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El gran Polansky

Ayer fallecía Ric Polansky, un inmenso americano que, allá por los años sesenta, fue uno de los pilares del desarrollo y la promoción de un nuevo Mojácar.


Ric Polansky

LENOX NAPIER para ALMERÍA HOY / 21·03·2020

- Ha muerto el pobre Ric. -Es Pedro de El Puntazo al aparato. Hablamos un poco más recordando a Polansky, el gigante entre los extranjeros de Mojácar-.

Ric Polansky llegó al pueblo desde Mason City, en el estado americano de Iowa, a finales de los sesenta. Le había llamado su hermano Paul. Paul trabajaba con un madrileño, Manolo de Ayo, en un lugar diseminado llamado Lomos del Cantal de la por entonces no desarrollada costa de Mojácar. Es curioso cómo cambian los tiempos. Ni en Lomos del Cantal y en ningún otro sitio de la playa quería vivir nadie. A peseta se vendía el metro cuadrado. Paul era un hombre muy rubio, alto y atractivo, su trabajo era el de buscar compradores para las viviendas que acababa de construir Manolo Ayo. Ric se unió a la empresa y poco después él y su hermano se quedaron con el negocio.

Se tiene aquella época como el tiempo de oro de Mojácar, el tiempo ‘golden’ le llaman quienes lo vivieron. Años después Paul dejó la zona y se marchó a vivir primero a Londres, luego a los EEUU y ahora entre Serbia e Italia, donde escribe libros. Pero Ric no quiso abandonar Mojácar y siguió centrado en el negocio de la construcción ampliado a Turre. Años después, con el auge de las familias mojaqueras y la valorización del suelo, Ric se quejaba: “Yo voy al ayuntamiento con un proyecto y tengo que esperar un año, mientras que otros lo consiguen enseguida”. Su fortuna y su negocio se tambalearon, estuvo obligado a lidiar con un banco y otro, a mover hipotecas sobre sus propiedades, a usar unas como garantías para levantar las cargas de otras. No lo pasó bien.

Yo conocí a Ric desde el principio, cuando (como decimos los británicos) tenía todo su pelo. Siempre fue un hombre activo, jugaba el tenis y viajaba mucho, sobre todo a Perú, donde buscaba lugares escondidos y piezas de los incas. Contaba historias sobre sus aventuras. Recuerdo una atrapado en una mina de oro juntas a otras personas y la pierna rota.

En España su gran pasión fueron los toros. Conocía a muchos matadores y fue muy conocido por los aficionados. Nunca faltaba a las corridas de Almería, y con su marcado parecido a Hemingway, con la barba y boina roja, su presencia era muy considerada y apreciada en los ruedos. Un día, invitado por Canal Sur a una tertulia, se enfrento con El Fandi. –Lo haces muy bien, pero tienes que acercarte más -le decía delante de las cameras a un diestro que por momentos se indignaba más. Y siempre con un horrible castellano que nunca llegó a dominar.

A veces me llamaba para invitarme a tomar curry. El curry, como saben, es un invento culinario hindú muy del gusto de los británicos, especialmente en su vertiente más picante. Su gran valor consiste en que hay que beber cuantiosos copas de cerveza para paliar los ardores que produce en la garganta. Hay un número considerable de restaurantes hindús en Mojácar y Turre, dirigidos, como decía, estrictamente hacía el paladar de los sajones. A Ric, que no podía conducir por razones de salud, le gustaba tomarse una pinta, o dos, o tres, así que yo le recogía en su casa –una enorme mansión situada en unas privilegiadas alturas que hay en la salida de Mojácar hacia Carboneras– para irnos a comer. Bueno, comer y beber. Ric, en sus últimos años, muy gordo y con la necesidad de usar bastones, apenas cabía en el coche y despreciaba el cinturón de seguridad. Para mí es muy misterioso haber retornado a casa siempre sin una multa tras hincharnos a comer curry bañado en cerveza. Así pasábamos muchas horas y nunca aburridas porque Ric siempre tenía algo que contar. Escribió sus aventuras en muchos artículos en la prensa local, tanto en inglés como español. El lector nunca sabía lo que iba a leer, pero sí que se iba a reír.

La última vez que estuve en su casa, había un equipo de Antena 3 grabando unos cortes para un documental sobre ‘los hippies de Mojácar en los años sesenta’. Ric, que no había fumado un porro en su vida y se inclinaba políticamente a la derecha, y yo, que en la época hippie de principios de los setenta tenía quince años, no fuimos quizá los más adecuados para tratar el tema, pero echamos mano de nuestra imaginación y le dimos a los reporteros lo que querían, es decir, orgías, fiestas de cannabis, alcohol… por supuesto falso todo.

Ric tenía tres hijos. Jobi, el segundo, murió joven hace unos años. Tenía además dos adorables nietos gemelos de su primer hijo, Luke. Le gustaba mostrar fotos de los hermanitos corriendo por Alaska, donde viven. Su hijo menor, Micah, que trabaja en Nueva York, es un apasionado corredor de maratones. Y cómo no, ahí está la mujer de Ric, Karen, que durante muchos años ha llevado la dirección de Patas, la protectora de animales en Mojácar.

Ric fue uno de los más grandes que arribaron al pueblo cuando Mojácar no era esta Mojácar y todo estaba por hacer. Muy visible y ruidoso, imposible de ignorar cuando estaba presente. Así era Ric. Últimamente no gozaba de buena salud y prefería que sus amigos no le vieran. Pero cada día, en Facebook, nos daba una señal de que seguía vivo.

Con el coronavirus no podremos ir a su entierro. Espero el día cercano en que celebremos un memorial para el Gran Ric Polansky. Mi amigo Ric.