Energía sin mirada: cuando una transición amenaza la memoria del territorio


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J. A. SÁEZ CALVO

Hay lugares donde el tiempo no se mide por relojes, sino por la fidelidad con que los paisajes han acompañado a generaciones. La luz que se filtra entre cerros, las vaguadas que descienden hacia los cultivos, las sendas que atraviesan colinas, los núcleos que conservan su traza original y esos silencios de un atardecer explican por qué un pueblo mantiene su identidad. Granada y Almería comparten ese tipo de sensibilidad. Dos provincias distintas, pero unidas por un vínculo profundo, por su historia común, con sus formas naturales y humanas. Hoy, al igual que con otra provincia hermana, Jaén, esa conexión está sometida a una presión creciente debido a la expansión descontrolada de parques solares y eólicos que, en determinados emplazamientos, pueden alterar áreas de enorme peso histórico.

Su proliferación en áreas frágiles exige examinar con detalle las consecuencias. En ámbitos especialmente sensibles, la falta de una planificación precisa, la rapidez con que se autorizan ciertas actuaciones y la dificultad de acceder a una documentación gráfica completa impiden una evaluación sólida. Esta escasez de datos obstaculiza la comprensión del impacto real en el que el legado no siempre aparece en registros oficiales; pero sí constituye una parte esencial del carácter local y compartido.

Uno de los problemas más evidentes es la ausencia de planos georreferenciados que faciliten situar estas iniciativas en relación con componentes relevantes del territorio. En buena parte de Almería, los promotores no publican mapas que permitan conocer la proximidad de las instalaciones a veredas antiguas, cortijadas tradicionales, yacimientos arqueológicos, ramales de larga memoria y formatos agrarios de notable continuidad. Esto obliga a asociaciones, vecinos o investigadores a trabajar prácticamente a ciegas, carentes de herramientas que hagan posible un examen objetivo. Cuando una infraestructura eólica o solar se sitúa sobre una parcela concreta, pero la administración no ofrece información completa sobre los bienes culturales y rutas próximas, se debilita la transparencia y con ella, la confianza pública.

En Granada la situación es distinta en ciertos puntos. En el entorno de El Fargue sí existen delimitaciones y elementos topográficos que muestran con claridad la correspondencia de las propuestas y los espacios protegidos que rodean la ciudad. Allí, la proximidad a lugares de significado excepcional, por ejemplo, la Alhambra, el Generalife, el Albaicín o el Valle del Darro obliga a una prudencia máxima. La Sabika, el cerro donde se alza la Alhambra mantiene una conexión visual y simbólica que no se comprende sin el horizonte que lo envuelve. Cualquier intervención en esa franja altera una lectura histórica que se ha mantenido durante siglos. Además, la UNESCO evalúa con atención la preservación de los contextos visuales de los bienes inscritos, y una alteración perceptible en su escenario inmediato podría generar un conflicto difícil de asumir. En esta zona, el paraje habla por sí solo y muestra dónde empieza el riesgo y dónde se pone en juego algo más que una cuestión técnica. Aquí, una actuación mal situada trasciende lo energético y se convierte en un problema. En este contexto, adquiere pleno sentido la reciente decisión del Ayuntamiento de Granada de desestimar el proyecto de los parques fotovoltaicos del Fargue, asegurando la permanencia de un entorno patrimonial y la salvaguarda de sus valores.

En otros sectores la realidad es distinta, pero igualmente delicada. Itinerarios antiguos como el recorrido vinculado a la salida de Boabdil hacia la Alpujarra y el Andarax mantienen tramos que conservan su trazado, aunque no siempre poseen protección legal. Su valor se reconoce en la cartografía antigua, en documentos municipales y en la continuidad de las zonas rurales que los rodean. Ausente una figura jurídica que los ampare, los caminos quedan expuestos. Una instalación cercana puede no violar ninguna norma, pero sí dificultar la percepción natural del trayecto, y desdibujar la raíz que aún late. La protección del patrimonio no siempre depende de un decreto; a menudo recae en las manos de la prudencia de quienes deciden.

El interior almeriense vive una transformación profunda, silenciosa pero constante. En los municipios de Tabernas o Lucainena de las Torres se proyectan intervenciones que superan incluso las 200 hectáreas y que incluyen decenas de miles de módulos cada una. En estos campos sobreviven estructuras agrarias tradicionales, junto a potentes plantaciones de olivo que enriquecen el sector y la economía, aportando trabajo y cultura gastronómica y ahora son despiadadamente arrancadas. Aquí encontramos ramblas que actuaron de corredores naturales, cortijos que mantienen sus tipologías originales y rutas que enlazan poblaciones con siglos de existencia. La implantación masiva de parques altera la escala del lugar y modifica la interpretación del conjunto. En estos parajes, el paisaje, concebido como un vínculo vivo entre quienes lo habitan y la tierra que cultivan, pierde cohesión cuando proliferan las grandes plantas fotovoltaicas o eólicas.

Estas realidades son difíciles de comprender sin recurrir a instrumentos de análisis territorial. Por ejemplo, PV Maps es una plataforma que permite localizar cada planta solar en funcionamiento o en tramitación. Si se combinan esos datos con mapas antiguos, catastros, archivos municipales y ortofotos de distintas épocas, se obtiene una imagen precisa de la evolución de una comarca y de las interferencias que se están generando. Con herramientas libres como QGIS, es sencillo medir distancias, estudiar la visibilidad desde distintos puntos o analizar la relación entre obras y elementos patrimoniales. No se requieren grandes medios, basta método y voluntad de entender lo que ocurre.

A esta información técnica se suman otras fuentes igualmente necesarias: fotografías tomadas sobre el terreno, testimonios de vecinos que conocen las prácticas del lugar, planos recuperados en archivos, comparaciones cartográficas de distintas épocas o el estudio de las formas seculares de vivencia. Acequias que continúan irrigando huertas antiguas, eras trilladas, ramales de vías ganaderas que resisten el paso del tiempo, recorridos que conectan caseríos dispersos y que coinciden con rutas medievales. Nada de esto debería ser ignorado. Una franja territorial no se define solo por su capacidad de producción eléctrica solar.

Cuando una actuación está en fase de tramitación, es imprescindible revisar los expedientes con un criterio amplio. Las evaluaciones ambientales deben detallar de forma explícita si se han valorado los efectos acumulativos, la existencia y alcance de los reportes preceptivos, así como las conclusiones de los dictámenes técnicos. En el ámbito cultural, resulta necesario un análisis riguroso de los itinerarios históricos, los núcleos etnográficos y las dinámicas propias del paisaje tradicional, evitando referencias genéricas o superficiales que no transmiten la complejidad real del ámbito ni permiten comprender la dimensión patrimonial afectada.

La ordenación del territorio debería adelantarse a cualquier conflicto. Si un trazado atribuido a Boabdil se está valorando para unir poblaciones a través de la Alpujarra y el Andarax, resulta imprescindible conservar su esencia antes de rodearlo de campos grises que lo desdibujen. La identidad de una región también depende de su coherencia espacial. Una senda que discurre entre colinas cultivadas, cortijos y barrancos pierde su sentido si aparece delimitado por polígonos de paneles. No hace falta un título jurídico para comprenderlo, basta con caminarla.

La generación solar es una tecnología útil y forma parte del llamado mix energético; pero no puede prosperar bajo la idea de que cualquier suelo soleado es un espacio disponible. Las actuaciones deben adaptarse al lugar, no al contrario. Existen alternativas: integración urbana, autoconsumo, cubiertas industriales, aparcamientos fotovoltaicos, estructuras para sombra agrícola o plantas de menor tamaño situadas en terrenos ya alterados. Un cambio responsable escucha al terreno que lo sostiene, no lo desplaza.

Granada y Almería necesitan un modelo claro, cuidadoso con su legado y ajeno a la improvisación. Proteger los horizontes no es frenar el avance, sino dar estabilidad al futuro. La energía que llega debe iluminar un entorno que conserve su sentido, no una tierra despojada de las huellas que lo sostienen. Si la planificación se hace con rigor, la transición que se impulsa podrá convivir con la memoria colectiva. Si no, acabaremos mirando un horizonte donde nada recuerde quiénes fuimos.