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J. A. SÁEZ CALVO
Ahora que llegan estas fechas, conviene decirlo sin rodeos, sin perífrasis amables ni fórmulas edulcoradas: Feliz Navidad. No el comodín que en algunas ocasiones pretenden usar como una alternativa con “felices fiestas”.
De hecho, el 30 de noviembre de 2021 la Comisión Europea publicó internamente y difundió unas “Guidelines for Inclusive Communication” (Guía de comunicación inclusiva) impulsadas por la comisaria de Igualdad Helena Dalli. El documento incluía ejemplos y sugerencias prácticas, entre ellas, usar fórmulas neutras como “season’s greetings” (“felices fiestas”) en comunicaciones institucionales en la época navideña. Además, inserta una estrategia más amplia para evitar expresiones como “Christian name” (nombre de pila) para usar “First name” (nombre).
Esta obsesión por lo correcto, que obviamente se desvía de lo real, ya generó polémica y el documento fue retirado. Desgraciadamente la Navidad se sigue convirtiendo en un objeto político.
Y es que fiestas ya las hay todo el año. El calendario está repleto de ellas, y también la vida privada: bodas, bautizos, comuniones, aniversarios, celebraciones varias que no necesitan mayor justificación que la alegría compartida. La Navidad, en cambio, es otra cosa. Es un tiempo distinto, con un significado propio, profundo, histórico, cultural y religioso. Y no debe pasar nada por reconocerlo.
Esta festividad forma parte del sustrato cristiano sobre el que se ha construido Occidente. En absoluto es una consigna política ni una provocación identitaria. Es un hecho. Negarlo no nos hace más modernos ni más libres; nos conduce a una idea empobrecida de progreso y nos vuelve más frágiles frente a la pérdida de referentes. Europa no nació en un vacío neutro; se forjó a lo largo de siglos de pensamiento, conflicto, sacrificio y reflexión, donde el cristianismo, con todas sus luces y sombras, actuó como eje vertebrador de valores, instituciones y marcos morales. Entre ellos, unos esenciales: la familia, la libertad individual y la dignidad de la persona.
De ahí surge algo que hoy muchos dan por descontado, pero que no es universal ni automático, es la posibilidad de criticarnos a nosotros mismos sin que una espada, literal o metafórica, penda sobre nuestras cabezas. La autocrítica, la ironía, la libertad de conciencia, la discusión pública, incluso la blasfemia o la herejía intelectual, han sido posibles porque esta civilización aprendió, no sin dolor, a separar el poder de la fe, la razón del dogma y a distinguir la ley del capricho del gobernante. Y todo esto costó sangre, batallas, revoluciones, exilios, cárceles, martirios y generaciones enteras de debate con los mejores filósofos y pensadores.
Por eso resulta, cuando menos llamativo, que ahora, en nombre de una supuesta sensibilidad superior, en algunos ámbitos, se nos invite a diluir esta celebración en un genérico “fiestas”, “vacaciones” o “descanso” para no ofender. ¿En qué y a quién, exactamente? ¿Y desde cuándo nombrar lo que somos equivale a imponerlo? También se desean Felices Pascuas, saludo tradicional que abarca el ciclo navideño, y esto no obliga a nadie a creer, a comulgar ni a rezar. Es una expresión arraigada, una fórmula cultural compartida, del mismo modo que no es para sentirse violentado porque el calendario marque Semana Santa, Ramadán o Janucá, aunque no se participe de esas tradiciones.
El planteamiento de que evitar palabras protege la convivencia es, sencillamente, falsa. Las sociedades no se rompen por nombrar sus raíces; se debilitan cuando renuncian a ellas por miedo, por cansancio o por una culpabilidad mal entendida. El pluralismo no consiste en borrar lo propio, sino en convivir con lo ajeno desde una identidad segura, no acomplejada. Solo quien sabe quién es puede respetar de verdad al otro.
No representa un concepto abstracto, porque arranca de un hecho concreto, sencillo y profundamente incómodo para algunos. Y aquí está la paradoja que a menudo se olvida: de una cuna pobre surge una realidad inmensa. La Sagrada Familia y el seguimiento de un hombre reconocido como Dios por sus discípulos, que vive como los demás, trabaja, camina, se cansa, llora, se enfrenta a la injusticia y enseña con el ejemplo. Esa figura introduce una revolución silenciosa como que la grandeza no está necesariamente en la fuerza, la riqueza o la dominación, sino en la humildad, en el esfuerzo, en el servicio y en la conciencia. Durante dos mil años, ha modelado una civilización, ha inspirado obras, ha levantado hospitales, universidades, cofradías, arte, música, derecho, y discusiones durísimas que terminaron alumbrando límites al poder. Esta idea, radical en su momento, impregnó la noción de caridad, de cuidado del débil y de responsabilidad social. No siempre se aplicó bien, es cierto, pero dejó un poso que aún hoy sostiene muchas de nuestras intuiciones morales.
De ahí derivan instituciones, derechos, conceptos jurídicos y políticos que solemos atribuir a una modernidad abstracta, como si hubieran surgido por generación espontánea en el siglo XX. La democracia liberal, el reconocimiento de libertades, derechos, propiedad, tienen una genealogía larga y compleja, donde el cristianismo dialogó, chocó y finalmente convivió con la razón clásica y la Ilustración. Renegar de esa herencia no nos hace más ilustrados; nos vuelve superficiales.
Esta conmemoración, además de los aspectos teológicos y de recogimiento, también es calle, luces, comercio, viajes, mesas compartidas, trabajo extra en diciembre. Hay quien lo reduce a consumismo y quien lo despacha como frivolidad, pero convendría recordar que detrás hay encuentros, empleo, pequeños negocios que se juegan el año y personas que sacan adelante su sustento sin hacer ruido. Nada de eso debe manchar el concepto, confundiendo el envoltorio con el interior.
Resulta paradójico que, en nombre de la tolerancia, se promueva una especie de autocensura que solo parece exigirse a una parte. Nadie propone suprimir celebraciones ajenas para no incomodar, tampoco se pide neutralizar símbolos de otras costumbres cuando llegan sus momentos señalados. Es absurdo, pues, que nuestra vida cotidiana, nuestro modo de ser se convierta en problema, como si fuera necesario pedir perdón por vivirla. Esta asimetría es fruto de una desorientación.
Desear Feliz Navidad no es una agresión. Es una afirmación tranquila de lo que somos, de lo que hemos sido y de lo que, con todas las correcciones necesarias, seguiremos siendo. No implica negar la diversidad ni desconocer la pluralidad religiosa o simbólica de nuestras sociedades actuales. Supone, simplemente, no mentirnos a nosotros mismos. Las comunidades que sobreviven son las que saben integrar lo nuevo sin amputar lo antiguo.
Hay, además, algo profundamente humano en el tiempo navideño que trasciende credos: la reunión familiar, el recuerdo de los ausentes y el deseo de paz. Son temas universales articulados a través de una narrativa propia que ha desarrollado un lenguaje, símbolos y gestos compartidos, que no se pueden sustituir por fórmulas neutras y vacías.
Hablemos con naturalidad, sin pedir permiso por existir culturalmente. La libertad de expresión es decir lo obvio sin que alguien lo considere sospechoso. Y hoy lo claro es que la Navidad lo sigue siendo, por mucho que algunos quieran rebautizarla para tranquilizar conciencias inquietas.
Así que sí: ¡Feliz Navidad! Dicho con respeto, con serenidad y sin complejos. Porque reconocer nuestra tradición no es excluyente. Al contrario, es la condición necesaria para dialogar de igual a igual, sin disfraces ni eufemismos. Porque una civilización que ha llegado hasta aquí a base de esfuerzo, sacrificio y pensamiento crítico no debería avergonzarse de desear, una vez al año, algo tan sencillo y profundo como reconocer parte de nuestra identidad.
De hecho, el 30 de noviembre de 2021 la Comisión Europea publicó internamente y difundió unas “Guidelines for Inclusive Communication” (Guía de comunicación inclusiva) impulsadas por la comisaria de Igualdad Helena Dalli. El documento incluía ejemplos y sugerencias prácticas, entre ellas, usar fórmulas neutras como “season’s greetings” (“felices fiestas”) en comunicaciones institucionales en la época navideña. Además, inserta una estrategia más amplia para evitar expresiones como “Christian name” (nombre de pila) para usar “First name” (nombre).
Esta obsesión por lo correcto, que obviamente se desvía de lo real, ya generó polémica y el documento fue retirado. Desgraciadamente la Navidad se sigue convirtiendo en un objeto político.
Y es que fiestas ya las hay todo el año. El calendario está repleto de ellas, y también la vida privada: bodas, bautizos, comuniones, aniversarios, celebraciones varias que no necesitan mayor justificación que la alegría compartida. La Navidad, en cambio, es otra cosa. Es un tiempo distinto, con un significado propio, profundo, histórico, cultural y religioso. Y no debe pasar nada por reconocerlo.
Esta festividad forma parte del sustrato cristiano sobre el que se ha construido Occidente. En absoluto es una consigna política ni una provocación identitaria. Es un hecho. Negarlo no nos hace más modernos ni más libres; nos conduce a una idea empobrecida de progreso y nos vuelve más frágiles frente a la pérdida de referentes. Europa no nació en un vacío neutro; se forjó a lo largo de siglos de pensamiento, conflicto, sacrificio y reflexión, donde el cristianismo, con todas sus luces y sombras, actuó como eje vertebrador de valores, instituciones y marcos morales. Entre ellos, unos esenciales: la familia, la libertad individual y la dignidad de la persona.
De ahí surge algo que hoy muchos dan por descontado, pero que no es universal ni automático, es la posibilidad de criticarnos a nosotros mismos sin que una espada, literal o metafórica, penda sobre nuestras cabezas. La autocrítica, la ironía, la libertad de conciencia, la discusión pública, incluso la blasfemia o la herejía intelectual, han sido posibles porque esta civilización aprendió, no sin dolor, a separar el poder de la fe, la razón del dogma y a distinguir la ley del capricho del gobernante. Y todo esto costó sangre, batallas, revoluciones, exilios, cárceles, martirios y generaciones enteras de debate con los mejores filósofos y pensadores.
Por eso resulta, cuando menos llamativo, que ahora, en nombre de una supuesta sensibilidad superior, en algunos ámbitos, se nos invite a diluir esta celebración en un genérico “fiestas”, “vacaciones” o “descanso” para no ofender. ¿En qué y a quién, exactamente? ¿Y desde cuándo nombrar lo que somos equivale a imponerlo? También se desean Felices Pascuas, saludo tradicional que abarca el ciclo navideño, y esto no obliga a nadie a creer, a comulgar ni a rezar. Es una expresión arraigada, una fórmula cultural compartida, del mismo modo que no es para sentirse violentado porque el calendario marque Semana Santa, Ramadán o Janucá, aunque no se participe de esas tradiciones.
El planteamiento de que evitar palabras protege la convivencia es, sencillamente, falsa. Las sociedades no se rompen por nombrar sus raíces; se debilitan cuando renuncian a ellas por miedo, por cansancio o por una culpabilidad mal entendida. El pluralismo no consiste en borrar lo propio, sino en convivir con lo ajeno desde una identidad segura, no acomplejada. Solo quien sabe quién es puede respetar de verdad al otro.
No representa un concepto abstracto, porque arranca de un hecho concreto, sencillo y profundamente incómodo para algunos. Y aquí está la paradoja que a menudo se olvida: de una cuna pobre surge una realidad inmensa. La Sagrada Familia y el seguimiento de un hombre reconocido como Dios por sus discípulos, que vive como los demás, trabaja, camina, se cansa, llora, se enfrenta a la injusticia y enseña con el ejemplo. Esa figura introduce una revolución silenciosa como que la grandeza no está necesariamente en la fuerza, la riqueza o la dominación, sino en la humildad, en el esfuerzo, en el servicio y en la conciencia. Durante dos mil años, ha modelado una civilización, ha inspirado obras, ha levantado hospitales, universidades, cofradías, arte, música, derecho, y discusiones durísimas que terminaron alumbrando límites al poder. Esta idea, radical en su momento, impregnó la noción de caridad, de cuidado del débil y de responsabilidad social. No siempre se aplicó bien, es cierto, pero dejó un poso que aún hoy sostiene muchas de nuestras intuiciones morales.
De ahí derivan instituciones, derechos, conceptos jurídicos y políticos que solemos atribuir a una modernidad abstracta, como si hubieran surgido por generación espontánea en el siglo XX. La democracia liberal, el reconocimiento de libertades, derechos, propiedad, tienen una genealogía larga y compleja, donde el cristianismo dialogó, chocó y finalmente convivió con la razón clásica y la Ilustración. Renegar de esa herencia no nos hace más ilustrados; nos vuelve superficiales.
Esta conmemoración, además de los aspectos teológicos y de recogimiento, también es calle, luces, comercio, viajes, mesas compartidas, trabajo extra en diciembre. Hay quien lo reduce a consumismo y quien lo despacha como frivolidad, pero convendría recordar que detrás hay encuentros, empleo, pequeños negocios que se juegan el año y personas que sacan adelante su sustento sin hacer ruido. Nada de eso debe manchar el concepto, confundiendo el envoltorio con el interior.
Resulta paradójico que, en nombre de la tolerancia, se promueva una especie de autocensura que solo parece exigirse a una parte. Nadie propone suprimir celebraciones ajenas para no incomodar, tampoco se pide neutralizar símbolos de otras costumbres cuando llegan sus momentos señalados. Es absurdo, pues, que nuestra vida cotidiana, nuestro modo de ser se convierta en problema, como si fuera necesario pedir perdón por vivirla. Esta asimetría es fruto de una desorientación.
Desear Feliz Navidad no es una agresión. Es una afirmación tranquila de lo que somos, de lo que hemos sido y de lo que, con todas las correcciones necesarias, seguiremos siendo. No implica negar la diversidad ni desconocer la pluralidad religiosa o simbólica de nuestras sociedades actuales. Supone, simplemente, no mentirnos a nosotros mismos. Las comunidades que sobreviven son las que saben integrar lo nuevo sin amputar lo antiguo.
Hay, además, algo profundamente humano en el tiempo navideño que trasciende credos: la reunión familiar, el recuerdo de los ausentes y el deseo de paz. Son temas universales articulados a través de una narrativa propia que ha desarrollado un lenguaje, símbolos y gestos compartidos, que no se pueden sustituir por fórmulas neutras y vacías.
Hablemos con naturalidad, sin pedir permiso por existir culturalmente. La libertad de expresión es decir lo obvio sin que alguien lo considere sospechoso. Y hoy lo claro es que la Navidad lo sigue siendo, por mucho que algunos quieran rebautizarla para tranquilizar conciencias inquietas.
Así que sí: ¡Feliz Navidad! Dicho con respeto, con serenidad y sin complejos. Porque reconocer nuestra tradición no es excluyente. Al contrario, es la condición necesaria para dialogar de igual a igual, sin disfraces ni eufemismos. Porque una civilización que ha llegado hasta aquí a base de esfuerzo, sacrificio y pensamiento crítico no debería avergonzarse de desear, una vez al año, algo tan sencillo y profundo como reconocer parte de nuestra identidad.


