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España no existe en Cataluña


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ADOLFO PÉREZ

“España no existe en Cataluña”. Así lo ha dicho en una entrevista el político catalán Xabier García Albiol, nacido en Cataluña, ex alcalde de Badalona, presidente que ha sido del PP en aquella comunidad y ex diputado del parlament. Estimo que son credenciales personales más que suficientes para afirmar que se trata de un político buen conocedor de la realidad catalana.

La frase en cuestión confirma lo que muchos presumimos sobre lo que sucede en Cataluña, pues si desde siempre aquella región forma parte de España; sin embargo, ser español allí no es lo mismo que en Andalucía o Castilla. No obstante sería bueno saber qué porcentaje de ciudadanos sienten allí que viven en España, no cuantos se sienten españoles, que son más de la mitad. A mí no me cabe ninguna duda de que la frase del señor García Albiol sobre que España no existe en Cataluña encierra un fondo de realidad que no sabemos hasta donde alcanza dentro de la sociedad civil del principado. La naturaleza de tales palabras y de los hechos que se producen me inclinan a pensar que predicen lo que aquí puede acontecer dentro de unos años. De la clase política catalana, ya se sabe, predomina la ruptura independentista. Para ellos España no existe, si acaso un poco de Estado (como ellos dicen), así vemos cómo las instituciones del Estado en Cataluña están bajo mínimos, que la bandera nacional queda reducida a los edificios oficiales, ninguna en otros lugares, mientras que la bandera estelada cuelga en infinidad de balcones de las ciudades catalanas. Una clase política que, de forma indecente, ningunea al propio rey en persona, a la vez que suprimen símbolos oficiales e históricos que les producen sarpullido, o boicoteando en Gerona los actos relacionados con el secular Principado de dicha ciudad.

Pero para entender la situación que se vive en Cataluña es menester mirar hacia atrás y hacer un mero análisis de la trayectoria del problema, de forma singular en los últimos cuarenta años. Sin objetar el grado del nacionalismo imperante en aquellas tierras, es preciso acudir a los fundamentos históricos en que se apoyan los que sienten tal opción. Para tal menester acudo al profesor universitario catalán Jordi Canal, nacido en Olot (Gerona), año 1964. El profesor, en su ‘Historia Mínima de Cataluña’ pone en cuestión los pilares históricos de los que tanto presume el nacionalismo. Cuenta el profesor en su prólogo que uno de los más grandes periodistas catalanes del siglo XX fue Agustí Calvet, conocido como Gaziel. Dice Canal que para Gaziel la ‘Historia de Catalunya’ (1934 – 1935) de Ferrán Soldevila era un trabajo excelente, tanto por su abundante información y seriedad científica como por la técnica histórica y el estilo claro y preciso. Inflamado todo de ‘fe catalanesca’, la fe ciega del patriotismo. Sin embargo, añade Gaziel, la obra de Soldevila no presentaba, en realidad, la historia de Cataluña, sino la historia de un sueño de Cataluña. O sea, que Soldevila acomodó su historia para satisfacer el sueño patriótico catalán. Sigo leyendo a Canal cuando escribe en su historia que insistía Gaziel en que, a lo largo de algo más de mil años, Cataluña nunca había existido como entidad política, ‘nunca ha existido una nación llamada Cataluña’. Que el término Cataluña nunca tuvo ni el sentido ni el contenido que se le estaba dando desde la Renaixença. (La Renaixença fue una corriente cultural del siglo XIX en los territorios catalanes, cuyo fin era que renaciera el catalán como lengua literaria y de cultura.) Sostenía Gaziel que las historias elaboradas a partir de 1870 narraban hechos reales atribuidos a una entidad política fantasma, esto es: ’Cataluña considerada como un estado catalán.’ Historias impregnadas del ideal nacionalista de obtener un Estado, y como tales, historias falsas. De modo que se hace indispensable una nueva historia que dejase de contar lo que debió ser y no fue, para intentar explicar, de una vez por todas, lo que fue, cosa que no se ha logrado a pesar de los intentos habidos en las décadas siguientes a 1970. Y es que como ha afirmado el académico Ricardo García Cárcel, Cataluña es una sociedad enferma de pasado, a lo que no han querido o sabido sobreponerse los historiadores, dando de lado a su espíritu crítico.

Según el profesor Jordi Canal (no se olvide que es un catalán, nada menos que de Gerona), en general se acepta que la gestación de Cataluña comenzó con la invasión musulmán, la llamada pre – Cataluña, que duró tres siglos, hasta el año mil. Las tierras que hoy conforman Cataluña constituían en el siglo IX una zona en la que se formaron una serie de condados dependientes del imperio carolingio (Francia) que servían de frontera con los musulmanes, era la Marca Hispánica. De los datos aportados se desprende que hasta ahora la historia de Cataluña se ha escrito a conveniencia de los intereses nacionalistas, confundiendo el mito con la verdadera historia, mito a beneficio del sueño nacionalista. Pues la verdadera historia de Cataluña es la de sus condados medievales, la de su participación en la Corona de Aragón y en la general de la España de los Austrias y los Borbones, y ahora la de la España democrática. Una historia real de los hechos escrita por historiadores solventes, ajenos a cualquier espíritu nacionalista, que han contado sin tapujos lo sucedido en Cataluña en los reinados de Felipe IV (Austria) y Felipe V (Borbón).

Pero esos mimbres que suministra la historia escrita para un sueño de Cataluña los aprovechó Jordi Pujol cuando, a partir de las elecciones de 20 de marzo de 1980, se convirtió en presidente de la Generalitat, cargo que ostentó durante veintitrés años. Pujol, una persona de notable talla política, dedicó su tiempo al frente de la Generalitat a la tarea de construir Cataluña, ‘hacer país’ (expresión pujolista), socavando a la vez las entrañas españolas de aquella tierra. Para hacer efectivo su plan nacionalista se pusieron en marcha innumerables iniciativas. Escribe el profesor Canal que la nacionalización o re-nacionalización de la sociedad catalana constituyó el elemento central del pujolismo, desde las instituciones autonómicas, a partir de 1980. Nacionalización que ha sido posible gracias a la ley de normalización lingüística, a las estructuras culturales bautizadas como nacionales, al control de los medios de comunicación o el reclamo funcionarial. En los cuatro casos, los resultados han sido globalmente exitosos para los intereses nacionalistas.

La nacionalización de la sociedad en los últimos cuarenta años ha sido de una gran profundidad y su resultado explica la situación actual. Lo han hecho posible los discursos machacones de los políticos y opinantes, el adoctrinamiento de TV3, una prensa, una radio y unas asociaciones fuertemente subvencionadas, así como la intensidad de la normalización e inmersión lingüística, con efectos no sólo en la lengua sino en las ideas y en la mente de las personas.

Mientras, en Madrid los gobiernos centrales sin la más mínima preocupación por lo que pasa allí, dejando hacer; pactando apoyos para sus gobiernos con los nacionalistas a fin de sostenerse en el poder a cambio de cuantiosos beneficios para aquella comunidad. Hasta que llegó la eclosión. El 9 de noviembre de 2014 se convocó un referéndum sobre la independencia de Cataluña, cuyo resultado no fue el que esperaban. Tres años después, el 1º de octubre de 2017, se convocó un nuevo referéndum al respecto. En ninguna de las dos ocasiones el Gobierno acertó a evitarlos. Los independentistas siguieron adelante y el 27 del mismo mes declararon la independencia de Cataluña en el parlamento regional, cuyas consecuencias son de todos conocidas.

Pero el problema continúa con gran virulencia, como así se vio en el último momento del juicio cuando los encausados se mostraron orgullosos por su actuación en el asunto, a la vez que se jactaron de seguir hasta lograr la independencia de Cataluña, algo que pueden conseguir a la vuelta de pocos años si antes no se aplican imaginativos esfuerzos para evitar la catástrofe, que de llevarse a cabo sumiría a los españoles en una profunda crisis de derrotismo y nostalgia.