Es justo aquello que conviene


..

JUAN LUIS PÉREZ TORNELL

Se adivina el final de la República y aparece en la política, para sorpresa y perplejidad de muchos, un nuevo cesarismo del que en el siglo XXI sólo podría pensarse, hasta anteayer mismo, que desapareció para siempre en el tenebroso siglo XX. Días felices lo del “Final de la Historia” que acompañó al final del comunismo.

Se dijera que el mundo era ya sólo de poderosos burócratas vegetarianos y amantes de los animales, solidarios e iguales y dulcemente corruptos, alborada de un nuevo tiempo esperanzado y poblado, demasiado poblado, de gestores dejándose la piel por nuestro Estado del Bienestar, justos e igualitarios, unidos en precario equilibrio sobre bases y principios morales idénticos.

Pues no.

Es bonito pero falso. Precisamente por falso dista mucho de ser bonito.

Se hace necesario ir tomando conocimiento de la realidad inimaginable y asumir que no basta con refutar en salmodia la verdad que nos preocupa para pensar que, ese sólo hecho, lo hará desaparecer como por un poderosísimo conjuro.

Nos asombra que la ONU y su coro de admiradores vuelva a tropezar con la ingenuidad de la Sociedad de Naciones de entreguerras. No existe el Derecho Internacional más que como guía moral. Desde luego el Derecho Penal Internacional Penal sólo existe en la mente de juristas de dudosa catadura como Baltasar Garzón, en sus lucrativas ensoñaciones. Y eso es así en la medida en que únicamente es aplicable a los vencidos, asesinos nazis, asesinos serbios, asesinos hutus… el genocidio Israelí, televisado casi en directo, para que sea tal, exige una derrota. No basta adjetivarlo para que se desprenda de ello una condena efectiva.

Trasímaco de Calcedonia, sofista y aguafiestas, lo manifestó a propósito de la justicia, y así, en la controversia con Sócrates, lo puso negro sobre blanco Platón en la “La República” (libro III): «lo justo no es otra cosa que lo que conviene al más fuerte». Conviene no confundir la justicia, premisa moral (“Constante y perpetua voluntad de dar a cada cual lo suyo”), con el derecho “el arte de lo bueno y equitativo” según la definición del jurista romano Ulpiano. El derecho sin la fuerza para imponer sus aceptables y consensuados razonamientos no es más que una vaguedad moral con derecho al pataleo. La “auctoritas” sin fuerza sólo es moral, la “potestas” de los césares sin derecho ni límites sólo es tiranía.

Hoy se va plasmando con los césares actuales una realidad oculta como antigua, tan cierta como incómoda la psicopatía desnuda al derecho con sus actos casi cada día.

Lo hemos visto estos años con nuestro extraño césar de la Moncloa, "Lo que place al príncipe tiene fuerza de ley", y lo vemos, pequeño heraldo, magnificado en otra escala, en los personajes que dominan las potencias mundiales en enero de 2026, dotados de terribles medios para imponer, sin oposición, la dura, la siniestra verdad de Trasímaco.