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Orígenes de Castilla, el conde Fernán González y los infantes de Lara


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ADOLFO PÉREZ

La historia de España es una fuente inagotable de hechos relevantes, figuras históricas, curiosidades y, como no, de múltiples leyendas que llaman la atención, unas con un fondo de certeza histórica y otras que son producto del imaginario popular, pero todas ellas con el señuelo de su atractiva lectura. Figura histórica relevante del siglo X fue el conde castellano Fernán González, cuyo poema narra las legendarias gestas de su protagonista, héroe de la independencia castellana y valiente defensor de la fe cristiana contra los musulmanes. Y entre las leyendas históricas nos encontramos con la de “Los siete infantes de Lara”, que al decir del historiador Ciriaco Pérez Bustamante se trata de un episodio de indudable fondo histórico, que dio lugar a un cantar de gesta, después al Romancero y al teatro. Pero antes hemos de situar la acción en el marco incomparable de Castilla.

A partir del año 800 comenzaron a poblarse las comarcas situadas al sur del antiguo ducado de Cantabria. Los repobladores avanzaban recelosos de los musulmanes levantando atalayas y defensas, así como castillos, los cuales le dieron el nombre a la región, cuya extensión era limitada. Decía el romance: “Harto era Castiella pequeño rincón / cuando Amaya era cabeça i Fitero mojón.” El condado se extendía desde el Cantábrico al Duero y entre la Rioja (este) y los ríos Deva y Pisuerga (oeste). Enclavado entre los reinos de León y Navarra. Los territorios de Castilla eran gobernados por condes que dependían de los reyes de Asturias primero y más tarde de los de León, los cuales gozaban de autonomía y se defendían de los musulmanes con sus propias fuerzas. Sin embargo, desde principios del siglo X las relaciones entre los reyes de León y los condes de Castilla eran poco amistosas. Tales desavenencias llegaron hasta el punto de que Ordoño II mandó dar muerte a varios condes acusados de traición por no haber asistido a la batalla de Valdejunquera. Entonces, dicen las crónicas medievales, irritados los castellanos nombraron dos jueces para que los gobernaran, que fueron Laín Calvo y Nuño Rasura.

Según acreditan los hechos históricos y los cantares de gesta recogidos en el romancero, Fernán González (932 – 970), conde de Lara, fue un héroe castellano, primer conde autónomo con reconocimiento (teórico) de la autoridad del rey de León. Fernán González tenía altas cualidades de caudillo, entre ellas el don de hacerse adorar por sus vasallos, para los que era su jefe natural, hasta el punto de que cuando Ramiro II logró hacerle prisionero sucedió algo notable, reflejado en los más bellos romances: un gran movimiento popular hizo que los castellanos dejasen desierta Burgos y sus aldeas para acudir a León y exigirle al rey la libertad de su señor. El rey, a la vista del clamor de todo un pueblo, dejó en libertad al conde rebelde.

El conde era un hábil político, de fuerte voluntad castellana, que impuso su autoridad en los demás condados. No se rindió al gran califa Abderrahmán III contra el que luchó bravamente. Cerró las fronteras a los moros y las amplió a costa de Navarra y de León. “El poema de Fernán González” (1250) canta las hazañas del ’buen conde’: Su crianza en un monte sin conocer su origen hasta que en su juventud liberó Castilla de la opresión. Bravo luchador contra los moros, contra el rey de Navarra y los reyes de León. Célebre es la anécdota del caballo árabe y el azor que Fernán González poseía, los cuales, tanto entusiasmaron al rey leonés Sancho I, que el conde accedió a vendérselos en mil marcos con la condición de que si no los pagaba a plazo fijo se doblaría el precio por cada día de retraso, pero el olvido del rey durante tres años supuso que cuando quiso cancelar la deuda ésta era tan grande que no la pudo satisfacer, por lo que tuvo que conceder a Fernán González la independencia de Castilla. El poema cuenta las prisiones que sufrió el héroe castellano y las ingeniosas estratagemas de las que se valió para liberarse. Pero tanto lo querían los castellanos que estando cautivo en Navarra hicieron una estatua a la que prestaban homenaje como si fuese el propio conde. La leyenda ha enaltecido a este personaje, héroe de cantares de gesta, pero en todo caso fortificó notablemente la personalidad de Castilla durante los casi cuarenta años de su gobierno. A la época del conde Garci Fernández (970 – 995) y de su hijo Sancho (hijo y nieto de Fernán González) se refiere el episodio de “Los siete infantes de Lara” (o de Salas), de indudable fondo histórico como señala el profesor Pérez Bustamante. Episodio que dio lugar a un cantar de gesta.

El relato de los hechos de esta leyenda dice que cuando se celebraban grandes fiestas en Burgos con motivo de la boda de Ruy Velázquez con doña Lambra, de la familia de los condes de Castilla. A las fiestas asistió doña Sancha, hermana del recién casado y esposa de Gonzalo Gustios, acompañada de sus siete hijos, llamados los infantes de Salas. A causa de una disputa Gonzalo González, el menor de los siete infantes, mató a un primo de doña Lambra. Entonces el recién casado Ruy Velázquez, instigado por su esposa doña Lambra, tomó terrible venganza: envió a Córdoba a Gonzalo Gustios, padre del menor de los Lara, con una carta escrita en árabe en la que le decía al caudillo musulmán, Almanzor, que decapitara al mensajero y además le indicaba que acudiera a la frontera donde podría apoderarse de sus siete hijos. Almanzor se compadeció del emisario y lo encerró en una cárcel en la que era asistido por una mora, hermana del propio Almanzor, según algunas versiones de ella tuvo un hijo que se llamó Mudarra González, que pasados los años iba a ser el vengador de su familia.

Como ya el conde advirtió a Almanzor en la carta los siete infantes de Lara, engañados por su tío Ruy Velázquez, salieron en descubierta contra los moros y después de una terrible lucha fueron vencidos y decapitados uno por uno. Las siete cabezas y la del ayo Nuño Salido se enviaron a Córdoba donde Almanzor se las presentó al desventurado padre de los infantes, pero enternecido le concedió la libertad. Entonces Gonzalo Gustios le dejó a la mora la mitad de su anillo para que si la criatura esperada era un varón se la entregara y le sirviera de señal cuando lo enviara a Castilla. Pasaron los años y Mudarra González se presentó en Castilla para cumplir su venganza, que al parecer consumó.

No me negarán los lectores que la historia de España nos ofrece episodios que da gusto leer.