<-- ANUNCIO VW VOLKSWAGEN ANULADO A VENCIMIENTO -->

Francisco Pizarro, conquistador del Perú


..

ADOLFO PÉREZ

El Nuevo Mundo descubierto por Cristóbal Colón el 12 de octubre de 1492 produjo una gran fascinación en buena parte de los jóvenes españoles del siglo XVI. Muchos de ellos, influenciados por el espíritu renacentista de la época, marcharon a las nuevas tierras ávidos de aventuras y fortuna, que para buen número de ellos significó la gloria por sus exploraciones y conquistas después de salvar grandes obstáculos. Fueron varios los que destacaron, siendo los más notables Hernán Cortés y Francisco Pizarro, que conquistaron sendos imperios, bien organizados: Cortés el imperio Azteca de México y Pizarro el inca del Perú, al que se dedica hoy este artículo.

De la infancia de Francisco Pizarro González se sabe muy poco, con datos no siempre fiables, de ahí que sus biógrafos no coincidan en cómo fue la niñez del conquistador, nacido en Trujillo (Cáceres), tierra de hidalgos pobres, en la década de los años setenta del siglo XV. Era hijo ilegítimo del capitán Gonzalo Pizarro, de familia hidalga, y de Francisca González, de humilde condición, hija de labradores. Era pariente lejano de Hernán Cortés. En cuanto a su infancia, se dice que fue abandonado al nacer en la puerta de una iglesia. Pasado un tiempo su padre lo reconoció como hijo y lo llevó a casa del abuelo paterno, que era regidor de Trujillo, aunque no se preocuparon de su educación pues según parece guardaba los cerdos de su padre. Ya con la edad adecuada pasó a Italia donde debió permanecer de 1498 a 1501 sirviendo con el Gran Capitán. De vuelta a Sevilla en 1502 se embarcó con el comendador Nicolás de Ovando en viaje a la isla La Española para probar suerte en las Indias donde adquirió fama de buen soldado.

En 1510 y siguientes participó en varias exploraciones por el norte de América del Sur en las que sobresalió. Por fin se avecindó en Panamá, “viviendo - como dice el cronista – con su casa y hacienda y repartimiento de indios.” En 1522, en una expedición hacia el sur mandada por el explorador Pascual de Andagoya, al llegar a la desembocadura del río Birú remontó unas leguas y oyó hablar de un imperio ignoto y muy rico, pero como regresó enfermo y su sucesor falleció el proyectado viaje no se realizó. Entonces Francisco Pizarro, asociado a Diego de Almagro (nacido en Almagro- Ciudad Real, en 1475), de origen más humilde, se decidió a realizar ese viaje ayudado por el sacerdote Hernando Luque que aportó el dinero que le facilitó el juez Gaspar Espinosa. En 1524 partió Pizarro del puerto de Panamá quedando Almagro para seguirle cuando reuniese más refuerzos y provisiones. La primera salida fue un fracaso pues los indios de la costa colombiana se resistieron y se agotaron los víveres, pero Almagro logró reunírsele con más hombres y provisiones. En su lucha con los indígenas Almagro perdió y regresó a Panamá en busca de refuerzos, en tanto que Pizarro lo aguardó en Chicama.

El gobernador Pedrarias Dávila obligó a Pizarro a trasladarse a Panamá, donde el juez Espinosa, por mediación de Hernando Luque aportó veinte mil pesos con los que adquirieron dos navíos en los que se embarcaron ciento sesenta hombres y varios caballos. Para solemnizar el acuerdo el sacerdote Luque celebró una misa y dividió la Sagrada Forma en tres partes que comulgaron Luque, Pizarro y Almagro (1526). Sin saberlo los tres asociados acababan de repartirse uno de los más grandes y ricos imperios de la tierra. Poco después salían hacia el sur Pizarro y Almagro con las dos naves y Bartolomé Ruiz de piloto. La navegación fue muy penosa y hubieron de tomar tierra en una costa, cerca del río San Juan, llena de ríos y manglares, y tan lluviosa que casi nunca escampaba. Los indios, adornados con objetos de oro, eran bravos, insultaban y asaetaban a los españoles. Allí quedó Pizarro mientras Almagro volvía a Panamá para traer refuerzos a fin de hacerse con las joyas de los indios. Llegó con ochenta hombres y el botín cogido a los indios no fue escaso. Entre tanto Bartolomé Ruiz con otro navío navegó por la costa donde visitó varios lugares al sur del ecuador, allí descubrió la isla del Gallo a la que se trasladó Pizarro. Los indios confirmaron la noticia sobre la existencia de un rico y gigantesco imperio. De nuevo Almagro tornó a Panamá en busca de refuerzos mientras Pizarro permaneció en la isla del Gallo.


Tantas privaciones en un clima ardiente, comidos por los insectos, enfermos, hambrientos y la perspectiva de más desgracias desanimaron a muchos soldados, y algunos de ellos lograron enviar un memorial al nuevo gobernador oculto en un ovillo de lana que mandaron como regalo a su esposa. El gobernador dispuso dos navíos para ir a recogerlos, sin que lograran disuadirle Almagro y Luque. Los soldados acogieron con entusiasmo la llegada de los navíos, y Pizarro veía con dolor que sus esfuerzos fracasaban finalmente. De nada valieron sus súplicas y arengas. Entonces, en un gesto histórico, tomó la espada y trazando una raya en la arena dijo: “Por aquí - al sur – se va al Perú a ser ricos; por allá - al norte - a Panamá a ser pobres, ¡escoja el buen castellano lo que más bien le estuviere!” Solo trece - “los trece de la fama” - le siguieron.

Pizarro y sus compañeros se marcharon a la isla de Gorgoma, más grande, cerca de la línea equinoccial (ecuador), donde aguantaron varios meses con un clima cálido y húmedo y escasa alimentación. Allí les llegó Bartolomé Ruiz con la orden del gobernador de que si en seis meses no había buenos resultados la expedición deberían volver a Panamá. Pizarro siguió y se encontró con la ciudad de Túmbez, quedando maravillados por la riqueza del lugar, por la bella arquitectura de su fortaleza y de sus templos. Con un mercado donde se vendían bellas cerámicas y finos tejidos. Era una cultura análoga a la isla de Creta. Quedaron maravillados de la belleza de sus paisajes coronados por las altas cumbres de los Andes. Allí existía, desde muchos siglos, un inmenso imperio análogo a los reinos de Egipto y Asia de la Edad Antigua. Después de llegar más al sur regresaron a Panamá (1527) llevando objetos de oro y plata, mantas de vicuña y algunos indios. Pero el gobernador consideró que no era bastante lo obtenido para aportar más recursos.

En 1528 Pizarro viajó a España para capitular con el monarca y obtener para él y para Almagro el gobierno del territorio descubierto y el primer obispado para Luque. Éste hubiera preferido que fuera otra persona a fin de evitar posibles problemas entre Pizarro y Almagro, lo que sucedió. En las capitulaciones con Carlos V concedió a Pizarro el hábito de Santiago, la gobernación y capitanía general de doscientas leguas de costa en el país que se llamaría “Nueva Castilla” más el título de adelantado. Almagro recibió la tenencia de la fortaleza de Túmbez y el nombramiento de hijosdalgo, y Luque sería propuesto para obispo de Túmbez. Pizarro regresó de España en enero de 1530 con sus hermanos Hernando, Juan, Gonzalo y Martín de Calatrava. El primero, hijo legítimo de su padre; el segundo y el tercero ilegítimos como él, y el último, hermano de madre. Enseguida surgió la discordia: Almagro, espíritu receloso, consideró que Pizarro había obtenido los mejores provechos y procedido con egoísmo, y que él había sido postergado y olvidados sus servicios, de modo que la vieja amistad quedó rota, comenzando una rivalidad que años más tarde supondría el derrame de sangre española en una cruenta guerra civil. La mediación de Luque apaciguó los ánimos entre ambos socios, de modo que a principios del año 1531 salió la expedición integrada por ciento ochenta y cinco hombres en tres naves.

Almagro quedó en Panamá a fin de conseguir los refuerzos necesarios para su socio. Después de un viaje muy penoso se apoderaron de la isla de Puná y de ella pasaron a Túmbez, y sin esperar los refuerzos de Almagro se internó en el Perú y con gran penosidad cruzaron los Andes por caminos imposibles, sufrieron el mal de altura y al cabo de casi dos meses llegó a Cajamarca donde sabía que se hallaba el emperador Atahualpa, hombre frío y sereno, que acababa de vencer a su hermano Huáscar, legítimo soberano. El jefe inca dejó que los españoles entraran en Cajamarca mientras él situaba sus tropas en un cerro cercano con la intención, al parecer, de tenderle una emboscada y acabar con ellos, pero Pizarro, ante la realidad de su situación, decidió apoderarse del jefe inca por sorpresa, igual que hizo Hernán Cortés en México, para lo que urdió un plan estratégico que le dio buen resultado. Le envió dos embajadores y el jefe indio accedió a visitarle en Cajamarca, en la que entró montado en una litera cubierta de oro y rodeado de milicias de guerreros, al llegar a la plaza los españoles cayeron sobre él y lo apresaron después de matar o poner en fuga a los indios; una acción decisiva, que convirtió a Pizarro en dueño del Perú.

Atahualpa quedó confinado con sus tres esposas (1532), fue tratado con todo miramiento y desde allí siguió gobernando su imperio. A cambio de su libertad ofreció a Pizarro llenar su aposento de oro y plata hasta una línea que marcó en la pared. El conquistador aceptó la oferta y enseguida empezaron a llegar grandes cantidades de metales preciosos para el rescate. Atahualpa, a fin de congraciarse con Pizarro, le ofreció como esposa a su hermana favorita, Quispe Sisa, hija del emperador inca Huayna Cápac. El conquistador la hizo bautizar y se llamó Inés Huaylas Yupanqui, ‘Pizpita’, convertida en su primera esposa después de haberse casado con ella por el rito inca. Con ella tuvo dos hijos: Francisca Pizarro Yupanqui y Gonzalo, que murió joven. Pasados pocos años doña Inés se enamoró y se casó con Martín Ampuero, paje de Pizarro, que dio su visto bueno a la boda y les otorgó una encomienda. Para hacerse una idea de lo que era el imperio y obtener más oro envió a alguno de sus hombres, los cuales, a través de abismales senderos (echados en hamacas sostenidas por indios que de milagro no los arrojaron por aquellos abismos), llegaron a Sausa donde se entrevistaron con Huáscar, cautivo de su hermano, que por señas les pidió auxilio, pero enterado Atahualpa del encuentro lo hizo matar; lo mismo hizo con casi todos sus hermanos, con sus esposas e hijos, además de a otros familiares. Al llegar a Cuzco, capital del imperio, quedaron maravillados de la ciudad en cuyos templos y palacios había tesoros inmensos. Cuando llegó Almagro (1533) con cien soldados se avivó la discordia entre ambos socios debido al reparto del gran botín obtenido, que se solucionó mediante concesiones a Almagro y a sus soldados.

Pasados unos meses el inca Atahualpa fue procesado y condenado a muerte acusado de ordenar la ejecución de su hermano Huáscar, de preparar una revuelta contra los españoles y de poligamia, pues había sido bautizado. La sentencia se cumplió el 29 de agosto de 1533 por medio del garrote. Al parecer la condena se produjo por la presión de Almagro y sus soldados. La ejecución de Atahualpa, después de haber pagado el rescate, es una sombra que cae sobre Francisco Pizarro, persona de buena condición, que además de un hecho moralmente reprobable fue un gran error político, pues le privaba de hacerse obedecer por los indios. Para suceder a Atahualpa fue designado su hermano Toparca. Pero muerto éste le sucedió su hermano Manco Cápac, también hermano de Atahualpa. Despejada la situación Pizarro se congratuló con la nobleza inca, lo que le permitió conquistar el Perú sin apenas resistencia.

Hernando Pizarro llegó a España para entregar los quintos reales del botín y los regalos que su hermano enviaba al emperador Carlos, que otorgó a Pizarro el título de marqués, le amplió el territorio concedido y lo confirmó como gobernador de aquellos dominios. A Almagro lo nombró adelantado de las tierras a conquistar y le aumentó su dominio en otras doscientas leguas al sur. La gobernación de Pizarro se llamaría “Nueva Castilla” y la del adelanto de Almagro “Nueva Toledo”; una y otra según la división de las reales cédulas de Carlos I. La decisión real agravó la enemistad entre ambos socios, siendo el principal desacuerdo Cuzco, que Almagro creía dentro de sus límites y Pizarro lo negaba. El conflicto se aplazó porque Pizarro convenció a Almagro para que explorara los territorios de Chile y Bolivia (1535).

Pizarro fundó la ciudad de Lima e impulsó la colonización del territorio, pero la sublevación de Manco Inca y haber sitiado Cuzco puso en peligro la dominación de los españoles. Almagro, que regresó fracasado de su expedición, derrotó a los incas y se apoderó de la ciudad imperial (1537). Entonces estalló la guerra civil entre pizarristas y almagristas a pesar de la buena voluntad de Pizarro. Ambos bandos chocaron cerca de Las Salinas, 6 de abril de 1538, y fue una difícil victoria para los pizarristas, mejor armados y mejor mandados. No hubo cuartel para los principales mandos, que fueron cruelmente ejecutados. Hernando Pizarro entró victorioso en Cuzco donde apresó a Diego de Almagro y a su hijo Diego el Mozo al que envió a Lima. Almagro fue procesado y condenado a muerte por varios delitos: apoderarse de Cuzco, aliarse con los incas, quebranto de treguas y acuerdos y haber hecho armas contra el emperador. Se humilló con exceso pero no hubo piedad. Fue ahogado en su celda y degollado públicamente en la plaza el 8 de julio de 1538.

En los años siguientes Pizarro se dedicó a su labor notable de gobernante (por cierto, como no sabía leer ni escribir eran sus secretarios los que firmaban en su nombre). Sobre 1539 “tomó para sí” a la princesa inca Cuxirimay Ocllo, que había sido la esposa principal de Atahualpa, que bautizada tomó el nombre de Angelina Yupanqui, con ella tuvo dos hijos. Doña Angelina después de la muerte de Pizarro se casó con el cronista Juan Díaz de Betanzos. En ese tiempo envió Pizarro expediciones descubridoras al Amazonas, Chile y otras zonas, todas comandadas por buenos capitanes. Sin embargo, en el año 1541 Diego de Almagro el Mozo, hijo del conquistador, organizó una conspiración en la que participaron partidarios de su padre y otros enemigos del gobernador. Los conjurados se introdujeron en su casa, y a pesar de la heroica defensa del anciano y de sus familiares y servidores, le asesinaron en la tarde del 26 de junio. Según cuenta el inca Garcilaso de la Vega (Cuzco, Perú, 1539 – Córdoba, España, 1616) la lucha fue épica. Pizarro, con su espada, se defendió con gran fuerza y destreza haciendo estragos entre sus atacantes, que lograron tirarlo al suelo donde acabaron con él. Y añade el inca Garcilaso que “hizo una cruz con la mano derecha y puso la boca sobre ella; y besándola expiró el famoso sobre los famosos don Francisco Pizarro, el que tanto enriqueció y engrandeció y hoy engrandece la Corona de España y a todo el mundo con las riquezas del Imperio que ganó.” Sus restos están inhumados en la catedral de Lima.

Diego de Almagro disfrutó poco tiempo de su triunfo. Carlos I nombró un nuevo gobernador y las tropas reales derrotaron al joven Almagro en la batalla de Chupas (1542), y fue decapitado en el Cuzco. Otras sublevaciones fueron derrotadas y el Perú entró en un periodo de tranquilidad.