La valentía de zarpar: la expansión de la civilización hispana


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J. A. SÁEZ CALVO

El 3 de agosto no figura entre las efemérides nacionales ni se conmemora con discursos institucionales, desfiles o puentes festivos. Y, sin embargo, pocas fechas han marcado con mayor profundidad la historia universal. Ese día de 1492, tres naves, dos carabelas, La Niña y La Pinta, y una nao, La Santa María, levantaron velas del puerto de Palos de la Frontera hacia lo desconocido. Ni sus tripulantes sabían lo que les esperaba ni la magnitud del cambio que estaban a punto de desencadenar. Pero lo hicieron. Partieron. Y ahí empezó todo.

Porque zarpar no es solo soltar amarras. Es desafiar el miedo, abandonar la certeza, romper con la comodidad. Es atreverse. Y aquel gesto, que pareció una locura, fue en realidad el primer acto de una evolución: la hispánica. Una forma de estar, de integrar y no excluir, de enseñar, legislar y construir más allá de conquistar. La hispanidad no nació de un accidente ni de un decreto, sino de una voluntad firme de proyectar una visión del ser humano y de lo común basada en la dignidad, el derecho y la fe católica.

Lo que siguió no fue una cruzada ni una mera empresa comercial, sino un proceso humano, que mezcla lo contradictorio con lo profundamente racional. Donde hubo conflictos, sí, pero también reflexión, porque la actuación se combinó con el debate que dieron lugar a nuevas leyes y normas, donde se impusieron bases y límites. Teólogos como Francisco de Vitoria se preguntaron si los nativos del Nuevo Mundo tenían alma, y respondieron que sí. Juristas redactaron las Leyes Nuevas y las de Indias que protegían a los indígenas, y cuya violación era sancionada. Se puede considerar también como el primer tratado en prevención de riesgos laborales. En ese contexto se discutió si una guerra podía ser justa, si un rey podía ser desobedecido, o si la esclavitud tenía algún fundamento moral. Un imperio que castiga sus excesos no es un régimen impune, es un sistema ético- jurídico que busca corregirse.

La Escuela de Salamanca, con los dominicos Francisco de Vitoria, Domingo de Soto, el franciscano Luis de Alcalá y, posteriormente los jesuitas Luis de Molina y Francisco Suárez y tantos otros, sentó las bases del derecho internacional moderno y de una conciencia crítica ante el poder. En otras latitudes aún se debatía si los poblaciones y razas dominadas eran humanas; en España se planteaban ya los principios que siglos después inspirarían las declaraciones de Naciones Unidas. Esta no fue el devenir de una causa oscurantista, sino la de un orden cultural pionero en pensar los límites éticos de su propia acción.

Si hubo abusos fueron discutidos, perseguidos, castigados y documentados con la crudeza propia de quien no quiere encubrir la verdad. En definitiva, reducir cinco siglos de estructura cultural y social compartido a una caricatura de inquisidores fanáticos y pueblos angelicales es una ofensa a la inteligencia. Ni los españoles fueron diablos, ni los mexicas santos. Los aztecas sacrificaban decenas de miles de prisioneros al año en rituales que horrorizaban incluso a otras poblaciones nativas. Muchos de estos, como tlaxcaltecas, totonacas o cempoaltecas no vieron en Cortés a un invasor, sino a un aliado.

Lo que hizo distinto al poder imperial español no fue la ausencia de errores, sino su vocación de integración. España no fundó colonias al estilo británico, construyó virreinatos. No impuso un “apartheid”, sino que generó un mestizaje real conformando una alianza duradera que aún late en las dos orillas del Atlántico. No se consolidó una élite blanca dominante, sino una sociedad donde el apellido quechua o el rostro aimara podían convivir con la lengua española y el calendario litúrgico.

El Inca Garcilaso de la Vega es fruto de ese mestizaje: noble, trilingüe, intelectual. Como él, millones de hombres y mujeres forjaron una identidad que une desde California hasta la Patagonia, desde Manila hasta Cádiz. Esa es la Hispanidad.

Y molesta porque desmonta el relato dominante. Frente al exterminio y la segregación anglosajona, el modelo hispano apostó por incorporar. Los indígenas no fueron “sujetos coloniales”, sino súbditos de pleno derecho. Por eso hubo universidades en Santo Domingo antes que en muchas ciudades europeas. Por la misma razón hay catedrales barrocas en los Andes y procesiones en Cuzco y en Manila. Durante siglos, millones de personas se sintieron parte de una misma comunidad verdadera, otros lo intentan copiar con defectos de origen y de forma como la “Commonwealth”. Hay que lamentar que esa historia, nuestra Historia, se intenta desmantelar desde fuera y, lo peor, desde dentro. La Leyenda Negra, desde sus inicios, no fue un ejercicio académico, ni nació del rigor histórico, sino fue una operación geopolítica, la necesidad de destruir a una potencia rival. Protestantes holandeses, ilustrados franceses, liberales británicos y, más tarde, los Estados Unidos, construyeron un relato donde España representaba todo lo que ellos necesitaban combatir: el catolicismo, el mestizaje, el Imperio. Y como no pudieron derrotarla en el campo de batalla, la vencieron en el terreno simbólico.

A través de los tiempos, la imprenta, los panfletos, las academias, la ilustración, el cine y la televisión hicieron el resto. Mientras los británicos exterminaban pueblos enteros, se presentaban como civilizadores. A la par que los franceses mantenían colonias hasta los años sesenta, exportaban “revolución”. A la vez que los estadounidenses bombardeaban países, levantaban la bandera de la libertad. España, mientras tanto, era pintada como oscurantismo, atraso y brutalidad. Incluso despreciando y olvidando los progresos en ciencia, economía, teología, tecnología, medicina y operaciones importantes como Balmis, entre muchas otras. Y lo más grave, muchos españoles lo creyeron.

La colonización más eficaz es aquella que no necesita armas porque el vencido ya se ha rendido mentalmente. Cuando los propios herederos de la identidad hispana repiten el relato de sus enemigos con fervor, sin haber leído, sin contrastar fuentes, sin entender su legado, lo que se entrega no es sólo el pasado, es el futuro. Ya no queda nada por defender, ni siquiera a uno mismo. Y no olvidemos a los “libertadores”. Aquellos que, con discursos de independencia, fragmentaron un mundo coherente para abrirle paso al caos, la deuda, la dependencia extranjera y la penetración anglosajona. Bolívar, San Martín, no liberaron naciones, sino que deshicieron un imperio que, con todas sus contradicciones, había fundado universidades, hospitales, catedrales, cabildos, virreinatos y leyes propias. Detrás de su “libertad”, llegaron los intereses británicos, los bancos extranjeros y la pérdida de soberanía.

Frente a todo esto, los hechos siguen hablando. Como el caso de Juan Latino, primer catedrático de raza negra de Europa, profesor en la Universidad de Granada en pleno siglo XVI. Hijo de esclava africana, educado bajo la Corona, alcanzó reconocimiento por su saber. Mientras en otros lugares eran propiedad, en España podían ser profesores.

Existen hechos silenciados, como el exterminio de indios cristianos y de habla hispana por parte del ejército estadounidense en el siglo XIX. Los sioux del suroeste, muchos de ellos conversos al catolicismo e hispanohablantes, fueron eliminados. No por alzarse en armas, sino por mantener viva una identidad incompatible con el nuevo orden anglosajón.

Y qué decir de Filipinas. Tras la cesión del archipiélago en 1898, Estados Unidos impuso un programa sistemático de represión contra todo lo que oliera a español. Cientos de miles de filipinos murieron. Se ha documentado que cualquier persona mayor de doce años que hablara español era considerada enemiga. Se cerraron escuelas, se quemaron bibliotecas, se destruyeron iglesias. Se impuso el inglés y se intentó borrar toda huella de herencia hispana. Esto sí fue un genocidio cultural; pero no aparece en las películas de Hollywood.

Tampoco se habla de los exterminios en Australia y Nueva Zelanda, donde las poblaciones aborígenes fueron arrasadas bajo doctrinas de “tierra vacía” que provocó la extinción de los tasmanos.

Y, sin embargo, se sigue repitiendo el mantra del genocidio español. Un genocidio no deja 600 millones de hablantes, universidades vivas, ciudades fundadas o sistemas legales vigentes. De la civilización hispana se hereda vitalidad, arte, lengua compartida, derecho, fe, tradición y futuro.

Por eso incomoda tanto. Porque demuestra que hubo otra forma de hacer las cosas. Porque cuestiona la superioridad moral de otros, quienes escribieron su historia con sangre y luego la contaron con tinta.

Y por eso, hoy más que nunca, debemos recordar lo esencial. Que todo comenzó un 3 de agosto, zarpando sin pedir permiso. Que pensó, construyó, debatió, pecó y se corrigió. Que aún tiene mucho que decir. Y que la valentía de zarpar no es un gesto del pasado, es una urgencia del presente. Es necesario recuperar y reivindicar lo que fue y lo que es y la fuerza que representa. Y quizá también la única esperanza de futuro para un mundo que ha dejado de atreverse a pensar más allá de sus costas.