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La primera República Española, año 1873


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ADOLFO PÉREZ

En España, el siglo XIX avanzaba sumido desde el principio en guerras, turbulencias políticas y un gran descontento social. Cuando se llegó al año 1873 ya habían reinado en España Carlos IV, José Bonaparte, Fernando VII, Isabel II y Amadeo de Saboya, además de la guerra de la Independencia contra Napoleón y las guerras civiles (carlistas). Lo sucedido en los cien años del siglo XIX lo reflejó con gran maestría el escritor canario Benito Pérez Galdós en su gran obra: “Episodios Nacionales”.

Para que en 1873 se proclamara en España la primera República en sustitución de la Monarquía secular, es claro que debieron producirse una serie de circunstancias que dieron lugar al cambio de régimen político. Para entender el cambio de régimen es preciso acudir a la segunda parte del reinado de Isabel II (1833 – 1868), hija de Fernando VII. El clima de inestabilidad política dio lugar a la alternancia continua de gobiernos cuyos protagonistas principales fueron los generales Narváez y O’Donnell. Aclaro que fue el siglo de los llamados “espadones” por la cantidad de generales que lideraron los partidos políticos y participaron en los gobiernos nacionales.

Aunque la caída de le reina se precipitó por una serie de hechos inmediatos, desde hacía un tiempo venían arrastrándose distintas crisis que iban socavando la fortaleza del trono. Crisis en un sistema parlamentario viciado a causa de ridículas leyes electorales (158.000 electores en 1858 con la ley en vigor; 418.000 en 1865 con la siguiente ley, cuando resulta que España contaba con una población de quince millones y medio de habitantes). Así es que tal cantidad de electores, manipulados desde arriba, decidían el cambio de gobierno, de modo que las camarillas políticas actuaban cerca de la reina para conseguir sus propósitos. A lo anterior hay que añadir la crisis política que dio lugar a continuos gobiernos como resultado del agotamiento de los políticos de la nación. Para más inri se produjo una profunda crisis económica extendida por Europa a fines de 1865 que se desató en España en 1866, afectando principalmente a los bancos, compañías ferroviarias, industrias siderometalúrgicas y textiles. En general, coinciden los historiadores en que tales circunstancias económicas explican el éxito del pronunciamiento contra Isabel II, a lo que se sumaron los conflictos políticos y sociales y las represiones que hubo por parte del Gobierno. El remate fue la venta que hizo la reina sobre parte del real patrimonio, venta de la que ella se quedó con el 25% del importe, lo que provocó fuertes críticas. Tal estado de cosas desembocó en la revolución de septiembre de 1868, conocida como ‘la Gloriosa’. La rebelión militar derrotó a las tropas reales en la batalla de Alcolea lo que supuso el destronamiento de Isabel II que estaba veraneando en San Sebastián de donde el 30 de septiembre de 1868 huyó a Francia y se instaló en París hasta el año 1904 en que falleció.

Con el derrocamiento de la reina en 1868 dio comienzo el “sexenio revolucionario” que se prolongó hasta diciembre de 1874, fecha de la restauración borbónica con Alfonso XII. Al salir Isabel II de España se constituyó un Gobierno provisional presidido por el general Serrano (Francisco Serrano Domínguez, duque de la Torre). Se convocaron Cortes constituyentes que redactaron una constitución monárquica, la de 1869, pues la república carecía de apoyos. El general Serrano fue designado regente del reino y el general Prim (Juan Prim y Prats) nombrado presidente del Gobierno con el encargo de encontrar un rey para España, encargo que logró cumplir después de dos años de búsqueda y múltiples dificultades. Al fin consiguió que don Amadeo de Saboya, hijo de Víctor Manuel II, rey de Italia, aceptara la corona que se le ofrecía. El rey Amadeo reinó en España desde el 2 de enero de 1871 a 11 de febrero de 1873, o sea, 2 años, 1 mes y 8 días, en plena turbulencia política del siglo XIX. El comienzo del rey en su nueva patria no pudo ser peor. A su llegada a Cartagena se encontró con la sorpresa de que su gran valedor, el general Prim, había muerto en un atentado.

El pueblo menospreciaba al matrimonio real a pesar de su sencillez, siendo víctimas de pullas y chirigotas. Don Amadeo no comprendía el trato que recibían, y desalentado a menudo se le oía decir: “Non capisco niente …” (“No entiendo nada”). En cuanto a política el fugaz reinado estuvo agitado por toda clase de conflictos. En su trascurso dio comienzo la tercera guerra carlista (1872). La indisciplina, los motines sangrientos y los movimientos separatistas eran continuos. Tiempo en el que se sucedieron seis gobiernos. La desunión entre los partidarios de la nueva dinastía y el conflicto con los oficiales del Cuerpo de Artillería (la llamada “cuestión de los artilleros”), que se negaron a obedecer a un general, supuso que el rey firmara la disolución del Cuerpo, lo que precipitó su renuncia, de modo que ante la pésima situación nacional don Amadeo no vio más salida honrosa que abdicar y el martes 11 de febrero de 1873 envió a las Cortes un documento de renuncia formal al trono para él y sus sucesores, un manifiesto que comenzaba así: “Grande fue la honra que merecí a la nación española eligiéndome para ocupar su trono …“ El gesto de la abdicación fue considerado, dentro y fuera de España, como un ejemplo de sabiduría y lealtad.

El mismo día de la abdicación de don Amadeo el Congreso y el Senado, reunidos en Asamblea Nacional – reunión prohibida por la Constitución –, por 258 votos contra 32, proclamaron la República. Era la tercera fase del Sexenio: ‘la efímera República del 73’, cuya duración fue de diez meses y veinte días, con cuatro presidentes en ese tiempo. Emilio Castelar, historiador y político, enjuició aquel proceso la misma noche de la proclamación del nuevo régimen, así decía: “Con Fernando VII murió la monarquía tradicional; con la fuga de Isabel II, la monarquía parlamentaria; con la renuncia de don Amadeo de Saboya, la monarquía democrática; nadie ha acabado con ella: ha muerto por sí misma. Nadie trae la República: la traen todas las circunstancias”. La República se definió por: a) el carácter intelectual de sus más altos dirigentes; b) el intento de constituir una España federal; c) por el pavoroso desorden que constituyó la insurrección cantonal; y d) el sobreañadido de las contiendas cubana y carlista legadas por las situaciones anteriores.

Como suele suceder, los que antes eran devotos monárquicos ahora abrazaban con fervor la República (los llamados ‘cimbros’) relegando a los “republicanos de toda la vida”, antes perseguidos por los gobiernos monárquicos.


El mismo día de la proclamación de la República se hizo cargo del poder ejecutivo, en la práctica presidente de la República, Estanislao Figueras y Moragas (Barcelona, 1819 – Madrid, 1882) hombre de gran altura intelectual, tímido y vacilante, miembro destacado del republicanismo y muy respetuoso con la Constitución, sin que pudiera hacer nada frente a los problemas que tenía la realidad española (guerra carlista, separatismo catalán, rebelión en Cuba, anarquía nacional por doquier). En su gobierno figuraba como ministro de la Gobernación Francisco Pi y Margall, el hombre de la situación, fervoroso partidario de la república federal contraria a los que defendían una república unitaria, centralista y de matiz conservador, los cuales quedaron desplazados a raíz del intento de golpe de Estado de 23 de abril. A propuesta de Pi y Margall se reunieron las Cortes Constituyentes para elaborar una Constitución federal, cuya viabilidad, paradójicamente, quedó frustrada por la insurrección cantonalista. La anarquía, que pronto se adueñó de la vida nacional, hizo imposible que Estanislao Figueras continuara al frente de la República, cuyo mandato duró cuatro meses y un día. Se cuenta que en un consejo de ministros, en vista de que no se ponían de acuerdo los ministros para hacerle frente a los problemas nacionales, agotada su paciencia exclamó: “Señores, voy a serles franco, estoy hasta los coj… de todos nosotros”. Se levantó y abandonó la sesión. Al día siguiente cogió el tren y huyó despavorido a Francia sin que nadie lo supiera hasta que cruzó la frontera (tal huida no es una exageración, fue realmente así).

Ante la huida del señor Figueras fue elegido presidente del poder ejecutivo Francisco Pi y Margall (Barcelona, 1824 – Madrid, 1901), hombre muy austero, de gran prestigio intelectual. Se vio obligado a pedir poderes dictatoriales a las Cortes para hacer frente a las sublevaciones de la escuadra y a los cantonales de ocho territorios, en Alcoy las turbas cometieron atroces desmanes. Pi y Margall no entendía tal sublevación dado que por primera en España se ejercía el sufragio universal y no existían razones para defender las ideas con las armas. La oposición de los cantonales al proyecto constitucional y la imposibilidad de llevar a cabo su programa le hicieron dimitir al mes y siete días de su elección (18 de julio). El levantamiento cantonal y la tercera guerra carlista (1872 – 1876) pusieron en durísima prueba la estabilidad del régimen republicano.

Le sucedió el almeriense Nicolás Salmerón Alonso (Alhama, 1838 – Pau, Francia, 1908) que ocupó la presidencia desde el 18 de julio hasta el 7 de septiembre (un mes y trece días). El señor Salmerón aparentó una gran energía con las primeras medidas que adoptó para sofocar la tercera guerra carlista y la sublevación cantonal, a cuyo fin designó a los generales Martínez Campos y Pavía para reducir a los cantonales de Valencia y Andalucía. Pero dimitió al negarse a firmar algunas sentencias de muerte necesarias para restablecer la disciplina en el Ejército.

El presidente Salmerón fue sustituido por Emilio Castelar y Ripoll (Cádiz, 1832 – San Pedro del Pinatar, Murcia, 1899). El nuevo presidente era un gran orador, uno de los mejores que ha tenido España. Desde el primer momento manifestó su propósito de imponer el principio de autoridad y obtuvo algunos éxitos, pero fue muy combatido en las Cortes donde se le acusó de inclinarse a la derecha y olvidar los postulados de la revolución y de la democracia, razones por las que se vio obligado a dimitir, habiendo durado en el cargo tres meses y veintisiete días, hasta el 3 de enero de 1874, que era el fin de la República.

En la madrugada del 3 de enero, cuando se elegía al sustituto del señor Castelar, el general Pavía, creyendo contar con los deseos del Ejército, disolvió la Asamblea Constituyente, acabando así con el “sexenio revolucionario”. El general Pavía puso como dictador al general Serrano, hasta que el 29 de diciembre de 1874 en que el general Arsenio Martínez Campos, desde Sagunto, proclamó rey de España a Alfonso XII, hijo de Isabel II. Y por fin se acabó el extravío y se impuso la cordura.

El profesor Ciriaco Pérez Bustamante recoge en su “Compendio de Historia de España” el balance que hizo de la primera República un político que la vivió, dice así:

“En once meses – no duró más el ensayo de República -, ni un solo día España respiró tranquila. El erario, esquilmado; el Ejército, en vergonzosa indisciplina; perdido ante el extranjero el prestigio nacional; la anarquía enseñoreándose de gran número de ciudades, ensangrentándolas con crímenes horrendos; la unidad de España, conquistada a través de la Historia tras de enormes sacrificios, próxima a perderse por los brotes cantonales; las Cortes, que nacieron para elaborar una Constitución, disueltas sin que llegaran a examinar el primero de sus artículos; la guerra fratricida extendida por una gran parte del territorio; la vida de España próxima a desaparecer …”