«¿Qué demonios somos?»

LUIS ARTIME

10·10·2015

«En medio de este frenesí nominalista alguien debería aclararnos a los españoles, a ser posible antes de las elecciones, qué demonios somos».

Esta demanda de Ignacio Camacho, en su columna del ABC de este miércoles, resume dramáticamente la situación de perplejidad en la que algunos españoles nos encontramos. Iba a añadir que 'actualmente', pero voy a evitar esa errónea precisión.

Lo que sí es actual, al menos en mí caso, es el límite que ha alcanzado el confuso ambiente socio-político que padecemos, y que me sugiere una sombría reflexión.

En efecto, he llegado a la convicción de que hay un hecho nefasto con el que hace lustros que convivimos, no banalizándolo lo que constituiría un mal menor, sino ignorándolo, con la actitud irresponsable de quien se atusa el cabello en medio de un vendaval.

Nuestra sociedad está dividida en dos segmentos que han decidido permanecer enfrentados, de forma irreconciliable, desde un tiempo cuya fecha se me escapa, librando sus eternas batallas en escenarios variados y con medios diversos, a lo largo de nuestra historia.
Menospreciar este hecho, con un fatalismo propio de quien cree que puede tener un origen ontológico, está en la raíz misma de su desesperante continuidad.

Un lugar como este, en el que un progreso inevitable, en todos los ordenes, se ha abierto paso, paradógicamente, a pesar de lo poco fértil y propicio del terreno, ha malogrado sin embargo sistemáticamente sus mejores potencialidades en su eterno feedback histórico, dando como resultado una sociedad que nunca ha salido verdaderamente de su secular mediocridad.

Lo peor de esta situación es que todos los días presenciamos pruebas manifiestas de ese miserable enfrentamiento, en la voz y la actitud de aquellos en los que hemos depositado la facultad de superarlo.

Y ese es precisamente el núcleo central del problema. Porque hoy, como siempre, los ciudadanos, individualmente considerados, ven inequívocamente representados en esos elegidos sus respectivas posiciones, a ambos lados de esa mugrienta, caduca y aniquiladora línea divisoria que los separa.
Un ilusorio debate que tuviera como propósito acabar por saber quienes somos, y cual podría ser una auténtica nueva frontera para nuestro destino común, no está en el repertorio de la mayoría de los españoles.

Ojalá un día la razón sustituya estas nefastas emociones que generan el rechazo instintivo del otro.