Ejemplos


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PASEO ABAJO/Juan Torrijos

Si analizamos el comportamiento de los ciudadanos a lo largo de la pasada Semana Santa, podríamos llegar a conclusión de que existe una falta de educación pasmosa en la sociedad almeriense. En la que por cierto me incluyo. Hemos pisoteado parterres y flores, hemos presenciado las procesiones en las puertas de los bares, con la copa de vino en la mano, sin ningún respeto ante los que estaban siendo los grandes protagonistas del momento. No nos importaba cruzar sus filas por bemoles, como si nos esperara en la acera de enfrente la felicidad eterna, molestar a los ciudadanos que estaban en las mismas, por el empeño de pasar a costa de lo que fuera, o ponerse delante de los que ya estaban esperando la llegada de la procesión, con la mala educación y la chulería que ello comporta.

Pero no crean que todo es culpa del vecino que espera pacientemente la llegada del paso, parte de esa responsabilidad es el ejemplo que recibimos por parte de los propios penitentes o nazarenos. Filas desorganizadas, comentarios entre ellos, cera sobre las bolas de las niñas que se acercan a ellos. Cierto caos que no se sabe o no se quiere evitar. La procesión no es solo el paso por la Catedral o por la tribuna oficial, debe ser algo más durante todo su recorrido. En definitiva, falta de seriedad en los propios componentes de las cofradías. La procesión se convierte en una fiesta en la que está permitido todo, y se pierde esa sensación de respeto y fe que debe tener el paseo de los titulares por las calles de la ciudad. Esa historia de lo que fue la pasión y muerte de Cristo, que se representa durante la semana ante la sociedad, pierde la espiritualidad en la que se le quiere encuadrar.

Ante ese pequeño caos surge en la noche del martes los niños del Perdón. Y te das cuenta de que el ejemplo que ellos ofrecen logra el silencio en la noche, hace que se paren los chulos que cruzan las aceras, y consiguen que por unos minutos esa espiritualidad la vivan los ciudadanos que contemplan su paso por las calles. Logra que el maremagnum en el que se convierte el entorno del Kiosco Amalia en esas noches, se quede mudo a su paso. Logran los niños del Perdón, solo con su ejemplo, que el silencio se convierta en el respeto de cientos de personas a su paso, a su sacrificio, a su fe y esperanza. Es oír la llamada del tambor, y es como si de pronto, los que nos hemos comportado con cierta falta de educación sintiéramos que era momento de acercarnos a lo que representaban aquellos que desfilaban delante de nosotros, rendirse ante el ejemplo de aquellos que, en silencio, a veces descalzos, pisaban en silencio el asfalto de las calles. Llegamos a la conclusión de que es el ejemplo el que nos enseña y muestra lo que somos, y con El Perdón lo demuestra la sociedad en las calles.