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J. A. SÁEZ CALVO
Europa lleva tiempo caminando como si no quisiera despertarse. Entre la torpeza y la comodidad, cuando no se quiere reconocer la profundidad de un problema, se inventa un protocolo de normalidad que permite avanzar a tientas. En lugar de admitir que el Continente se ha vuelto vulnerable, se opta por un relato amable donde todo aparece bajo control, aunque no sea así. España participa de esa ficción con entusiasmo. Aquí el adormecimiento llega envuelto en estadísticas amables, mensajes que se repiten sin alterarse y ruedas de prensa donde la realidad se acomoda a lo que conviene contar.
De nuevo, en este contexto, el lenguaje vuelve a ser la herramienta principal del poder. Se utilizan expresiones que suenan firmes, pero huecas, una envoltura perfecta para esconder la inconsistencia. Lo preocupante no es solo que se usen, sino la cotidianidad de su uso y que hayan sustituido por completo a la explicación razonada. Al mismo tiempo, el vocabulario se estira como un chicle para justificar cualquier giro mientras la política real muestra señales de desgaste que ya no puede ocultar.
La herida más evidente está en el Este. Rusia no disimula su intención de revisar fronteras, reclama zonas de influencia y empuja hacia un escenario que parecía enterrado con la extinta Unión Soviética. Ucrania resiste como puede y la UE lo percibe con una mezcla de miedo y parálisis. La defensa europea vive de suposiciones y de ayudas que llegan a cuentagotas. Se habla de coordinación, de autonomía estratégica, de reforzar una industria de Defensa. Cada gobierno calcula sus costes políticos y delega la seguridad colectiva en el socio del otro lado del Atlántico. Con esta actitud, cualquier mapa puede cambiar sin previo aviso.
Puertas adentro, seguimos atrapados en un bucle de superregulación. Agricultura, minería, energía, transporte… cada sector se convierte en un laberinto que ahoga al productor y favorece al intermediario que sabe moverse entre normativas interminables. Encontramos promesas de transiciones ordenadas, pero la letra pequeña multiplica los costes y deja en desventaja a los locales que trabajan frente a importaciones procedentes de países que no cumplen ni una décima parte de lo que Bruselas exige. La coherencia se diluye y el resultado es un continente que presume de moral y en paralelo compra materias primas y productos a regímenes que vulneran todo lo que se dice defender.
Esa distancia entre lo que se dice y lo que se hace es lo que alimenta la desconfianza. El ciudadano lo percibe, y la sensación de desprotección se extiende sin necesidad de grandes palabras.
La energía es un ejemplo revelador. Durante años se proclamó la necesidad urgente de cerrar centrales nucleares, casi como un acto de purificación. Después llegó el desencanto. El sistema eléctrico empezó a mostrar su fragilidad con los precios disparados, y de pronto la nuclear volvió a ser aceptable, incluso verde, según la clasificación técnica que, hace no tanto, se despreciaba. Cuando una decisión cambia por presión o por necesidad, no por una reflexión seria, no transmite confianza. Lo que genera es la percepción de improvisación sobre las decisiones tomadas previamente.
España, lejos de construir una posición sólida dentro de este escenario, sigue encerrada en su propio teatro. Las cifras enviadas a Eurostat a veces no coinciden con lo que se respira en la calle. Los órganos que deberían ofrecer datos independientes parecen cada vez más alineados con el mensaje oficial. El Gobierno presume de empleo mientras oculta la temporalidad real, exhibiendo un crecimiento sin mencionar la pérdida de tejido productivo u otros factores que hacen engordar las cifras. Aparecen anuncios de récords estadísticos que, examinados de cerca, dependen de la interpretación, no de la solidez del país. No es extraño que la confianza ciudadana se evapore. Si uno deja de creer en los datos, abandona la confianza en quien los produce.
La corrupción ha dejado de ser un escándalo y se ha convertido en rutina. La estructura se repite: negando al principio, diluyendo después y desplazando la culpa. A menudo se lanza la idea de conspiración mediática y, si la presión es muy fuerte, pues sacrificio a un cargo menor. El objetivo no es aclarar nada, es ganar tiempo. Por eso se gobierna como si el poder fuera un refugio al que hay que aferrarse, no una responsabilidad temporal. En ese ambiente, el ciudadano ha de busca con esperanza una oposición crítica cuando el debate social desaparece porque hay que evitar acostumbrarse a vivir con un velo de resignación permanente.
En medio de este paisaje, aún aparecen espacios donde respiran otra cosa. Hace unas semanas, en Málaga, se celebró una sesión del Parlamento Europeo de los Jóvenes. Allí no había ministros buscando cámaras ni asesores preparando titulares. Había jóvenes intentando entender problemas de verdad y redactado soluciones sensatas. En breve, Almería tendrá su propia sesión regional. Esa inocencia política, sin cinismo, todavía existe, aunque viva al margen de quienes deberían escucharla. No es ingenuidad, es deseo de que el proyecto comunitario vuelva a ser algo más que un mosaico de intereses que chocan entre sí.
La pregunta es qué futuro inmediato podemos esperar. Asistiendo a una inmigración creciente gestionada sin visión de conjunto, tensiones culturales que se silencian para evitar críticas, servicios públicos que ya no absorben la presión demográfica y con una cúpula que prefiere el truco verbal a la claridad. Parece un continente que perdió el ritmo industrial, energético y geopolítico con un horizonte que no invita al optimismo. El ciudadano observa, compara declaraciones con hechos y va entendiendo que los discursos oficiales no explican lo que realmente ocurre. Cuando un país descubre ese abismo, requiere de un gran esfuerzo volver al estado anterior.
Dormirse tiene un precio. Despertar también. La cuestión es si seremos capaces de exigir explicaciones antes de que los acontecimientos nos arrastren. Porque seguir aceptando mensajes con cifras maquilladas, promesas recicladas y decisiones improvisadas no nos llevará a una comunidad más fuerte, sino a una UE más dependiente. Nuestro país, si persiste en su ensimismamiento, seguirá quedando al margen de lo poco que se está decidiendo.
La confusión sigue siendo el arma preferida del poder. Lo descubrimos en el lenguaje deformado y ahora lo vemos en la sociedad que duda. ¿Cuándo vamos a dejar de aceptar la densa comodidad del sueño y empezar a pedir un rumbo que no dependa del siguiente eslogan? Porque Europa está herida, y España, además, somnolienta. Y una civilización que duerme demasiado acaba despertando siempre en manos de otros. (Para leer 'La política del poder I' click AQUÍ)
De nuevo, en este contexto, el lenguaje vuelve a ser la herramienta principal del poder. Se utilizan expresiones que suenan firmes, pero huecas, una envoltura perfecta para esconder la inconsistencia. Lo preocupante no es solo que se usen, sino la cotidianidad de su uso y que hayan sustituido por completo a la explicación razonada. Al mismo tiempo, el vocabulario se estira como un chicle para justificar cualquier giro mientras la política real muestra señales de desgaste que ya no puede ocultar.
La herida más evidente está en el Este. Rusia no disimula su intención de revisar fronteras, reclama zonas de influencia y empuja hacia un escenario que parecía enterrado con la extinta Unión Soviética. Ucrania resiste como puede y la UE lo percibe con una mezcla de miedo y parálisis. La defensa europea vive de suposiciones y de ayudas que llegan a cuentagotas. Se habla de coordinación, de autonomía estratégica, de reforzar una industria de Defensa. Cada gobierno calcula sus costes políticos y delega la seguridad colectiva en el socio del otro lado del Atlántico. Con esta actitud, cualquier mapa puede cambiar sin previo aviso.
Puertas adentro, seguimos atrapados en un bucle de superregulación. Agricultura, minería, energía, transporte… cada sector se convierte en un laberinto que ahoga al productor y favorece al intermediario que sabe moverse entre normativas interminables. Encontramos promesas de transiciones ordenadas, pero la letra pequeña multiplica los costes y deja en desventaja a los locales que trabajan frente a importaciones procedentes de países que no cumplen ni una décima parte de lo que Bruselas exige. La coherencia se diluye y el resultado es un continente que presume de moral y en paralelo compra materias primas y productos a regímenes que vulneran todo lo que se dice defender.
Esa distancia entre lo que se dice y lo que se hace es lo que alimenta la desconfianza. El ciudadano lo percibe, y la sensación de desprotección se extiende sin necesidad de grandes palabras.
La energía es un ejemplo revelador. Durante años se proclamó la necesidad urgente de cerrar centrales nucleares, casi como un acto de purificación. Después llegó el desencanto. El sistema eléctrico empezó a mostrar su fragilidad con los precios disparados, y de pronto la nuclear volvió a ser aceptable, incluso verde, según la clasificación técnica que, hace no tanto, se despreciaba. Cuando una decisión cambia por presión o por necesidad, no por una reflexión seria, no transmite confianza. Lo que genera es la percepción de improvisación sobre las decisiones tomadas previamente.
España, lejos de construir una posición sólida dentro de este escenario, sigue encerrada en su propio teatro. Las cifras enviadas a Eurostat a veces no coinciden con lo que se respira en la calle. Los órganos que deberían ofrecer datos independientes parecen cada vez más alineados con el mensaje oficial. El Gobierno presume de empleo mientras oculta la temporalidad real, exhibiendo un crecimiento sin mencionar la pérdida de tejido productivo u otros factores que hacen engordar las cifras. Aparecen anuncios de récords estadísticos que, examinados de cerca, dependen de la interpretación, no de la solidez del país. No es extraño que la confianza ciudadana se evapore. Si uno deja de creer en los datos, abandona la confianza en quien los produce.
La corrupción ha dejado de ser un escándalo y se ha convertido en rutina. La estructura se repite: negando al principio, diluyendo después y desplazando la culpa. A menudo se lanza la idea de conspiración mediática y, si la presión es muy fuerte, pues sacrificio a un cargo menor. El objetivo no es aclarar nada, es ganar tiempo. Por eso se gobierna como si el poder fuera un refugio al que hay que aferrarse, no una responsabilidad temporal. En ese ambiente, el ciudadano ha de busca con esperanza una oposición crítica cuando el debate social desaparece porque hay que evitar acostumbrarse a vivir con un velo de resignación permanente.
En medio de este paisaje, aún aparecen espacios donde respiran otra cosa. Hace unas semanas, en Málaga, se celebró una sesión del Parlamento Europeo de los Jóvenes. Allí no había ministros buscando cámaras ni asesores preparando titulares. Había jóvenes intentando entender problemas de verdad y redactado soluciones sensatas. En breve, Almería tendrá su propia sesión regional. Esa inocencia política, sin cinismo, todavía existe, aunque viva al margen de quienes deberían escucharla. No es ingenuidad, es deseo de que el proyecto comunitario vuelva a ser algo más que un mosaico de intereses que chocan entre sí.
La pregunta es qué futuro inmediato podemos esperar. Asistiendo a una inmigración creciente gestionada sin visión de conjunto, tensiones culturales que se silencian para evitar críticas, servicios públicos que ya no absorben la presión demográfica y con una cúpula que prefiere el truco verbal a la claridad. Parece un continente que perdió el ritmo industrial, energético y geopolítico con un horizonte que no invita al optimismo. El ciudadano observa, compara declaraciones con hechos y va entendiendo que los discursos oficiales no explican lo que realmente ocurre. Cuando un país descubre ese abismo, requiere de un gran esfuerzo volver al estado anterior.
Dormirse tiene un precio. Despertar también. La cuestión es si seremos capaces de exigir explicaciones antes de que los acontecimientos nos arrastren. Porque seguir aceptando mensajes con cifras maquilladas, promesas recicladas y decisiones improvisadas no nos llevará a una comunidad más fuerte, sino a una UE más dependiente. Nuestro país, si persiste en su ensimismamiento, seguirá quedando al margen de lo poco que se está decidiendo.
La confusión sigue siendo el arma preferida del poder. Lo descubrimos en el lenguaje deformado y ahora lo vemos en la sociedad que duda. ¿Cuándo vamos a dejar de aceptar la densa comodidad del sueño y empezar a pedir un rumbo que no dependa del siguiente eslogan? Porque Europa está herida, y España, además, somnolienta. Y una civilización que duerme demasiado acaba despertando siempre en manos de otros. (Para leer 'La política del poder I' click AQUÍ)


