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"Escribir es navegar corriente abajo hasta desembocar en el océano de las dudas"

Cada libro de Juan Manuel Gil despierta unas expectativas que, hasta la fecha, nunca han sido defraudadas. El viernes, 21 de junio, a las 20:00, presenta en la librería Nobel de Vera su última novela, Un hombre bajo el agua, en diálogo con Rodolfo Criado. Como en toda su obra, el lector hallará respuestas, pero, fundamentalmente, encontrará preguntas.


Juan Manuel Gil

ALMERÍA HOY / 20·06·2019

- ¿Era usted consciente del riesgo que podía suponer escribir una nueva novela después de Las islas vertebradas, todo un éxito de crítica y entre los lectores?

- Uno es consciente hasta cierto punto. Es cierto que quedé muy contento de cómo quedó Las islas vertebradas. El post gusto y la resaca que me dejó tras su toma de contacto con los lectores fueron muy buenas. Quizás esa sensación genere una segregación de endorfinas que te obliga a ponerte a escribir de inmediato, porque quieres seguir sintiendo esa sensación y, tal vez por eso, comencé a escribir Un hombre bajo el agua muy poco después y, curiosamente, ha sido la novela en la que menos presión he recibido durante su proceso de creación. Tengo el recuerdo de haber disfrutado constantemente a lo largo de todo ese tiempo. Ha sido un goce muy sensorial. Me encantaba sentarme a escribir; salía a correr y veía muy claramente cómo iba a ser el siguiente capítulo; leía otras novelas y descubría atajos y pasadizos que luego utilizaría en la mía… He disfrutado muchísimo escribiéndola.

- ¿Eso es el oficio?

- Supongo que cada libro supone resolver una serie de problemas que te ahorras en el siguiente, pero uno no puede sentirse cómodo escribiendo. Al contrario, debe sentirse algo desorientado y extraviado porque, si no, el libro se adormece y corremos el riesgo de que la historia que cuenta amodorre al lector, que es uno de mis grandes miedos a la hora de escribir. Cuando gozo o siento pasión, tristeza o nostalgia al tiempo que avanzo en la novela, entiendo que el lector sentirá lo mismo al otro lado de la página. Es verdad que el oficio es mayor a cada libro que terminas, pero nunca es el suficiente. Lo que sí estoy aprendiendo con el paso del tiempo es a disfrutar más con el proceso de la escritura. Antes estaba obsesionado con gozar del momento posterior, pero ese disfrute es muy difícil de controlar. Sin embargo, cuando la criatura es todavía plenamente tuya, es el momento del goce del escritor.

- Agua en Las islas vertebradas, ahora Un muerto bajo el agua, ¿esa unión entre moléculas de hidrógeno y oxígeno es un nexo entre ambas novelas?

- El agua está presente en todas mis obras, ya sea de manera consciente o no. Desde Inopia ha tenido siempre un protagonismo muy especial. Ahora incluso me obsesiona. Es un elemento en el que me he movido bien. Mi infancia ha transcurrido muy pegada a ese elemento. Pero, a diferencia de las anteriores, la de esta última novela es agua estancada, turbia. Pertenece a una balsa de riego y esconde secretos. El narrador está dispuesto a sumergirse en ella para encontrar respuesta a una serie de preguntas que le han acompañado durante buena parte de su vida. En Las islas vertebradas aparecía el mar abierto y en Inopia las del Mediterráneo almeriense y de la costa de Italia, pero en Un hombre bajo el agua encontramos la reducida, fundamentalmente a esa pequeña porción estanca que plantea muchos más interrogantes que todos los mares juntos de mis anteriores libros.

- ¿Las preguntas que encontramos en el agua estancada de una balsa de riego suscitan, acaso, respuestas podridas?

- Yo creo que no. Toda obra de arte nace a partir de una pregunta y el creador formula posibles respuestas. No se trata de si son correctas o no. Lo importante es el consuelo o la orientación que el lector encuentra en ellas. Eso es lo fundamental. Las preguntas que se formulan en cada obra son muy semejantes a lo largo de toda la historia de la literatura. En ese sentido, son el canasto que alberga una infinidad de posibles respuestas. Por eso la literatura es una fuente inagotable, como la música, el cine o la pintura. Nos acercamos siempre a ella con una curiosidad renovada,al igual que a toda obra de arte a la que nos aproximamos.

- Si alguna vez encontráramos una respuesta definitiva a alguna pregunta, ¿dejaría de tener sentido?

- Me temo que nunca sabremos reconocer una respuesta definitiva. Nada ni nadie nos puede garantizar que cualquier certeza sea absoluta. Además, es un grave peligro creer que hemos alcanzado una verdad absoluta, porque significa adentrarnos en el terreno de la religión y lo autoritario, de la dictadura y lo unívoco. Pienso que el arte debe tener menos con todo eso y más que ver con lo permeable, lo mestizo y la duda. En definitiva, con aquello que nunca es unidireccional. Por eso el arte goza siempre de buena salud.

- ¿La duda como premio y no como tormento?

- Efectivamente. Reformularse y cuestionarse permanentemente es una virtud. El problema surge cuando no se canaliza la duda y nos desborda. Entonces se convierte en una bola enorme que cae descontrolada ladera abajo aún cuando sabemos que, indefectiblemente, como en el mito, hemos de volver a subirla arriba de nuevo. Yo creo que escribo por eso. Mis dudas e inquietudes llegan hasta el mar, y me gusta saber que voy con ellas corriente abajo hasta desembocar en ese océano. En mi caso, el instrumento que utilizo es la literatura, una manifestación muy solitaria.

- ¿Qué inquietudes te han acompañado en Un hombre bajo el agua?

- Un hombre bajo el agua es la colisión frontal entre dos mundos aparentemente opuestos. Uno es el de la infancia y otro el de la muerte. Procuramos tener ambas esferas muy alejadas entre sí, pero cuando chocan nos proporcionan emociones muy intensas, dolorosas, y brotan un montón de preguntas. En este caso, un niño que casualmente se llama como yo, se asoma a una balsa y encuentra un cadáver sumergido. Ese hallazgo, en un barrio a comienzos de los años 90, le traerá una serie de consecuencias que condicionarán su vida. Como era un niño y se le pedía que no contara determinadas cosas, oculta su propio relato, pero el adulto, cuando llega a la edad de 40 años, siente que tiene que compartirlo, pero ya es diferente. Los hechos se hacen más complejos y se tiende a lo turbio. En definitiva, vamos a tender a algo que, en ocasiones, se pierde de vista: la ausencia de utilidad. Es la necesidad que surge cuando nos cuestionamos si sirve de algo imponer, a estas alturas, ese relato que, tal vez, ni siquiera es el certero.

- Hablas de la infancia y no puedo olvidar Mi padre y yo, un western, ese libro en que tratas sobre tu relación con tu padre.

- En Un hombre bajo el agua, más que la relación con mi padre, ha cobrado especial importancia la que he tenido con mi madre, que siempre fue una gran fabuladora para mantenerme a salvo de todos los males que ella pensaba que me rodeaban. Me contaba constantemente historias terribles sobre el riesgo de asomarse a una balsa, alejarse en la calle, ir a la playa y bañarme sin la presencia de un adulto y, lo peor de todo, es que tenía una capacidad fabuladora terrorífica. Ella incluso se creía las historias que me contaba. Lo hacía desde la verdad y yo, claro, no tenía más remedio que creerme todo lo que decía.