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ENRIQUE FERNÁNDEZ BOLEA*
Cuevas del Almanzora, privilegiada por un patrimonio de siglos, ofrece alarmantes ejemplos de desidia, de flagrante abandono, destacando tristemente un conjunto de inmuebles cuya propiedad y responsabilidad de conservación son exclusivas del Obispado de Almería. Adquiere actualidad, por lo que más adelante se explicará, la notable iglesia de San Antonio de Padua, conocida también como de San Francisco por hallarse anexa a nuestro antiguo convento regentado hasta la desamortización de Mendizábal (1836-1837) por la orden franciscana. El inicio de su construcción podría situarse en torno a 1655. No obstante, las obras se prolongaron durante décadas, siempre sometidas a la escasez de recursos económicos de la congregación y del propio cabildo que las costeaba en parte mediante recaudación de limosnas entre el vecindario, de tal modo que en la segunda década del siglo XVIII aún no se habían concluido. Parece que su finalización podría situarse hacia 1715-1720. Se compone de tres naves, una central más amplia y dos laterales; un crucero cubierto por una cúpula y culminado por una linterna antecede al presbiterio o capilla mayor; y el coro se sitúa sobre un balcón abovedado encima de la puerta de ingreso. La bóveda central y las capillas laterales se sustentan sobre pilastras unidas mediante arcos de medio punto. Es un edificio de estilo barroco, sin apenas alardes ornamentales, aunque se erige en un exponente de esa arquitectura religiosa austera que se impondrá por tierras reconquistadas a partir de los siglos XVI y XVII.
Pues bien, el estado de conservación de este edificio emblemático es hoy deplorable, tanto en su parte exterior como en la ruinosa preservación interior. La amenaza de derrumbe de la torre-campanario, y el riesgo que ello supone sobre la integridad de quienes transitan por sus inmediaciones, condujo en fechas recientes al consistorio cuevano a presionar a la diócesis almeriense para que tomase medidas preventivas. Se decantaron los propietarios por la solución más fácil y barata, amparándose en su pertinaz anemia económica: desmochar la torre, de modo que muerto el perro se acabó la rabia. Nada se apuntó acerca de medidas sensibles que impidiesen ese atentado integral contra un patrimonio secular, a la vez que nos despojan de una imagen, una perspectiva urbana, que forma parte de nuestra herencia emocional.
Pero habrá que reconocer, pese a la inminencia de lo que se nos viene, que existen otros graves riesgos que anuncian el colapso de este hermoso templo. Basta con observar la cubierta desde arriba: como si fuese la consecuencia de un intensivo bombardeo, numerosos boquetes se reparten por sus dos aguas, entre los que sobresale por sus dimensiones el que se localiza en la confluencia de la nave central con el crucero, convertido en un sumidero por el que se precipita una cascada de agua cada vez que nuestras habituales lluvias torrenciales deciden visitarnos. Esa afluencia irrumpe sobre la parte superior de la bóveda contribuyendo a su progresivo deterioro. Habría que preguntarse cómo su colapso, su hundimiento, no se ha producido aún. Sepan que esta situación la vengo denunciando desde el año 2017 (véase: “La iglesia del convento o de San Antonio de Padua: codicia, ruina y futuro cultural”, 13/10/2017); ya me habría gustado, por el bien de nuestro patrimonio, que otros con responsabilidades políticas en nuestra corporación se ocupasen de estos asuntos con igual compromiso y contundencia, y no con el miserable oportunismo que siempre demuestran.
Me pregunto, ¿por qué el Obispado de Almería, su propietario, siempre ha actuado con negligente desinterés? Porque, como supondrán, la situación actual es el resultado de décadas de abandono, de irresponsable descuido. Y no será porque no se le han presentado alternativas para que este edificio histórico-artístico no acabase en el lamentable y ruinoso estado en que se encuentra. La hubo cuando, entre 1998 y 2012, sucesivas escuelas taller y talleres de oficio rehabilitaron el edificio conventual anexo; en aquel intervalo fue el Ayuntamiento quien le propuso al Obispado que, aprovechando aquella intervención, cediese la propiedad de la iglesia para recuperarla de la ruina y convertirla en un auditorio, pero las condiciones leoninas con las que respondieron desde Almería no pudieron ser asumidas por la municipalidad y el edificio continuó una imparable carrera hacia su inexorable decrepitud. Ni hago ni dejo hacer.
Más reciente, e igualmente desaprovechada, ha sido en 2022 la posibilidad de integrar San Antonio de Padua en un ilusionante proyecto contemplado en el Plan de Sostenibilidad de Cuevas del Almanzora financiado con fondos Next Generation de la Unión Europea. Con la Ciudad de las Artes Escénicas se pretendía rehabilitar el que había sido hasta 2001 cuartel de la Guardia Civil (en origen dependencias del colegio de 1ª y 2ª Enseñanza Ntra. Sra. del Carmen) para convertirlo en sede del Conservatorio Profesional de Música, comunicado con la actual y contigua Escuela Municipal de Música, Danza y Teatro. De nuevo se le proponía a la Diócesis provincial ceder la iglesia con el fin de restaurarla y destinarla a un necesario auditorio que diese servicio a ambos centros educativos y al municipio en su conjunto. Otra vez el rechazo de sus dueños a trasferir la propiedad dio al traste con una inversión total de 2.200.000 euros, que incluía la recuperación patrimonial y, por tanto, la definitiva salvación de San Antonio de Padua.
Si sumamos codicia, inexistente generosidad e irresponsabilidad empecinada confluimos en el actual estado, donde un edificio relevante del patrimonio cuevano va a ser cercenado, erigiéndose en símbolo de desprecio, de manifiesta y dilatada negligencia. Y dados los explícitos antecedentes y comportamientos, lo que ya parecen hechos consumados, es decir, la irremediable destrucción de la torre-campanario, solo obedecen a la dejación del Obispado. Es el principio de un desenlace aún más funesto, cuando, si no se interviene con urgencia, la bóveda de la iglesia colapse por completo. No se puede consentir, y alguien debería actuar antes de que nos arranquen para siempre un pedazo de nuestra identidad cultural.
*Enrique Fernández Bolea es Cronista Oficial de Cuevas del Almanzora
Pues bien, el estado de conservación de este edificio emblemático es hoy deplorable, tanto en su parte exterior como en la ruinosa preservación interior. La amenaza de derrumbe de la torre-campanario, y el riesgo que ello supone sobre la integridad de quienes transitan por sus inmediaciones, condujo en fechas recientes al consistorio cuevano a presionar a la diócesis almeriense para que tomase medidas preventivas. Se decantaron los propietarios por la solución más fácil y barata, amparándose en su pertinaz anemia económica: desmochar la torre, de modo que muerto el perro se acabó la rabia. Nada se apuntó acerca de medidas sensibles que impidiesen ese atentado integral contra un patrimonio secular, a la vez que nos despojan de una imagen, una perspectiva urbana, que forma parte de nuestra herencia emocional.
Pero habrá que reconocer, pese a la inminencia de lo que se nos viene, que existen otros graves riesgos que anuncian el colapso de este hermoso templo. Basta con observar la cubierta desde arriba: como si fuese la consecuencia de un intensivo bombardeo, numerosos boquetes se reparten por sus dos aguas, entre los que sobresale por sus dimensiones el que se localiza en la confluencia de la nave central con el crucero, convertido en un sumidero por el que se precipita una cascada de agua cada vez que nuestras habituales lluvias torrenciales deciden visitarnos. Esa afluencia irrumpe sobre la parte superior de la bóveda contribuyendo a su progresivo deterioro. Habría que preguntarse cómo su colapso, su hundimiento, no se ha producido aún. Sepan que esta situación la vengo denunciando desde el año 2017 (véase: “La iglesia del convento o de San Antonio de Padua: codicia, ruina y futuro cultural”, 13/10/2017); ya me habría gustado, por el bien de nuestro patrimonio, que otros con responsabilidades políticas en nuestra corporación se ocupasen de estos asuntos con igual compromiso y contundencia, y no con el miserable oportunismo que siempre demuestran.
| Obsérvese uno de los boquetes que perforan la torre |
Me pregunto, ¿por qué el Obispado de Almería, su propietario, siempre ha actuado con negligente desinterés? Porque, como supondrán, la situación actual es el resultado de décadas de abandono, de irresponsable descuido. Y no será porque no se le han presentado alternativas para que este edificio histórico-artístico no acabase en el lamentable y ruinoso estado en que se encuentra. La hubo cuando, entre 1998 y 2012, sucesivas escuelas taller y talleres de oficio rehabilitaron el edificio conventual anexo; en aquel intervalo fue el Ayuntamiento quien le propuso al Obispado que, aprovechando aquella intervención, cediese la propiedad de la iglesia para recuperarla de la ruina y convertirla en un auditorio, pero las condiciones leoninas con las que respondieron desde Almería no pudieron ser asumidas por la municipalidad y el edificio continuó una imparable carrera hacia su inexorable decrepitud. Ni hago ni dejo hacer.
Más reciente, e igualmente desaprovechada, ha sido en 2022 la posibilidad de integrar San Antonio de Padua en un ilusionante proyecto contemplado en el Plan de Sostenibilidad de Cuevas del Almanzora financiado con fondos Next Generation de la Unión Europea. Con la Ciudad de las Artes Escénicas se pretendía rehabilitar el que había sido hasta 2001 cuartel de la Guardia Civil (en origen dependencias del colegio de 1ª y 2ª Enseñanza Ntra. Sra. del Carmen) para convertirlo en sede del Conservatorio Profesional de Música, comunicado con la actual y contigua Escuela Municipal de Música, Danza y Teatro. De nuevo se le proponía a la Diócesis provincial ceder la iglesia con el fin de restaurarla y destinarla a un necesario auditorio que diese servicio a ambos centros educativos y al municipio en su conjunto. Otra vez el rechazo de sus dueños a trasferir la propiedad dio al traste con una inversión total de 2.200.000 euros, que incluía la recuperación patrimonial y, por tanto, la definitiva salvación de San Antonio de Padua.
Si sumamos codicia, inexistente generosidad e irresponsabilidad empecinada confluimos en el actual estado, donde un edificio relevante del patrimonio cuevano va a ser cercenado, erigiéndose en símbolo de desprecio, de manifiesta y dilatada negligencia. Y dados los explícitos antecedentes y comportamientos, lo que ya parecen hechos consumados, es decir, la irremediable destrucción de la torre-campanario, solo obedecen a la dejación del Obispado. Es el principio de un desenlace aún más funesto, cuando, si no se interviene con urgencia, la bóveda de la iglesia colapse por completo. No se puede consentir, y alguien debería actuar antes de que nos arranquen para siempre un pedazo de nuestra identidad cultural.
*Enrique Fernández Bolea es Cronista Oficial de Cuevas del Almanzora



