"El primer día de clase pregunto a mis alumnos: ¿Qué habéis venido a hacer aquí?"

Nuccio Ordine, el profesor italiano referente del pensamiento contemporáneo, defiende una enseñanza que nos permita ser felices; un sistema educativo cuyo fin no sea obtener títulos, sino adquirir “conocimiento crítico”.

Nuccio Ordine

ALMERÍA HOY / 08·03·2019

- Es usted muy crítico con el papel de la enseñanza, y en particular el de la Universidad, en el mundo de hoy ¿Cuál cree que debe ser su función?

- Cada año, comienzo la lección inaugural de mi asignatura en la Universidad de Calabria con una pregunta dirigida a los estudiantes de primer curso: ¿Qué habéis venido a hacer aquí? ¿con qué objetivo acudís a las clases?

- ¿Qué le responden?

- Quizás sorprendidos por un interrogatorio tan inusual, contestan que se han matriculado para conseguir un título.

- Es lógico. Un título que les dé oportunidades laborales para ganarse la vida…

- Sin embargo, yo estoy convencido de lo contrario. Que el deber de la escuela y de la Universidad consiste, más bien, en hacer comprender a nuestros alumnos que no deben ir al Instituto ni asistir a la Universidad con ese objetivo. Tanto el Instituto como la Universidad son oportunidades que la sociedad nos ofrece para que intentemos ser mejores. Después, los que lleguen a serlo, los que sean capaces de estudiar para adquirir un conocimiento crítico para convertirse en mujeres y hombres libres que razonan de forma autónoma, estarán en condiciones de superar los exámenes de la manera más brillante y se graduarán con las mejores notas.

- Pero los alumnos no son los culpables de esa situación.

- Claro que no. Los estudiantes no tienen la culpa de acudir al Instituto y la Universidad con el único objetivo de conseguir un título. Viven en un contexto social en el que cada elección, cada gesto y palabra deben responder a un beneficio personal, a una lógica utilitarista que exige el provecho material. En nuestra sociedad, la idea de cultivar una pasión en nombre de un placer desinteresado y gratuito no encuentra terreno fértil porque vivimos en un contexto político, social y económico dominado cada vez más por la dictadura del utilitarismo.

- ¿Hasta qué punto nos domina esa dictadura que señala?

- Ya no nos sorprendemos cuando, antes de cada pequeña lección cotidiana, alguien pregunta ‘¿para qué sirve?’ Es la pregunta dominante hoy en el mundo entero. ¿Para qué sirve leer poesía? ¿para qué sirve estudiar latín y griego? ¿para qué visitar el Museo del Prado? En el universo del utilitarismo, y es una paradoja increíble, un martillo vale más que un cuadro, un cuchillo más que un poema y una llave inglesa mucho más que una sinfonía. ¿Por qué? Nos resulta muy fácil entender la eficacia de una herramienta, mientras que comprender para qué puede servir la música, la literatura o el arte es mucho más complicado. Hoy, el utilitarismo ha invadido ámbitos y espacios de nuestra vida que deberían haber sido preservados de la lógica del beneficio.

- ¿Hasta dónde cree que nos ha llevado todo esto en Europa?

- Pensemos por un momento en el trágico destino de Europa. Crédito y deuda se han convertido en los únicos parámetros válidos para diseñar su identidad. Eso es algo muy peligroso. Para los señores de los bancos y las finanzas, sólo aquellas naciones que pagan sus deudas forman parte de Europa. Para ellos, es posible pensar en una Europa sin Grecia, Italia o España sin suscitar ningún escándalo en nadie, porque las raíces culturales ya no cuentan en absoluto.

- ¿Qué es lo que cuenta entonces?

- Sólo los presupuestos y el pago de la deuda a los acreedores. Ese mismo discurso es válido para la Escuela y la Universidad. La gestión empresarial de Europa ha sido adoptada por la enseñanza. Pero las universidades no pueden ser transformadas en empresas y los estudiantes no pueden ser convertidos y tratados como clientes. Es muy curioso que las dos primeras palabras con que los jóvenes entran en contacto nada más matricularse en la Universidad sean ‘crédito’ y ‘deuda’. A mí me parece un escándalo. El lenguaje nunca es neutral. En este caso, se trata de dos palabras tomadas del mundo de la Economía que dominan ya cualquier aspecto de nuestra vida.

- ¿Propone usted que los alumnos aprendan por el placer de aprender, sin otros cálculos, y que lo demás vendrá por añadidura?

- Así es. Considero terrible preguntar a un muchacho de doce o trece años cuál es la profesión que le gusta. La Escuela no debe preparar únicamente para servir al mercado y ganar dinero. Primero tiene que ser capaz de hacer comprender que la educación es una oportunidad muy importante para ser mejores. Montaigne escribió un ensayo para mostrar que lo más importante en la vida no es poseer, sino gozar. La idea que transmite es la necesidad de enseñar a los jóvenes a gozar, a pensar que en la vida existen valores como la solidaridad o la justicia. Estas son las cosas importantes para la educación, más allá del aprendizaje de una profesión con la que ganar dinero.

- Y, en ese contexto que usted describe, ¿qué papel puede ejercer el profesor?

- Yo encontré la respuesta a esa pregunta en la carta que Albert Camus dirigió, cuando le concedieron el premio Nobel, a su maestro de la escuela municipal de Argel Louis Germain. Era noviembre de 1957, y la escribió poco después de recibir la noticia. Siempre la llevo conmigo, ¿quiere que se la lea?

- Por favor.

- “Querido señor Germain. Esperé a que se apagara un poco el ruido que me ha rodeado todos estos días antes de hablarle de todo corazón. He recibido un honor demasiado grande, que no he buscado ni pedido. Pero cuando supe la noticia, pensé primero en mi madre y después en usted. Sin usted, sin la mano afectuosa que tendió al niño pobre que era yo, sin su enseñanza y su ejemplo no hubiese sucedido nada de esto. No es que dé demasiada importancia a un honor de este tipo. Pero ofrece por lo menos la oportunidad de decirle lo que usted ha sido y sigue siendo para mí, y de corroborarle que sus esfuerzos, su trabajo y el corazón generoso que usted puso en ello continúan siempre vivos en uno de sus pequeños escolares, que, pese a los años, no ha dejado de ser su alumno agradecido. Un abrazo con todas mis fuerzas. Albert Camus”.

- Camus describe en esa carta el sentido de la enseñanza que usted sostiene.

- Efectivamente. Ese es el verdadero sentido de la enseñanza. Gracias a un maestro generoso y apasionado, un joven estudiante que procedía de una familia modesta pudo encontrar una mano sabia y afectuosa capaz de apoyarle y guiarle en los momentos más difíciles de sus primeros años de escuela. Ésa es la auténtica tarea del profesor, no la del burócrata en que nos han convertido la Universidad y la Escuela, que nos distraen la mayor parte del tiempo en rellenar formularios y reuniones que tienen que ver con otras cosas distintas al oficio de enseñar. Los profesores debemos dedicar nuestras vidas a cambiar la de los estudiantes.

- Emociona el recuerdo que Camus dedica a su maestro de la infancia.

- Tengo que decir que la función de la Escuela y la Universidad no es formar premios Nobel, obviamente se trata de una excepción, pero sí consiste en formar la vida de los estudiantes como ciudadanos autónomos que pueden pensar en la solidaridad, no en el egoísmo de hoy. Limitarse únicamente a formar profesionales al servicio del mercado es una perversión terrible que corrompe a los estudiantes. La tarea radica en hacerles comprender que la vida cobra sentido en lo que hacemos por los demás. Albert Einstein escribió una frase que me ha acompañado siempre a lo largo de mi vida: “Sólo es digna de ser vivida la vida que se vive para los otros”. Ése es el mensaje de la música, de la literatura, la filosofía y el arte, de todos los conocimientos que, injustamente, nuestra sociedad considera inútiles porque no generan beneficios.

- En ese sentido, usted sostiene que el mayor avance en la historia de la humanidad se produjo en el momento en que, por primera vez, un hombre cortó una flor para regalársela a su amada.

- Es cierto. Entre los seres vivos, sólo el hombre es capaz de hacer cosas tan ‘inútiles’ como ésa. Es algo muy interesante, porque una flor no sirve para nada pero, ¿podemos imaginar un mundo sin flores? Sería un universo terriblemente triste. La literatura nos enseña que las cosas calificadas injustamente como ‘inútiles’ son, precisamente, las que nos hacen más humanos.



“Hoy no existe una política nacional. Los parlamentos nacionales no deciden nada. Hay una política europea y mundial cuya agenda está diseñada por los bancos y el mundo de las finanzas. Es muy triste. La cumbre de Davos, donde se reúnen los más grandes empresarios del planeta, ha desvelado unos datos terribles: El 1% de la población es dueño del 85% de la riqueza mundial, mientras el 99% sólo dispone del 15%. Es una inmoralidad. Tenemos que partir de estos datos para tratar de cambiar el mundo. Amazon, Google o Apple no pagan impuestos en Europa. Es un escándalo enorme. Mientras tanto, un obrero griego tiene que pagar, de su pobre salario, 50 euros cada mes para pagar la deuda de su país. ¿Por qué las grandes multinacionales no pagan impuestos y los que menos tienen sí? ¿Cuál es el origen de esta situación? Que Europa no cuenta con gobiernos seguros. Los de España e Italia no están respaldados por mayorías en sus Parlamentos. En Alemania existe una coalición de partidos antagónicos. En todos los países se levantan muros. Crecen el racismo y el antisemitismo porque la política actual tiende difundir el egoísmo. Por eso creo que la literatura y los saberes ‘inútiles’ son una forma de resistencia frente a la locura del egoísmo y la dictadura de los bancos y las finanzas.