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J. A. SÁEZ CALVO
La imagen que nos devuelve el espejo no siempre es lo buscado. Es un reflejo, una proyección sesgada que, si no somos capaces de reinterpretar, acaba sustituyendo lo real. En el tiempo de las pantallas y la saturación emocional, la interpretación ha adquirido vida propia. La verdad ya no necesita ser ocultada, basta con una imagen poderosa para que los hechos pierdan relevancia. En esta tercera y última reflexión sobre la falsa percepción hay que ir más allá de los datos, porque, a menudo, se opera sobre los símbolos. En un paso más sobre el convencimiento, se reemplaza la experiencia por relato, el juicio por afecto, la memoria por consigna. Y una vez que se ha sustituido el sentido, se puede moldear la conducta sin que nadie advierta la manipulación.
No es nueva esta ingeniería, pero su sofisticación actual alcanza niveles sin precedentes. A partir de cierto umbral, la verdad deja de importar. Un déficit puede celebrarse como inversión. La derrota se maquilla de resiliencia; la mentira, de libertad de expresión. Lo relevante ya no es la verdad, sino que encaje con el marco dominante.
De esta manera opera la neuro política. Importa menos el argumento que el estímulo capaz de despertar la conmoción buscada. Las campañas no se construyen con ideas, en cambio se trabaja con pruebas o experimentos A/B. Analizando datos psicográficos o a través de algoritmos que saben qué imagen, palabra o melodía generan una reacción visceral en segmentos concretos de la población. Las plataformas digitales han perfeccionado esta estrategia. Alimentan cámaras de eco donde cada usuario consume contenidos que reafirman sus prejuicios y eliminan cualquier disonancia. La deliberación ha sido sustituida por una repetición vacía. El pensamiento se desconecta. El ciudadano no dialoga, se reafirma. Cree que elige, pero solo navega por un menú apasionado preconfigurado. En esa burbuja perceptiva, la razón no tiene espacio. Y sin razón, la libertad queda convertida en un simulacro.
El siguiente paso en este proceso es la ocupación del territorio simbólico. Basta con anestesiar al elector mediante subsidios o propaganda. Hay que ocupar el significado. Quien domina el símbolo, domina la memoria; y quien domina la memoria, establece el marco de lo que puede o no ser pensado. Por eso, las guerras actuales no se libran en parlamentos ni en campos de batalla, es en el lenguaje, en los contenidos culturales, en la gramática moral. Se combate con series de televisión, con pancartas, con iconografía política. Y se gana cuando lo ideológico se vuelve incuestionable y lo histórico, sospechoso.
España ha sido terreno fértil para esta mutación. Su historia ha sido reescrita por sus adversarios y aceptada dócilmente por muchos de sus herederos. La Leyenda Negra, diseñada en el exterior para erosionar su legitimidad como potencia, se ha transformado en dogma interno. Se ha dejado de examinar críticamente, ahora se acepta como verdad de origen. No se cuestionan las fuentes, como si el pasado no mereciera revisión, sino condena sin matices. Donde hubo mestizaje, se habla de genocidio. Donde hubo lengua común, se denuncia imposición. Donde existió continuidad jurídica, se afirma represión. Se ensalzan mitos románticos del “otro” que nunca existió y se omite con rigor toda referencia incómoda a la estructura, a la crueldad o a la rigidez de esas culturas idealizadas.
Este desarraigo alegórico no se limita al pasado. También proyecta su sombra sobre el presente. El lenguaje cotidiano ha sido desnaturalizado. Términos como “madre”, “patria”, “hombre”, “fe” o “hispanidad” se usan con recelo, cuando no se eluden. Se ha desplazado el eje semántico hacia un terreno donde lo heredado, lo masculino, lo nacional o lo cristiano se presentan como dudosos. El resultado no es una cultura más rica, sino una visión desfigurada de lo real. Se enseña a desconfiar del sentido común y a reemplazarlo por un diccionario entusiasta impuesto desde estructuras ajenas al entorno social.
En paralelo, la narrativa audiovisual ha dejado de girar en torno a la virtud para centrarse en la reivindicación. La historia del esfuerzo ha sido eclipsada por la urgencia de ser visibilizado. El héroe desaparece, sustituido por la víctima. La acción cede ante la identificación. El espectador ya no aprende, se limita a reafirmarse. Las emociones sustituyen a los argumentos, y con ello se desactiva la exigencia de coherencia entre palabra y hecho. Basta con que una causa alarme o inquiete para que se acepte su relato, aunque se venga abajo al primer análisis.
Todo esto responde a un proceso deliberado. Una civilización que no defiende su relato común, que no valora su gramática simbólica, que no reconoce el valor de su legado material y espiritual, acaba perdiéndose en una espiral de fragmentación. Y no hay que confundir pluralidad con desarraigo. Defender lo común no implica negar la diferencia, es sostener el marco en el que las discrepancias pueden dialogar sin volverse trincheras.
La politización del idealismo es otro síntoma del malestar profundo. El deseo de transformar la realidad, natural en toda sociedad viva, se convierte en obstáculo. Se construyen utopías narrativas sin anclaje técnico, promesas sin hoja de ruta, símbolos sin contenido. La política se llena de pancartas vacías y de iniciativas que solo existen como titulares. Importa menos lograr algo que simular haberlo conseguido, como las declaraciones de curriculum inexistentes. Se simula transformación mientras se posterga toda reforma estructural. Se toma la emoción por resultado, como si sentir bastara.
Esta lógica alcanza su máxima perversión cuando el victimismo se institucionaliza como identidad. Se abandona la responsabilidad individual y colectiva a cambio de un relato permanente de agravio. Pero una sociedad que se define por sus heridas, y no por sus capacidades, se paraliza. Se abandona la orientación hacia soluciones y se suplanta por demandas compensatorias. Y al convertir toda demanda en emocional, desactiva el diálogo racional que es condición de libertad. Frente a esta decadencia disfrazada de sensibilidad, la recuperación del juicio crítico es una urgencia. No hay que renunciar al sentimiento, sino ubicarlo donde le corresponde. Éste puede ser el punto de partida, pero nunca el destino. Sentir no es suficiente, solo el razonamiento da forma a la libertad. Preguntarse por los datos detrás de la consigna. Dudar del marco impuesto. Sospechar del reflejo. En eso consiste pensar.
El camino de regreso exige también una historia reconstruida. Desde el método, no desde el dogma. Recordar no es repetir, es comprender. Enseñar historia no ha de ser un ejercicio de expiación, debe ser una herramienta para entender procesos, valorar aportes, discernir errores y legados. Sin esa estructuración, no hay educación. Sin educación, lo que queda no es ciudadanía, sino espectadores sin criterio.
Lo simbólico, en este contexto, puede ser restaurado, pero solo si se vincula con la acción concreta. Los símbolos deben recobrar su poder vinculante, su dimensión de compromiso. No basta con ondear una bandera: hay que saber qué representa, qué la sostiene, qué deberes implica. Un símbolo vacío es ruido; uno encarnado en una comunidad que actúa, construye sentido.
La política también debe ser rescatada del espectáculo. Los planes deben estar acompañados de evaluación y los gestos de resultados. Y cada discurso oficial debería ser examinado a la luz de su coherencia con el presupuesto ejecutado, con la infraestructura mantenida, con la educación impartida. El poder no debería operar desde el símbolo, solo trabajar desde el ejemplo.
En este punto, la cultura visual y digital puede y debe ser aliada. La tecnología, tan usada para manipular, también puede servir para transparentar. Aplicaciones que expliquen la historia de un monumento, el presupuesto de una obra pública, el ciclo del agua o el origen de una festividad, pueden reconectar al ciudadano con su entorno real, sin necesidad de narrativas grandilocuentes. Aunque el mundo digital también es objeto de manipulación y presión informativa, puede emplearse para desactivar el fanatismo y devolver humanidad a lo solemne. Aunque parezca una utopía, debería invitar a pensar sin imposición.
El verdadero desafío no es solo preservar lo antiguo o la tradición, es dotarla de vigencia. No se trata de elegir, sino de fundir ambas en una cultura libre, abierta, exigente. Cuando los símbolos recuperen su raíz, y la percepción vuelva a nacer de la experiencia y no del relato, quizá dejemos de mirarnos en el espejo de los demás. Quizá volvamos a ver lo que somos. Solo entonces, quizá, estemos en condiciones de elegir con libertad y sentido.
De esta manera opera la neuro política. Importa menos el argumento que el estímulo capaz de despertar la conmoción buscada. Las campañas no se construyen con ideas, en cambio se trabaja con pruebas o experimentos A/B. Analizando datos psicográficos o a través de algoritmos que saben qué imagen, palabra o melodía generan una reacción visceral en segmentos concretos de la población. Las plataformas digitales han perfeccionado esta estrategia. Alimentan cámaras de eco donde cada usuario consume contenidos que reafirman sus prejuicios y eliminan cualquier disonancia. La deliberación ha sido sustituida por una repetición vacía. El pensamiento se desconecta. El ciudadano no dialoga, se reafirma. Cree que elige, pero solo navega por un menú apasionado preconfigurado. En esa burbuja perceptiva, la razón no tiene espacio. Y sin razón, la libertad queda convertida en un simulacro.
El siguiente paso en este proceso es la ocupación del territorio simbólico. Basta con anestesiar al elector mediante subsidios o propaganda. Hay que ocupar el significado. Quien domina el símbolo, domina la memoria; y quien domina la memoria, establece el marco de lo que puede o no ser pensado. Por eso, las guerras actuales no se libran en parlamentos ni en campos de batalla, es en el lenguaje, en los contenidos culturales, en la gramática moral. Se combate con series de televisión, con pancartas, con iconografía política. Y se gana cuando lo ideológico se vuelve incuestionable y lo histórico, sospechoso.
España ha sido terreno fértil para esta mutación. Su historia ha sido reescrita por sus adversarios y aceptada dócilmente por muchos de sus herederos. La Leyenda Negra, diseñada en el exterior para erosionar su legitimidad como potencia, se ha transformado en dogma interno. Se ha dejado de examinar críticamente, ahora se acepta como verdad de origen. No se cuestionan las fuentes, como si el pasado no mereciera revisión, sino condena sin matices. Donde hubo mestizaje, se habla de genocidio. Donde hubo lengua común, se denuncia imposición. Donde existió continuidad jurídica, se afirma represión. Se ensalzan mitos románticos del “otro” que nunca existió y se omite con rigor toda referencia incómoda a la estructura, a la crueldad o a la rigidez de esas culturas idealizadas.
Este desarraigo alegórico no se limita al pasado. También proyecta su sombra sobre el presente. El lenguaje cotidiano ha sido desnaturalizado. Términos como “madre”, “patria”, “hombre”, “fe” o “hispanidad” se usan con recelo, cuando no se eluden. Se ha desplazado el eje semántico hacia un terreno donde lo heredado, lo masculino, lo nacional o lo cristiano se presentan como dudosos. El resultado no es una cultura más rica, sino una visión desfigurada de lo real. Se enseña a desconfiar del sentido común y a reemplazarlo por un diccionario entusiasta impuesto desde estructuras ajenas al entorno social.
En paralelo, la narrativa audiovisual ha dejado de girar en torno a la virtud para centrarse en la reivindicación. La historia del esfuerzo ha sido eclipsada por la urgencia de ser visibilizado. El héroe desaparece, sustituido por la víctima. La acción cede ante la identificación. El espectador ya no aprende, se limita a reafirmarse. Las emociones sustituyen a los argumentos, y con ello se desactiva la exigencia de coherencia entre palabra y hecho. Basta con que una causa alarme o inquiete para que se acepte su relato, aunque se venga abajo al primer análisis.
Todo esto responde a un proceso deliberado. Una civilización que no defiende su relato común, que no valora su gramática simbólica, que no reconoce el valor de su legado material y espiritual, acaba perdiéndose en una espiral de fragmentación. Y no hay que confundir pluralidad con desarraigo. Defender lo común no implica negar la diferencia, es sostener el marco en el que las discrepancias pueden dialogar sin volverse trincheras.
La politización del idealismo es otro síntoma del malestar profundo. El deseo de transformar la realidad, natural en toda sociedad viva, se convierte en obstáculo. Se construyen utopías narrativas sin anclaje técnico, promesas sin hoja de ruta, símbolos sin contenido. La política se llena de pancartas vacías y de iniciativas que solo existen como titulares. Importa menos lograr algo que simular haberlo conseguido, como las declaraciones de curriculum inexistentes. Se simula transformación mientras se posterga toda reforma estructural. Se toma la emoción por resultado, como si sentir bastara.
Esta lógica alcanza su máxima perversión cuando el victimismo se institucionaliza como identidad. Se abandona la responsabilidad individual y colectiva a cambio de un relato permanente de agravio. Pero una sociedad que se define por sus heridas, y no por sus capacidades, se paraliza. Se abandona la orientación hacia soluciones y se suplanta por demandas compensatorias. Y al convertir toda demanda en emocional, desactiva el diálogo racional que es condición de libertad. Frente a esta decadencia disfrazada de sensibilidad, la recuperación del juicio crítico es una urgencia. No hay que renunciar al sentimiento, sino ubicarlo donde le corresponde. Éste puede ser el punto de partida, pero nunca el destino. Sentir no es suficiente, solo el razonamiento da forma a la libertad. Preguntarse por los datos detrás de la consigna. Dudar del marco impuesto. Sospechar del reflejo. En eso consiste pensar.
El camino de regreso exige también una historia reconstruida. Desde el método, no desde el dogma. Recordar no es repetir, es comprender. Enseñar historia no ha de ser un ejercicio de expiación, debe ser una herramienta para entender procesos, valorar aportes, discernir errores y legados. Sin esa estructuración, no hay educación. Sin educación, lo que queda no es ciudadanía, sino espectadores sin criterio.
Lo simbólico, en este contexto, puede ser restaurado, pero solo si se vincula con la acción concreta. Los símbolos deben recobrar su poder vinculante, su dimensión de compromiso. No basta con ondear una bandera: hay que saber qué representa, qué la sostiene, qué deberes implica. Un símbolo vacío es ruido; uno encarnado en una comunidad que actúa, construye sentido.
La política también debe ser rescatada del espectáculo. Los planes deben estar acompañados de evaluación y los gestos de resultados. Y cada discurso oficial debería ser examinado a la luz de su coherencia con el presupuesto ejecutado, con la infraestructura mantenida, con la educación impartida. El poder no debería operar desde el símbolo, solo trabajar desde el ejemplo.
En este punto, la cultura visual y digital puede y debe ser aliada. La tecnología, tan usada para manipular, también puede servir para transparentar. Aplicaciones que expliquen la historia de un monumento, el presupuesto de una obra pública, el ciclo del agua o el origen de una festividad, pueden reconectar al ciudadano con su entorno real, sin necesidad de narrativas grandilocuentes. Aunque el mundo digital también es objeto de manipulación y presión informativa, puede emplearse para desactivar el fanatismo y devolver humanidad a lo solemne. Aunque parezca una utopía, debería invitar a pensar sin imposición.
El verdadero desafío no es solo preservar lo antiguo o la tradición, es dotarla de vigencia. No se trata de elegir, sino de fundir ambas en una cultura libre, abierta, exigente. Cuando los símbolos recuperen su raíz, y la percepción vuelva a nacer de la experiencia y no del relato, quizá dejemos de mirarnos en el espejo de los demás. Quizá volvamos a ver lo que somos. Solo entonces, quizá, estemos en condiciones de elegir con libertad y sentido.

