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Aún no ha pasado el cóndor


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JAVIER IRIGARAY

El cóndor es un ave de altos vuelos que, además, se exhibe con orgullo como emblema de todos los países andinos.

Es el animal volador más corpulento que existe hoy día, y se alimenta de los muertos. Sin embargo, una vez localizada la carroña, los cóndores no descienden a comerla de manera inmediata, sino que se limitan a volar, trazando círculos sobre la misma, o se posan en algún lugar desde donde ésta se vea claramente.

Uno o dos días pueden pasar hasta que finalmente se acercan y comienzan a alimentarse en los puntos más accesibles o blandos de los cadáveres, es decir, los ojos, lengua, ano, ubres o testículos, abdomen y entrepierna. Con sus fuertes y cortantes picos desgarran los tejidos y abren los cueros, lo que adicionalmente facilita el aprovechamiento de la pieza por parte de otros carroñeros de menor tamaño. Un cóndor puede ingerir unos 5 kg de carne en un día y asimismo puede ayunar hasta 5 semanas. También come animales enfermos.

Y la muerte, fuente de vida para el gran pájaro calvo, supone también entre los humanos un ritual que aglutina a buena parte de la sociedad, y fue precisamente durante unas exequias celebradas en la luminosa mañana de este domingo en honor a una gran mujer, que volví a compartir una porción de vida con, tal vez, mi amigo más cosmopolita.

Mi amigo sostiene una curiosa teoría que señala como culpables de todos los grandes cambios que convulsionan las sociedades que pueblan el planeta a ciertos músicos y una popular zarzuela peruana escrita, como todo el mundo sabe, por el compositor Daniel Alomía, aunque obtuvo su mayor difusión gracias al dúo formado por Paul Simon y Art Garfunkel, que incluyó una versión en inglés en su conocido elepé Bridge over troubled water.

Tal conclusión no fue sino el resultado empírico del registro de una constante que él había observado contingentes a determinados hechos históricos vividos a lo largo y ancho de su periplo planetario.

Así, en una Angola en guerra, asistió en la Luanda asediada por las tropas del golpista Savimbi al concierto de un grupo sudamericano que, entre su repertorio de aquella noche, exhaló desde sus quenas los acordes de El cóndor pasa.

Algo más tarde, mientras moraba en Moscú, en la mañana de un nueve de noviembre, atravesaba la Plaza Roja con las manos en los bolsillos y la prensa local bajo el brazo. Mi amigo caminaba absorto guiado por las volutas de su propio aliento convertido en vapor visible que ascendía a los cielos grises de la capital de la aún Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. Pensaba en el proceso de desmoronamiento que atravesaba el bloque de países agrupado después de la Segunda Gran Guerra tras un Telón de Acero inexpugnable. A esa misma hora, mientras Rostropovich tocaba el violoncelo junto a los berlineses que derribaban con sus manos el muro que dividió la ciudad durante cuatro décadas, un grupo de músicos andinos, enfundados en ponchos y con las orejas guarnecidas por la lana de alpaca de sus chullos, tañía los acordes de la composición del maestro Alomía.

Sí, se trataba de la misma zarzuela que pudo escuchar después en numerosas ocasiones a lo largo de todo el planeta. La última de ellas cuando calló la megafonía de una furgoneta ambulante que vendía perritos calientes en el Mall, ese paseo que apunta hacia la Casa Blanca.

Y este domingo, en el círculo que formamos al salir de la iglesia, el asunto de conversación giraba en torno al surtido repertorio de catástrofes que habrán de asolar a España una vez que se forme y conforme el nuevo gobierno de coalición entre PSOE y Podemos con la bendición necesaria de independentistas catalanes, vascos, cántabros y turolenses, mi amigo únicamente participó en la conversación para expresar sus dudas sobre que finalmente haya fumata bianca y revelar que aún no ha visto ni escuchado estos días a ningún peruano tocando El cóndor pasa. Así que, de momento, podemos estar tranquilos.