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“Luchamos para que en Tanzania no asesinen y vendan como amuletos a negros albinos descuartizados”

Hay almerienses, como Pedro Asensio, que deciden emplear su tiempo en ayudar a los más desamparados de entre los más desfavorecidos. Hoy compartimos su testimonio en una conversación tan amena como escalofriante.


Pedro Asensio (atrás, a la derecha) junto a otros voluntarios y niños negros albinos tanzanos a los que ayuda en su tiempo libre.


ALMERÍA HOY / 19·04·2019


La inquietud mueve el mundo. Unas veces se inclina hacia el polo negativo y provoca guerras e injusticias; otras genera lo contrario. Para un occidental acomodado resulta difícil entender otro modo de vida que no sea aquélla que le proporciona lo que necesita. Sin embargo en el vasto mundo hay miles de millones de personas que subsisten no ya con lo mínimo e indispensable, sino entre costumbre y tradiciones inaceptables para quienes se rigen por la Carta de los Derechos Humanos.
Entre una inmensidad que prefiere no mirar ni saber, hay una minoría concienciada y dispuesta a remangarse aún a riesgo de exponer su vida. El veratense Pedro Asensio es uno de ellos.

- ¿Qué le ha empujado a ir a uno de los países más pobres del mundo?
- Pasé dos meses en Tanzania en 2017 y otros 3 en 2018, porque siempre me interesó ayudar a los demás. En 2012 tuve la oportunidad de viajar a Nepal con una ONG española, Namasté, y conocí la pobreza más extrema. Nepal es uno de los países más necesitados del mundo, con problemas de religión y políticos, gobernado por un partido comunista que hace diez años depusieron y decapitaron a los reyes. Allí conocí en primera persona el sufrimiento de la gente.
- ¿Nepal está en la órbita de China?
- Tienen el Tibet de por medio y, debajo, está India, donde dicen que Nepal es un país con aire acondicionado, aludiendo a su altitud. Allí visité a la gente que trabajaba con la madre Teresa, fui a la India y, dos años después, a África, que me enganchó.
- Pero no la África de los turistas ni la de los deportes de aventura.
- No, pero tampoco soy un caso único. Hay muchos voluntarios ayudando desinteresadamente a quienes lo necesitan. Allí te encuentras camareros de discotecas con 20 años y profesores de Universidad o físicos nucleares unidos en la construcción de paredes para levantar un poblado.
- Es decir, usted va allí a trabajar.
- Así es. A trabajar y a ayudar en lo que puedo. La vida del voluntario es muy dura y rutinaria. Te levantas a las seis de la mañana; a las siete sales hacia el poblado en un dala-dala, que es una especie de convoy, y te enganchas a trabajar hasta las seis de la tarde. Sólo paras un par de veces para comer lo mismo que ellos, para evitar distinciones y suspicacias.
- ¿Y si no les gusta lo que hay en la olla…?
- No comes. La organización, que se llama ‘Born to learn’, lleva allí nueve años trabajando. Mantiene un colegio para 230 niños. Ese colegio ofrece desayunos a base de ‘ulli’, que es una especie de leche fermentada de vaca y cabra que tiene un aspecto y un sabor desagradable para nosotros, pero es la que toman ellos, porque no disponen de frigoríficos y se cuaja. Aquí nunca la tomaríamos. Está mucho más que echada a perder.
- ¿Y los estómagos la admiten?
- Sin ningún problema. Es el desayuno básico, del mismo modo que el ‘ugali’, una masa de maíz con mucho almidón, es su comida principal al mediodía. Tiene muy poco valor nutritivo, pero te inflas y llenas la barriga.
- Y no engorda.
- En Tanzania y en los países pobres del entorno no hay gordos. Los obesos están muy bien vistos porque ser gordo es sinónimo de ser pudiente y esas personas son las más atractivas en los bailes porque su aspecto denota que sus padres, o ellos mismos, tienen muchas posibilidades económicas. La obesidad tiene un atractivo porque supone una subsistencia asegurada. Hablamos de un país que ocupa el puesto 166 en cuanto a renta per cápita entre los 196 que existen. Viven con 803 euros al año, menos del salario mínimo mensual de España. Hay que entender que están en el corazón de África, en un sitio pobre rodeado de países en guerra casi permanente, soportando los campos de refugiados que se crearon como una medida provisional durante 1 ó 2 años, pero yo he conocido a personas que llevan 17 viviendo ahí sin ninguna esperanza de salir.
- ¿Qué sistema de administración vela por los intereses de estas personas?
- Es un sistema autoritario. Cualquier ocurrencia del presidente, como prohibir beber antes de las seis de la tarde, es ley a partir del día siguiente y, si te pillan a las cinco y media tomándote una cerveza, te encierran.
- ¿Una dictadura?
- No exactamente. Hay un presidente de la República de un partido equivalente al PSOE de aquí, que es el que está más a la derecha en el espectro político. Existe, además, un partido comunista y otro aún más a la izquierda. Los grandes núcleos de población también tienen una estructura política y hay de todo tipo de servicios, aunque a un nivel muy rudimentario, pero nosotros nos movíamos en otros sitios. Yo, concretamente, en Kabanga y en Kasulu, donde viven 400.000 almas sin un solo metro de asfalto, en calles de tierra roja rodeados por tres campos de refugiados llenos de gente extremadamente pobre.
- ¿Cómo son las viviendas?
- Hay mucho chabolismo. Como la comida llega a los campos de refugiados en sacos de ACNUR, el mercado negro se ha encargado de que los barcos naveguen con velas confeccionadas con su tela, al igual que muchas casas hechas con paños viejos.
- ¿Cuánto puede costar allí, por ejemplo, un bolígrafo?
- Tienen muy poco acceso a los materiales de educación. No existen para la inmensa mayoría.
- ¿Y un paquete de pañuelos de papel?
- El papel higiénico es un artículo de lujo, y el kleenex impensable.
- Si no existe asfalto en las calles, cabe pensar que tampoco tienen redes sanitarias o de abastecimiento de agua.
- Hay algunos servicios, pero muy rudimentarios. En los poblados en que nosotros estamos existen unos depósitos o aljibes que se llenan acarreando agua, y los ciudadanos, como ocurría aquí hace 50 años, se lavan con el cubico cuando hay agua y, cuando no, no se lavan.
- Aquí, al menos, había médico hace 50 años, que iba a caballo de pueblo en pueblo y te atendía.
- Y allí, en las zonas rurales, está el brujo, el mago o el chamán que te cura. La sangre de los albinos es muy apreciada en sus remedios para las enfermedades. Del albino se vende todo. Se trocea en forma de amuletos y se aprovecha también su sangre.
- Tendrán al menos la protección de la familia…
- Antes los padres abandonaban a los hijos albinos. Ahora, desde que se pusieron en marcha los centros protegidos que los acogen, custodiados por soldados, ya no. Pero cuando salen a visitar a su familia, siempre hay alguno que ‘se pierde’ y nadie sabe qué ha pasado con él. Es lamentable, pero sucede.
- Dice que se aprovecha todo de esas personas.
- Así es. Son considerados como amuletos. Si un político tiene una mano, los genitales o una oreja de un albino, cree que tendrá más suerte y mejor carrera política, y a un empresario le irán mejor los negocios.
- ¿Qué uso se le da a esos amuletos, los llevan colgados al cuello?
- No. Simplemente los tienen guardados en sus casas.
- ¿Llegan hasta el punto de confesarlo públicamente, vanagloriarse de su posesión, o son conscientes de que no está bien tener esos trozos de un cuerpo humano?
- Saben que se trata de algo incorrecto, pero es la costumbre. Nosotros no podemos intervenir en eso. Como tampoco podríamos hacerlo ante una paliza que está propinando un hombre a su mujer.
- ¿Está muy sometida la mujer al marido allí?
- Muy sometida. Y lleva el peso de la economía familiar. Nosotros concedemos microcréditos para emprendedores y siempre son a mujeres porque demuestran que irán adelante con el negocio y podrán devolverlo para que puedan beneficiarse otras. Son préstamos sin intereses. Siempre pagan porque son conscientes de que, si no lo hacen, fallan a la comunidad, porque no podrán beneficiarse otros. También contribuimos a su salud. Les proporcionamos asistencia de dentistas varios días al mes. Una vez al año van oculistas que les miden la vista y, con esas fichas, encargamos las gafas a una empresa española que nos las proporciona. También tenemos un botiquín adelantado porque, para ellos, los blancos somos solucionadores de sus problemas y vienen en busca de ayuda.
- ¿Están convencidos de que el hombre blanco se lo puede solucionar todo?
- Así es. Nos ven como algo especial. Vas en un camión de línea y es frecuente que se te acerque alguien pidiéndote permiso para que te pueda tocar su hijo, porque nunca ha tocado a un blanco. Te ven como algo extraño y, por la televisión, saben lo que hay en el primer mundo, pero como algo muy lejano y, por supuesto, ajeno a ellos. Ven aviones cruzando el cielo, pero no se imaginan viajando en ellos.
- ¿Qué impresión tienen de Europa?
- Nos ven como a personajes de ciencia ficción que vienen desde un mundo que existe en la televisión.
- ¿Se comunican ustedes con ellos?
- Claro. Tanto en swahili como en inglés.
- ¿Usted habla swahili?
- Sí, aunque con alguna dificultad. Tanzania formó parte de Alemania hasta 1919, en que pasó a depender del Reino Unido al finalizar la I Guerra Mundial. Casi toda la población nacida a partir de esa fecha habla inglés, una lengua que los niños aprenden desde muy pequeños, pero todos hablan el swahili, el idioma del famoso ‘hakuna matata’ del Rey León, que significa ‘ningún problema’. También se habla en Kenia y toda el Massailand, es decir, la tierra que habita la tribu Massai.
- ¿Existe una fuerte emigración en Tanzania, al igual que en los países del norte y oeste africano?
- Los que lo han hecho no han llegado a acostumbrarse a vivir fuera. Es una labor pendiente. Está claro que Europa no puede recibir a toda África. Hemos de ofrecerles una educación y posibilidades de trabajar en sus países, se quedarían sin dudarlo. Todo el mundo vive mejor y quiere hacerlo en su tierra. Ellos también.
- Y, dada la evolución demográfica, África será el continente más habitado en muy poco tiempo.
- Por eso estamos muchos trabajando allí, para ayudar a crear las condiciones que permitan que vivan allí todos ellos. Les proporcionamos educación y medios de vida. Su renta per capita es de 803 euros al año. Menos de 70 euros al mes. Además, el nivel de desempleo es altísimo.
- Ellos viven en la miseria, pero viven, ¿cree usted que se sienten desgraciados por las condiciones en que lo hacen?
- No. Los veo reír y me consta que lo hacen de verdad. Una cosa que me llama poderosamente la atención, al igual que he visto en Nepal y en India, es la veneración que sienten por los ancianos. Mientras nosotros los almacenamos en residencias, allí los mantienen como los jefes de la familia hasta el fin de sus días. Les piden permiso para todo, les consultan la totalidad de los asuntos, solicitan su opinión sobre cualquier acontecimiento familiar. En eso, ellos son el primer mundo.
- ¿Sufren periodos de hambruna?
- Sí. Hay dos temporadas de lluvias. Una larga, de marzo a junio, y otra cortita en octubre y noviembre. Cuando hay agua se planta. En esos meses en que se ha sembrado y empieza un periodo de espera hasta la recolección, comen poco y llegan a pasar hambre.
- ¿Qué comen?
- Absolutamente de todo. Yo este año probé el mono blanco. Comen cualquier cosa que encuentran.
- ¿No hay especies protegidas?
- Cuando la ONG ‘Born to learn’ comenzó a trabajar allí, había elefantes y rinocerontes cerca. Ya no hay ni a 20 kilómetros. Para ver uno es preciso ir a un parque natural. Esta ausencia de animales salvajes es porque se los comen.
- Y la población crece.
- Sí. Tanzania tiene 57 millones de habitantes en casi 1 millón de kilómetros cuadrados. Casi el doble de la superficie de España. Sin apenas infraestructuras. Ahora está China haciendo allí carreteras a cambio de gas.
- ¿Es Tanzania un país rico?
- Como toda África, es muy rica en minerales. El tanzanite, que es más duro que el diamante, sólo se produce allí. Ahora están chinos y norteamericanos compitiendo para quedarse con su explotación. Unos les han ofrecido poner en marcha universidades y los otros construir un ferrocarril para unir la capital administrativa, Dodoma, con la capital económica, Dar es Salam.
- Y, en ese contexto, usted va a echar una mano para intentar cambiar la suerte de los albinos, un colectivo perseguido para descuartizarlo.
- La organización en la que me he implicado mantiene varios proyectos. Uno de ellos, en New Land, a los pies del Kilimanjaro, consiste en el mantenimiento de una escuela que hemos construido con botellas de agua rellenas de arena. Lleva nueve años funcionando perfectamente. Ahora hemos puesto en marcha ese centro de albinos en Kabanga. En el primer proyecto, todos los gastos corren por nuestra cuenta, desde los profesores hasta la comida y el material escolar. En el segundo colaboramos con el gobierno, facilitándole camas, colchones, pintura, adecentamiento… Estamos hablando de un país muy pobre.
- ¿Dice que construyen escuelas con botellas de plástico?
- Herramientas no hay. Construimos paredes con botellas de plástico de litro y medio. África está llena. Nosotros las recogemos y reciclamos. Las llenamos con arena y las unimos, enlazadas con un acuerda, por medio de argamasa. Usamos esos envases como si fueran bloques. Se trata de edificios de una sola planta con un tejado de chapa montado sobre una cercha de madera.
- ¿Los albinos son conscientes de que no pueden salir de allí para evitar que los maten?
- Claro que sí. Salen muy poco y siempre en grupos controlados. No hacen vida fuera del Centro. La mayoría son niños. El mayor que he conocido tiene 27 años y lleva 10 viviendo allí, con un hermano. A partir de cierta edad se plantean la vida que les ha tocado vivir y la aceptan. Saben que no tienen otra alternativa.
- ¿No piensan en irse a otro país donde no corran peligro?
- Eso es ciencia ficción para ellos.
- ¿Porque no tienen medios?
- Un billete de avión cuesta lo que no van a ganar en un año pero, además, ¿adónde van a ir? No tienen ninguna esperanza y sólo hablan swahili y chapurrean el inglés ¿Qué vida les esperaría aquí?
- ¿No están profesionalmente preparados para nada?
- Estudian lo básico. Es otro mundo. Ellos se conforman con vivir. No ves ningún atisbo de esperanza en sus ojos.
- Pero tienen una ayuda de, por ejemplo, personas como usted.
- Sí, pero en cosas muy básicas. Les proporcionamos agua corriente, luz, una cama en la que dormir… Es lo más básico, pero también es cierto que fuera de allí están mucho peor. Los que viven en medio de la sabana no tienen nada, y cuando digo nada, es absolutamente nada.
- ¿Ha sentido ganas de llorar?
- Muchas veces. Allí abunda mucho el SIDA. Niños que se contaminan al nacer por tragar algo del líquido de la placenta viven marcados toda su corta vida. Allí no se cura esa enfermedad. En mi anterior viaje entregué a Lucrecia, una niña de 13 años que padecía ese mal, unas pequeñas chanclas que había donado Mayca Jerez. Murió dos días más tarde y sus padres me dijeron que ese detalle consiguió arrancarle su última sonrisa. Pero no todo es tristeza. Tenemos que hablar de la esperanza y de la gente que estamos haciendo lo posible para cambiar la suerte de estas personas porque sabemos que si ellos están mejor, todos lo estaremos también. No vamos a cambiar su vida, pero sí mejorarla un poco.
- ¿Piensa volver?
- No lo sé. En mi último viaje he estado preparando una ruta para los voluntarios que llegarán al nuevo proyecto, que está en un extremo del país. Se trata de indicarles qué itinerario deben seguir. Primero han de viajar doce horas en un autobús. Después tienen que dormir cerca de una parada de tren para recorrer 39 horas más de viaje en un convoy en el que eres el único blanco, por lo que todos los ojos están pendientes de ti. Es toda una aventura. Paras en infinidad de sitios en mitad de la nada sólo para que alguien suba y recorra los vagones vendiendo lo que sea. Muy pintoresco y hasta bonito, pero también muy duro. Yo me he encargado de reflejar los lugares, horas, distancias y contactos necesarios para poder llegar al destino. En definitiva, qué dificultades se van a encontrar y cómo tendrán que salvarlas. He tenido que averiguar qué personas e instituciones existen a lo largo de todo el trayecto para poder recurrir a ellas en caso de necesidad.
- ¿Qué echaba más de menos allí?
- Siempre está el recuerdo de tu familia. Pero echas mucho de menos el aseo. Allí quedaba restringido al cubo y el cazo. También la letrina. No hay baños como aquí. Es algo que ya aceptamos antes de salir. Sabemos que eso es lo que hay.
- ¿En algún momento temió por su vida?
- Si pensara en eso no iría, aunque alguna vez te asusta pensar que estas solo en una ciudad de 400.000 habitantes, en la que nadie te conoce y puedes acabar muerto y desvalijado en cualquier cuneta. Ellos saben que tu móvil vale lo que ellos ganan, en el mejor de los casos, en todo un año. Pero, en realidad, no lo piensas. Vas, haces tu trabajo y vuelves.