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Diego Velázquez, genio de la pintura española


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ADOLFO PÉREZ

Estudiaba un servidor sexto curso de bachillerato en el instituto de enseñanza media de Lorca cuando el historiador y crítico de arte Juan Antonio Gaya Nuño vino a impartirnos una serie de conferencias sobre arte en las que nos dijo que para él Velázquez era el mejor de los pintores españoles. Como es lógico carezco de conocimientos para enjuiciar tan contundente afirmación venida de una reconocida autoridad nacional en la materia. La verdad es que viendo las obras del pintor Velázquez cuesta no estar de acuerdo con el señor Gaya Nuño, claro que el pintor Goya es otra gran realidad de la pintura española, razón por la que lo mejor será no compararlos sino admirarlos y deleitarse con sus pinturas.

El gran maestro de la pintura española Diego Rodríguez de Silva Velázquez, conocido como Diego Velázquez, aunque en algunas ocasiones a lo largo de su vida firmó también como ‘Silva Velázquez’. Nació en Sevilla el 6 de junio de 1599, de padres sevillanos: Juan Rodríguez de Silva, un hidalgo de origen portugués, y Jerónima Velázquez. Diego Velázquez era el primogénito de ocho hermanos. Desde niño tuvo la vocación por la pintura y a la temprana edad de once años fue alumno de Francisco Pacheco, un pintor muy culto a cuyo taller acudía lo más selecto en letras y artes de la ciudad andaluza. En el taller de Pacheco aprendió a dibujar de una forma casi perfecta.

Cuando tenía veinte años se casó con la hija de su maestro Pacheco, Juana, que tenía diecisiete años. Las enseñanzas, ya trasnochadas, de Pacheco no lograron torcer las tendencias artísticas de Velázquez, enemigo de embellecer las formas toscas de los modelos en beneficio de lo natural. Copiados tal y como se presentaban a su vista sin atenuantes ni falseamientos fue su eterno propósito. Se caracterizó por sus pinturas llenas de realismo y contrastes de luz, propios del tenebrismo, que era un estilo propio del principio del barroco, caracterizado por el violento contraste de luces y sombras mediante una forzada iluminación, la llamada luz de sótano o bodega.

Se trasladó a la corte de Felipe IV pero como carecía de respaldos se volvió a Sevilla. De nuevo en Madrid halló el medio adecuado para desarrollar sus ideas artísticas; fue cuando, entre otros, pintó el cuadro de ’Los borrachos’ por encargo del rey. En la corte pintó una magnífica serie de retratos que tanto maravillaron que se quedó instalado en ella. Se convirtió en pintor del rey, lo que le valió ganarse el afecto real. Cuando consiguió el permiso y auxilios económicos viajó a Italia, lo que fue muy beneficioso para su formación artística (1629). Diez años más tarde repitió el viaje por encargo del rey a fin de adquirir cuadros de los grandes artistas para la colección real. En su viaje su estilo se transformó ensayando nuevas técnicas, buscando más luminosidad apartándose del tenebrismo de su primera época, y dando colores con más transparente precisión.

El arqueólogo e hispanista francés Pierre París ha dicho de Velázquez que fue un modelo de dignidad y de trabajo. Que su hermosa alma se refleja en su obra. Y que no existe labor artística que tenga más altura moral y grandeza. El historiador francés de arte Louis Gillet dijo que Velázquez conservaba siempre la paz superior de un genio, que no tiene iguales más allá de los cinco o seis grandes maestros de la pintura universal, puede entonces pensarse que es el más grande, lo que coincide con el historiador Gaya Nuño.

En el verano de 1660 cayó enfermo y falleció el 6 de agosto en Madrid. Meses antes recibió la distinción excepcional de caballero de la Orden de Santiago debido al interés de Felipe IV en concederle tal honor a pesar de su ascendencia judía. Su producción de obras maestras es excesiva, razón por la que no es posible dar cuenta de ellas, sólo me detendré en las cuatro más famosas: ’Las meninas’, ‘Las hilanderas’, ‘Cristo crucificado’ y ‘La rendición de Breda’ o de ‘Las lanzas’.


‘Las meninas’ es un cuadro que representa a la infanta Margarita, hija de Felipe IV, rodeada de su séquito (las meninas) en el taller del artista. Con una luz que entra por la derecha, que ilumina la vasta sala lo suficiente para dar paso al juego de las sombras que acusan y precisan las formas. Es una de las obras más importantes en la historia del arte del mundo occidental.


Del cuadro de ‘Las hilanderas’ o ‘La fábula de Aracne’ dijo Velázquez que era la obra maestra de sus obras maestras. Dicen los críticos de arte en esta obra se representa por primera vez un movimiento real en la rueda que azuza la hilandera.

En su estancia en Italia Velázquez estudió a fondo los desnudos de las obras clásicas, lo que significó que pintara de forma magistral su ‘Cristo crucificado’, donde demuestra la espléndida fusión que logró de la serenidad, la dignidad y la nobleza de la figura del Salvador. Al ser un desnudo de frente Velázquez muestra su maestría y consigue que el espectador pueda captar la belleza corporal y la serena expresión de Cristo. Esta obra inspiró al escritor y filósofo español Miguel de Unamuno en un gran poema.

‘La rendición de Breda’, conocido como el cuadro de ‘Las lanzas’ es un óleo de Velázquez que se refiere a cuando el 5 de junio de 1625 el gobernador holandés de Breda, Justino de Nassau, entregó las llaves de la ciudad a Ambrosio Spínola, general genovés al mando de los tercios españoles de Flandes, en la guerra que mantenía el rey de España, Felipe IV, con las Provincias Unidas de los Países Bajos. En este cuadro Velázquez dio pruebas de sus grandes dotes pictóricas. Como han señalado muchos estudiosos no se trata de un cuadro bélico, aunque su autor no prescinde en la pintura del fondo humeante de la destrucción y la guerra. No se alardea de un general victorioso y otro humillado con su ejército. Sin embargo, en el primer plano Velázquez concentra su atención en el general vencedor que recibe, casi con afecto la llave del enemigo vencido, que denota más el principio de la paz que el final de una guerra. El genial pintor aparece en el cuadro, en el extremo derecho, con sombrero y bigote.