Alfonso X el Sabio, rey de Castilla y León


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ADOLFO PÉREZ


En el año 1252 Alfonso X el Sabio subió al trono de Castilla y León. Su reinado, que duró hasta 1284, es uno de los que han dejado más honda huella en la historia de España por los problemas que se plantearon. Historiadores de crédito afirman que el rey Sabio fue un buen monarca, de feliz memoria en muchos aspectos; figura clave de la cultura española del siglo XIII.

Nacido en Toledo el 23 de noviembre de 1221. Hijo de Fernando III el Santo y de Beatriz de Suabia, noble alemana, nacida en Núremberg. Primogénito de los diez hijos de este primer matrimonio de su padre. Como hijo de alemana, era más un alemán que castellano. Inteligente, cándido y de buena fe, pacífico y buen guerrero, superior al ambiente que le rodeaba.

En 1246, con veinticinco años, el príncipe Alfonso contrajo matrimonio con Violante de Aragón, que contaba diez años de edad, hija de Jaime I el Conquistador, rey de Aragón, y de Violante de Hungría. En un principio don Alfonso creyó que su esposa era estéril, cuando la realidad era su corta edad. Incluso pensó en la anulación matrimonial. Al no quedar encinta el médico le aconsejó reposo y quedó embarazada, y bien que cumplió con su marido al que le dio diez hijos.

La reina Violante, además de cumplir con sus deberes, se implicó muy activamente en la política del reino llegando a intervenir en asuntos esenciales, siempre en apoyo de su marido, incluso prestándole ayuda en su gran pasión: la cultura. Estando el rey en la campaña de la baja Andalucía se alzaron los musulmanes de Murcia, entonces la reina visitó a su padre para pedirle ayuda, cosa que hizo el rey aragonés (1266), que en un alarde de nobleza y generosidad le entregó a su yerno el reino murciano. Su buen hacer mereció las alabanzas del papa Gregorio X en 1274.

Si el ímpetu reconquistador de Fernando III lo hubieran continuado sus sucesores pronto se hubiera liquidado la dominación musulmana. En los primeros años de su reinado pareció que don Alfonso quería continuar la actividad conquistadora, cuyos resultados no fueron nimios, aunque la acción fue menos intensa de lo esperado. Conquistó varias ciudades de la baja Andalucía, tales como Morón, Jerez, Medina Sidonia, etc. Acabó con la rebelión de los granadinos (1272), cuyo rey de Granada, Aben Alhamar, con su apariencia de vasallo leal, había preparado traidoramente la guerra. Más tarde el monarca castellano desvió su atención de la Reconquista.

Aquella España, terminada lo esencial de la Reconquista, carecía de un ideal colectivo. Si la figura del rey no se discutía, la realidad era que su autoridad estaba cada vez más condicionada por el poder de la alta nobleza muy enriquecida por la gran Reconquista. Algo parecido sucedía con las Órdenes militares, cuyas inmensas posesiones en Extremadura y el reino de Toledo las constituían en potencias casi soberanas, sin olvidar el influjo de los concejos. En una visión de conjunto, en la segunda mitad del siglo XIII es preciso tener en cuenta la oposición de la alta nobleza a la monarquía, así pasó en Aragón donde en virtud del régimen feudal alcanzaron privilegios inéditos en Castilla. En este reino los monarcas tuvieron que hacer frente a señores de grandes linajes, aunque no en conjunto. Con Alfonso X las causas de la fricción fueron diversas, siendo la principal el ”fecho del imperio”. En general la nobleza procuró hacer impopular a don Alfonso, en quien veía un verdadero enemigo, de modo que agitó constantemente su reinado.

En tales condiciones era preciso que el rey hiciera prodigios de astucia, de tenacidad y de energía para mantener su autoridad entre fuerzas tan diversas. Cualidades que Alfonso X no poseía. Lo cierto es que el poderío de la alta nobleza y Órdenes militares fue en aumento y se prolongó a lo largo de doscientos años, hasta el reinado de los Reyes Católicos que los sometieron a todos.

Asunto fundamental en el reinado de Alfonso X fue el proceso del llamado “fecho del imperio”. Se trataba de la pretensión personal del monarca de ser elegido para ceñir la corona del Sacro Imperio Romano Germánico. Pretensión que se fundaba en los derechos derivados de su condición de hijo de Beatriz de Suabia, hija del duque del mismo nombre, de la familia de los Hohenstaufen. Un asunto que no interesaba a su pueblo.

(Antes de proseguir es preciso hacer dos aclaraciones. El Sacro Imperio Romano Germánico estaba constituido por la unión política de Alemania y otros territorios. El emperador de dicho imperio no lo era por herencia sino por la elección de siete grandes electores: cuatro grandes señores y tres obispos o arzobispos. El elegido recibía el título de “rey de romanos” hasta que era coronado por el Papa, momento en que se convertía en emperador a todos los efectos)

A la muerte del rey de romanos Guillermo de Holanda en 1256 se produjo la cuestión sucesoria del Sacro Imperio. Una embajada de la ciudad de Pisa se presentó ante Alfonso X para ofrecerle su apoyo a ser elegido. El rey de Inglaterra propuso a su hermano Ricardo de Cornualles como rey de romanos. Después de múltiples intrigas, peripecias políticas y mucho dinero para la compra de electores, don Alfonso consiguió ser elegido. Se gastó gran parte de las riquezas que dejó su padre, más el dinero que aportaron a la fuerza la alta nobleza y las ciudades. Pero tras veinte años de espera y una gran actividad imperial se topó con la curia romana en contra y el papa Gregorio X, enemigo acérrimo de los Hohenstaufen, que reconoció como nuevo emperador a Rodolfo, conde de Habsburgo (1274), pero Alfonso se resistió a abandonar la partida; creyendo poder convencer al papa lo visitó en privado, pero después de estériles negociaciones todo fracasó, el rey volvió a Castilla triste y enfermo. Había perdido la corona alemana y la sólida herencia de su padre.

Su anhelo de ceñir la corona imperial de Alemania fue la idea que presidió todo su reinado, más identificado con la herencia de la casa de Suabia que con la de Castilla. Vencedor por sí mismo de los sarracenos, era lo suficientemente poderoso y popular para lograr sus deseos, que en Castilla los grandes señores se opusieron por considerarlos una idea descabellada que no les reportaba nada sino un gasto enorme de dinero. A la cabeza de los grandes señores que se opusieron al rey estuvieron sus hermanos, ricos y poderosos. La oposición de los grandes señores al rey se concretó en una gran conjura para levantarse en armas con el apoyo del rey de Granada (1269). El rey, absorbido por su política exterior, no se dio cuenta de la gravedad de la rebeldía de sus vasallos. Y es que el concepto de patriotismo, como ahora se entiende, no existía en el siglo XIII, que estaba sustituido por el vasallaje al rey. La rebelión fue muy impopular por la alianza de los conjurados con los moros de Granada. El motín fue sofocado con la ayuda de Jaime I el Conquistador, que acudió en auxilio de su yerno. Luego, el monarca concedió a los señores lo que le pidieron. Si ahora los apaciguó, tal flaqueza aplazaba la guerra en el futuro.

La política interior de Alfonso X el Sabio fue muy beneficiosa para la cultura, dejando honda huella en la historia de España. Cultivó personalmente las letras, las leyes y las ciencias, y protegió el desarrollo de todas las actividades del espíritu. A este rey, de elevados sueños y aspiraciones imperiales, el hombre más culto del siglo, le faltó identificarse con la áspera tierra que le había tocado gobernar, Castilla.

En el siglo XIII aparecen las obras escritas en castellano. Tiempo de Alfonso X, que convirtió en lengua escrita y literaria el rudo romance oral, de modo que creó la prosa castellana que ya había producido poemas épicos, como el “Cantar de Mío Cid”. Así es que el rey Sabio, consciente de la importancia de la prosa castellana escribió su “Crónica general o Historia de España” y su “General Estoria o Historia Universal”, asesorado por sabios que le traducían textos latinos o árabes. Asimismo, pasó a prosa los cantares de gesta. En esta labor de artífice recogió un inapreciable caudal de voces populares, huyendo del latín o castellanizándolo cuando no tenía más remedio, de modo que el latín fue perdiendo valor mientras que la lengua castellana adquirió el rango de lengua culta. En lo jurídico, a él se debe el famoso código de las “Siete Partidas”. En persona compuso las “Cantigas de Santa María”, escritas en gallego. Es preciso destacar que con Alfonso X la Escuela de Traductores de Toledo recibió un notable impulso ayudado por sabios árabes y hebreos que a través de la lengua castellana vertieron al saber español de la época la ciencia y la cultura orientales traduciendo diversos tratados de matemáticas, física, química, medicina y astronomía. Como se puede apreciar si el monarca ha sido motejado con el apelativo de 'Sabio' no es un mote frívolo, sino porque su reinado fue relevante en el aspecto cultural con su intensa participación personal.

Sin embargo, los últimos años del rey Sabio fueron desdichados a causa de la cuestión sucesoria. A su vuelta de entrevistarse con el papa Gregorio X por la cuestión del “fecho del imperio” se encontró sus reinos invadidos por los africanos benimerines. Cuando acudía a hacerles frente murió su heredero el infante don Fernando de la Cerda (llamado así por el grueso pelo que le crecía en un lunar). Entonces se planteó la cuestión sucesoria, ya que realmente no había una ley al respecto, pues en las Siete Partidas, dictadas por el propio Alfonso X, que establecían el derecho de los hijos del primogénito muerto no tenían fuerza legal, prevaleciendo el sistema de semilegitimidad en favor del segundogénito de tiempos de la alta Edad Media. Su segundo hijo, el infante don Sancho, hombre enérgico se apoderó de la voluntad de su padre y consiguió que lo proclamase heredero. De aquí surgió el conflicto entre los partidarios de don Sancho y los nietos del rey. Don Alfonso, autor de lo consignado en la “Partida” correspondiente que favorecía a sus nietos, los infantes llamados de la Cerda, como sentía remordimiento de haberlos desheredado intentó buscar un remedio para lo que propuso formar un reino en Andalucía para su nieto Alfonso, cosa que no aceptó su hijo Sancho. La situación dio lugar a que una junta de prelados y caballeros reunida en Valladolid depusiera al propio rey (1282) que se vio obligado a pedirle auxilio al propio sultán de Marruecos. Pero don Sancho, en sentencia dictada en Sevilla a finales de 1282, fue desposeído de sus derechos. El conflicto se solucionó cuando el monarca murió en Sevilla el 4 de abril de 1284, a los 62 años. En su testamento le dejaba el reino a su nieto Alfonso, pero no se cumplió pues los grandes señores consideraron que en vez de un niño lo mejor era que el reino lo heredara su hijo Sancho.

Así finalizó un reinado que pudo ser sin mácula alguna. El amor del rey Sabio a la ciencia le apartó de la realidad, que con su escasa capacidad para la política, la lenta intuición para discernir sobre los problemas planteados y la falta de decisión fueron las causas de los fracasos y desdichas de su gobierno. Solamente un rey enérgico y astuto de su tiempo hubiera sido capaz de sobreponerse a tantos elementos de dispersión y fuerzas contrapuestas. No era capaz de dominar la violencia por la violencia, ni la astucia por la astucia. Antonio Ballesteros, su gran biógrafo, ha hecho notar una cualidad que supone procedente de la herencia materna: la candidez y excesiva buena fe.