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J. A. SÁEZ CALVO
Hay épocas que erosionan una sociedad sin necesidad de derribar edificios ni alterar fronteras. Les basta con deformar el lenguaje, rebajar la exigencia y enseñar a varias generaciones a desconfiar de cuanto las formó. Dejan una estela de fatiga, impostura, miedo a disentir y un visible empobrecimiento social. La presente se parece a uno de esos periodos.
Bajo la apariencia de una sensibilidad más fina, de una vigilancia escrupulosa frente a la injusticia presentada como indiscutible y de una voluntad constante de depuración moral. Estas corrientes se presentan como liberadoras, pero en realidad aplican nuevas formas de demolición social, consolidando un clima cultural que estrecha la libertad de juicio, simplifica la condición humana y fragmenta el espacio común.
A una de esas tendencias se la suele llamar “woke” (voz derivada del inglés awoke, despertar). El término importa menos que sus efectos: identitarismo, culpa, sensibilidad erigida en criterio y una presión difusa que castiga la discrepancia antes de expresarse con serenidad. Lo peor es su resistencia a contrastar lo que afirma y su tendencia a esquivar el debate.
Aunque el término se desgaste, sigue designando una forma de moralismo que ha reemplazado la discusión por la acusación, la verdad por la impresión subjetiva y la complejidad humana por un repertorio de identidades heridas, culpas heredadas y consignas de consumo rápido. La corrección política forma parte de ese paisaje cultural y ha terminado proyectándose mucho más allá del lenguaje.
Atravesamos una nueva forma de nihilismo: no consiste en negar abiertamente todo valor, sino en vaciarlo. Las palabras siguen ahí, pero pierden peso, se fragmentan y acaban subordinadas a lo útil, a lo inmediato y a la impresión del momento. Este vaciamiento adquiere un supuesto tono moral, reparte culpas con rapidez y adopta un aire de superioridad ética.
Nietzsche vinculó su teoría a la desvalorización de los valores supremos. La cultura actual está produciendo una variante singular: mantiene el gesto acusador y vacía el suelo que debería sostenerlo. Ahí reside su fuerza y también su debilidad. Se sigue hablando en nombre del bien, pero no existe una base consistente que permita distinguirlo del capricho, la consigna o el impulso del momento. De ahí nace una escena pública cargada de condenas e incapaz de justificar desde qué idea del bien o de la verdad se juzga.
Ese rasgo explica una de las paradojas más visibles de esta corriente. Su léxico está lleno de palabras nobles: dignidad, inclusión, diversidad, cuidado, reparación. Su método se apoya con frecuencia en simplificaciones elementales: dividir el espacio público entre víctimas y sospechosos, leer a cada individuo desde una casilla preconcebida y convertir la experiencia subjetiva en criterio casi soberano. La persona ya no es vista en su singularidad, con responsabilidad, contradicciones y libertad interior. Pasa a ser representante de una etiqueta. La política, en ese marco, abandona el debate sobre el bien común y el contrato social para organizarse como un sistema de adscripciones enfrentadas. De ahí se pasa con facilidad a desconfiar de cualquier relato histórico y a fragmentar el sentir compartido.
Cuando una cultura mantiene palabras morales, pero ha perdido el criterio que les daba consistencia, los juicios públicos se convierten en expresiones de preferencia, adhesión o rechazo, envueltas en apariencia de objetividad. Esto convierte la discusión pública en pura reacción impulsiva. Se condena mucho y se argumenta poco. Se invoca la justicia y se eluden los criterios comunes que permitirían debatirla con madurez. Cada bando eleva sus reacciones a rango de verdad indiscutible. El resultado es un teatro continuo de superioridad ética, sin disciplina intelectual ni rigor. Y, al final, una civilización debilitada cede espacio a otras más seguras de lo que son y de lo que quieren.
Este ambiente favorece una mutación política muy concreta. Algunos movimientos ideológicos occidentales han sustituido el proyecto por ideología pura. Allí donde faltan proyecto, solvencia y ambición de largo plazo, aparecen la pedagogía de la culpa, la guerra sobre los símbolos y la administración anímica del conflicto. El poder deja de ordenar prioridades materiales y pasa a gestionar fidelidades de grupo. Importa menos mejorar la vida de la gente que disciplinar el lenguaje, reorganizar agravios y exhibir pureza moral. Esa lógica resulta eficaz para movilizar bloques, incendiar redes y conservar fidelidades militantes. Sirve para evitar preguntas más duras sobre educación, trabajo, vivienda, natalidad, continuidad nacional, cohesión social o soberanía cultural.
El nuevo nihilismo encuentra en la cultura de la cancelación uno de sus instrumentos preferidos. Esa dinámica convierte en ostracismo o castigo público a las opiniones consideradas intolerables. Lo decisivo no es la existencia del reproche social, normal en toda sociedad viva, sino la facilidad con la que el desacuerdo deja de ser un hecho ordinario de libertad y se convierte en estigma. La reputación pasa a depender de una vigilancia difusa, ejercida desde redes, entornos profesionales, campus y pequeños tribunales informales e incluso desde instancias de poder revestidas de legitimidad. La libertad académica sufre especialmente cuando la presión ambiental impone ortodoxias de hecho y un totalitarismo del pensamiento.
La raíz de esa violencia blanda se encuentra en una idea pobre del ser humano. Ese clima fomenta un “yo” hipersensible, formado para detectar agravios y poco preparado para soportar fricciones, contradicciones o límites. La sensibilidad sustituye al carácter. La susceptibilidad desplaza a la fortaleza. Casi podría hablarse de una sociedad que retrocede hacia una adolescencia prolongada. En sus formas más expansivas, la cultura woke ha optado por una simplificación sentimental de esa complejidad.
Nietzsche describió el resentimiento como un impulso nacido de la impotencia y orientado a condenar al adversario desde una posición de superioridad reactiva. Un discurso construido sobre agravios permanentes, sospechas y necesidad de desenmascarar al otro, termina viendo culpa en cualquier discrepancia. Persuadir interesa menos que degradar. Integrar importa menos que señalar. El adversario ya no es alguien equivocado y pasa a convertirse en algo moralmente contaminado, desapareciendo el diálogo.
En España esa deriva encuentra un terreno especialmente delicado: la batalla contra la herencia de su pasado histórico e imperial. Una de las expresiones más reveladoras del nihilismo contemporáneo consiste en convertir el pasado entero en un juicio sumarísimo desde el presente. Aunque la revisión crítica de episodios históricos forma parte de cualquier cultura adulta, la demolición selectiva de una tradición completa responde a otro propósito. Cuando una comunidad empieza a mirar su herencia solo como un depósito de abusos, cuando aprende a desconfiar de sus empresas históricas, de su lengua compartida, de su proyección civilizatoria y de las continuidades que la formaron, queda más expuesta a la manipulación. La historia deja de ser experiencia acumulada y se convierte en material de derribo. Esa amputación en la transmisión empobrece el juicio y entrega a las generaciones jóvenes un país sin una base. Borrar las huellas de una civilización ha sido siempre una forma eficaz de someter a quienes la heredan. También ha servido para encubrir la mediocridad de ciertos dirigentes incapaces de estar a la altura de ese legado y para reavivar el viejo resentimiento de potencias rivales de otros tiempos y de quienes combatieron esa tradición sin lograr destruirla, salvo por la vía de la calumnia y la propaganda.
Ese vaciamiento de la memoria enlaza con otro fenómeno central: el control mediante relatos, emociones y reflejos. La sociedad hiperconectada permite modelar percepciones con una precisión desconocida hace apenas unas décadas. El poder, más eficaz, ya no necesita imponer cada conducta; le basta con fijar marcos mentales, premiar adhesiones previsibles y hacer costoso y sospechoso el pensamiento independiente. La sobreinformación, la simplificación y la polarización tribal producen ciudadanos saturados, fatigados y enormemente moldeables. El terreno cultural queda así preparado para consignas rápidas, una pedagogía sentimental de masas y una vigilancia en la que los propios ciudadanos actúan como agentes de esa disciplina.
Por eso esta deriva, en el ámbito hispánico, encuentra en ciertas formas de indigenismo militante de nuevo cuño un cauce eficaz para reordenar el espacio público. A menudo no nace de las comunidades indígenas reales, cuya relación histórica con la Corona fue bastante más compleja y, en no pocos casos, de alianza o apoyo, sino de construcciones ideológicas contemporáneas que convierten el pasado en un repertorio de agravios puesto al servicio de la política del presente. De ahí nace la idea de que la identidad vale más que el argumento, de que la historia debe reducirse a un inventario de culpas, de que la emoción pesa más que la razón y que toda discrepancia encierra una violencia latente. Ese esquema ha penetrado con facilidad en burocracias, corporaciones, plataformas y aparatos culturales. El resultado es un conformismo reciente, disfrazado de rebeldía, muy funcional para gobernar sociedades desorientadas y volverlas más dependientes y fáciles de dirigir, incluso por intereses económicos favorecidos por su fragmentación.
La sociedad necesita otra cosa: una verdad compartida, aulas que enseñen a pensar, memoria histórica sin autoodio e instituciones capaces de soportar el desacuerdo. Necesita ciudadanos con criterio propio y autonomía material, no repetidores de consignas. Necesita también recuperar el vínculo entre justicia y realidad, entre dignidad y responsabilidad y equilibrar crítica con construcción.
El nuevo nihilismo no se presenta como una doctrina explícita; opera como pedagogía, lenguaje, presión ambiental e ingeniería social del desarraigo. Degrada el juicio, adelgaza la tradición, rompe vínculos, inclusive los más elementales, empezando por la familia, y expone a la comunidad al control. Su promesa suena emancipadora, pero su balance resulta empobrecedor. Una nación que se respeta conserva la libertad de criterio para discutir sin estigmatizar, recordar sin avergonzarse de existir y afirmar su continuidad histórica sin pedir permiso a los censores del presente.
A una de esas tendencias se la suele llamar “woke” (voz derivada del inglés awoke, despertar). El término importa menos que sus efectos: identitarismo, culpa, sensibilidad erigida en criterio y una presión difusa que castiga la discrepancia antes de expresarse con serenidad. Lo peor es su resistencia a contrastar lo que afirma y su tendencia a esquivar el debate.
Aunque el término se desgaste, sigue designando una forma de moralismo que ha reemplazado la discusión por la acusación, la verdad por la impresión subjetiva y la complejidad humana por un repertorio de identidades heridas, culpas heredadas y consignas de consumo rápido. La corrección política forma parte de ese paisaje cultural y ha terminado proyectándose mucho más allá del lenguaje.
Atravesamos una nueva forma de nihilismo: no consiste en negar abiertamente todo valor, sino en vaciarlo. Las palabras siguen ahí, pero pierden peso, se fragmentan y acaban subordinadas a lo útil, a lo inmediato y a la impresión del momento. Este vaciamiento adquiere un supuesto tono moral, reparte culpas con rapidez y adopta un aire de superioridad ética.
Nietzsche vinculó su teoría a la desvalorización de los valores supremos. La cultura actual está produciendo una variante singular: mantiene el gesto acusador y vacía el suelo que debería sostenerlo. Ahí reside su fuerza y también su debilidad. Se sigue hablando en nombre del bien, pero no existe una base consistente que permita distinguirlo del capricho, la consigna o el impulso del momento. De ahí nace una escena pública cargada de condenas e incapaz de justificar desde qué idea del bien o de la verdad se juzga.
Ese rasgo explica una de las paradojas más visibles de esta corriente. Su léxico está lleno de palabras nobles: dignidad, inclusión, diversidad, cuidado, reparación. Su método se apoya con frecuencia en simplificaciones elementales: dividir el espacio público entre víctimas y sospechosos, leer a cada individuo desde una casilla preconcebida y convertir la experiencia subjetiva en criterio casi soberano. La persona ya no es vista en su singularidad, con responsabilidad, contradicciones y libertad interior. Pasa a ser representante de una etiqueta. La política, en ese marco, abandona el debate sobre el bien común y el contrato social para organizarse como un sistema de adscripciones enfrentadas. De ahí se pasa con facilidad a desconfiar de cualquier relato histórico y a fragmentar el sentir compartido.
Cuando una cultura mantiene palabras morales, pero ha perdido el criterio que les daba consistencia, los juicios públicos se convierten en expresiones de preferencia, adhesión o rechazo, envueltas en apariencia de objetividad. Esto convierte la discusión pública en pura reacción impulsiva. Se condena mucho y se argumenta poco. Se invoca la justicia y se eluden los criterios comunes que permitirían debatirla con madurez. Cada bando eleva sus reacciones a rango de verdad indiscutible. El resultado es un teatro continuo de superioridad ética, sin disciplina intelectual ni rigor. Y, al final, una civilización debilitada cede espacio a otras más seguras de lo que son y de lo que quieren.
Este ambiente favorece una mutación política muy concreta. Algunos movimientos ideológicos occidentales han sustituido el proyecto por ideología pura. Allí donde faltan proyecto, solvencia y ambición de largo plazo, aparecen la pedagogía de la culpa, la guerra sobre los símbolos y la administración anímica del conflicto. El poder deja de ordenar prioridades materiales y pasa a gestionar fidelidades de grupo. Importa menos mejorar la vida de la gente que disciplinar el lenguaje, reorganizar agravios y exhibir pureza moral. Esa lógica resulta eficaz para movilizar bloques, incendiar redes y conservar fidelidades militantes. Sirve para evitar preguntas más duras sobre educación, trabajo, vivienda, natalidad, continuidad nacional, cohesión social o soberanía cultural.
El nuevo nihilismo encuentra en la cultura de la cancelación uno de sus instrumentos preferidos. Esa dinámica convierte en ostracismo o castigo público a las opiniones consideradas intolerables. Lo decisivo no es la existencia del reproche social, normal en toda sociedad viva, sino la facilidad con la que el desacuerdo deja de ser un hecho ordinario de libertad y se convierte en estigma. La reputación pasa a depender de una vigilancia difusa, ejercida desde redes, entornos profesionales, campus y pequeños tribunales informales e incluso desde instancias de poder revestidas de legitimidad. La libertad académica sufre especialmente cuando la presión ambiental impone ortodoxias de hecho y un totalitarismo del pensamiento.
La raíz de esa violencia blanda se encuentra en una idea pobre del ser humano. Ese clima fomenta un “yo” hipersensible, formado para detectar agravios y poco preparado para soportar fricciones, contradicciones o límites. La sensibilidad sustituye al carácter. La susceptibilidad desplaza a la fortaleza. Casi podría hablarse de una sociedad que retrocede hacia una adolescencia prolongada. En sus formas más expansivas, la cultura woke ha optado por una simplificación sentimental de esa complejidad.
Nietzsche describió el resentimiento como un impulso nacido de la impotencia y orientado a condenar al adversario desde una posición de superioridad reactiva. Un discurso construido sobre agravios permanentes, sospechas y necesidad de desenmascarar al otro, termina viendo culpa en cualquier discrepancia. Persuadir interesa menos que degradar. Integrar importa menos que señalar. El adversario ya no es alguien equivocado y pasa a convertirse en algo moralmente contaminado, desapareciendo el diálogo.
En España esa deriva encuentra un terreno especialmente delicado: la batalla contra la herencia de su pasado histórico e imperial. Una de las expresiones más reveladoras del nihilismo contemporáneo consiste en convertir el pasado entero en un juicio sumarísimo desde el presente. Aunque la revisión crítica de episodios históricos forma parte de cualquier cultura adulta, la demolición selectiva de una tradición completa responde a otro propósito. Cuando una comunidad empieza a mirar su herencia solo como un depósito de abusos, cuando aprende a desconfiar de sus empresas históricas, de su lengua compartida, de su proyección civilizatoria y de las continuidades que la formaron, queda más expuesta a la manipulación. La historia deja de ser experiencia acumulada y se convierte en material de derribo. Esa amputación en la transmisión empobrece el juicio y entrega a las generaciones jóvenes un país sin una base. Borrar las huellas de una civilización ha sido siempre una forma eficaz de someter a quienes la heredan. También ha servido para encubrir la mediocridad de ciertos dirigentes incapaces de estar a la altura de ese legado y para reavivar el viejo resentimiento de potencias rivales de otros tiempos y de quienes combatieron esa tradición sin lograr destruirla, salvo por la vía de la calumnia y la propaganda.
Ese vaciamiento de la memoria enlaza con otro fenómeno central: el control mediante relatos, emociones y reflejos. La sociedad hiperconectada permite modelar percepciones con una precisión desconocida hace apenas unas décadas. El poder, más eficaz, ya no necesita imponer cada conducta; le basta con fijar marcos mentales, premiar adhesiones previsibles y hacer costoso y sospechoso el pensamiento independiente. La sobreinformación, la simplificación y la polarización tribal producen ciudadanos saturados, fatigados y enormemente moldeables. El terreno cultural queda así preparado para consignas rápidas, una pedagogía sentimental de masas y una vigilancia en la que los propios ciudadanos actúan como agentes de esa disciplina.
Por eso esta deriva, en el ámbito hispánico, encuentra en ciertas formas de indigenismo militante de nuevo cuño un cauce eficaz para reordenar el espacio público. A menudo no nace de las comunidades indígenas reales, cuya relación histórica con la Corona fue bastante más compleja y, en no pocos casos, de alianza o apoyo, sino de construcciones ideológicas contemporáneas que convierten el pasado en un repertorio de agravios puesto al servicio de la política del presente. De ahí nace la idea de que la identidad vale más que el argumento, de que la historia debe reducirse a un inventario de culpas, de que la emoción pesa más que la razón y que toda discrepancia encierra una violencia latente. Ese esquema ha penetrado con facilidad en burocracias, corporaciones, plataformas y aparatos culturales. El resultado es un conformismo reciente, disfrazado de rebeldía, muy funcional para gobernar sociedades desorientadas y volverlas más dependientes y fáciles de dirigir, incluso por intereses económicos favorecidos por su fragmentación.
La sociedad necesita otra cosa: una verdad compartida, aulas que enseñen a pensar, memoria histórica sin autoodio e instituciones capaces de soportar el desacuerdo. Necesita ciudadanos con criterio propio y autonomía material, no repetidores de consignas. Necesita también recuperar el vínculo entre justicia y realidad, entre dignidad y responsabilidad y equilibrar crítica con construcción.
El nuevo nihilismo no se presenta como una doctrina explícita; opera como pedagogía, lenguaje, presión ambiental e ingeniería social del desarraigo. Degrada el juicio, adelgaza la tradición, rompe vínculos, inclusive los más elementales, empezando por la familia, y expone a la comunidad al control. Su promesa suena emancipadora, pero su balance resulta empobrecedor. Una nación que se respeta conserva la libertad de criterio para discutir sin estigmatizar, recordar sin avergonzarse de existir y afirmar su continuidad histórica sin pedir permiso a los censores del presente.


