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JUAN LUIS PÉREZ TORNELL
DE CUANDO SE enseñaba Historia Sagrada a los párvulos, se me quedó grabado profundamente aquel cuentecillo en el que San Agustín paseaba por una solitaria playa, preguntándose cómo era posible que a Pedro Sánchez le siguiese votando un treinta por ciento del electorado. No alcanzaba su entendimiento a comprender como gente honrada, bondadosa, de inteligencia preclara, e informada suficientemente, persistía en apoyar a semejante psicópata…
Interrumpió sus meditaciones la presencia de un niño que con su cubito intentaba llenar de agua de mar un agujero en la arena de la playa. “¿Qué estás haciendo niño?” El niño respondió respetuosamente: “Quiero llenar el agujero con toda el agua del mar…”. El bondadoso santo sonrió al pequeño y trató de convencerlo de que tal cosa era imposible. El niño (que en realidad era un ángel) le respondió: "Más imposible es tratar de hacer lo que tú estas haciendo: Tratar de comprender en tu mente pequeña el misterio de Dios".
Quedó el santo conturbado (es una palabra que siempre me gustó y nunca he vuelto a ver utilizada) y, desgraciadamente, no cuenta la historia si desechó o no, desde ese momento, la vacua pretensión racionalista de comprender tantas cosas que le parecían incomprensibles, asumiendo que sólo con la fe obtendría una respuesta apaciguadora a sus conturbaciones.
A mí me ha pasado lo mismo que al santo, sin serlo, y he vivido conturbado toda la vida. El otro día, sin embargo, he encontrado algo parecido a una explicación a tanto sinsentido.
Navegaba por los procelosos mares de Internet buscando los significados apropiados del “ethos” y el “pathos”.
Para los antiguos, griegos y romanos, que leían poco, aunque bastante más que nuestros diputados, era fundamental la oratoria; arte o técnica que se estudiaba, durante muchos años, por las clases gobernantes o que aspiraban a serlo. El objetivo de la oratoria es, ayer como hoy, persuadir, convencer de cualquier cosa, sea el propósito bueno o no, que eso es secundario, y poco tiene que ver la técnica con la moral. Hoy se llama publicidad y antes retórica.
Lo “retórico”, al igual que la palabra “sofisma”, tiene connotaciones peyorativas en el lenguaje, por esas adherencias de tipo moral y por su uso precisamente por el poder. Pero en realidad no es más que el arte de la persuasión, de convencer a los demás y llevárnoslos al huerto.
El bueno de Aristóteles diseñó la forma, desprovista de esas connotaciones, como Quintiliano estableció los principios de la oratoria. Las adherencias no formaban parte de los fines y por tanto deben ser separadas de los fundamentos asépticos analizados por Aristóteles en su tratado “Retórica”, que ha quedado algo oculto entre sus análisis políticos y de todo tipo, en su magna obra. Y explica desde entonces, al menos, cómo funciona nuestro mundo occidental.
La Retórica es el arte o la técnica de persuadir a los demás; hay que convencer, apelando a las tres columnas, que definió Aristóteles para ello: el “ethos”, el “pathos” y el “logos”. El fin de esa persuasión puede ser bueno o malo. No es necesariamente ni lo uno ni lo otro.
El “ethos” parte de una apelación a la autoridad, a la integridad, al carisma, al atractivo, o a la trayectoria de quien emite el discurso. Si dispones de alguno o todos estos elementos, la persuasión es más sencilla. Los presidentes de Estados Unidos, por ejemplo, no suelen ser calvos.
El “pathos” es el poderosísimo recurso a la emoción, a la sensibilidad, a la empatía, queremos a quien dice querernos y es capaz de persuadirnos con ello, confiamos en él por ello, nos desarma y le damos nuestro dinero: si nos quiere es porque está a nuestra altura, es bueno como nosotros y, por tanto, lo seguimos.
El “logos” es la fría razón: nos dice que no se puede meter el océano en un agujero de la playa o que bebiendo lejía no se nos quita la COVID. O mejor dicho, se nos quita la COVID y el esófago.
Esos tres elementos que unidos formarían la más potente de las persuasiones, no se dan usualmente en el líder perfecto, todos lo aceptamos; ni tampoco en el receptor perfecto del mensaje. Es evidente que el pobre San Agustín sólo usaba el “logos” hasta que el niño le hizo reflexionar.
Sólo dándonos cuenta de ello podemos advertir que lo más persuasivo, lo más poderoso, lo que realmente mueve a la mayoría y al mismo tiempo, lo más cercano a la mentira y al engaño, es el “pathos”. Los disparates emotivos son lo que la gente acepta durante más tiempo y sólo a toro pasado algunos son capaces de retractarse de lo que les llevó al comunismo, al fascismo o a cualquier otra religión.
Interrumpió sus meditaciones la presencia de un niño que con su cubito intentaba llenar de agua de mar un agujero en la arena de la playa. “¿Qué estás haciendo niño?” El niño respondió respetuosamente: “Quiero llenar el agujero con toda el agua del mar…”. El bondadoso santo sonrió al pequeño y trató de convencerlo de que tal cosa era imposible. El niño (que en realidad era un ángel) le respondió: "Más imposible es tratar de hacer lo que tú estas haciendo: Tratar de comprender en tu mente pequeña el misterio de Dios".
Quedó el santo conturbado (es una palabra que siempre me gustó y nunca he vuelto a ver utilizada) y, desgraciadamente, no cuenta la historia si desechó o no, desde ese momento, la vacua pretensión racionalista de comprender tantas cosas que le parecían incomprensibles, asumiendo que sólo con la fe obtendría una respuesta apaciguadora a sus conturbaciones.
A mí me ha pasado lo mismo que al santo, sin serlo, y he vivido conturbado toda la vida. El otro día, sin embargo, he encontrado algo parecido a una explicación a tanto sinsentido.
Navegaba por los procelosos mares de Internet buscando los significados apropiados del “ethos” y el “pathos”.
Para los antiguos, griegos y romanos, que leían poco, aunque bastante más que nuestros diputados, era fundamental la oratoria; arte o técnica que se estudiaba, durante muchos años, por las clases gobernantes o que aspiraban a serlo. El objetivo de la oratoria es, ayer como hoy, persuadir, convencer de cualquier cosa, sea el propósito bueno o no, que eso es secundario, y poco tiene que ver la técnica con la moral. Hoy se llama publicidad y antes retórica.
Lo “retórico”, al igual que la palabra “sofisma”, tiene connotaciones peyorativas en el lenguaje, por esas adherencias de tipo moral y por su uso precisamente por el poder. Pero en realidad no es más que el arte de la persuasión, de convencer a los demás y llevárnoslos al huerto.
El bueno de Aristóteles diseñó la forma, desprovista de esas connotaciones, como Quintiliano estableció los principios de la oratoria. Las adherencias no formaban parte de los fines y por tanto deben ser separadas de los fundamentos asépticos analizados por Aristóteles en su tratado “Retórica”, que ha quedado algo oculto entre sus análisis políticos y de todo tipo, en su magna obra. Y explica desde entonces, al menos, cómo funciona nuestro mundo occidental.
La Retórica es el arte o la técnica de persuadir a los demás; hay que convencer, apelando a las tres columnas, que definió Aristóteles para ello: el “ethos”, el “pathos” y el “logos”. El fin de esa persuasión puede ser bueno o malo. No es necesariamente ni lo uno ni lo otro.
El “ethos” parte de una apelación a la autoridad, a la integridad, al carisma, al atractivo, o a la trayectoria de quien emite el discurso. Si dispones de alguno o todos estos elementos, la persuasión es más sencilla. Los presidentes de Estados Unidos, por ejemplo, no suelen ser calvos.
El “pathos” es el poderosísimo recurso a la emoción, a la sensibilidad, a la empatía, queremos a quien dice querernos y es capaz de persuadirnos con ello, confiamos en él por ello, nos desarma y le damos nuestro dinero: si nos quiere es porque está a nuestra altura, es bueno como nosotros y, por tanto, lo seguimos.
El “logos” es la fría razón: nos dice que no se puede meter el océano en un agujero de la playa o que bebiendo lejía no se nos quita la COVID. O mejor dicho, se nos quita la COVID y el esófago.
Esos tres elementos que unidos formarían la más potente de las persuasiones, no se dan usualmente en el líder perfecto, todos lo aceptamos; ni tampoco en el receptor perfecto del mensaje. Es evidente que el pobre San Agustín sólo usaba el “logos” hasta que el niño le hizo reflexionar.
Sólo dándonos cuenta de ello podemos advertir que lo más persuasivo, lo más poderoso, lo que realmente mueve a la mayoría y al mismo tiempo, lo más cercano a la mentira y al engaño, es el “pathos”. Los disparates emotivos son lo que la gente acepta durante más tiempo y sólo a toro pasado algunos son capaces de retractarse de lo que les llevó al comunismo, al fascismo o a cualquier otra religión.


