disponible para que otro le diga quién es, para qué sirve y cuándo deja de tener valor.
La Semana Santa sigue mostrando lo esencial sin necesidad de convertirlo en eslogan. Lo hace con una fuerza extraña, porque trabaja con símbolos, con tiempo lento, con memoria y en silencio. Ratzinger escribió que el silencio del Sábado Santo está lleno del misterio de la esperanza. La fórmula es buena porque toca el centro. Esta conmemoración no niega el dolor, no lo maquilla y no lo trivializa. Lo mira de frente y también a la muerte. Y lo hace para introducir algo que nuestra cultura entiende cada vez peor: que la vida humana no se mide solo por el bienestar, que hay sufrimientos que no se cancelan con técnica o leyes y que el sentido no se improvisa al perder el hábito de buscarlo.
Por eso el debate sobre la eutanasia tiene tanta importancia. No solo por sus efectos jurídicos, sino por lo que pone al descubierto sobre nuestra idea del prójimo. Una sociedad que empieza a ver en la muerte una salida razonable ante ciertas formas de fragilidad se delata en su trato con el dolor ajeno, en su sentido del cuidado, en el valor que atribuye a la dependencia y en su disposición efectiva a acompañar al débil cuando hacerlo exige sacrificio.
El cristianismo, en cambio, sostiene que la vida conserva valor aunque pierda brillo, fuerza o autonomía. También recuerda que el sufrimiento reclama compañía, amor, paciencia y sentido. Y ha dado cuerpo a algo que la política moderna no sabe generar por sí sola: el amor al prójimo, el perdón y una igualdad real que no depende del rango, de la utilidad, de la salud ni de la fuerza.
Ahí está el nervio del catolicismo en su sentido más propio, el de universalidad. No como uniformidad plana, con la afirmación de que todos comparecen bajo una misma dignidad. Esa convicción no elimina otras religiones ni obliga a despreciarlas. Al contrario, hace posible un respeto verdadero. Precisamente por eso resulta tan torpe la caricatura habitual, esa que presenta al cristianismo de amenaza estructural mientras excusa a la política cuando adopta formas de fanatismo práctico.
Almería, en todo esto, ofrece un ejemplo especialmente claro. Su Semana Santa ha conservado una sobriedad que todavía la protege del exceso de teatralidad. Se nota en las andas, en las dolorosas sin palio, en las trabajaderas interiores, en cierto modo de estar en la calle sin convertirlo todo en exhibición. La ciudad ha recibido influencias, naturalmente, y algunas estéticas sevillanas han ido entrando con el tiempo. Aun así, persiste un tono propio, una mezcla de contención, barrio, familia y fe heredada que no parece pensada para el visitante, aunque siempre sea bienvenido. Aquí radica su fuerza, para ser vivido, para sentir lo visto y compartido, entonces transmite más desde el interior del alma.
Conviene recordar, aunque se nos olvide con facilidad, que ser cristiano sigue siendo en muchos lugares un motivo real de persecución. Mientras en Europa algunos juegan a burlarse de las imágenes, a trivializar la fe o a tratarla de excentricidad tolerable, en otros países la Cruz se paga cara. Esta realidad exige memoria y un mínimo de decencia y reivindicación.
Cuidar esta manifestación no consiste en convertirla en bandera de partido ni en usarla para golpear a quien no cree. Consiste en reconocer que sigue latiendo una parte principal de nuestra memoria moral y espiritual. Reside en no degradarla a postal turística, en no vaciarla para hacerla inofensiva y en evitar pedirle que desaparezca del espacio público para que otros credos políticos puedan ocuparlo sin competencia.
Porque una sociedad que pierde el respeto por lo que la sostuvo acaba perdiendo también la claridad sobre sí misma. Y si eso ocurre, lo que llega después no suele ser libertad, sino confusión, docilidad y un poder cada vez más dispuesto a ocupar el lugar que otros dejaron vacío. La fragilidad, en términos históricos, nunca ha sido un buen punto de partida.
La historia de esta celebración en España no es uniforme. Fue tomando forma durante siglos y, ya a comienzos del XVII, el sínodo de 1604 ordenó procesiones y fijó un modelo que influiría mucho después en otras manifestaciones. Lo importante, sin embargo, no está solo en la forma externa, sino en el sentido que ha transmitido durante generaciones.
El problema es que hoy se habla de todo eso con una mezcla de condescendencia y torpeza. Se admite la Semana Santa como paisaje, atractivo turístico, hecho cultural de alta intensidad estética, incluso como tradición respetable siempre que no pretenda significar demasiado. A algunos molesta lo que recuerda; de ahí la tentación de encasillarla sin más en un espectro político que no le corresponde. Les incomoda que todavía haya signos públicos de una verdad que no ha sido fabricada por el presente ni autorizada por el poder de turno.
Eso obliga a decir algo que durante mucho tiempo se ha intentado suavizar: el cristianismo no ha sido solo una religión entre otras ni un depósito de símbolos más o menos hermosos. Es la base moral de esta civilización. Del cristianismo parte una determinada idea de la dignidad de la persona, de la conciencia, del valor de la vida, del deber de responder por los propios actos y de la necesidad de poner freno a la autoridad política. En la tradición hispánica eso se ve con mucha claridad cuando uno llega a Vitoria o Domingo de Soto y encuentra, en pleno siglo XVI, una defensa de la dignidad de todos los hombres y mujeres que no procede de una sensibilidad moderna improvisada, sino de una convicción cristiana sobre lo que el ser humano es y sobre lo que ninguna sociedad puede hacer con él.
Estamos rodeados de un malestar latente e incomprensible en nuestro tiempo. Queremos conservar los resultados, pero nos estorba la raíz. Seguimos usando las palabras: dignidad, derechos, libertad, igualdad, compasión. Las pronunciamos sin cesar, pero casi nunca nos preguntamos de dónde venía el peso que tenían. Al dejar de importar el origen, las palabras no desaparecen; se quedan huecas. Se llenan de cálculo, consigna, sentimentalismo y de voluntad de poder.
Se ve muy bien en la política contemporánea. Los estados que se presentan escrupulosamente laicos rara vez son neutrales. No expulsan lo religioso del espacio público para dejar libre el terreno, es para ocuparlo con su propia fe civil. Tienen sus ortodoxias, sus excomuniones, sus pecados inexpiables, sus mandamientos pedagógicos, sus palabras litúrgicas y hasta sus sacramentos laicos de adhesión. Cambian el vocabulario, la vestimenta y el lugar desde el que se predica. La cuestión de fondo que tienen en mente, está en rehacer al hombre, modelar la sociedad, decidir qué es decente pensar, qué debe celebrarse y qué merece castigo simbólico. Todo ello, por supuesto, en nombre del bien común.
Su utilidad política aparece con claridad cuando el poder se presenta a modo de fuente moral de la comunidad. En ese momento empieza a actuar como instancia redentora. Ya no administra únicamente; corrige, reeduca y sanciona. Muchos de los rasgos que durante años se reprocharon al cristianismo comparecen hoy, con otro acento, en determinadas ideologías estatales o partidarias: vigilancia de la conducta, pedagogía moral obligatoria, censura social y conversión del discrepante en problema ético. Y no pocas veces todo ello sirve para consolidar redes de influencia, lealtades políticas y dispositivos eficaces de control social.
Frente a eso, la tradición cristiana conserva algo que la autoridad soporta mal: la idea de un límite y un poder creador anterior a él. Una medida que no procede del Estado, de la mayoría ni del partido. De ahí se sigue una consecuencia esencial: la persona no nace de la ley, y la conciencia no es propiedad de quien gobierna. En último término, lo que se afirma es que la persona vale por algo más que por su utilidad. Ahí entra la dimensión espiritual, que hoy suele despacharse con impaciencia o con ironía, como si hablar del alma perteneciera a un mundo extinguido. Sin embargo, al expulsar esa dimensión, el ser humano no se vuelve más libre; se torna más disponible para que otro le diga quién es, para qué sirve y cuándo deja de tener valor.
La Semana Santa sigue mostrando lo esencial sin necesidad de convertirlo en eslogan. Lo hace con una fuerza extraña, porque trabaja con símbolos, con tiempo lento, con memoria y en silencio. Ratzinger escribió que el silencio del Sábado Santo está lleno del misterio de la esperanza. La fórmula es buena porque toca el centro. Esta conmemoración no niega el dolor, no lo maquilla y no lo trivializa. Lo mira de frente y también a la muerte. Y lo hace para introducir algo que nuestra cultura entiende cada vez peor: que la vida humana no se mide solo por el bienestar, que hay sufrimientos que no se cancelan con técnica o leyes y que el sentido no se improvisa al perder el hábito de buscarlo.
Por eso el debate sobre la eutanasia tiene tanta importancia. No solo por sus efectos jurídicos, sino por lo que pone al descubierto sobre nuestra idea del prójimo. Una sociedad que empieza a ver en la muerte una salida razonable ante ciertas formas de fragilidad se delata en su trato con el dolor ajeno, en su sentido del cuidado, en el valor que atribuye a la dependencia y en su disposición efectiva a acompañar al débil cuando hacerlo exige sacrificio.
El cristianismo, en cambio, sostiene que la vida conserva valor aunque pierda brillo, fuerza o autonomía. También recuerda que el sufrimiento reclama compañía, amor, paciencia y sentido. Y ha dado cuerpo a algo que la política moderna no sabe generar por sí sola: el amor al prójimo, el perdón y una igualdad real que no depende del rango, de la utilidad, de la salud ni de la fuerza.
Ahí está el nervio del catolicismo en su sentido más propio, el de universalidad. No como uniformidad plana, con la afirmación de que todos comparecen bajo una misma dignidad. Esa convicción no elimina otras religiones ni obliga a despreciarlas. Al contrario, hace posible un respeto verdadero. Precisamente por eso resulta tan torpe la caricatura habitual, esa que presenta al cristianismo de amenaza estructural mientras excusa a la política cuando adopta formas de fanatismo práctico.
Almería, en todo esto, ofrece un ejemplo especialmente claro. Su Semana Santa ha conservado una sobriedad que todavía la protege del exceso de teatralidad. Se nota en las andas, en las dolorosas sin palio, en las trabajaderas interiores, en cierto modo de estar en la calle sin convertirlo todo en exhibición. La ciudad ha recibido influencias, naturalmente, y algunas estéticas sevillanas han ido entrando con el tiempo. Aun así, persiste un tono propio, una mezcla de contención, barrio, familia y fe heredada que no parece pensada para el visitante, aunque siempre sea bienvenido. Aquí radica su fuerza, para ser vivido, para sentir lo visto y compartido, entonces transmite más desde el interior del alma.
Conviene recordar, aunque se nos olvide con facilidad, que ser cristiano sigue siendo en muchos lugares un motivo real de persecución. Mientras en Europa algunos juegan a burlarse de las imágenes, a trivializar la fe o a tratarla de excentricidad tolerable, en otros países la Cruz se paga cara. Esta realidad exige memoria y un mínimo de decencia y reivindicación.
Cuidar esta manifestación no consiste en convertirla en bandera de partido ni en usarla para golpear a quien no cree. Consiste en reconocer que sigue latiendo una parte principal de nuestra memoria moral y espiritual. Reside en no degradarla a postal turística, en no vaciarla para hacerla inofensiva y en evitar pedirle que desaparezca del espacio público para que otros credos políticos puedan ocuparlo sin competencia.
Porque una sociedad que pierde el respeto por lo que la sostuvo acaba perdiendo también la claridad sobre sí misma. Y si eso ocurre, lo que llega después no suele ser libertad, sino confusión, docilidad y un poder cada vez más dispuesto a ocupar el lugar que otros dejaron vacío. La fragilidad, en términos históricos, nunca ha sido un buen punto de partida.

