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Otegui en Jerusalén


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JUAN LUIS PÉREZ TORNELL

Cuanto más se le escuchaba, más evidente era que su incapacidad para hablar iba estrechamente unida a su incapacidad para pensar, particularmente, para pensar desde el punto de vista de otra persona”.

H. Arendt “EICHMANN EN JERUSALÉN”



En las crónicas que Hannah Arendt escribió sobre el juicio a Adolf Eichmann, agrupadas con el título de “Eichmann en Jerusalén”, se cuenta una anécdota sobre el principal y más eficiente organizador del Holocausto. Uno de los guardianes le ofreció como lectura un libro de moda en aquellos días: “Lolita” de Vladimir Nabokov. Al día siguiente el preso, visiblemente indignado, devolvió el libro, que califico de “malsano por completo”.

Una de las reglas más sagradas del género del terror es que el monstruo, la figura que inspira el horror de lo incomprensible debe operar desde las sombras, ser misterioso, invisible, oculto en la oscuridad de los temores propios, en la noche de nuestros miedos irracionales y atávicos. Esto le da a la maldad una dimensión mítica que supera nuestra razón y la coloca de alguna manera en un plano superior al nuestro, que la hace más aterradora y demoníaca, mientras que nos alivia no compartir nada humano con la fuente de nuestro espanto. El asesinato extrajudicial de Eichmann, en lugar de su complicado secuestro en Argentina y su ilegal traslado a Israel, hubiese mantenido a su nombre y a su figura, en ese plano diferente que gobierna la inhumanidad.

Con la perspectiva de los años respecto a aquel ya lejano y polémico juicio, cabe pensar que el juicio fue un acierto, al desvelar no a un monstruo del averno, sino a un tipo vulgar, un funcionario más, como muchos otros, que nunca, mientras acometía, con rigor y eficiencia su siniestra tarea, sintió vacilación moral alguna, ni por supuesto la santa indignación de la lectura de un libro que, ese sí, alteró sus sólidos principio morales de buen padre de familia y eficiente burócrata. Allí, a lo largo del juicio y de las vacías expresiones del reo, nació esa expresión, tantas veces recordada de la “banalidad” como principal característica de la maldad humana.

Por eso no entiendo ni comparto la opinión unánime de la clase política española y, mayoritariamente, de la periodística, ante la entrevista a Arnaldo Otegui, al que no blanquean por supuesto ni sus palabras, más bien al contrario, ni el hecho de que le voten doscientos cincuenta mil enfermos.

Eichmann, que yo sepa, nunca asesinó, de propia a mano, a nadie. Otegui tampoco. Ambos se limitaron a cumplir órdenes.

Cuando habla torpemente desde la incomprensión del reproche social que representa la muerte de cerca de mil víctimas, revela, como Eichmann, su condición de burócrata moral, amante de hacer un trabajo eficiente e incluso orgulloso de lo que hizo la estructura del terror a la que sirvió. Sin dudas ni paliativos, encastillado sin perfiles en la propia banalidad de sus argumentos y razones.

Los periodistas que tuvieron la oportunidad de entrevistar a Otegui, como los jueces de Nuremberg, buscaban desesperadamente un reconocimiento de culpa de los acusados, una palabra de piedad, de humanidad, que sirviera para otorgar un perdón imposible y no solicitado. Todo en vano. Porque el monstruo, una vez expuesto a la luz del día, resulta no ser una alimaña de distinta naturaleza a la nuestra propia. Lo que es, a la vez, tranquilizador e inquietante.