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Amadeo de Saboya, fugaz rey de España


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ADOLFO PÉREZ

Aseguro que merece la pena leer este artículo, pues uno alucina con lo que se dice en él sobre el reinado de una de las figuras menos conocida de nuestra la historia, la del rey Amadeo de Saboya, que reinó en España desde el 2 de enero de 1871 a 11 de febrero de 1873, o sea, 2 años, 1 mes y 8 días, en plena turbulencia política del siglo XIX. Un siglo convulso, colmado de hechos que repercutieron en todos los ámbitos de la vida nacional. Lo sucedido en esos cien años lo reflejó con su maestría habitual el escritor canario Benito Pérez Galdós en sus “Episodios Nacionales”.

En resumen, el siglo XIX le deparó a España: la guerra de la Independencia (1808 – 1814) contra los franceses. Tres guerras civiles (las Carlistas) entre 1833 y 1876. La pérdida de nuestro inmenso imperio de ultramar, que finalizó con la pérdida de Cuba y Filipinas en 1898. La inestabilidad política dio lugar a cinco constituciones de escasa duración y a incontables cambios de Gobierno, más dos dictaduras. Fue el siglo de los “espadones” por la cantidad de generales que participaron en el Gobierno nacional. Las turbulencias dieron lugar a que en el siglo hubiera siete reyes y una República, la cual duró diez meses y veinte días y tuvo cuatro presidentes. Los siete reyes del siglo fueron: Carlos IV, el intruso José Bonaparte, Fernando VII, Isabel II, Amadeo de Saboya (elegido), Alfonso XII y Alfonso XIII. Como se ve, a la España del siglo XIX no le faltaron sobresaltos.

La última parte del reinado de Isabel II fue una fuente de conflictos donde hubo represiones y se sucedieron varios Gobiernos, a lo que se sumó la venta que hizo la soberana sobre parte del real patrimonio, venta de la que se quedó ella con el 25% del importe, lo que provocó fuertes críticas. Tal estado de cosas desembocó en la revolución de 1868 con la rebelión militar que derrotó a las tropas reales en la batalla de Alcolea, que trajo consigo el derrocamiento de Isabel II que estaba veraneando en San Sebastián. Desde allí se marchó a París el 30 de septiembre de 1868. ”Creí tener más raíces en este país” dijo después de treinta y cinco años de reinado. En este primer periodo revolucionario se constituyó un Gobierno provisional presidido por el general Francisco Serrano Domínguez, duque de la Torre. Las recién elegidas Cortes Constituyentes redactaron una Constitución monárquica, la de 1869, pues la República carecía de apoyos. El general Serrano fue designado regente del reino y el general Juan Prim y Prats nombrado presidente del Gobierno.

El general Prim se afanó en encontrar un rey para España, asunto en el que actuó en solitario en sus gestiones, las cuales alcanzaron tal grado de dificultad que, después de haber ofrecido la Corona a varios personajes extranjeros, se la ofreció al general Baldomero Espartero, ex regente del reino, que el anciano general declinó cortésmente. Al parecer la propuesta hecha a Espartero despertó los deseos del general Serrano que no se tuvieron en cuenta. Por fin, después de dos años de gestiones y de vencer múltiples dificultades e incomprensiones el general consiguió que un miembro de la prestigiosa dinastía de los Saboya, una de las más antiguas de Europa, aceptara sentarse en el trono español, se trataba del príncipe italiano Amadeo de Saboya, duque de Aosta, segundo hijo del rey de Italia. Para conseguirlo tuvo que vencer los escrúpulos del interesado, que cuando el general Prim le ofreció la Corona de España don Amadeo pensó que el general deliraba.

El historiador Juan Balansó en su libro sobre la casa real de España cuenta pormenores de este reinado. Amadeo de Saboya nació en Turín el 30 de mayo de 1845, hijo de Víctor Manuel II y de María Adelaida de Austria. Era un joven alto, esbelto, de cabellos y ojos negros. Educado bajo una férrea disciplina militar, tomó parte en diversas acciones contra Austria en una de cuyas batallas cayó gravemente herido, de ahí que tuviera un merecido prestigio de gran valor personal. Estando convaleciente en Turín conoció y se prendó de la joven María, hija de una aristocrática familia, que cuando apenas tenía diecisiete años murió su padre del que heredó una inmensa fortuna. Sumida entonces en un ambiente monacal propiciado por la viudez de su madre se dedicó al estudio, sobresaliendo en matemáticas, derecho e idiomas, de los que llegó a dominar siete perfectamente. El 27 de mayo de 1867 se casaron en Turín. Ella alargó su nombre para llamarse María Victoria del Pozzo, princesa de la Cisterna. Una vez que las Cortes aprobaron la designación una comisión fue a Italia para entregarle a don Amadeo el acta de su nombramiento como rey de España. Allí se encontraron con la sorpresa de que la esposa del nuevo monarca hablaba un castellano perfecto. Uno de los presentes contaba que salieron prendados “de la que ha de ser reina de España”. Pero María Victoria, igual que su marido, desconfiaba del éxito. A una amiga le escribió: “Tengo miedo, ¿por qué he de negarlo?” Y le añadía haber puesto su confianza en Dios.

El comienzo de don Amadeo en su nueva patria no pudo ser peor. A su llegada a Cartagena se encontró con la sorpresa de que su gran valedor, el general Prim, había muerto en un atentado. El joven monarca, con sus veinticinco años y su valentía, sin arredrarse llegó a Madrid el 2 de enero de 1871, en medio de la apatía popular y un Madrid nevado, su primer acto fue ir a la basílica de Atocha a orar ante los restos mortales del general Prim, de allí fue a las Cortes donde prestó juramento de acatar la Constitución y después visitó a la esposa e hijos del general asesinado para darles el pésame. Y dio comienzo su calvario. Las preocupantes noticias de Madrid hicieron que la reina María Victoria apresurara su viaje de venida, de modo que dos meses y medio después, el 17 de marzo, llegó al puerto de Alicante con sus dos hijos donde fue recibida por su esposo y el Gobierno. Los ministros esperaban que la llegada de la reina fuera beneficiosa dada su bondad e inteligencia. Fue en vano.

El pueblo los menospreciaba a pesar de las costumbres sencillas de los reyes. Don Amadeo se levantaba al amanecer para hacer gimnasia y chapotear en las heladas aguas del río Manzanares, viajaba en tranvía y desayunaba en el Café Suizo. La reina visitaba conventos, asilos y hospitales sin avisar, sólo la acompañaba una dama de honor, y cuando entraba en una iglesia ella misma cogía un reclinatorio y se sentaba entre la gente. A pesar de todo esto los monarcas fueron víctimas de pullas y chirigotas, los rebautizaron con los nombres de “Macarroni I” y “la Cisterna” (por su título italiano de princesa). Don Amadeo no comprendía el trato que recibían, y desalentado a menudo se le oía decir: “Non capisco niente …” (“No entiendo nada”).

Pero si el pueblo los menospreciaba, no iba a la zaga la aristocracia, fiel a la dinastía de los Borbones, que no cesaba de boicotearlos. Famosa fue la “rebelión de las mantillas”, que consistió en que las señoras de la nobleza, para mostrar a la reina su condición de extranjera, se ataviaron con altas peinetas y mantillas a la española en sus paseos por la Castellana, mientras la soberana se tocaba con un sencillo sombrero sin enterarse de nada. Ninguna señora de la nobleza quería ser camarera mayor de la reina, incluida la marquesa viuda de Prim. Igual le sucedió al rey con sus ayudantes. Los más altos títulos de la nobleza brillaron siempre por su ausencia en la Corte. Así, entre la indiferencia del pueblo, burlas de la aristocracia, desdenes de los ministros y amenazas de atentados, transcurrió el fugaz reinado de don Amadeo, un rey sin arraigo entre los españoles, que no contó ni con la ayuda de los políticos que lo habían traído.

Con ese panorama social que le rodeaba, sin amigos, no es extraño que buscara alegrarse la vida en compañía de mujeres. En un paseo por la Castellana se tropezó con Teresa Larra Wetoret, “la dama de las patillas” (llamada así por los mechones de pelo que le caían como patillas), hija del famoso escritor Mariano José de Larra. Se hicieron amantes durante unos cuantos meses. Luego tuvo amoríos de poco vuelo con esposas de militares de baja graduación, aunque también hubo una condesa con la que tuvo un hijo. Mientras, la reina María Victoria, enterada de todo, sufría en silencio los devaneos de su marido. En 1872 quedó embarazada por tercera vez, algo que la animó pues pensaba que si la criatura nacía en Madrid podía ser que cambiaran las actitudes. El 29 de enero de 1873 nació su tercer hijo varón, Luis Amadeo. El alumbramiento dio lugar a episodios bochornosos que reflejaron la situación a la que habían llegado aquellos reyes. Ningún obispo se ofreció a bautizar al infante (hubo de bautizarlo el confesor de la reina). A punto estuvo de que no hubiera ninguna dama que sostuviera al niño en el bautizo de lo que se lamentó la reina con sollozos. El colmo fue cuando al banquete de gala que tuvo lugar después del bautizo solo asistieron veinte asistentes de los cincuenta invitados. Era la agonía de un reinado.

En cuanto a política el fugaz reinado de Amadeo de Saboya estuvo agitado por toda clase de conflictos. En su trascurso dio comienzo la tercera guerra carlista (1872). Bienio minado por la indisciplina, motines sangrientos y movimientos separatistas. Tiempo en el que se sucedieron seis gobiernos, siendo la principal figura política del reinado Manuel Ruiz Zorrilla, siempre de su parte. La desunión entre los partidarios de la nueva dinastía y el conflicto con los oficiales del Cuerpo de Artillería (la llamada “cuestión de los artilleros”), que se negaron a obedecer al general Baltasar Hidalgo, supuso que el rey firmara la disolución del Cuerpo, lo que precipitó su inmediata abdicación. Ante la pésima situación nacional don Amadeo no vio más salida honrosa que abdicar y el martes 11 de febrero de 1873 envió a las Cortes un documento de renuncia formal al trono para él y sus sucesores, un manifiesto que comenzaba así: “Grande fue la honra que merecí a la nación española eligiéndome para ocupar su trono …“ El gesto de la abdicación fue considerado, dentro y fuera de España, como un ejemplo de sabiduría y lealtad. El mismo día de la abdicación el Senado y el Congreso, reunidos en Asamblea Nacional proclamaron la República.

La reina, al enterarse de la abdicación de su esposo no quiso permanecer ni un día más en el palacio de tantos sinsabores, así es que, aún convaleciente del parto, en la madrugada del día 12 de febrero fue trasladada en una silla de mano al alcázar donde se despidió de los pocos que acudieron a darles el último adiós. Don Amadeo dejó dicho que todo lo adquirido en España se quedara en beneficio de la Nación. Una unidad militar les presentó armas, se tocó la marcha real y a las seis y diez minutos de la mañana partieron en tren con sus hijos hacia Lisboa para regresar en barco a Italia. El recibimiento que les hicieron en Turín fue apoteósico. Dos años después, en 1876, la ex reina María Victoria, con veintinueve años, falleció en San Remo víctima de la tuberculosis. Don Amadeo la sobrevivió catorce años y ya no intervino más en política. Un año antes de su muerte se casó en segundas nupcias con Leticia Bonaparte y tuvo un cuarto hijo varón. Falleció a consecuencia de una pulmonía el 18 de enero de 1890, con cuarenta y cuatro años.