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EE UU y China: Juego de Tronos


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JOSÉ MARÍA MARTÍNEZ DE HARO

La complejidad de la globalización convierte a las grandes potencias en jugadores de una partida que asemeja Juego de Tronos. El poder económico como soporte del poder en toda su dimensión. Hasta hace años EE UU representaba y ejercía sin ambiguedad ese poder. Los antiguos imperios coloniales desangrados y en clara decadencia daban paso a un nuevo imperio con la enseña del dólar.

Hace días una convulsión en el sector de la telecomunicaciones ha sorprendido a usuarios de la telefonía móvil de todos los países del mundo: la marca líder de ventas de China ha sido vetada por una empresa privada de EE UU, Goggle, en consecuencia a la decisión de Donald Trump de apretar las clavijas al gigante asiático con aranceles y vetos a ciertos productos y empresas chinas. Resulta muy complejo hacer un reduccionismo de una medida de esta trascendencia pero todo apunta que Trump aprovecha esta "guerra comercial con China" para ganar las próximas elecciones. Parece sin embargo muy difícil que en un mundo sin fronteras tecnológicas se pretenda poner vallas al mar, la realidad cambiante y los avances de todo tipo configuran y vuelven a configurar el mundo cada semana con aportaciones revolucionarias que serán imposibles de limitar por la identidad física de las fronteras. La marca de telefonía Huawei sería simplemente un efecto colateral. Cabe imaginar que finalmente se imponga la realidad entre EE UU y China y que cumplidos los trámites de un "enfrentamiento" las aguas vuelvan a su cauce y el mundo siga respirando, por ahora.

Sin embargo este escenario deja en evidencia nuestra propia realidad, debiera preocuparnos a los europeos que en esta guerra tecnológica y al final económica nosotros no pintamos nada ni se nos considera, la vieja Europa se ha hecho aún más vieja anclada en antiguas referencias a la cultura, las artes, la política, incluso la ciencia. El futuro se libra día tras día entre EE UU y China y los europeos como espectadores asombrados apenas sacamos a relucir que somos descendientes de Platón, Pericles, Julio César, Carlo Magno, Leonardo, Voltaire, Newton, etc. Y nos enredamos peligrosamente discutiendo identidades culturales, linguísticas, históricas, territoriales, etc, nacionalismo al fin. No hay signo más claro de decadencia que un continente buscando todavía donde asentar su presente y su futuro. El fenómeno sin resolver de la inmigraciones masivas dejan a Europa en una confusión entre los principios tan altisonantes enunciados cuando el mundo no imaginaba estos fenómenos y la práctica solución de un grave problema que afecta a este continente en su propia esencia.

Las instituciones europeas no están ayudando a posicionar a Europa en el contexto del mundo global. Más bien se han especializado en tejer una red burocrática que entorpece a las empresas con regulaciones, trabas e impuestos que se suman a los muchos obstáculos de países como España campeona de las dificultades administrativas para creación de empresas y negocios. Un ejemplo muy claro de lo anterior es la actual Comisaria de Competencia de la UE, Magrethe Vestager, personaje encumbrado en la política que jamás ha trabajado en el sector privado, que siempre ha vivido del erario público y por ello no sabe distinguir lo uno de lo otro. Pero Europa pone en sus manos ni más ni menos que la regulación de la Competencia. Los resultados son catastróficos para grandes empresas europeas; Siemens, Alsthom, etc. La diferencia, la gran diferencia entre lo que aquí está ocurriendo y lo que ocurre en EE UU o China es que en esos gigantes de la industria y el comercio las ayudas y facilidades para el sector privado son ejemplo vivo del concepto de libre mercado que marca nuestro modelo de sistema económico en esta parte del mundo.

La actual "guerra" comercial entre estas dos potencias debe alertar a Europa del verdadero desfase respecto al desarrollo y el futuro. Y singularmente a España, cuyo crecimiento industrial se ha desacelerado en los últimos años. En las recientes elecciones al Parlamento de la UE se ha votado a un conjunto de políticos que teóricamente van a representar los intereses de España. No está muy clara la ratio de eficacia respecto a esta costosísima representación. La inercia burocrática señala al Parlamento europeo, las quejas de los ciudadanos al respecto alertan de ineficacia respecto a decisiones trascendentales hacen ver que Europa necesita un nuevo impulso para agrandar objetivos integradores. La mejor voluntad de los padres fundadores se hace insuficiente ahora en este mundo insospechado para ellos y peligrosamente incierto para nosotros.

Si aceptamos nuestro papel secundario en el escenario mundial habremos de ser coherentes con la representatividad de Europa y los países que la integran. De la escasa voluntad de defender sus principios y valores fundacionales y la amenaza de estos nacionalismos radicales emergentes que significan el final de una era relativamente feliz. Tras las recientes elecciones, España representa el panorama europeo pero con tintes muy especiales; no se entiende nada que los políticos españoles de distinto signo estén ahora enfrascados en las mismas disputas del siglo XIX y comienzos del siglo XX. Poco ha significado el cambio radical de la democracia desde hace ya cuarenta años, la falta total de entendimiento se hace presente cuando más se necesita para consolidar el Estado de derecho y la igualdad de todos ante la Ley. De esta decadencia europea y significadamente española se aprovechan otras potencias que de manera oportunista avivan las divisiones entre países y también dentro del mismo país. Ejemplo de ello es la intromisión de Donald Trump en su reciente visita al Reino Unido animando a los ingleses a forzar el Brexit y salir de Europa sin pagar nada por ello, es decir, contra las leyes de la UE que los ingleses firmaron en el momento de su fundación. Asimismo, otros intereses bastardos se han entrometido en periodos electorales enlazados con la misma intención de dividir los estados-nación que conforman la Europa democrática. Los apoyos de tantos países y de periodistas y magistrados hacia el desafío en Cataluña serían una parte de la misma telaraña que se está tejiendo entre una forma de capitalismo salvaje y una política de regresión; George Soros y Steve Bannon serían liquidadores de encargo siempre dispuestos a jugar al mejor postor.

Volviendo al comienzo, las piezas se mueven a golpe de arrogancia, los aranceles, el proteccionismo, los muros de la intolerancia, el regreso a los grises años treinta del siglo pasado, EE UU y China juegan a los dados con dinero también nuestro. Nos va en ello mucho más de lo que se admite pero la debilidad de nuestros aliados en Europa es síntoma de la misma incapacidad para hacerse un hueco en este tablero maldito donde se juega el futuro del mundo desarrollado.