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Sísifo delegado de Educación


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SAVONAROLA

Sé, hermanos míos, que habéis oído hablar de Sísifo, el hijo del dios Eolo que fue rey de Corinto, que él mismo fundó, y durante su reinado siempre destacó por su gran ingenio a la hora de gobernar.

Entre otras cosas, mis queridos discípulos, mandó construir unas murallas alrededor de la ciudad e hizo que todos los viajeros tuviesen que pagar por pasar por esa ciudad.

Contaba con muchísimos rebaños de ganado, y como vecino tenía a Autólico, quien contaba con el beneplácito del dios Hermes, el que le había otorgado el poder de convertir los toros en vacas y pasarlas del color blanco a rojo, con lo que el verdadero dueño del ganado nunca encontraría sus reses, a pesar de estar frente a él o muy cerca.

Poco a poco, Sísifo vio cómo sus rebaños iban menguando y comenzó a sospechar de que algo extraño pasaba, por lo que intentó poner remedio al asunto grabando en las pezuñas de sus reses la frase “me ha robado Autólico” en pequeño tamaño, lo que demostraría que las vacas habían sido hurtadas.

Ante tal gesto de astucia, Autólico envió a su hija Anticlea para enamorar a Sísifo y que tuviera hijos con él para heredar su inteligencia y astucia y poder lucrarse posteriormente con el ingenio de sus nietos.

Pero Sísifo no solamente demostró astucia en este caso de los robos de reses sino que consiguió engañar a los dioses. Un día en el que estaba en su palacio, vio una gran águila que portaba en sus garras a una mujer.

En este caso, el águila era una imagen del mismísimo dios Zeus, quien había raptado a Egina, la hija de Asopo, dios de los ríos. Poco tiempo después, Asopo acudió a pedir ayuda a Sísifo, conocedor de su astucia.

Sísifo le dijo que le diría el nombre de quien había raptado a su hija si a cambio creaba un río en la colina donde estaba creciendo la ciudad de Corinto, a lo que Asopo accedió. A continuación, Sísifo le dijo que había sido Zeus, quien al advertir la presencia de Asopo se convirtió en una piedra para no poder ser detectado.

Zeus castigó a Sísifo a vagar por el mundo de los muertos con su hermano, el dios Hades, pero gracias a su astucia volvió a escapar de las manos de este dios, posteriormente de Hermes, quien tenía el poder de visitar tanto el Olimpo como el mundo de los dioses e incluso de Perséfone, la esposa de Hades.

Pero finalmente Hermes consiguió atraparlo y llevarlo al reino de Hades, donde fue condenado a subir con una enorme roca a lo alto de una colina y cuando ésta estaba arriba se caía, con lo que ese era el destino de Sísifo, repetir una y otra vez lo mismo durante la eternidad.

Mas no acaba aquí la historia del fundador de Corinto, mis queridísimos hermanos en Jesucristo.

Os diré que Sísifo, entre viaje y viaje, consiguió un nombramiento como delegado territorial de Educación en la provincia de Almería, y se liberó de andar portando rocas cuesta arriba.

A partir de ese momento eran las piedras las que llegaban solas hasta él en forma de problemas sin resolver. Los vecinos de la provincia se las llevaban amablemente, y esperaban de él, hombre curtido en la elevación, transporte y gestión de peñascos que les liberara de ellos empleando la proverbial astucia que le hizo acreedor al puesto que ahora ocupaba. Sin embargo, la sagacidad del diligente delegado Sísifo terminaba con los ciudadanos de vuelta a casa con sus cálculos terrenales a la espalda sin resolver ni disolver, y cada vez más alarmados e inquietos.

La desazón se trocaba en desasosiego y éste, a su vez, en indignación galopante, toda vez que esas rocas no eran sino lastres para la instrucción de sus hijos y anclas que le impedían surcar los cielos en el vuelo de la vida.

Y mientras tanto, el ciudadano contemplaba estupefacto el paso de los elegidos de los dioses de turno por la misma delegación, esperando, iluso algún cambio en el destino de su roca, pues los sísifos que se turnaban al frente de su gestión se limitaban a escudarse detrás de unas reglas que ellos mismos se habían impuesto y que únicamente ellos podían cambiar, del mismo modo que en su día decidieron delegar el peñasco original.

Os quiero decir, amados míos, que siempre es posible cambiar las cosas y el destino de los hombres. Sísifo lo hizo con los dioses y burló en repetidas ocasiones su propio devenir, así como el de los divinos habitantes del Olimpo.

Sólo encontró infranqueable el muro que él mismo inventó y que se niega a que sea sorteado por nadie. Ni tan siquiera por él mismo.

Sísifo, amados míos, que después de portar eternamente su roca, como los profesores de una canción, se ha convertido en otro ladrillo de ese mismo muro. Vale.