Los judíos sefardíes de España


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ADOLFO PÉREZ

El 14 de enero de este año el rey Felipe VI recibió al Primado de Sión y Gran Rabino Sefardí de Jerusalén, Shlomo Moshe Amar, dentro de las buenas relaciones que mantienen España e Israel. La visita al rey del Gran Rabino tenía como finalidad estrechar lazos con España como país donde viven unos cuarenta mil judíos, buena parte sefardíes, máxime con el repunte antisemita que se percibe en algunos lugares del mundo. Su otro objetivo era impulsar la tramitación en la concesión de la nacionalidad española a los judíos de origen sefardí que la ley les otorga, él mismo tiene pasaporte español. Es sabido que los judíos sefardíes o sefarditas descienden de los expulsados de España en 1492 por los Reyes Católicos, los cuales se extendieron por diversos lugares de Europa y norte de África. Su lengua es el castellano del siglo XV, el llamado ladino.

Se desconoce la época en que los hebreos se asentaron en España. Posiblemente vendrían algunos en tiempos remotos. Se cree que judíos y fenicios se extendieron por lugares del mundo donde había abundantes riquezas. Ya en el concilio cristiano de Ilíberis (año 313 o 314) se dictaron medidas restrictivas del trato entre cristianos y hebreos, prohibiendo los matrimonios mixtos, las comidas en común y la bendición de las cosechas por los judíos. Ya en tiempos más cercanos los judíos en España alcanzaron su época de esplendor en el siglo XII. Así tenemos que en la corte del rey Alfonso X el Sabio convivieron judíos traduciendo obras científicas. Recibieron bastantes lotes de tierras en el sur para la repoblación. Su actividad económica fue fundamental para los reinos cristianos. Pero sus problemas empezaron en pleno siglo XIV, en especial cuando se propagó la peste negra, subieron los precios y escaseó el dinero. Tales problemas dieron lugar a que los judíos fueran culpados de tantos males, y así comenzaron las persecuciones y las matanzas de finales de la Edad Media, en particular el estallido antisemita de 1391, las cuales crecieron mediado el siglo XV con los motines antijudíos de Toledo, Sevilla y Córdoba.

Factor importante del odio popular a los judíos era que se veía en ellos el pueblo deicida que no se arrepentía. Se trataba de una minoría religiosa que año tras año les recordaba a los cristianos lo que sus antepasados le habían hecho pasar a Jesucristo. Un odio que mantenían los clérigos desde los púlpitos, en particular en Semana Santa. Se les miraba y detestaba como si fueran extranjeros. Se censuraba su modo de vivir, pues diferían en todo, en vestimenta y costumbres, hasta se les detestaba por sus hábitos alimenticios, en parte porque infringían las normas de la Iglesia. Una crónica de la época cuenta que “No comían puerco sino en lugar forzoso; comían carne en las cuaresmas e vigilias e cuatro témporas; en secreto …” Se les envidiaba tanto por sus riquezas como por la relevancia que algunos alcanzaban en la corte de los reyes y en la de los magnates del reino. Hasta tal punto llegó la inquina de los cristianos viejos que en las Cortes de Castilla celebradas en Madrigal de las Altas Torres en 1476 se pidió que los judíos llevaran un infamante signo externo de su condición en su vestido exterior y que las judías llevaran una “luneta azul en el hombro derecho en la ropa de encima, que sea tan ancha como quatro dedos …” Si bien se les consideraba el origen de los males económicos que se padecían, la realidad era que además de los oficios artesanales a los que muchos hebreos se dedicaban, su papel fue muy importante, de forma que, en la época de los Reyes Católicos, es una certeza que judíos y conversos constituían el núcleo más poderoso, más activo y más importante del conjunto de la población de Castilla.

Una vez finalizada la Reconquista, la unidad nacional lograda por Fernando e Isabel tropezaba con grandes obstáculos de raza, religión y economía para lo que era preciso practicar una política de fusión e integración en el nuevo Estado. Moros y judíos eran considerados elementos extraños que era necesario integrar, en especial los judíos que eran objeto de gran animosidad, aunque muchos se habían convertido en apariencia profesaban en secreto su antigua religión y procuraban hacer prosélitos lo que los hacía más odiados que los moros. Existía una guerra sorda con frecuentes tumultos, pues si unos los hacían responsables de la Pasión de Cristo los otros pensaban que su situación era semejante al cautiverio de sus padres en Egipto, de ahí que los judíos estimaran lícito cualquier ardid contra sus opresores. Se daba el caso de que las ciudades y villas de Castilla, Aragón y Andalucía en realidad cada una constaba de tres ciudades, cuyos moradores tenían sus iglesias, sus mezquitas y sus sinagogas. Con tal división era imposible fundar una nación compacta, unida por sus ideales, de ahí que se considerara indispensable la conversión forzosa al cristianismo que debía ir acompañada de un sistema de coacción.

Duro golpe fue para los judíos la orden del cierre de sus aljamas, que eran sus lugares de reunión. Las conversiones al cristianismo fueron frecuentes, lo que dio lugar a los judíos conversos. Dándose el caso de que los conversos sinceros fueron implacables con sus anteriores compañeros, que siguieron con la práctica de judaísmo. Si muchos conversos pensaron en salvarse de la persecución popular pronto comprobarían su error. La política de conversión forzosa aplicada por los Reyes Católicos suponía utilizar un sistema coercitivo que vigilase la pureza de la fe de los nuevos creyentes a fin de proteger a la Iglesia Católica de las herejías que amenazaban con destruirla, fue una de las razones por la que se instituyó una nueva Inquisición pues la nacida en Europa en el siglo XIII decayó en el XV. De modo que los reyes pidieron al papa Sixto IV que otorgara una bula para constituir el Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición, que el papa otorgó en 1478. Bajo la jurisdicción inquisitorial cayeron los herejes o sospechosos de herejía, los cristianos nuevos, judíos y musulmanes, incluso cristianos viejos parientes de los anteriores. Pero el rigor empleado supuso que el papa se arrepintiera y anulara la bula. La nueva Inquisición fue un asunto vidrioso del reinado de los Reyes Católicos, sin duda polémico y conflictivo.

En la recién conquistada Granada, el 31 de marzo de 1492 los Reyes Católicos firmaron el edicto de expulsión de los judíos de sus reinos, aunque no en esos términos absolutos, sino dándoles la oportunidad de la conversión. No se trataba de una persecución racial, sino de la unidad nacional, a la vez se hacían eco del sentir popular, En su virtud, el edicto ordenaba que debían salir de España o bautizarse en el plazo de cuatro meses, en el entendido de que los que no cumplieran con lo dispuesto en el edicto serían condenados a muerte. Se les autorizaba a enajenar sus bienes, pero no el oro y la plata, cosa que les perjudicó mucho por el exceso de oferta, no así con la moneda debido a sus relaciones bancarias. Según una crónica de la época la salida por el levante peninsular fue triste y penosa por el abandono de la tierra de su nacimiento; marchando por caminos y campos a través; grandes y humildes; viejos y niños; a pie y caballeros; todos con sus enseres. Se dispersaron por diferentes lugares de Europa y reinos islamitas del norte de África. Se estima que hacia la mitad del siglo XV los judíos que vivían en los reinos cristianos hispanos eran unos 200.000, de los que 150.000 salieron por la expulsión, mientras que los 50.000 restantes se convirtieron. Al parecer 2.000 murieron sentenciados por los autos de fe de la Inquisición.

En Salónica más de la mitad de la población era judeo – española e hicieron que el castellano fuera la lengua común. Nada tan conmovedor como el apego de estos desterrados y de sus hijos al recuerdo del país que los había tratado con tanta dureza. En el siglo XVII había en Salónica dos escuelas donde se daba la enseñanza en castellano. Menéndez Pidal comprobó que no se cortó la comunicación de los sefardíes con su país de origen. Actualmente viven muchos descendientes de aquellos españoles, sefardíes o sefarditas, que conservan el bonito vocabulario del siglo XV.

Hace unos días, el 21 de enero, el presidente de la Federación de Comunidades Judías de España entregó al rey Felipe VI el premio “Senador Ángel Pulido” que le ha sido concedido por el respaldo que la Corona ha prestado al renacimiento del legado judío y sefardí en España y en el mundo, así como al fortalecimiento de las relaciones con Israel. El premio lleva el nombre del médico y senador español Ángel Pulido Fernández (1852 – 1932), destacado político de la Restauración monárquica (Alfonso XII), que en 1893 tuvo su primer contacto con los judíos sefardíes cuando viajaba en un vapor por el Danubio. Pronto se puso a trabajar intensamente para acercar el pueblo y las instituciones españolas a los descendientes de los expulsados en 1492.