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De la incertidumbre a la intranquilidad


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JOSÉ MARÍA MARTÍNEZ DE HARO

LO ANUNCIABAN CASI todas las encuestas, los ciudadanos llegaron al 10 de noviembre cansados, desconfiados y hartos del empalago de una campaña electoral infructuosa y en ciertos casos sobrada de excesos y mentiras irritantes. Los debates en televisión, los mítines y otras técnicas electorales no sirvieron de mucho, a excepción de para Santiago Abascal, exultante tras el único debate. Las elecciones forzadas por Pedro Sánchez no han movido al electorado y ése es el principal fracaso de los actores políticos más comprometidos.

Hay una cuestión de fondo que podría explicar esta situación y que ningún partido político ha tratado de abordar. La democracia no es un sistema político que se sustente sólo con repetir puntualmente el ritual de las urnas. La democracia ha de alimentarse de impulsos cívicos, de ilusión, de esperanza y confianza en el sistema y en quienes de manera voluntaria se presentan para representar la voluntad del pueblo. Ninguno de estos impulsos ha animado a los votantes. Más bien una desgana que refleja el desánimo de una sociedad que nunca imaginó que circunstancias tan graves y excepcionales, como las que todos conocemos, pudieran cambiar el presente y el futuro de esta generación y legar una herencia de despojos. Y como cuestión esencial detallar que el objetivo que da sentido a la existencia de partidos políticos que ejercen en régimen de representatividad parlamentaria es la consecución del interés general en aras del bien común. A la vista de que estas dos premisas son manifiestamente ignoradas en España, una mayoría de ciudadanos se muestra muy escéptico de que se vayan a solucionar con urgencia los graves problemas que reclama la sociedad, según las primeras manifestaciones de Sánchez, Iglesias e incluso Casado. Todo lo visto y oído en estos largos meses de interinidad y continuada campaña, y lo que hemos oído tras las elecciones, no facilita un acuerdo de gobernabilidad que con los suficientes apoyos y la solvencia debida pudiera afrontar decididamente nuestra crisis institucional y política, para lo que sería necesaria la estabilidad y capacidad legislativa del nuevo gobierno.

Lo más irritante es que esta realidad la conocen con detalle quienes han obligado a las elecciones. Y singularmente quienes más responsabilidad acaparan, aunque sea en funciones de interinidad. Resulta una anomalía, aunque esté dentro de la legalidad del sistema, que se convocara a los ciudadanos a votar por segunda vez en seis meses y por cuarta vez en cuatro años. Ello explica el alto índice de abstención, 31,8%, y que quienes acudieron a las urnas lo hicieran con más dudas que convicciones; con mucho desánimo y cierto asco. Por ésta y otras razones, la política y los políticos son el segundo motivo de preocupación de los españoles según las encuestas. La distancia entre la clase política y la sociedad se agranda y con ello se debilita la base del sistema. Y de manera inconsecuente, la política no corrige un rumbo que ya marca distancia con su verdadera esencia y razón de ser. Y así, significados dirigentes políticos, con la excepción de Santiago Abascal y Pablo Iglesias, para continuar en su desmedida preponderancia y poder, tratan de eludir compromisos, se refugian en el marketing de "producto" mercantilizando los mensajes, los discursos y los programas electorales, desnaturalizando su primordial función y orientados a la consecución obsesiva del poder. Esta es una de las razones de que en estos repetidos periodos electorales se haya hecho tan visible la profesionalización progresiva de la actividad política. En este tesitura clave para el presente y futuro de España, aunque fuera por instinto humano, es muy posible que continúen anteponiendo su "empresa" (el partido benefactor ) a los intereses de España y el bien común. Esto ya se ha probado en sucesivas ocasiones y es también otra causa de que se haya de volver reiteradamente a las urnas.

Como digna excepción de lo anterior, la ejemplar decisión de Albert Rivera de asumir responsabilidades tras el fracaso de Ciudadanos. Su mensaje de despedida de la vida pública podría ser un modelo a seguir por otros tantos que no entienden el valor de la dignidad. "Ser diputado en el Congreso no es una nómina, es un honor de representar a los españoles", dijo renunciando a su acta de diputado. Al otro lado del espejo, Iglesias y Sánchez, con rostro impenetrable, incapaces de aceptar responsabilidades tras los retrocesos de PSOE y Unidas Podemos y el avance de los nacionalismos y separatismos varios.

Y como dato significativo, el ascenso de VOX en casi todas las provincias de España consiguiendo un grupo parlamentario fuerte y con capacidad en el Congreso, lo que le sitúa como claro ganador de estas elecciones y abre una incertidumbre a la derecha representada por el PP. Conocida ya la orientación del voto en el centro derecha, decenas de miles de votantes del PP, según muchos analistas y expertos, han dado otro voto de confianza a lo que promete ahora Pablo Casado, pero envían un claro aviso de que podría ser la última oportunidad del PP para mantener una base electoral que hasta ayer mismo consideraban cautiva.

Si bien los resultados no responden a las maniobras para lograr una mayoría suficiente para el PSOE y lejos de lecturas partidistas, más allá del pesimismo, en esta situación límite habrá de entenderse la voluntad democrática expresada en las urnas, de ser así sería posible que a partir de hoy mismo se comience a trazar un nuevo rumbo de esperanza para salir del estancamiento. Sería un gesto decisivo para recuperar la confianza en los dirigentes políticos que fueran capaces de abrazar la causa de España sin reservas, un poquito de humildad y autocrítica. Y sería también deseable que se abriera un espacio de entendimiento entre los propios dirigentes, militantes y simpatizantes de todos los partidos políticos para rebajar la agresividad y hacer viable la convivencia, la tolerancia y el respeto en todos los pueblos y ciudades de España. Es posible, en suma, que comience a latir el pulso de esta nación estimulado por la energía que nace de la voluntad democrática del pueblo. Y ser capaces con la responsabilidad histórica que señala a los grupos políticos mayoritarios, hacer valer el Estado de Derecho en todas las regiones y Comunidades y la defensa constitucional de todas las libertades e igualdad que hemos logrado juntos en estos cuarenta años de pacífica convivencia. Si la anquilosada izquierda española y la terca derecha entendiera que no es momento de siglas ni de cuotas, ni del poder como objetivo extremo, al igual que en otros países europeos, podría pactarse un acuerdo de gobierno del PSOE y el PP con fuerza parlamentaria suficiente para juntos, asumiendo cada uno su papel histórico, ofrecer a los ciudadanos la garantía de una democracia efectiva, un Estado consolidado y un mejor futuro.

Podría ser el mejor resultado de estas elecciones.