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Pequeñas reflexiones para los cineastas


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AMANDO DE MIGUEL

No tengo más autoridad cinematográfica que el uso de embaularme unas 700 películas al año. Por eso mismo acumulo razones para quejarme de la triste decadencia del cine. A la hora de seleccionar una película que puede acompañar a la sobremesa funciona un cálculo de probabilidades: siempre suele ser mejor si se rodó antes de concluir el siglo XX. El progreso no siempre es rectilíneo.

En las películas del siglo XXI, y todavía más en las de los últimos años, se aprecian ciertas tachas que contribuyen a la general mediocridad. Por ejemplo, ya no suelen ser obras de directores o de actores, sino de productores. Es creciente y preocupante el hecho de que en una película de reciente factura figuren tres o más casas productoras. Mala señal.

Una manía de las películas recientes es que la trama principal transcurre de noche. Supongo que se trata de un recurso para ahorrar gastos de producción, pero molesta su reiteración. No me convence la pretendida calidad estética de los claroscuros, del tenebrismo.

Otro recurso desafortunado en las películas de estos últimos años es el abuso de la música de fondo mientras hablan los personajes. Con ello se pierde mucha información. Peor es la deficiencia del sonido en los doblajes de esas películas. Sobre todo, en el caso de las mujeres; musitan más que hablan. Convendría que las empresas de doblaje, antaño tan eficientes, cuidaran sus métodos. No es comprensible que las películas recientes, con una mejor tecnología de grabación, sean tan deficientes en el aspecto sonoro.

Las películas del siglo XXI se distinguen por el uso de los llamados “efectos especiales”, que ya son normales. Bienvenidos sean para lograr verosimilitud o ilusión de realidad, que es la gracia del cine frente al teatro. Pero tampoco se debe abusar de los “efectos especiales”, es decir, de los trucos informáticos. Los cuales sirven que ni pintados para las escenas violentas o catastróficas, pero ha llegado un punto de fatiga para el espectador.

Entonces se me dirá: ¿Cuál es el secreto para hacer una buena película? Muy sencillo; es común a la literatura de todos los tiempos: contar una buena historia y describir un buen ambiente. Para ello se necesita una mezcla de inteligencia y buen gusto. Quizá sean cualidades que últimamente escasean.

El consejo definitivo para los cineastas españoles es que renuncien a las subvenciones públicas, que fueron un invento del franquismo y del que se han aprovechado sobre todo los progresistas. Solo así tendrán plena libertad y serán capaces de superar el piélago de mediocridad y corrupción en que ha derivado la industria cinematográfica española.

Espero que algunos productores y directores de cine me lean estos parvos comentarios. Son personales, pero responden a la forma de pensar y de sentir de millones de aficionados. Son razones de peso para hacer cine como era el caso hace unos decenios, incluso antes de que llegara el color, when movies were movies (cuando las pelis eran pelis).