Estampas de un municipio rural en la posguerra, 1939...


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ADOLFO PÉREZ

Ahora que se vive tan bien, cosa más que satisfactoria, donde niños y mayores andan enfrascados bastantes horas al día, y en cualquier lugar, con el móvil en la mano hurgando en internet en vaya usted a saber, me parece una pasada escribir sobre la penuria padecida por el mundo rural en la posguerra de los años cuarenta del siglo pasado, secuela de nuestra guerra civil (1936-1939) que para más inri coincidió con la II Guerra Mundial. Penuria que agravó la realidad de los municipios rurales, con pocas comodidades y escaso progreso, en los que perduraban bastantes usos y costumbres de otros tiempos.La vida de mi pueblo, Cantoria,tranquilo municipio agrícola del valle del Almanzora, igual que los demás pueblos de su entorno, padeció las mismas o parecidas carencias de aquel tiempo.Mis recuerdos de entonces, perfilados en mi juventud,son las estampas costumbristas que ahora les cuento, difíciles de ordenar por secciones dada su complejidad.

Las calles de Cantoria, excepto dos tramos de carretera, eran de tierra, barrizales y muchos charcos cuando llovía. En los años cuarenta, siendo alcalde mi abuelo materno, Juan, se construyó el paseo, vital para el ensanche y belleza del pueblo, que conectaba con la estación de ferrocarril por cuya vía circulaban a diario trenes de mercancías y pasajeros (correo de Alicante - Granada) tirados por locomotoras de vapor con su humo negro y potente y grato silbido. A diario pasaba el autobús de Alsina con viajeros para Almería y vuelta. Había dos o tres taxis y creo que ningún coche particular. En verano la gente tomaba el fresco en su puerta dado el poco o nulo tráfico de las calles sin aceras.

Como las casas, todas unifamiliares (muchas bastante viejas), carecían de agua corriente el retrete era un pozo ciego bien tapado y con un agujero,situado en el lugar más excusado.La corriente eléctrica llegaba a las casas desde la caída de la tarde hasta la mañana siguiente (durante el día solo había para la industria), cuya instalación en la mayoría de las viviendas consistía en bombillas colgadas de un rústico cable trenzado, siempre teniendo a mano el quinqué, la palmatoria o el simple candil para suplir los cortes de luz no raros en aquellos años cuarenta.

La gente de Cantoria se abastecía de agua ‘buena’ (para bebida y comida) de fuentes como El Caño, Las Mateas o La Cuesta, y de agua ‘mala’ (otros usos) de la acequia del Pilar y alguna otra (agua ‘buena’ o ‘mala’, así se decía). Para ello utilizaban los cántaros (de Albox), que acarreaban con borrica y/o carretillas de una rueda.Las mujeres lavaban la ropa en el lavadero público del Terrero, en las afueras del pueblo,usando el agua de una acequia y secaban la ropa al sol en la hierba del lugar junto a la vía.

En Cantoria casi todas las familias tenían bancales en su fértil vega en la que sus cultivos servían para el sustento o venta. Disponían de los aperos de labranza necesarios y una borrica para las labores del campo, así como de un corral con aves y conejos.No pocos campesinos calzaban las rústicas abarcas y esparteñas. El trigo, segado a mano con la hoz, se trillaba en las eras cercanas al pueblo o cortijos donde se trituraba la mies para separar el grano de la paja. La tierra se removía para sembrar con el antiquísimo arado romano tirado por animales. Estampa típica era ver pasar las borricas cargadas de vituallas a su vuelta de los bancales o cargadas de leña del monte (albaidas) para su uso o venta, dejando a su paso las típicas boñigas. Típica era la escena de ver a Joaquín el Herrero (con su pipa) herrando a las bestias en la puerta de su taller de fragua al inicio de la calle San Juan, junto al Terrero. Muchas familias vivían en cortijos dedicadas a labores agropecuarias.

Un recuerdo merecen las almazaras de entonces, las cuales molturaban (molían) la cosecha de oliva mediante grandes muelas(piedras cónicas) que, tiradas por mulas con los ojos tapados, giraban sin fin sobre una piedra plana circular.La masa molida se metía en cojines de esparto que se prensaban mediante la fuerza de una gran viga de madera empujada a mano por varios hombres; del prensado salía el aceite y la sipia (producto de desecho), que servía para alimento de animales y combustible para el fuego y el brasero familiar. Una de estas almazaras era la del Lalo, en calle Orán, esquina con el paseo. Las almazaras eran fiscalizadas por el Gobierno con frecuentes inspecciones para evitar el estraperlo del aceite,igual sucedía con los molinos de harina, que más fácilmente esquivaban las inspecciones con moliendas clandestinas. Para el control del comercio del trigo se creó el Servicio Nacional del Trigo, que en Cantoria tenía un gran almacén con una montaña del cereal hasta el techo;era la aportación del cupo forzoso de los cosecheros.

Tiempo de la chimenea y de las trébedes para cocinar la comida en la lumbre. Costumbre añeja era la ‘matanza’, el avío de la casa. Muchas familias sacrificaban un cerdo al final de año (nov. o dic.), que casi siempre se hacía en la calle. Un gran trajín con buen ambiente familiar que duraba dos o tres días, ricas migas, gustosas magras y buen vino del país. Antes de Navidad los hornos se llenaban de mujeres con sus latas para cocer los mantecados y demás dulces de Pascua.Era costumbre amasar el pan en la casa para varios días (unas ocho piezas), que un empleado del horno se lo llevaba a cocer en una tabla sobre la cabeza. Por las mañanas temprano gustaba ver por las calles a los lecheros (Bartoliche) con sus ganados de cabras vendiendo leche a domicilio.

Sin duda la feria anual de ganado (20 - 24 de noviembre) era el gozo de niños y diversión de mayores. A ella acudían marchantes de ganado y feriantes de todo tipo y condición, incluso carteristas y tahúres del cubilete. No faltaban el baile, el circo y las atracciones para todos. La plaza y su entorno se llenaban de casetas de todo tipo, así como de puestos de dulces, la mayoría locales.

Los jueves y domingos quien podía iba al cine en el teatro Saavedra, sin que faltara el ‘piterío’ por los frecuentes cortes de la película. Y los domingos y festivos a misa de diez, al rosario vespertino o a las novenas. Los fieles acudían a su hermosa iglesia parroquial al toque del sonido limpio de sus dos campanas, donde esperaba, rezando en la sacristía, su venerable cura párroco, don Andrés. Aparte de los acólitos, una institución en la iglesia era el bondadoso tío José, el sacristán. Cada 16 de enero no faltaron las alegres ‘carretillas’ la noche antes de la fiesta del patrón, san Antón.

Las aulas de las escuelas estaban dispersas en las calles, con pupitres biplaza y tablero inclinado, manchado con la tinta de sus tinteros. Los recreos se hacían en plena calle. Años más tarde se estrenó el grupo escolar. A la mayor parte de los niños mayores de seis años les gustaba estar encuadrados en las filas del Frente de Juventudes, de Falange. Uniformados con camisa azul iban los domingos a misa de diez, desfilando después por las calles al son de un tambor. Es falso, como se ha escrito, que en el hogar del F. J. (antiguo convento) se daba de comer a los niños.

Con frecuencia sonaba en las esquinas la cornetilla del pregonero avisando de un pregón —‘¡Se hace saber …!’— dando cuenta de un bando del Ayuntamiento que le dictaba un guardia municipal (Esteban o Fuentes) y otras veces era el aviso a regantes o la pérdida de algo. Pero el pregón más frecuente era sobre la llegada de pescado fresco ‘garruchero’ a casa del Pipa, a lo que añadía: ‘¡que lleven platos que no hay papel!’. A los niños les gustaba tocar la cornetilla del pregonero.

Eran años muy duros para la gente más desfavorecida, mucha en el umbral de la pobreza o en la pobreza misma, con poco o ningún trabajo y jornales de miseria. Familias que vivían en casas muy humildes, incluso en pequeñas e insalubres cuevas cercanas a la ermita de los santos patronos. Tiempo de alpargatas de cáñamo y niños con las nocivas sandalias de goma. Años en que funcionó en los municipios Auxilio Social, una institución de auxilio como su nombre indica.Además existía el socorro de la Beneficencia Municipal mediante la cual los ayuntamientos pagaban médico, medicinas y alimentos a las familias más necesitadas. Un tiempo en que muchas familias emigraron a Cataluña y Navarra en busca de un buen trabajo para mejorar su vida. Una posguerra de mucha escasez de todo, especialmente de artículos de primera necesidad. Eran muchas las casas donde a diario se almorzaba con las humildes migas de maíz y se cenaba el socorrido ‘puchero’.

La gran escasez dio lugar al mercado negro, el estraperlo, que acudía a toda clase de artimañas para llevar a cabo su ‘negocio’. Los estraperlistas iban a las casas ofreciendo la venta o intercambio de los géneros que llevaban en sus alforjas.Se trataba de un ‘comercio’ muy perseguido por la Guardia Civil. Para paliar la escasez de alimentos básicos se crearon las cartillas de racionamiento con cupones para que las familias pudieran comprar alimentos de primera necesidad: aceite, arroz .., que se vendían en las tiendas cada mes, a su vez provistas por la Comisaría de Abastos. Tales cartillas duraron de 1939 a 1952. Igual sucedía con el tabaco, racionado en los estancos con tarjetas a los fumadores de mayor de edad.Los médicos, muy respetados, pasaban consulta en su casa y visitaban a los enfermos que guardaban cama; se les pagaba con la ‘iguala’, en dinero o en especie.

Ni que decir tiene que había un buen equipo de fútbol que casi siempre ganaba a los equipos de la comarca y fuera de ella. Su uniforme era la camiseta roja y pantalón azul, y jugaban en un campo, con porterías sin red, situado junto al cortijo de Cisneros, en lo que ahora es el instituto. Futbolistas en el recuerdo son: Bernardo el Chochete (portero), Juan el Pipa, Cerrillo, Luis Montoya, Teodorín, Natalio, Rubio, Fernando el Guarro, Juanito el Remendao... Sin olvidar a Rancés, su entrenador.

Y aquí termino con el recuerdo de gran parte de mis estampas cantorianas de la posguerra. Estampas propias de un mundo rural muy parecido al de muchos pueblos de Almería y otras tierras.