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Homenaje a los Hijos de la Tierra


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AMANDO DE MIGUEL

La calificación de “hijos de la Tierra” compete a nuestra especie, que a sí misma se etiqueta como “homo sapiens”. No se enfaden las feministas. “Homo” en latín es tanto el varón (“vir”) como la mujer (“mulier”).

Acabo de embaularme los varios tomazos de la saga “Los hijos de la Tierra”, de la novelista norteamericana Jean M. Auel. Ha sido una experiencia fascinante. Me recuerda la misma emoción con que leí a los nueve años el primer libro “de mayores”, las vicisitudes del famoso náufrago Robinson Crusoe. En este caso se trata de una trama sobre el episodio más revolucionario de la historia (y la prehistoria) de la Humanidad. Nada menos que la confluencia de dos especies parecidas, las que llamamos convencionalmente neandertal y cromañón. En los libros de Auel se denominan de otra manera porque las etiquetas dichas son un tanto etnocétricas, pero el suceso es el mismo.

La mayor revolución de la historia y de la prehistoria se produjo en Europa hace unas decenas de miles de años, con el fin de una era de glaciación. Los humanos hemos medrado porque triunfó la especie de los cromañones, con individuos menos robustos que los neandertales y con el cráneo más pequeño. Precisamente, su debilidad congénita significó asociarse mejor, trabajar en equipo, perfeccionar la talla de las piedras, pero sobre todo emplear palabras articuladas. Es decir, el hombre sapiente nada menos que inventó el lenguaje y sobre todo el uso del pensamiento para resolver problemas prácticos y de comunicación.

Junto al lenguaje articulado apareció el uso sistemático del fuego, la elaboración cuidada de la comida, la domesticación de animales (el caballo y el lobo los primeros), la utilización de símbolos, las primeras manifestaciones del arte (las estatuillas votivas llamadas irónicamente las Venus esteatopigias). Contrariamente a lo que se piensa, esas primeras tribus primigenias de la Humanidad no eran muy violentas. Bastante tenía con sobrevivir y reproducirse en un medio todavía muy hostil. Desde el primer momento fue primordial la referencia religiosa, que acompañaba al uso de los símbolos; por ejemplo, los enterramientos con flores y otros símbolos.

Por desgracia, no sabemos casi nada de esos primeros ancestros de la especie humana. Por eso mismo resulta de un gran interés el tratamiento de ficción que hace Auel (el nombre me parece judío; es el de su marido. Ella de soltera es Untinen). Supongo que alguna vez a alguien se le ocurrirá hacer una serie de televisión sobre la saga que digo. Sería el éxito del siglo.

La historia (o prehistoria) que digo tiene lugar con una etapa de repentino calentamiento de la Tierra, de cambio climático, como se dice ahora. Fue mucho más intensa de la que estamos experimentando en nuestro tiempo, lo que demuestra que poco o nada tiene que ver la contaminación o la industria en el actual cambio climático. Simplemente, la Tierra “respira” por sí sola (de acuerdo con el Sol y los demás astros cercanos) con intervalos seculares, o mejor, milenarios.

Hay que aprovechar la lección del pasado primordial. El dominio del lenguaje articulado fue la clave de la gran mutación de las especies humanas que digo. El equivalente actual tendría que ser la utilización sistemática y avanzada de los sistemas de comunicación informática. No hemos hecho más que empezar. De momento, lo que se registra es un empobrecimiento en el uso de las palabras y sus significados. De seguir así, retrocederemos hasta el equivalente del neandertal.