La larga tarde del Reino de Hesperia


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J. A. SÁEZ CALVO

En el archivo más antiguo del monasterio de San Ardanio se conserva un códice de pergamino cuyo autor nadie recuerda ya. El monje que lo copió dejó escrita al margen una advertencia: “Estas páginas deben leerse como enseñanza para los reinos que olvidan de dónde nace su prosperidad”. El relato habla de Hesperia, una tierra meridional abierta a un mar luminoso, cruzada por caminos viejos y puertos muy transitados.

Tradicionalmente, Hesperia fue conocida por la destreza de sus gentes. Sus campos daban aceite y vino apreciados en todos los puertos. En los talleres se hacían herramientas resistentes y tejidos recios. En los astilleros se construían naves ligeras que alcanzaban mercados lejanos.

Pero lo que distinguía a aquella tierra no eran solo sus recursos, sino una costumbre arraigada. Los maestros repetían a los aprendices una regla sencilla: cada generación debía mejorar lo recibido. El herrero perfeccionaba el martillo del maestro. El carpintero afinaba la unión de las vigas. El comerciante procuraba traer mercancías excelentes y más asequibles. Así crecía la riqueza del país, no por mandato del Consejo ni por dádiva del erario, sino por el empeño de cada cual, en hacer progresar su oficio, vender su género o aventajar con trabajo lo recibido y prosperar.

Multitud de viajeros afirmaban que en Hesperia cualquiera podía abrirse camino si poseía talento y voluntad. Esa fama atrajo durante años a marineros, tratantes y artesanos de otras regiones.

Con los años empezó a alzarse en la capital, Auroria, un grupo de gobernantes que se presentaban ante el pueblo como los “Guardianes de la Armonía”. Prometían una sociedad más protegida y justa. Decían que el viejo orden había dejado demasiados huecos abiertos: abusos, desamparo y desigualdades difíciles de sostener. El Consejo, afirmaba, debía intervenir para corregir esos desórdenes y asegurar el bienestar común.

No pocos ciudadanos escucharon aquellas palabras con esperanza. Al principio, los Guardianes ampliaron las casas de curación y establecieron ayudas para quienes habían perdido su sustento.

Fue asentándose una costumbre nueva en el gobierno: casi toda dificultad acababa encontrando la misma respuesta, abrir las arcas públicas. Si un gremio atravesaba tiempos duros, se anunciaba ayuda. Si una comarca protestaba, se prometían partidas extraordinarias. Si un grupo levantaba la voz, el Consejo comparecía con subsidios o planes de urgencia.

Pronto se advirtió que muchas de aquellas promesas no llegaban enteras a su destino. Entre el anuncio y la necesidad se abría un pasillo más largo de oficinas, comisiones, delegados y administradores. Lo que salía de Auroria como remedio llegaba a menudo tarde, disminuido o en manos no previstas. A veces se perdía en trámites interminables; otras, se consumía en gastos de gestión, favores cruzados o simple torpeza. Y aunque el auxilio no alcanzara a quien lo precisaba, la recaudación seguía creciendo.

Para sostener aquel gasto, los recaudadores recorrieron ciudades y aldeas con mayor frecuencia. Aumentaron los tributos sobre oficios, mercados y ventas. Se gravó lo que se compraba, lo que se vendía y hasta lo necesario para trabajar. En las plazas se repetía un comentario amargo: en Hesperia, el que producía pagaba siempre un poco más.

Un viejo mercader del puerto lo resumió al caer la tarde:

- “Si castigas al que se esfuerza, acabará haciendo solo lo justo”.

Entretanto, el Consejo promulgó una norma celebrada por sus partidarios: el Edicto de Hospitalidad Universal. Desde entonces, cualquier viajero que pusiera pie en aquellas tierras podría acogerse a los cuidados de las casas de curación.

Al principio fue tomado como un gesto noble. Luego quedaron a la vista sus efectos. Personas de muchas regiones acudían atraídas por aquella protección. Las casas de curación llenaban sus bancos desde el alba. Los médicos trabajaban sin descanso. Las cuentas del reino se tensaron aún más. Cuando algunos consejeros sugirieron revisar la medida, los Guardianes respondieron con severidad.

Mientras tanto, la administración fue creciendo como hiedra sobre un muro. Surgieron nuevas oficinas, juntas, tribunales y comisiones encargados de vigilar oficios y negocios. Abrir un taller empezó a exigir permisos, certificados, inspecciones y sellos que podían demorarse meses, cuando no años.

Pero lo más grave no era ya el tamaño de aquella maquinaria, sino a quién servía y en manos de quién quedaba. Con más frecuencia, la gestión dejaba de encomendarse a los más capaces y pasaba a los más dóciles o a los mejor relacionados. Había administradores que jamás habían regentado un negocio, inspectores que nada entendían del oficio que regulaban y escribanos que confundían el papeleo con la realidad.

Cada vez más jóvenes desistían antes de empezar.

Por aquellos años se hicieron habituales en las ciudades los pregoneros del Consejo. Llegaban a las plazas, desplegaban sus pergaminos y daban lectura a los nuevos decretos. Una mañana de primavera, en el mercado mayor de Auroria, uno de ellos desplegó un pergamino y proclamó:

- “Por mandato del Consejo de los Guardianes de la Armonía, queda prohibido difundir palabras que siembren discordia o cuestionen las decisiones adoptadas para el bien común”.

Los comerciantes se miraron con sorpresa. El pregonero continuó:

- “Quien critique públicamente los decretos del Consejo será sancionado por perturbar la concordia del reino”. Meses después apareció otro edicto, todavía más singular. Llevaba por título Decreto para la Protección de las Palabras Correctas. Algunas palabras quedaron vedadas por estimarse ofensivas para la armonía social. Los viejos del lugar bajaron la voz. Habían vivido bastante para saber que un poder que corrige el vocabulario no suele detenerse ahí.

También cambiaron las relaciones del país con sus aliados tradicionales. Hesperia había mantenido acuerdos con varios reinos vecinos. Pero los Guardianes empezaron a mirar con recelo a esos antiguos socios. Las fricciones diplomáticas se hicieron frecuentes. El Consejo dispensaba una cortesía llamativa a ciertos reinos lejanos, donde el mando era más severo y las viejas libertades contaban menos.

- “Extraña manera de conducirse -murmuraban los diplomáticos veteranos- se enfrían los tratos con los amigos de siempre y se agasaja a quienes nunca compartieron nuestras costumbres”.

Mientras tanto, las arcas públicas se vaciaban. Para sostener el ritmo de gasto, los Guardianes recurrieron a préstamos de banqueros extranjeros y a compromisos que hipotecaban el porvenir. La deuda crecía año tras año. - “Un reino puede vivir una temporada del esfuerzo acumulado por otros -decían los comerciantes-; pero si deja de producir, si aprieta al que trabaja y si entrega los asuntos serios a manos torpes, acabará repartiendo escasez”.

Durante siglos, la prosperidad de Hesperia había nacido de la libertad para comerciar, del ingenio de sus artesanos y de la competencia entre quienes querían avanzar. Esa cultura fue debilitándose. Algunos talleres cerraron porque los impuestos, la incertidumbre y las regulaciones hacían casi imposible continuar. Ciertos comerciantes llevaron sus negocios a otras tierras.

Los jóvenes lo percibían con claridad. Tras años de aprendizaje descubrían que abrir un taller o un negocio resultaba a cada paso más costoso y enrevesado. Veían, además, que no siempre ocupaban los puestos de mando los más capaces, sino los más próximos al poder. Muchos decidieron marcharse.

En los puertos del sur se hicieron frecuentes escenas silenciosas: padres en el muelle, hijos a bordo, equipajes modestos y miradas largas hacia otras costas en busca de oportunidades. El cronista escribió con tristeza que Hesperia estaba perdiendo, poco a poco, uno de sus mayores tesoros: el espíritu emprendedor de su gente y su juventud.

Y, sin embargo, en la corte de Auroria se seguía proclamando que el país avanzaba hacia una nueva era de justicia y progreso. Los pregoneros repetían los decretos. Los escribas redactaban informes optimistas. Se anunciaban nuevas partidas y reformas, aunque demasiadas veces los resultados no guardaban proporción con las promesas.

Llegó un invierno especialmente duro. Los funcionarios del erario presentaron al Consejo un informe inquietante. En él se señalaba que la riqueza del país llevaba años sin crecer, que las deudas aumentaban sin descanso, que menos negocios seguían abiertos y que una parte considerable de lo recaudado se extraviaba entre la maraña administrativa, el despilfarro y la mala gestión. El documento añadía que Hesperia estaba pagando muy caro el haber dejado asuntos graves en manos poco preparadas.

Los Guardianes escucharon en silencio. Luego, uno de ellos afirmó que aquel informe podía alimentar discursos alarmistas y que no convenía difundirlo entre el pueblo.

El manuscrito fue archivado.

Así concluye el cronista su relato. Los reinos no suelen arruinarse de golpe. Primero olvidan de qué cosas humildes y firmes nació su riqueza: trabajo, esfuerzo, mérito y deseo de hacer bien las cosas. Después empiezan a vivir del caudal acumulado por los antepasados. Más tarde castigan al que produce, multiplican la tutela sobre la vida común y toleran que la administración caiga en manos incapaces. Y cuando, además, buena parte de lo recaudado ni siquiera alcanza a quien lo necesita, el bienestar empieza a disiparse como la luz al final de la tarde.

El monje añadió una última advertencia: - “Mientras un pueblo conserve memoria de las leyes sencillas que hicieron grande a su nación -libertad, responsabilidad, mérito y esfuerzo- todavía podrá enderezar su rumbo”. Quizá, escribió al final, la larga tarde de Hesperia no sea todavía la llegada de la noche. Tal vez sea solo la hora incierta en que un reino deba decidir si aviva de nuevo la llama de su antigua libertad o consiente, por fatiga o por miedo, que se extinga poco a poco el fuego que durante siglos alumbró su prosperidad.