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La Inquisición en España


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ADOLFO PÉREZ

En su importante Historia de España escribe el marqués de Lozoya que es probable que el Tribunal de la Inquisición instituido por los Reyes Católicos en 1478 sea el punto más polémico de la historia de España. Al respecto escribe el profesor Fernández Álvarez en su biografía de Isabel la Católica que se trata de una de sus páginas más sombrías, a lo que añade que tal como fueron los hechos así hay que recordarlos. Y dice: “Cierto es que la época era cruel y que la Justicia obraba bárbaramente en toda Europa. Pero lo penoso de la Inquisición es que lo hiciese en nombre de Cristo”. Después de lo que sabemos de ella (la Inquisición) se hace difícil no estar de acuerdo con ambos autores.

Efectivamente, la nueva Inquisición fue un asunto vidrioso y conflictivo del reinado de los Reyes Católicos. Antes de esta Inquisición existió otra que nació en Europa en el siglo XIII por la necesidad de proteger a la Iglesia Católica contra las herejías que la amenazaban. Los dominicos y los franciscanos, en especial los primeros, se encargaron de aplicarla en defensa de la doctrina y moral cristianas. Desde el reinado de Jaime I actuaba en la Corona de Aragón importada del sur de Francia (Languedoc) para reprimir la herejía albigense (los cátaros). Cabe señalar que en el reino de Castilla y León era de escasa presencia. Esta primera Inquisición decayó en el siglo XV. Es curioso observar que España, país tolerante con la convivencia de cristianos, moros y judíos y refractario a este tribunal durante la Edad Media, fuera el que la refundara, ya que la Inquisición no era una novedad a finales del siglo XV, ni fueron los Reyes Católicos o sus asesores los inventores.

No obstante conviene tener en cuenta el contexto histórico nacional en que se refundó. Si la procedente de Europa tenía un carácter religioso no sucedía lo mismo con la fundada por los Reyes Católicos, que obedecía también a otras razones pues España tenía problemas que no tenían otros países de Europa. Además de motivos religiosos nació con una finalidad de carácter político donde se combinaban la autoridad de la Iglesia con el poder del Estado, de forma que los reyes tenían bajo su control al tribunal inquisitorial, aunque el papa pretendió que quedara bajo su autoridad.

Una vez que los Reyes Católicos conquistaron Ganada y se acabó la Reconquista era el momento de organizar el Estado, pero la unidad nacional lograda por Fernando e Isabel tropezaba con grandes obstáculos de raza, religión y economía para lo que era preciso practicar una política de fusión e integración en el nuevo Estado. Moros y judíos eran considerados elementos extraños que era necesario integrar, en especial los judíos que eran objeto de gran animosidad, aunque en apariencia muchos se habían convertido, en secreto profesaban su antigua religión. Especialmente existía con los judíos una guerra sorda, con frecuentes tumultos que era preciso erradicar. Así no era posible fundar una nación compacta, unida por sus ideales, de ahí que se considerara indispensable la conversión forzosa de moros y judíos al cristianismo mediante la coacción, razón por la que los Reyes Católicos pidieron al papa Sixto IV que otorgara una bula para constituir el Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición, que el papa otorgó en 1478, cuyo fin era vigilar la pureza de la fe de los nuevos creyentes a fin de proteger a la Iglesia Católica de las herejías que amenazaban con destruirla.

Bajo la potestad inquisitorial cayeron los herejes o sospechosos de herejía, los cristianos nuevos, judíos y musulmanes, incluso cristianos viejos parientes de los anteriores. Procuraba la moralización del clero, perseguía la blasfemia, la bigamia, todas las supersticiones y brujerías, etc. Lo que dio lugar a que se creara un clima de sospecha del que no escaparon personajes poderosos de la nobleza, ni prelados tan santos como fray Hernando de Talavera, que fue confesor de Isabel la Católica y primer arzobispo de Granada, librado de las pesquisas del Santo Oficio por el cardenal Cisneros. También, desde la aparición de la Reforma luterana (siglo XVI) se convirtió en formidable utensilio contra la difusión del protestantismo, sin que se librasen de ella las más altas dignidades de la Iglesia como fue el caso de fray Bartolomé de Carranza, arzobispo de Toledo, primado de España, que en 1559 fue arrestado y acusado de herejía, finalmente absuelto poco antes de morir en Roma en 1576.

Si la primera Inquisición era una serie dispersa de tribunales diocesanos de desigual actividad, la nueva se dotó de una organización fuerte y eficaz. Desde el punto de vista del derecho procesal fue lo más perfecto que se hizo en la Europa de su tiempo. Los procesos se llevaban con todo rigor en cuanto a los trámites de prueba, testigos y condena. El proceso, que comenzaba exigiéndole al indefenso acusado que se denunciase a sí mismo, era secreto, igual sucedía con la aplicación de la tortura. Los autos de fe eran ceremonias solemnes en las que se leían las sentencias dictadas contra los procesados, que eran entregados al poder civil para la aplicación de las penas corporales.

La nueva Inquisición comenzó a funcionar dos años después de la bula papal (septiembre de 1480), cuando se publicaron los estatutos y se nombraron los dos jueces (dominicos). Su comienzo fue en Sevilla. En principio se publicó un edicto de gracia en virtud del cual los que se creyesen con culpa debían presentarse ante el Tribunal, a los que solo se les impondrían suaves penas canónicas; al edicto de gracia se acogieron 17.000 personas. Pasado el plazo se publicó otro edicto en el que se ordenaba, bajo pena de excomunión, delatar a las personas que practicaran ritos judaicos. De ahí en adelante siguió un periodo de extremo rigor durante el cual se quemaron en la hoguera muchas personas en el Campo de Tablada de Sevilla, y de cuyo espanto no se puede dudar pues en ella coinciden todas las crónicas de la época. Nunca la Inquisición ha merecido mejor la nota de crueldad que en aquellos inicios. El profesor Fernández Álvarez cuenta en su biografía de Isabel la Católica el proceso de una mujer llamada la Pampana, a la que el fiscal acusó, entre otras cosas: “que comió carne toda la cuaresma. Especialmente guisó una gallina.” La tal Pampana (en realidad María González), mujer de Juan Pampán, fue acusada de judaizar, y con tales pruebas condenada a ser quemada viva, con otras 33 personas mandadas a la hoguera por los inquisidores de Ciudad Real en 1484. A pesar de las diferencias con nuestro mundo actual, pero por comerse una gallina en Cuaresma ser quemada viva no deja de estremecer.

Como las quejas llegaron a Roma, el papa Sixto IV hubo de intervenir aconsejando una menor severidad, y como no se le atendió, en febrero de 1481 expidió una bula creando el Consejo Supremo de la Inquisición del que fue primer presidente el dominico fray Tomás de Torquemada, cuyo nombre a través del tiempo ha encarnado el tipo humano de la intolerancia y el fanatismo. Un año más tarde el papa nombró a Torquemada inquisidor general de la Corona de Aragón donde hasta entonces los conversos poderosos y ricos que habían emparentado con la alta nobleza se resistían a aceptar el nuevo tribunal, en tanto que el pueblo, que odiaba a los cristianos nuevos, apoyaba a los inquisidores, hasta el punto de amotinarse contra los caballeros. La situación llegó al extremo de que para lograr el apaciguamiento el arzobispo de Zaragoza anunció castigos ejemplares para personajes de alcurnia, incluso parientes del rey. En Cataluña fue más difícil por recelo a que el Santo Oficio mermara la autoridad de sus instituciones tradicionales. Así es que entre tumultos y disputas se llegó a 1487 en que se instaló el tribunal y se nombró al inquisidor.

La actuación de este tribunal ha dado lugar a encarnizadas controversias. Nuestra generación debe asimilar los errores que cometieron nuestros antepasados aplicando tan salvajes castigos en nombre de Cristo. De la misma forma que se deben combatir las enormes exageraciones de nacionales y extranjeros, situando la cuestión dentro del clima de Europa en su época. Porque fue postura muy cómoda de intelectuales durante cuatro siglos concentrar el fanatismo, la crueldad y la intransigencia en España y tendiendo un piadoso y tupido velo sobre los propios pecados, pues no fue menos cruel que la represión española la que en Francia e Inglaterra ejercieron sus reyes contra los que se apartaban de la religión del Estado. Es preciso recordar la hoguera en que fue tostado a fuego lento el teólogo y científico español Miguel Servet, descubridor de la circulación de la sangre, por orden de Calvino, a orillas del lago de Ginebra (1553). Sin olvidar la descripción de algunas ejecuciones capitales llevadas a cabo en el siglo XVI en Francia y Holanda que ponen los pelos de punta. Todo lo tenían estudiado para que la agonía fuera lo más lenta posible y lo más plenamente dolorosa.

La Historia de España del marqués de Lozoya (vol. 3, pág, 108) dice que vista desde un punto de vista político, la Inquisición produjo un mal pues el Santo Oficio situó a España frente a la opinión europea y contribuyó a que, temida, admirada u odiada, fuese algo aparte entre las naciones europeas, incluso en los países más católicos. En cambio, afirma, es falso que la Inquisición haya sido la causa del atraso científico de España como afirmaban los historiadores liberales españoles del siglo XIX. Sin embargo, como arguyó Menéndez y Pelayo, la Inquisición en España no inició ningún proceso formal en cuanto a los valores científicos o literarios de los siglos XVI y XVII, y tampoco persiguió a los cultivadores de las ciencias exactas, físicas o naturales, ni prohibió nada respecto de Copérnico, Galileo o Newton. En cuanto a beneficios obtenidos, dice el marqués de Lozoya que el principal fue la unidad religiosa que dio al nuevo Imperio español estabilidad y fuerza suficiente para acometer grandes empresas, lo que no hubiera sido posible con una España desunida. Por obra suya se evitaron las luchas religiosas que ensangrentaron Europa durante mucho tiempo.

Pasada la veintena de años de aplicación se relajó su rigor. En el siglo XVIII la Inquisición no era ni su sombra, muy cerca de estar muerta y enterrada. Entre abolida y restaurada más de una vez se llegó al 15 de julio de 1834 en que María Cristina de Borbón, regente de España en la minoría de edad de Isabel II, firmó el Real Decreto por el que se abolía para siempre el Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición, fundada por los Reyes Católicos en 1478.