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Hernán Cortés, conquistador de México


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ADOLFO PÉREZ

Ahora que se cumplen quinientos años del inicio de la conquista de México por Hernán Cortés y el presidente mexicano enreda sobre aquella hazaña española, es bueno escribir este artículo.

Cuando el 12 de octubre de 1492 Cristóbal Colón llegó a América nadie imaginaba que el territorio descubierto era una gran masa continental, la cual empezó a conocerse después del cuarto viaje de Colón, que murió ignorando la realidad del Nuevo Mundo, cuyos territorios iban de polo a polo, con las islas Antillas del mar Caribe en el centro, siendo La Española, Cuba y Jamaica bases logísticas para penetrar en el continente. Penetración penosa dada la realidad física de aquellas tierras cuyos obstáculos fueron rebasados por los españoles, que ocuparon territorios separados entre sí por barreras difíciles. La Corona de Castilla se dispuso a conocer aquellas tierras con los conquistadores que colonizaron el Nuevo Mundo, que duraría tres siglos. La Española o Haití fue el primer centro de colonización con Nicolás de Ovando, su primer comendador, que gobernó la isla con acierto, y de la que salieron muchas expediciones de españoles cuyas conquistas en el Nuevo Mundo duraron hasta 1536. Proezas como la de Hernán Cortés en México y Francisco Pizarro en Perú que se distinguieron por la audacia y el valor de unos pocos hombres mandados por grandes capitanes, que lucharon contra imperios poderosos, bien organizados.

El catedrático Mario Hernández Sánchez – Barba escribe: “Hernán Cortés es, sin duda, un personaje clave en la historia de España en América.” Frase definitoria de lo que fue Hernán Cortés, nacido en Medellín (Badajoz) en el año 1485, hijo único de un capitán de infantería, Martín Cortés, y de su esposa, Catalina Pizarro, ambos de linaje hidalgo. Sus padres lo enviaron a la Universidad de Salamanca para que estudiara Derecho, pero a los dos años se volvió sin haber hecho nada provechoso en los estudios con el consiguiente disgusto de sus progenitores, ilusionados por verle con la toga, y lo que era peor, sin que mostrara preferencia por alguna profesión. A los diecisiete años, en 1502, pensó en intentar la aventura del Nuevo Mundo, tal vez influenciado por el espíritu renacentista de la época. Y ya estaba a punto de embarcar en la flota que Nicolás de Ovando alistaba en Sevilla cuando una noche se lesionó en una pierna al descolgarse de una tapia después de una cita amorosa. Situación que lo retuvo dos años hasta que embarcó en la nave de Alonso Quintero que lo llevó a La Española donde permaneció varios años con una encomienda de indios y la escribanía del Ayuntamiento de Azúa.

En 1511 tomó parte en la conquista de Cuba realizada por Diego Velázquez, que al ser nombrado gobernador de la isla nombró a Cortés secretario, lo que dio lugar a una amistad entre ambos. La situación se enturbió cuando Cortés, después de haberse comprometido, se negó a casarse con Catalina Suárez, cosa que disgustó a Diego Velázquez que apoyaba la boda. La mutua amistad se enfrió y eso no fue todo. Resultó que Cortés tuvo tratos con unos descontentos del gobernador y se prestó a presentar las quejas al comendador. Así es que fue encarcelado dos veces y en ambas se escapó e hizo las paces con Velázquez. El armisticio hizo que Cortés se casara con Catalina Suárez, una buena mujer que le quería bien. Se estableció como hacendado y minero, y ejercía de escribano pues era muy hábil redactando documentos. A la riqueza que reunió se le unió el poder al ser nombrado alcalde de la villa de Santiago. A la sazón andaba por los treinta años.

En aquellos años el gobernador de Cuba, Diego Velázquez, patrocinó expediciones por las costas mexicanas (1517 y 1518), que contactaron con los mayas y su espléndida cultura. Tales expediciones obtuvieron resultados mediocres que enojaron a Velázquez ansioso de las riquezas de aquellas tierras, de modo que dispuso realizar una nueva expedición al fabuloso México cuyo mando se lo confirió a Hernán Cortés, a la vez que lo nombraba capitán general de la Armada para la exploración. A tal fin Cortés reunió todo el dinero que pudo, hasta hipotecar sus posesiones. Para armar la flota de seis naves y una dotación de trescientos hombres pagó las dos terceras partes corriendo a cargo de Velázquez un tercio, dada su mezquindad. La expedición partió de Santiago de Cuba y recorrió aquellas costas para reforzarse y reclutar a más gente. A la sazón dejó de obedecer a Velázquez, que le revocó los poderes.

Por fin, el 18 de febrero de 1519 Hernán Cortés emprendió viaje hacia el imperio azteca o mexica. Con una flota de once naves cargadas con la impedimenta y con casi mil personas, entre ellas los soldados, mujeres para la cocina y doscientos indios, partió el capitán a la conquista de un territorio más grande que España. Llevaban también gran cantidad de quincallas (espejos, agujas, tijeras, hebillas, etc.) para obsequiar o cambiar por oro con los indios. Fondearon en la isla Cozumel (costa de Yucatán) donde rescataron al náufrago Jerónimo de Aguilar, que les sirvió de intérprete. En Yucatán, Cortés venció en la batalla del río Tabasco a los pacíficos mayas, aterrados cuando vieron por primera vez los caballos, ya que creyeron que caballo y caballero eran un mismo monstruo. Enseguida se mostraron amistosos y obsequiaron a los españoles con veinte indias. Una de ellas, de singular belleza y porte altivo, hija de un cacique azteca que su madre vendió, era Malinche, la famosa doña Marina, así llamada por el bautismo recibido. Mujer inteligente, conocedora de las lenguas maya y azteca, fue clave en la conquista de México. Además de amante de Cortés fue su intérprete y consejera. Aprendió pronto el castellano y además medió en muchas ocasiones. Fue la madre del mestizo Martín Cortés.

Pasaron a la isla de San Juan de Ulúa donde Cortés recibió a unos nativos aztecas que le avisaron de la existencia del gran imperio azteca gobernado por un poderoso soberano, Moctezuma, que vivía en una gran ciudad en medio de un lago. Bordeando la costa mexicana recibió a unos emisarios aztecas, quienes en nombre de Moctezuma le ofrecieron paz y amistad, obsequiándole con ricos presentes, pero sin que el emperador accediera a ser visitado por Cortés. Para anular las intrigas de los adictos de Velázquez se hizo nombrar justicia mayor y capitán general a expensas de lo que dispusiese el rey. Fundó la ciudad de Veracruz y para evitar la tentación del regreso de muchos hombres ante la evidente inferioridad numérica hizo destruir las naves y se alió con los totonecas. Venció a los tlascaltecas, que solicitaron la paz y se convirtieron en aliados junto con los toltecas, y continuó la marcha hacia el corazón de México.

Le llegó una nueva embajada de Moctezuma, que preso de un gran susto, estaba convencido de que se hacía realidad la leyenda de la vuelta del dios Quetzalcóalt (la serpiente emplumada) con la nueva raza dominadora. Llegaron a Cholula, la ciudad más civilizada, con numerosos templos y habitantes con vestidos lujosos. Allí fueron bien recibidos, pero el ambiente se enfrió y una mujer alertó a Marina de que había una conjura para matar a los españoles. Entonces Cortés, consciente de su inferioridad numérica, con un ardid encerró a los dos mil guerreros de la ciudad en un recinto y, después de reprochar a los jefes la traición, acabó con ellos. La acción de Cholula forma parte de la leyenda negra de la conquista de México.

La marcha fue triunfal, pero con miedo ante la incertidumbre de cómo conquistar aquel imperio siendo tan pocos. Un sobrino de Moctezuma vino a darle la bienvenida en nombre del emperador. La ciudad de México, la gran Tenochtitlán, de unos doscientos mil habitantes, estaba asentada en una isla dentro de un lago, unida a tierra mediante diques. El encuentro entre ambos mandatarios fue solemne. Moctezuma, alto y delgado, de unos cuarenta años, envuelto en un manto de plumas, la entrevista fue breve y de pocas palabras a través de Marina. Moctezuma regresó a su capital seguido de los españoles, que fueron bien aposentados. Pasados unos días Cortés y los suyos no sabían qué hacer pues en realidad estaban en manos de Moctezuma, así que acordaron apoderarse de él. Al día siguiente Cortés y sus capitanes fueron al palacio pidiendo ver al emperador al que acusó de traición y lo invitó a que los siguiera. Moctezuma lo negó y afirmó su buena fe, pero no se resistió. Ahora Hernán Cortés tenía en su poder la ciudad de México.

Pero surgió un hecho inesperado. Moctezuma le dijo que se podrían marchar porque habían arribado en la costa muchas naves de su país, cosa que extrañó al capitán español. Se trataba de una flota enviada por Diego Velázquez al mando de Pánfilo de Narváez que llevaba las órdenes de arrestar a Cortés y hacerse cargo de la conquista. Cortés dejó una guarnición en la ciudad y salió a combatir a Narváez al que ofreció un pacto que éste no aceptó, de modo que derrotó y apresó al enviado de Velázquez cuya tropa engrosó la de Cortés. Al volver se enteró de la revuelta de los indios de Tenochtitlan (México), sofocada por Alvarado atrozmente. Al parecer los españoles creyeron, sin ser cierto, que la nobleza azteca había sublevado al pueblo, un equívoco que produjo el desastre, de modo que un Cortés iracundo se dispuso a buscarle una solución, pero ya era tarde. Con los españoles encerrados en la isla, la masa ingente de indios de la ciudad se levantó contra el poco más del millar de efectivos españoles. El resultado fue una escabechina donde los aztecas llevaron la peor parte. Cuando el infeliz y bueno de Moctezuma intentó pacificar a los suyos fue apedreado y perdió el conocimiento, y se dejó morir sin permitir ser curado.

Ahora el problema era salir de la ciudad. Como los indios no luchaban de noche salieron al anochecer con un caballo cargado con el tesoro imperial y se repartieron el resto. Iniciaron la huida pero fueron descubiertos y rodeados por multitud de canoas. Comenzaba la “Noche triste”, famosa en la epopeya de Cortés. Ni que decir tiene que fue un combate encarnizado, indescriptible lo que allí sucedió, con los españoles atacados por todos los flancos, sin poder avanzar, sumidos en una terrible confusión. Alvarado, al llegar al borde del dique, con la audacia de la desesperación, clavó la lanza en el puente y de un salto asombroso pasó a la otra parte y se salvó. El “salto de Alvarado” quedó como legendario. Por la mañana los fugitivos estaban diezmados y heridos. Cortés y los mejores capitanes estaban a salvo lo mismo que la fiel Marina. Exhaustos huyeron hacia el norte y a los siete días, desde una montaña, divisaron el valle de Otumba lleno de guerreros venidos de todas partes para aniquilar a los españoles, que asustados Cortés los animó y les infundió arrestos para la batalla. Todo iba mal hasta que el caudillo español divisó el rico manto y el penacho de jefe azteca. Cortés y sus capitanes se arrojaron sobre él, lo mataron y levantaron su estandarte y los indios, al verlo, huyeron desconcertados. Era la victoria de la batalla de Otumba. De allí marcharon a la ciudad de Tlaxcala donde fueron bien recibidos.

Pero Hernán Cortés tenía la idea fija de apoderarse de México, empresa para la que encontró mucha resistencia entre los suyos pues casi todos deseaban volver a Cuba. No obstante logró convencerlos aunque dispuesto a dejar marchar a quienes lo desearan, pero todos se quedaron, incluidos los tlascaltecas. Para su proyecto Cortés pudo contar con un gran ejército de indígenas. En México, el sucesor de Moctezuma había muerto de viruela, enfermedad desconocida allí. Le sucedió Cuauhtémoc, que se alío con la ciudad de Texcoco. En la batalla de Xochimilco, la ciudad de las flores, Cortés cayó herido, aunque alcanzó la victoria. Las refriegas eran frecuentes, mientras el emperador azteca se reforzaba con más efectivos que iban en piraguas.

Para el asedio y conquista de México Cortés dispuso de gran cantidad de bergantines que asustaron a los aztecas. El capitán español atacó a la ciudad con el apoyo de la artillería instalada en las naves, sin embargo, cada vez acudían más guerreros indígenas, pero los ataques de los españoles se intensificaron hasta tomar la ciudad de México, ya muy derruida, con los palacios cayendo, mientras los combates continuaban. El hambre y la peste diezmaron a los habitantes, con muchos cadáveres por las calles. Por último, el 13 de agosto de 1521 se produjo el asalto final de los españoles y el emperador Cuauhtémoc se rindió, entregándose a Cortés, que estaba herido, a la vez que pedía que se respetara a su esposa, hija de Moctezuma, ruego que fue cumplido. La ciudad se reconstruyó rápidamente y el 15 de octubre de 1522 Cortés fue nombrado gobernador y capitán general de Nueva España. El gobernador de Cuba, Diego Velázquez, falleció a los pocos días. Cortés no estaba satisfecho del todo pues su sueño era encontrar un paso entre el Atlántico y el Pacífico para lo que envió dos expediciones, una a Honduras y otra a Guatemala, con el resultado sabido de que no existía tal paso.

Sin embargo, debido a las acusaciones de sus enemigos en 1528 fue llamado a España donde fue acogido triunfalmente. El emperador Carlos I le nombró marqués del Valle de Oaxaca, asignándole muchas tierras y el título de capitán general de la Nueva España y del Mar del Sur, pero le retiró el de gobernador con el fin de que no se acumulara tanto poder en una persona. En 1530 regresó a Nueva España con su nueva esposa, Juana de Zúñiga, joven hermosa y de noble familia. La primera, Catalina Suárez, falleció el 1º de noviembre de 1522 poco después de reunirse con su marido en México, al parecer padecía de asma, aunque hay una tesis de que murió en condiciones extrañas después de una riña con Cortés, pero no parece verosímil tal tesis. La hermosa Marina fue dada en matrimonio al caballero Juan Jaramillo, y parece que vivieron cerca del lago Peten, lugar de nacimiento de ella, donde encontró a su madre; murió con veintinueve años en 1529. Cortés tuvo once hijos por los que tuvo un gran amor filial. Antes de su segundo matrimonio tenía cinco hijos naturales, dos con mujeres españolas y tres con mujeres indígenas. Con su segunda esposa, Juana de Zúñiga, tuvo seis hijos de los que los dos primeros murieron al poco de nacer.

Hernán Cortés se estableció en su palacio de Cuernavaca, dedicándose a la agricultura y laboreo de sus minas de plata y oro en sus tierras de Oaxaca. Organizó nuevas expediciones por la costa del Pacífico. En el año 1540 organizó una expedición al golfo de California o mar de Cortés, que el virrey de Nueva España reivindicó para sí. Al no haber acuerdo Cortés regresó a España para defender su causa, pero su hora había pasado; se le recibió con honores y nada más. Se unió a la empresa de Carlos I de invadir Argel en 1541, que fue un fracaso. Durante siete años iba de un lado a otro en balde, así es que amargado y decepcionado decidió volver a Nueva España pero en Sevilla enfermó y el 2 de diciembre de 1547, a los sesenta y dos años, falleció en Castilleja de la Cuesta, cerca de la capital andaluza. Sus cenizas se llevaron a Nueva España donde estuvieron protegidas hasta que el México independiente, en su odio al dominio español, decidió dispersarlas al viento, pero se dice que unos admiradores suyos lograron hacerse con ellas para que escaparan de los patriotas mexicanos, que eran descendientes de los antiguos conquistadores españoles.