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Felipe II, gran rey de España


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ADOLFO PÉREZ

Cuenta la Historia que una tarde del verano de 1555, en Bruselas, Carlos I, al despertar de una ligera siesta, sorprendió a sus cortesanos declarando filosóficamente: “La suerte es una ramera que otorga sus favores a los jóvenes.” Y consecuente con esta reflexión anunció que había resuelto abdicar la Corona en favor de su hijo Felipe, que entonces tenía veintiocho años. Una sensación de cansancio e impotencia dominaba al emperador Carlos desde un tiempo atrás, que con cincuenta y seis años era ya un anciano gastado y exhausto. “Mi vida ha sido un largo viaje”, decía, no en balde había hecho cuarenta desplazamientos por toda Europa, su imperio. Se casó una sola vez y tuvo con su esposa, Isabel de Portugal, tres hijos adultos vivos: Felipe, María y Juana.

El año 1556 es una fecha histórica decisiva. Año en que Carlos I abdicó en su hijo Felipe, nacido en Valladolid el 21 de mayo de 1527. Ausente siempre su padre en sus estancias por Europa, el príncipe estuvo en su niñez bajo el cuidado de su madre, la dulce e inteligente Isabel de Portugal, que falleció cuando su hijo tenía doce años. Por su ayo se sabe que a los cuatro años era un niño sano y robusto con destellos de una despierta inteligencia, sin olvidar que a esa edad sabía cabalgar y, como no, era tan travieso que más de una vez su madre le dio algún azote. Su padre, que lo quería mucho, se esmeró en darle una buena educación a cargo de buenos profesores. Aprendió el latín como si fuera su lengua propia. Aún más que la educación humanística interesaba su formación en el ejercicio del gobierno y que fuera consciente de su gran responsabilidad. A los dieciséis años, en mayo de 1543, su padre le confió durante su ausencia la gobernación del reino aconsejado por tres secretarios.

Con dieciséis años contrajo matrimonio en Salamanca (1543) con María Manuela, su doble prima de Portugal, que falleció de sobreparto veinte meses después al dar a luz al príncipe Carlos, un niño enfermizo de triste recuerdo. Como quiera que el emperador Carlos deseaba que su hijo conociese la diversidad de los pueblos de sus múltiples coronas, le organizó celosamente un viaje por Europa para poner al tanto a su heredero, a la vez que le daba consejos de todo tipo para la gobernación de los mismos. Del viaje volvió el príncipe siendo aún más español. Llevaba nueve años de viudedad cuando su padre, por convenirle aliarse con Inglaterra, le negoció un nuevo casamiento, esta vez con la nueva reina inglesa, María Tudor, hija de Enrique VIII y de Catalina, la hija menor de los Reyes Católicos. La boda se celebró en Londres (06.01.1554). El príncipe Felipe tenía entonces veintisiete años y ella once más. Se casaron por poderes, siendo el conde de Egmont, noble flamenco, el que representó al príncipe en la boda. Se cuenta la anécdota de que durante la noche de bodas el noble se acostó en el lecho de la reina para públicamente cumplir con la tradicional costumbre, pero estuvo cubierto de la cabeza a los pies con su armadura ya que no tenía poderes para mayores intimidades.

La breve actuación como rey de Inglaterra es una de las páginas más honrosas del príncipe Felipe por su trato delicado a la reina y el comportamiento generoso con la ávida nobleza. Su estancia en Londres duró dos años, pues a finales de 1555 lo llamó su padre para, el 16 de enero de 1556, entregarle su herencia, de modo que a los veintinueve años, convertido ya en Felipe II, se hizo cargo de la supremacía de Europa, siendo quizá la persona mejor preparada para hacer frente a los desafíos que se presentaran, pues tenía una inteligencia clara y una gran capacidad de trabajo.


Era, sobre todo, un hombre recto y bienintencionado, sincero creyente y dotado de un gran espíritu misional como su padre e Isabel la Católica. Su timidez le restaba simpatía y cordialidad, lo que con los años se le acentuó este defecto que lo hicieron más reservado y frío. Nada más subir al trono, y con el fin de conservar el reino de Nápoles, tuvo que combatir contra Enrique II de Francia y su aliado el papa Paulo IV, perteneciente a una vieja familia enemiga de España. Y mientras el duque de Alba invadía los Estados pontificios, Manuel Filiberto de Saboya, en otro frente, derrotó al rey francés en la batalla de San Quintín. Felipe II, para conmemorar esta victoria decidió construir el monasterio de El Escorial en honor de san Lorenzo, santo del día del triunfo (10 de agosto de 1557). La obra de El Escorial caracteriza el reinado de Felipe II. Una maravillosa obra, huella del imperio español, cuya cercanía a Madrid contribuyó a que esta ciudad se convirtiera en la capital de la monarquía. Durante la lucha el rey Felipe estuvo en los Países Bajos, pero llegada la paz regresó a España, único ambiente que le placía, además de ser el deseo de los españoles, pues desde el Rey Católico deseaban tener un rey que conviviese con ellos.

La vuelta a España del rey y su deseo de tener un hogar estable y tranquilo dieron lugar a que contrajera un tercer matrimonio, esta vez con la francesa Isabel de Valois, huérfana de Enrique II, con casi catorce años y Felipe II cerca de los treinta y tres. La boda por poderes se celebró en París (22.06.1559) y pocos meses después los nuevos esposos recibieron la bendición nupcial en Guadalajara. En realidad los años que duró el matrimonio con Isabel de Valois fueron acaso los únicos dichosos en la vida del rey. Tuvieron dos hijas: Isabel Clara Eugenia (predilecta del rey) y Catalina Micaela. La reina enfermó en 1568 y falleció el 3 de octubre, tenía veintitrés años. Dicen las crónicas que durante el funeral fue la única vez en que se vio llorar al monarca, pues perdía el amor de una esposa dulce y alegre carácter, educada en el refinamiento de la corte de Francia.

Mención merece su hijo Carlos, príncipe de Asturias, que debido a tantos enlaces consanguíneos presentaba síntomas de anormalidad que se acentuaron con los años en el heredero de tantos reinos, incluso cojeaba a causa de un defecto en la columna vertebral. De niño fue desaplicado y rebelde. Una caída que tuvo por una escalera con motivo de perseguir a una sirvienta le produjo una gravísima herida en la cabeza que agravó la salud del desdichado príncipe, aumentando su crueldad y excentricidades. El rey, que tuvo problemas de convivencia con su hijo, empeñado en gobernar los Países Bajos, pensó en casarlo, pero desechó la cuestión por inviable. Se llegó a decir que tuvo devaneos con Isabel de Valois, su madrastra; una infamia más difundida por la leyenda negra. Después de cometer nuevos excesos el rey se vio obligado a encerrarlo en sus aposentos donde amenazó con quitarse la vida. Falleció el 24 de julio de 1568 víctima de su debilidad física. Su muerte alimentó la leyenda negra en el sentido de que el rey lo había matado.

Pero la necesidad de tener un heredero, dos años después de quedar viudo, a sus cuarenta y dos años contrajo un cuarto matrimonio, esta vez con una sobrina suya, Ana de Austria, veintiún años, menuda, rubia y muy hermosa, nacida del matrimonio entre Maximiliano II y María, hermana de Felipe II. Se afirmaba que Ana pertenecía a una familia de mujeres muy fértiles, como en ella fue el caso. Tan estrecha consanguinidad provocó que Pío V tuviera sus reservas a la hora de conceder la dispensa matrimonial. El matrimonio se celebró por poderes en Praga el 4 de mayo de 1570. En los diez años que duró el matrimonio nacieron cinco hijos, pero solo el futuro Felipe III llegó a adulto. A pesar de la diferencia de edad disfrutaron de una felicidad tranquila y serena. La reina falleció a causa de una gripe en 1580. La leyenda negra se encargó de decir que la reina había muerto por haber comido melón, lo que se consideraba fatal para las embarazadas.

Acabada la Reconquista por los Reyes Católicos fueron cantidad los musulmanes que se quedaron a vivir en sus tierras, que convertidos al cristianismo de grado o por fuerza eran los moriscos, una población extraña no asimilada a pesar de las medidas de loa Reyes Católicos y Carlos I. Felipe II reprodujo las ordenanzas de su padre prohibiendo a los moriscos el uso de su lengua, trajes, ceremonias y costumbres, obligándolos al uso del castellano, sin que las súplicas, promesas y donaciones hicieran mella en el monarca, lo que dio lugar a que los moriscos de Granada se sublevaran en 1565 en las Alpujarras, donde renegaron de la fe cristiana. Después de seis años de lucha en 1571 fueron vencidos por don Juan de Austria, hermanastro del rey. Muchos moriscos marcharon al norte de África y los que se quedaron fueron dispersados por España.

En mitad del reinado Felipe II se encontró con que los corsarios turcos y berberiscos sembraban el terror en el Mediterráneo con graves daños a sus dominios, españoles e italianos, aunque el feroz ataque turco tropezó con una gran resistencia. Pero el ataque a la isla de Chipre, posesión veneciana, y el hecho de apoderarse de parte de ella dio lugar a que se formara una triple alianza, española, veneciana y pontificia, con visos de cruzada, dirigida por Felipe II y como generalísimo su hermanastro don Juan de Austria. Una poderosa flota, con más de treinta mil soldados, la mayoría españoles, se encontró con la turca, más poderosa, en el golfo de Lepanto el 7 de octubre de 1571. Los turcos fueron derrotados, lo que causó una gran impresión en Europa.

A la muerte del rey Juan III de Portugal le sucedió en el trono su nieto don Sebastián, joven soñador y fantástico, que solo pensaba en guerras y conquistas, que se creyó ser el paladín del cristianismo. Intervino en una lucha dinástica en el norte de África a donde pasó con un ejército de diecisiete mil soldados en pleno agosto. La cuestión fue que su ejército fue deshecho y el imprudente y temerario don Sebastián pereció en el combate, y como no dejó heredero le sucedió en el trono su tío abuelo, el anciano cardenal don Enrique, de modo que se produjo el conflicto de la sucesión portuguesa para la que surgieron tres pretendientes, nietos de Manuel el Afortunado (1495 – 1521), entre ellos Felipe II. Muerto don Enrique sin haber resuelto la sucesión, se encargó del gobierno una regencia. Al no existir acuerdo Felipe II invadió Portugal derrotando al pretendiente por línea bastarda don Antonio, prior de Crato,, en la batalla de Alcántara. Don Antonio huyó a Francia y Felipe II, ante las Cortes de Thomar, prometió respetar las instituciones y costumbres portuguesas. Con la unión de Portugal se realizó la unidad ibérica tan soñada por los Reyes Católicos y Carlos I, además supuso que su imperio colonial se juntó en América con el español.



Juntos los dominios de Portugal y España hicieron que Felipe II se convirtiera en uno de los grandes personajes de la historia que formaron un imperio universal, casi planetario, que merece ser detallado: En Europa: toda la Península Ibérica, islas Baleares, Rosellón, Cerdaña, Franco Condado, Países Bajos, Milanesado, Nápoles, Sicilia, Cerdeña y Toscana. En África: Orán, Mazalquivir, Melilla, Ceuta, Tánger, Arcila, Mazagán, islas Canarias, Madera, Azores, Cabo Verde, parte del golfo de Guinea, islas Santo Tomé, Príncipe, Fernando Poo, Annobon y Santa Elena, Congo, Angola, Mozambique, Sofala y Zambeze. En Asia: los establecimientos de Portugal del golfo Pérsico (Ormuz), de la India (Goa, Angediva, Cananor y Cochín), Malaca y Macao (China). En Oceanía: las colonias portuguesas de las Molucas y Timor y la española de Filipinas. En América: la posesión portuguesa de Brasil y el inmenso dominio hispánico desde el estrecho de Magallanes hasta California, Florida y las dos Antillas. Dominios que se perdieron; los último en el año 1898.

Erigido en defensor del catolicismo, Felipe II trató, sin conseguirlo, acabar con las agitaciones protestantes que se extendían por Europa. Hubo de luchar contra los protestantes de los Países Bajos que desataron una auténtica guerra con victorias y derrotas por ambos lados. Y como el conflicto se prolongaba debido a la ayuda que Inglaterra prestaba a los protestantes, preparó una potente escuadra de ciento treinta y un naves, la Armada Invencible, para invadir Inglaterra. La flota llegó hasta la entrada del Canal de la Mancha (1588), pero la escuadra inglesa, mucho más ágil y maniobrera hostilizó a la Invencible, a la que en la noche del 7 al 8 de agosto le lanzó barcos llenos de materias inflamables, y una espantosa tempestad ayudó a los ingleses a consumar el desastre. Felipe II, agotado por la interminable lucha, dejó los Países Bajos a su hija Isabel Clara Eugenia prometida del archiduque Carlos, con derecho a sucesión y si no los Países Bajos volverían a la corona española (1598), lo que sucedió en 1621.

Es difícil resumir en un artículo un juicio sobre Felipe II. Hombre de gran complejidad espiritual y trabajador infatigable, que ha merecido los más opuestos comentarios. La leyenda negra, que se cebó sobre su figura, fomentada por la virulencia de las luchas religiosas y el odio de los protestantes, siendo sus más encarnizados enemigos Guillermo de Orange y Antonio Pérez, secretario de Felipe II, considerado culpable de traición a la Corona y del asesinato de Juan de Escobedo, secretario personal de don Juan de Austria, hermano natural de Felipe II.

Llegó al final de su vida muy enfermo, lleno de úlceras, llagas purulentas y una pierna gangrenada que le producían dolores atroces que soportó estoicamente. Sufrimiento que sus enemigos consideraron como justo castigo. Falleció santamente el día 13 de septiembre de 1598.

Felipe II, el rey Prudente, hizo frente a grandes problemas políticos y personales. Supo hacer de la Corona hispánica la joya de la civilización de aquel tiempo, rompiendo con la leyenda negra.