La política del poder y su lenguaje de confusión (I)


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J. A. SÁEZ CALVO

Hay un momento en el que uno deja de preguntarse por qué la política manipula el lenguaje y empieza a preguntarse cómo hemos permitido que lo haga con tanta impunidad. O quizá ya ni nos lo preguntamos, nos hemos acostumbrado. Vivimos inmersos en un vocabulario perfectamente diseñado para evitar que pensemos. Antes, las palabras tenían significado; ahora tienen función. Y la función es provocar obediencia, sin informar ni dialogar.

La hermenéutica, esa vieja herramienta para entender lo que se dice sin que te engañen, debería servir como defensa ciudadana, pero se ha quedado en los libros que casi nadie abre. Mientras tanto, cierta clase política ha aprendido a usar el discurso como cortina de humo, filtro emocional y arma silenciosa. Y funciona, claro que funciona.

Nos repiten expresiones que ya forman parte del paisaje, aunque no sepamos qué demonios significan: “transición justa”, “progreso inclusivo”, “resiliencia democrática”, “cohesión social”, “bien común”. Son como ambientadores baratos, expanden olor, pero a nada concreto. A veces son palabras acolchadas, blanditas, sin filo. En otras ocasiones están hechas para que nadie pueda cuestionarlas sin quedar señalado. Porque, ¿quién está en contra del progreso?, de ese concepto indefinido y tantas veces mencionado, o ¿quién va a negarse al bien común? La trampa está precisamente ahí, lo que no se define no puede ser discutido.

El teatro institucional ya no intenta convencer, solo exaltar o activar reflejos. No requiere de argumentos, sino que busca fidelidades. No aspira a que haya ciudadanos, quiere seguidores, votantes, como quien aprieta un botón en las redes. Y para eso, el vocabulario ambiguo es perfecto, permite justificar hoy lo contrario de ayer sin sonrojarse. La mentira asciende a argumento. La coherencia ya no existe, solo la narrativa, esa palabra mágica que sirve para tirar a la basura cualquier contradicción siempre que el poder la envuelva en un par de frases tras una arenga.

La degradación del diálogo crítico no es un daño colateral, es una estrategia. Detrás está un plan medido desde cientos de asesores, con un trazado desde el neuromarketing, buscando el punto de entrada del pensamiento dormido para convencer.

Redefinir conceptos básicos les permite remodelar la realidad a medida. “Democracia” se usa como escudo personal del político, “libertad” como permiso para hacer lo que convenga, “tolerancia” como entrega cultural, “unidad” como silenciamiento del disidente. Si alguien se atreve a cuestionar algo, rápidamente se le coloca unas etiquetas que no fallan: “odio”, “extremo”. La cúpula se siente cómoda porque ya no importa el tema, si no la etiqueta. Y problema resuelto para seguir anestesiando al pueblo.

El ciudadano crítico se convierte en incómodo, el que muestra docilidad, en un éxito del sistema. Todo esto sería cómico si no fuera trágico. Y si no quedara en evidencia que quienes manejan las palabras desde arriba lo hacen para una sola cosa: mantenerse en el poder y disponer de recursos públicos el mayor tiempo posible. Porque la retórica confusa es la mejor herramienta para gobernar sin tener que rendir cuentas. Cuando nadie entiende nada, nadie pide explicaciones.

Hace mucho que la política decidió que es preferible un electorado exaltado a uno formado. La emoción es más barata, más rápida y no exige coherencia. Se encapsula en frases huecas que se repiten en cualquier contexto, y así se crea la ilusión de convivencia feliz. Pero la unidad construida a base de consignas no lo es, se trata de una neblina que tapa la corrupción, la incompetencia y el desgaste institucional.

La clase dirigente seduce con un juego muy viejo, cuando no pueden ofrecer resultados, ofrecen mantras. Cuando no hay capacidades reales, hay narrativas ideológicas. Cuando no hay gestión, hay épica. Y cuando el relato se tambalea, se fabrica un enemigo. El adversario deja de ser una opción y se convierte en amenaza existencial. Así se mantiene movilizado al fiel y asustado al indeciso. Una fórmula impecable para permanecer en el cargo incluso cuando ya se ha agotado la capacidad de gobernar y la descomposición lo envuelve todo.

Mientras tanto, en las universidades y en muchos espacios de opinión se elimina la frontera entre sentir y razonar, convirtiéndose en lugares donde solo cabe el guion oficial. Se fabrica una sociedad donde la sensibilidad vale más que la verdad, donde cualquier dato puede tacharse de agresión si no encaja en la versión dominante. Es el sueño húmedo de cualquier autoridad, una población que siente mucho y piensa poco.

En este contexto, hay que saber interpretar, analizar y entender el fondo de cada expresión. La esfera pública nos impone supuestos expertos, nos describen continuamente que estamos desprotegidos y desinformados, por tanto, necesitamos de nuevas normas, nuevos controles para no desviarnos del camino.

Porque, nos guste o no, la batalla por el poder no se libra solo con escaños ni en tribunales (si se mantienen libres), se extiende al significado de las palabras y lo que escuchamos e interpretamos.

Al problema de entender el lenguaje hay que añadir la mentira convertida en sistema. Para que funcione, la dirigencia necesita colonizar instituciones que antes actuaban de contrapeso, medios públicos, organismos económicos y estadísticos que se les supone independientes, espacios culturales, plataformas educativas y convertirlos en repetidores del mensaje conveniente. No hace falta censura explícita; basta con ocupar los lugares donde se fabrica la verdad oficial. Es una opresión blanda, sin barrotes, pero eficaz: el contribuyente deja de tener referencias autónomas y acaba atrapado en un relato único que lo adormece. Y así llega la desidia pretendida, esa quietud artificial que tanto conviene al aparato porque elimina cualquier oposición real.

Y ahí es donde la gente común debería plantar cara. No basta con indignarse, hay que recuperar la precisión. Hay que exigir claridad. Porque en el momento en que aceptamos la confusión obligatoria, perdemos algo más que el léxico, cedemos soberanía mental.

Las democracias se debilitan cuando la palabra pierde su sentido real y pasa a significar lo que conviene al sistema. La élite política lo sabe y por eso trabaja para que todo sea interpretable, volátil, flexible. Cuanto más confuso es el vocabulario, más fácil es mantener el control sin que parezca control. Y más fácil es construir la ficción de un país unido y con liderazgo, cuando lo que hay es un país entumecido y agotado.

La regeneración no empieza solo cambiando leyes ni sustituyendo partidos; empieza recuperando el sentido de las palabras. Sin eso, todo lo demás es cartón piedra. Mientras permitamos que nos hablen en clave, nos gobernarán en clave. Mientras aceptemos consignas, nos gobernarán con lemas. Y si confundamos ruido con participación, seguiremos siendo súbditos de la narrativa en lugar de ciudadanos de la realidad.

Al final, todo se reduce a algo muy simple: cuando las palabras dejan de ser verdaderas, la verdad deja de importar. Y desde que la verdad deja de importar, la libertad dura un suspiro. Y así estamos, rodeados de discursos inflados, relatos salvadores y palabras vacías que prometen lo imposible. Y si no espabilamos, lo siguiente que nos arrebatarán no será el lenguaje, sino la capacidad de entender que nos lo han arrebatado.