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Tenemos un ajo colorao pendiente, querido Fausto


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JAVIER IRIGARAY

Hoy pululan por el Levante almeriense decenas de miles de jóvenes dispuestos a botar durante media semana al son de músicas que ni él ni yo escuchamos, y mañana se cumplirán exactamente 74 años del bombardeo de Nagasaki con una bomba atómica tirada sobre la ciudad por un avión norteamericano. Siempre me resultó curioso que se acabara deprisa y corriendo la última gran Guerra Mundial y, poco después, naciera Fausto Romero Miura, el almeriense más romano sin lugar a dudas.

Yo sé que mi querido Fausto pudo haber sido Petronio, el árbitro de la elegancia, rodeado de nerones por todas partes menos por una, que le aferraba a la vida y al placer por la conversación inteligente, o tal vez el Jep Gambardella que retratara Sorrentino en La Gran Belleza. Por eso no podía resultar extraño que la llamada de la política le pillara tumbado al sol al borde de una piscina.

Fue su madre quien le avisó que al otro lado del teléfono estaba un tal Adolfo de Madrid que quería hablar con él. Era el presidente Suárez que le propuso encabezar la candidatura de la Unión de Centro Democrático a la alcaldía de Almería. Y Fausto le dijo que sí, que vale, y volvió al borde de la piscina.

Después ganó las elecciones, pero no pudo ser el mejor alcalde de la ciudad por cosas de la aritmética electoral, sin embargo, pasó a la historia por ser el primer concejal de la democracia que renunció al sueldo que le impulso Santiago Martínez Cabrejas, el regidor parido por el pacto PSOE-PCE-PSA.

Él, convencido de que a la política no se llegaba para hacer fortuna, fue coherente, y prestó a la ciudad y a la provincia entera numerosos servicios sin esperar nunca nada a cambio. Porque siendo almeriense, siempre se consideró de Antas, Carboneras, Garrucha, Macael y de tantos otros pueblos.

Recuerdo que, con motivo del centenario de Celia Viñas, Pilar Quirosa y yo le propusimos que escribiera unas palabras para incluirlas en un libro que, después, editaría el Instituto de Estudios almerienses para recordar a la gran maestra, y Fausto nos envió una 'entrevista' que había escrito en 1978. Casi al final le preguntó por sus gustos, y ella le 'respondió' que “mi gran afición es vivir. Eso por encima de todo”.

Era, en todo caso, una afirmación compartida por ambos, tanto por el que formuló la pregunta como por quien la contestó. Fausto me llamó antes de partir para Madrid, me confesó que se sentía muy agradecido a la vida y enormemente satisfecho con ella. Yo soy feliz de saberlo, y prometo que cumpliré con ese ajo colorao que tenemos aún pendiente. Para eso no nos hace falta ningún gobierno.