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Don Pelayo, primer rey de la Monarquía española


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ADOLFO PÉREZ

La decadencia del imperio romano dio lugar a que en el año 409 de nuestra era los bárbaros (suevos, vándalos y alanos) pasaran los Pirineos e invadieran la península. Comenzaba una nueva época para Hispania. Mediado el siglo V penetraron los visigodos y ocuparon Cataluña, aliados de los romanos para expulsar a los demás bárbaros. Eran una rama de los godos, pertenecientes a los germanos orientales. Se regían por una monarquía electiva, un sistema que originaba muchos problemas, tales como intrigas y violencias para lograr el poder las familias de la alta nobleza, lo que en no pocas ocasiones suponía suprimir al que estorbara. Sobre el año 480, con la caída del imperio romano, el rey Eurico se apoderó de gran parte de la península, excepto de la cornisa cantábrica y el noroeste. Su último rey fue Roderico, Don Rodrigo (710 – 711).

Los visigodos dejaron una profunda huella en la nacionalidad hispana, de gran alcance en nuestra historia. Los grandes reyes visigodos tuvieron una influencia secular en la institución monárquica española, de la que nació por primera vez un estado soberano e independiente y dio a los hispanos la conciencia y el orgullo de serlo, dotando a Hispania de una cultura que penetró en los hispanos como se puso de manifiesto en los tiempos del desalojo musulmán durante la Reconquista. La grandeza visigoda estuvo centrada en los reinados de Leovigildo y Recaredo.

Y con Don Rodrigo se produjo el derrumbe del dominio visigodo hispano para lo que se cuentan diversas leyendas. Parece ser que el monarca godo intentaba afianzarse en el trono, dado que había de hacer frente al partido de los hijos del rey anterior, Witiza, aferrados a la idea de reconquistar el poder y los extensos dominios de la corona, al mismo tiempo se veía obligado a sujetar a los indómitos vascones. Tal situación suponía tener un reino en desorden. En esas circunstancias los partidarios de Witiza llamaron en su ayuda a los musulmanes y berberiscos que dominaban el norte de África, de modo que Muza que los mandaba envió en un principio un grupo explorador al mando de Tarif (año 710), que se aposentó en Tarifa, de ahí el nombre. Al año siguiente el gobernador Muza envió un ejército de más entidad al mando del Tarik que se hizo fuerte en Gibraltar. El rey Rodrigo, ayudado por los hijos y partidarios de Witiza, les hizo frente y fue derrotado a orillas del río Guadalete (año 711), según aseguraba Sánchez Albornoz, y no junto a la laguna de la Janda. En el combate el rey fue traicionado por los de Witiza que se unieron a Tarik. Al parecer Don Rodrigo murió en la batalla.

Se supone que los traidores visigodos de la batalla de Guadalete pensaban que los invasores victoriosos se volverían a sus tierras de África, pero no fue así puesto que siguieron la invasión por toda la península excepto en las montañas cantábricas y del Pirineo; unos, los musulmanes, acaso para cumplir con el mandato de Mahoma (siglo VII) de propagar el Islam mediante la guerra santa, algo que quizás desconocían los visigodos; otros, los berberiscos, en busca de botín. La facilidad que tuvieron los invasores se debió al gran descrédito del Estado visigodo bajo los últimos reyes, así como el ansia del pueblo por liberarse de los altos tributos que impedían el desarrollo económico y hundían a la población en una miseria sin esperanza. Los musulmanes, con sus bajos impuestos, aparecieron como liberadores ante los exprimidos hispanos.

Como se ha visto, de la invasión musulmana se libraron las montañas frías y abruptas del norte donde se refugiaron los nobles visigodos, las jerarquías eclesiásticas y restos del ejército vencido, que formaron pequeños núcleos de resistencia, origen de los reinos cristianos de la península en la Edad Media, cuya presencia coincidió con los casi ocho siglos que duró la Reconquista, esenciales para recuperar los territorios peninsulares. De aquellos núcleos de resistencia del inicio el más importante y del que se tienen noticias es el de Asturias.

Reino de Asturias, cuyo primer rey fue Pelayo (718 – 737). Se desconoce la fecha y lugar de su nacimiento. Parece ser que su padre, el duque Favila, noble de sangre real, murió de un bastonazo en la cabeza por el rey Witiza, que codiciaba a su mujer. Sucedió entonces que el libidinoso monarca desterró a Toledo al hijo de la víctima, o sea, a Pelayo que era guardia real. Cuando el rey Don Rodrigo ascendió al trono el joven Pelayo volvió a la capital visigoda, Toledo. Es posible que estuviera en la batalla de Guadalete y después se refugiara en las montañas de Asturias. Un antiguo relato refiere que estando Pelayo en Asturias con su hermana Ermesinda, recibió del gobernador musulmán de Gijón el encargo de llevar una comisión a Córdoba (en realidad iba como rehén), de modo que el jefe árabe aprovechó la ausencia para apoderarse de la hermana y casarse con ella, algo con sentido pues los árabes buscaban unirse con mujeres autóctonas para integrarse con los nativos. Pelayo logró escapar de los islamitas, desaprobó el enlace de su hermana y se levantó en armas con los enardecidos asturianos por una arenga suya para rebelarse contra los sarracenos, que lo eligieron rey en un concilium o asamblea y lo aclamaron alzándolo subido en un pavés (escudo ovalado que cubría el cuerpo), año 718. Pelayo acaudilló a los sublevados en la batalla de Covadonga (718), cerca de Cangas de Onís, en la falda del monte Auseva. Esta primera victoria, aun reducida al mero combate de montaña, tuvo gran trascendencia: acabó con los continuos desastres, levantó la moral de los vencidos y fue el inicio de la Reconquista. Además, aseguró la existencia de una minúscula monarquía asturiana con Pelayo de primer rey, que estableció su pequeña corte en Cangas de Onís, cerca de los Picos de Europa para poder refugiarse en caso de una incursión musulmana. Casado con Gaudiosa, tuvo dos hijos. No parece que participara en ningún otro combate, dedicándose a consolidar la naciente monarquía, aunque presentaba ciertos caracteres de pervivencia con la visigoda, hoy se admite que Pelayo no fue un continuador de los reyes visigodos, pues no fue un rey elegido por la nobleza sino por los astures en asamblea. “Pelayo es un rey nuevo que reina sobre un pueblo nuevo”, según un viejo autor musulmán. Fue el primer rey del linaje sucesorio de los reyes de la monarquía española hasta Felipe VI, excepto José I y Amadeo I (siglo XIX).

Tras diecinueve años de reinado Pelayo falleció en Cangas de Onís siendo sepultado en la iglesia de Santa Eulalia de Abarnia según dice una crónica, donde también sería enterrada su esposa Gaudiosa. Fue Alfonso X el Sabio el que mandó trasladar sus restos a la Santa Cueva de Covadonga, junto al altar de la Santísima Virgen. A finales del siglo XVIII se grabó el siguiente epitafio: “Aquí yace el santo rey D. Pelayo, electo el año 716 (1), que en esta milagrosa Cueva comenzó la restauración de España. Vencidos los moros, falleció el año 737 y le acompañan su mujer y su hermana.”