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Las guerras carlistas


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ADOLFO PÉREZ

Pocas personas habrá que no hayan oído hablar de las guerras carlistas en la España convulsa del siglo XIX. Bueno, pues hoy toca escribir un poco del origen y naturaleza de las mismas. De los tantos y tantos episodios importantes sucedidos en España a lo largo de su historia, uno de ellos es el de las guerras carlistas, tres guerras civiles que impregnaron gran parte del siglo XIX, cuyos motivos poco han llegado al gran público. Tales guerras las cuenta en sus “Episodios nacionales” el escritor canario Benito Pérez Galdós, el mejor conocedor del alma del pueblo español, en cuya obra narra con maestría los episodios más relevantes de todo el turbulento siglo XIX.

Como la primera guerra carlista comenzó justo al final del primer tercio del siglo XIX es preciso situarse en la España de ese tiempo, años en los que ocurrieron hechos de suma importancia para nuestra nación, como fueron: invasión de Napoleón en 1808 y motín del pueblo de Madrid el 2 de mayo; retención en Bayona del rey Carlos IV y su familia y lo mismo del príncipe de Asturias, Fernando de Borbón, en Valençay; reinado del francés usurpador José I (1808 – 1813); guerra de la Independencia (1808 - 1814), ganada por los españoles; Constitución de 1812; emancipación de la América española y el funesto reinado de Fernando VII, el rey felón. Ya digo, todo eso sucedió en los primeros treinta y tres años del siglo XIX.

Fernando VII el Deseado, rey de España de 1808 a 1833, efectivo desde 1813 debido a la usurpación de José I, se casó cuatro veces, sin descendencia en las tres primeras. Al morir su tercera esposa en 1829, María Amalia de Sajonia, menos de siete meses después de quedar viudo contrajo un cuarto matrimonio, esta vez con su sobrina María Cristina de Borbón Dos Sicilias, hija de los reyes de Nápoles. Enlace que causó la indignación en el infante Carlos María Isidro, hermano del rey, y sus partidarios que veían en peligro la sucesión a favor de su líder, se trataba de los carlistas. El infante don Carlos alegaba en su derecho que cuando él nació estaba en vigor el auto de Felipe V que excluía a las mujeres de ceñir la corona real. Y sucedió lo que tanto temían, que ante la realidad de que la reina le iba a dar sucesión, el 29 de marzo de 1830 el rey Fernando VII promulgó la Pragmática Sanción (ley de prerrogativa real) dictada en 1789 por su padre, el rey Carlos IV, de acuerdo con las Cortes, que restablecía la ley de Partidas con el derecho de las mujeres a ocupar el trono de España, a la vez que anulaba la Ley Sálica introducida en España por el citado auto de Felipe V. De esta forma se restablecía la secular costumbre dinástica española que permitía el acceso de las hembras al trono. El 10 de octubre de 1830 la reina dio a luz una niña que recibió el nombre de María Isabel (Isabel II), y el 30 de enero de 1832 venía al mundo otra infanta, que se llamó María Luisa Fernanda.

Y sucedió algo insólito. En septiembre de 1832, estando la Corte en La Granja, un ataque de gota puso en grave peligro la vida del rey. Aprovechándose de tal situación el ministro Calomarde, cercano a los carlistas, presionó a la reina María Cristina para que su esposo derogase la Pragmática Sanción “por el bien de España”, cosa que logró, lo que hubiera supuesto un giro histórico. Pero resultó que, contra pronóstico, el monarca se repuso. Enterada de lo que sucedía la infanta Luisa Carlota, hermana de la reina, se presentó en La Granja, increpó a su hermana llamándola “regina di gallería”, rompió el codicilo firmado por el rey y estampó una sonora bofetada en el rostro del ministro Calomarde, que contestó diciéndole: “Manos blancas no ofenden, señora”. Ni que decir tiene que el rey derogó el codicilo y restableció la Pragmática Sanción, destituyó al ministro, a su hermano lo mandó a Portugal e hizo jurar como heredera a su hija Isabel, no sin la protesta de don Carlos. El 19 de septiembre de 1833 fallecía de una apoplejía Fernando VII, que dejó como herencia una guerra civil carlista. Y tal y como estaba previsto, al morir el rey ocupó el trono su hija Isabel II, niña de escasos tres años de edad, con la regencia de su madre, María Cristina (con 27 años), asistida de un Consejo de Gobierno.

Las guerras carlistas que ensangrentaron España en el siglo XIX tenían dos componentes, por un lado la cuestión sucesoria de Fernando VII y por otro la política nacional, que hervía, donde imperaban dos ideologías en disputa: liberalismo y tradicionalismo (estos, defensores del antiguo régimen, llamados apostólicos). El odio entre los dos bandos era incontenible, abocados a una guerra a punto de estallar, guerra que preferían antes de una transacción, como así ocurrió el 3 de octubre de 1833, fecha d inicio de la PRIMERA GUERRA CARLISTA, que se prolongó hasta 1840. Sus combatientes eran: los carlistas, partidarios de don Carlos y de un régimen absolutista, convencidos de que el infante era la única esperanza para la España tradicional, aunque al parecer no tenía las cualidades necesarias para llegar al trono. A este bando pertenecía el mundo del campo, el clero rural y la pequeña nobleza. Su lema era Dios, Patria, Rey, y su signo de distinción era la chapela roja (boina). De otro lado los liberales (isabelinos), seguidores de Isabel II y de la regente, que pretendían implantar un régimen liberal. Aliados con la reina eran la burguesía, las clases altas, la nobleza y alto clero. Mientras, España estaba en puro desgobierno.

Los escenarios de la guerra fueron el País Vasco, Navarra, norte de Cataluña, bajo Aragón, la comarca del Maestrazgo y algunos puntos de España. La contienda tuvo alternativas y hechos deleznables; se distinguió por su ferocidad y salvajismo hasta el final. Al principio fueron continuas las derrotas de los liberales hasta que a partir de 1837 la guerra tomó un cariz a favor de los isabelinos, que ganaron la guerra. Los generales Espartero (isabelino) y Maroto (carlista) pusieron fin al conflicto el 31 de agosto de 1839 con el Convenio de Vergara, aunque hasta 1840 siguieron algunos focos en Aragón, Cataluña y el Maestrazgo, siendo la toma de Morella el último y decisivo combate de la guerra. Ante la firma del convenio don Carlos hubo de salir de España. Esta guerra produjo una gran sangría en la juventud, que costó a los liberales 140.000 hombres y algunos menos a los carlistas; originó la ruina económica y el hundimiento industrial, lo que para España fue un gran atraso. La figura más notable de la guerra fue el general carlista Tomás Zumalacárregui, caudillo genial, muerto en 1835 por una herida de bala en la pierna, en el sitio de Bilbao. Al que siguió el general isabelino Baldomero Espartero, el titulado príncipe de Vergara.

Seis años después, septiembre de 1846, de nuevo estalló otra guerra. Para facilitar la solución del problema dinástico don Carlos abdicó en su hijo Carlos Luis, conde de Montemolín, para los suyos Carlos VI. Resultó que para contentar a liberales y carlistas y así acabar con el problema dinástico se ideó en casar a Isabel II con el conde carlista. El proyecto matrimonial fracasó por la oposición de los liberales lo que dio lugar a la SEGUNDA GUERRA CARLISTA o guerra de los Matiners (en castellano, madrugadores, en referencia a que las partidas militares hostigaban a las tropas gubernamentales a primeras horas de la mañana). El escenario principal de la contienda fue Cataluña donde las fuerzas carlistas perdieron una y otra tentativa bélica, reducidas fácilmente por las tropas gubernamentales al mando del general Pavía. El general Cabrera que mandaba las tropas carlistas al no lograr reorganizar el ejército se exilió a Francia. Casi tres años después, mayo de 1849, el levantamiento carlista estaba dominado.

En 1855 y 1856 hubo algunas asonadas carlistas que pronto fueron sofocadas. Misteriosa y absurda fue la intentona de San Carlos de la Rápita (01.04.1860) al mando del general Ortega, dirigida en persona por el propio Carlos VI, que iba disfrazado. Trataba de destronar a Isabel II y él proclamarse rey, lo que le costó al general ser fusilado y apresados don Carlos y su hermano Fernando. Ante tanto fracaso ambos hermanos abdicaron de sus derechos y fueron puestos en libertad. La vergonzosa renuncia horrorizó a su esposa María Teresa y dejó desolados a los carlistas. El tercer hermano, Juan, de ideas liberales, renunció a sus derechos dinásticos y reconoció a Isabel II. La renuncia de don Juan puso al frente del carlismo a su hijo don Carlos de Borbón (Carlos VII), duque de Madrid, nieto del infante Carlos María Isidro, primer pretendiente (Carlos V para los carlistas). Carlos VII era enérgico y con mucha fe en la justicia de su causa.

La revolución de 1868 provocó el destronamiento de Isabel II y su huida a Francia. Este hecho y los que le sucedieron avivaron al agónico carlismo liderado por Carlos VII, lo que dio lugar a la TERCERA GUERRA CARLISTA. Sus escenarios fueron el País Vasco, Navarra, Cataluña, el Maestrazgo y algunos puntos aislados. La elección por las Cortes de don Amadeo de Saboya para rey de España dio lugar a que don Carlos publicara un manifiesto refutando tal designación real. Esto supuso que enseguida se iniciara la preparación de la guerra, que comenzó en 1872 y duró hasta 1876. La anarquía existente favoreció las operaciones carlistas en los primeros meses de la guerra y de no haberse avivado la propaganda en favor del príncipe Alfonso, hijo de Isabel II, que se atrajo a los liberales moderados, el triunfo de Carlos VII hubiera sido seguro. A fines de 1873, coincidiendo con el desorden de la primera República española, don Carlos, que entró a pie en España, disponía de un buen ejército. Se instaló en Estella con su corte y fue ungido rey con toda solemnidad en el santuario de Loyola, aunque ninguna potencia europea reconoció su realeza. Fue el único pretendiente carlista que tuvo de hecho soberanía territorial, llegando incluso a acuñar moneda y emitir sellos. Pero la restauración borbónica en la persona de Alfonso XII (29.12.1874) fue fatal para la causa carlista, contribuyendo al desaliento y dispersión la decisión del general Cabrera de reconocer a Alfonso XII como legítimo rey (1875). El gobierno del nuevo rey recuperó las plazas ocupadas por Carlos VII, que le tocó presidir el heroico proceso de su fracaso y exiliarse en Francia (23.02.1876), acabando así la tercera guerra carlista. Por fortuna, ni la segunda ni la tercera guerra alcanzaron la violencia y turbación de la primera.